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Otro Menendez, y van...

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General Benjamin Menendez, uno de los ideologos del golpe de 1951


El 28 de septiembre de 1951, hoy hace 57 años, los militares anti-peronistas intentaban derrocar al presidente. Se formaron milicias obreras para defeender al gobierno, pero fueron desactivadas y los golpistas, encarcerlados.

Tras cuatro años plenos en realizaciones y de integración de amplios sectores al consumo, la crisis empezaba a hacerse sentir y animaría a la oposición a actuar más decididamente, pese a las duras limitaciones impuestas. El peronismo en el poder cometerá el grave error de cerrar o dificultar los canales de comunicación entre los partidos no peronistas y la sociedad, negándoles el uso de los medios masivos, censurando sus órganos de prensa, dándoles espacio de esta manera a los más extremistas que venían intensamente trabajando en una salida golpista.

La confirmación de la renuncia de Evita a la candidatura a fines de agosto de 1951, no logró frenar la inercia de un movimiento militar contra Perón, que se había puesto en marcha a partir de la postulación de su esposa y que ahora encontraba un norte en impedir la reelección del "tirano". Perón fue informado por sus servicios de inteligencia que el complot estaba encabezado por el general retirado del servicio activo desde 1942, Benjamín Menéndez, numen tutelar de una estirpe golpista que nos legó a miembros tan "ilustres" como Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Estado terrorista en Córdoba y la zona del III Cuerpo de Ejército entre 1976 y 1983, recientemente condenado a cadena perpetua, y el impune Mario Benjamín Menéndez, gobernador militar de Malvinas en 1982, aquel que había amenazado con suicidarse antes de entregar Puerto Argentino a los hombres de la Thatcher.

Lo acompañaban en la aventura oficiales que tendrán una destacada foja de servicios golpistas a partir sobre todo del golpe de Onganía al que ellos gustaban llamar "Revolución Argentina", como Julio Alsogaray, Tomás Sánchez de Bustamante y Alejandro Agustín Lanusse. En un segundo plano estaban los oficiales Larcher, Guglialmelli, Álzaga y el capitán de navío Vicente Baroja que proponía "darle muerte al tirano en su guarida".En medio de los aprestos militares, el general Menéndez convocó a una reunión secreta para transmitirles a importantes referentes de la oposición los pasos a seguir. Asistieron Arturo Frondizi de la UCR, Américo Ghioldi por el Partido Socialista, Horacio Thedy en representación de los Demócratas Progresistas y Reynaldo Pastor por los Demócratas Nacionales, que era el curioso nombre que se daban los conservadores más recalcitrantes de la Argentina.

El jefe golpista les dijo a sus atentos contertulios que su objetivo era derrocar a Perón antes de los comicios de noviembre, reimplantar la vigencia de la Constitución de 1853 y anular la de 1949. Según declaraciones de Menéndez al diario La Prensa, los políticos comprometieron su apoyo al golpe. Con ese respaldo, el general decidió reunirse con su colega Lonardi. Pero allí aparecieron las diferencias que se mantendrían cuatro años más tarde, cuando le tocase a Lonardi el turno de encabezar el golpe triunfante contra Perón: mientras Menéndez quería desarmar por completo el Estado peronista y quitarles todas las conquistas sociales a los trabajadores, retrotrayéndolos al régimen de semiesclavitud que regía antes de 1943, Lonardi sostenía que debía mantenerse la legislación social vigente y garantizar los derechos y mejoras alcanzadas por los asalariados.
Cuando todavía no habían llegado a un acuerdo y temiendo que Lonardi le arrebatara la conducción del golpe, Menéndez se lanzó a la ofensiva.

El movimiento estalló en las primeras horas del 28 de septiembre. Como corresponde a todo golpista que se precie, Menéndez redactó su proclama, que decía: "He resuelto asumir hoy ante el pueblo de mi Patria la extraordinaria responsabilidad de encabezar un movimiento cívico-militar, que por sintetizar un sentimiento casi unánime deberá conducirnos, indefectiblemente, a dar término a una situación que no puede ya ser sostenida ni defendida. Cuento para ello con el apoyo de las fuerzas de tierra, mar y aire, y el respaldo de la ciudadanía representada por figuras prominentes de los partidos comprometidos a una tregua política que asegure la más amplia obra de conciliación nacional y el retorno a una vida digna, libre y de verdadera democracia".

El intento de golpe tuvo su tímido epicentro en Campo de Mayo, donde los "revolucionarios" sólo alcanzaron a poner en marcha dos o tres tanques. El presidente declaró el estado de guerra interno. La CGT dispuso una huelga general y el estado de alerta y llamó a una concentración en Plaza de Mayo. A las tres de la tarde todo había terminado y Perón pudo dirigirse a una Plaza de Mayo colmada de simpatizantes. Había bautizado al movimiento como una "chirinada" recordando al sargento Andrés Chirino que le había dado muerte por la espalda nada menos que a Juan Moreira el 30 de abril de 1874 contra los tapiales del boliche "La Estrella" en Lobos. Fiel a su "tercera posición", Perón culpó a "las oscuras fuerzas del capitalismo y del comunismo" y agregó: "Un grupo de malos argentinos ha deshonrado el uniforme de la patria [...]. Cuando comenzaron a sonar los primeros disparos, levantaron la bandera blanca para darse por vencidos. Son unos cobardes porque no tuvieron el coraje de morir en el momento en que debían haber sacrificado sus vidas por salvaguardar su honor. Por esto sufrirán la pena que se debe imponer a los cobardes. El oprobio de ser ejecutados".

La gente gritaba "leña" y "a la horca", y Perón respondió: "Esto es exactamente lo que haré. Y servirá como ejemplo. Todo el mundo debe saber que los que en el futuro se arriesguen a enfrentársenos tendrán que matarnos, porque de otra forma nosotros seremos los que los mataremos a ellos". Pero en este caso, como le recordaría Evita días más tarde, primó más su pertenencia a la corporación militar y su temor a las consecuencias del anunciado ajusticiamiento de los golpistas, que su fidelidad a la consigna "Perón cumple". Evita estuvo al margen de los hechos. Su salud se iba apagando en su habitación del primer piso de la residencia presidencial en Libertador y Austria. Fue informada por Perón de lo ocurrido y pidió que un equipo de radio se trasladara a la residencia para hablarle al país.

Su voz se escuchaba firme pero apagada y dolida. Sin embargo, no había perdido su capacidad de iniciativa. No habían pasado 24 horas del intento golpista cuando Evita, tras insistirle sin éxito a Perón con la pena de muerte para los complotados, convocó a la cúpula de la CGT y les encargó la compra de cinco mil pistolas automáticas y mil quinientas ametralladoras con sus municiones correspondientes, para formar milicias obreras de autodefensa. Todos los gastos correrían por cuenta de la Fundación. Un grupo selecto de oficiales y suboficiales de comprobada lealtad estaría a cargo del entrenamiento militar. La operación se concretó a través del príncipe Bernardo de Holanda, que había visitado el país hacía pocos meses y había probado el Pulqui, el primer avión militar a reacción producido íntegramente en el país. Lo que pocos saben o mencionan es que las milicias se formaron y comenzaron a entrenar. Perón no ocultó su descontento. Según lo relatan sus protagonistas, él no era adicto a una movilización armada del pueblo.

Las cosas siguieron lentamente y sin estridencias, debido a que la enfermedad de Evita se agravaba día a día. La única corazonada de esta gran luchadora, que intentó que el pueblo tuviera protagonismo real de la forma que fuera, quedó frustrada.. Para el general pesaron más el "espíritu de cuerpo" y sus temores de desatar una guerra civil. Las pistolas terminaron en algunas unidades de Gendarmería y en el Arsenal Esteban de Luca, las milicias fueron disueltas y los golpistas encerrados en unidades militares a la espera de una nueva oportunidad. Tendrían que esperar exactamente cuatro años para ver a su golpe triunfante y bautizarlo como "Revolución Libertadora".

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