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(antes que nada quiero aclarar que no estoy nada de acuerdo con lo que dice este sorete, tan solo dejo un ejemplo de como operan los aparatos de inteligencia)

Fernando Ochoa Antich // Vergüenza




Tengo que confesarlo. Me causó una dolorosa impresión ver la fotografía, en la cual Néstor Kirchner le entregó la presidencia de la Argentina a su esposa, Cristina Fernández, Esta impresión no surge porque crea que la nueva presidenta de la Argentina no será capaz de ejercer con brillo e idoneidad suficiente tan exigentes funciones. Al contrario, pienso que Cristina Fernández tiene mucho más claro que Néstor Kirchner las necesarias decisiones que debe tomar su gobierno para consolidar el avance económico de su país y solucionar los complejos problemas que, desde hace muchos años, enfrenta la patria de San Martín. Mi crítica a lo ocurrido en Argentina tiene un fundamento ético indiscutible, que no puede ser resuelto con el argumento de que la nueva presidenta fue electa en elecciones democráticas por su pueblo. La entrega del poder a la esposa o a un familiar cercano es un hecho inmoral inaceptable en un régimen democrático. Es el mismo problema que presenta la reelección presidencial indefinida. Es imposible que exista una elección presidencial realmente transparente y equitativa si uno de los candidatos ejerce la primera magistratura nacional. Eso ocurre tanto en los países desarrollados como en el Tercer Mundo. No tiene solución.

Así lo entendió la elite norteamericana y su pueblo al reestablecer de nuevo la reelección presidencial una sola vez, después de un corto período presidencial de 4 años, como había sido previsto por George Washington. Estaban convencidos de que las cuatro presidencias de Franklin Delano Roosevelt y su reforma para permitir la reelección indefinida le habían hecho un gravísimo daño a Estados Unidos. Es imposible negar que su gobierno permitió a su país superar la inmensa crisis económica de 1929 y reorientarse por el camino del progreso hasta transformarse en la primera potencia mundial; pero también es verdad que su exagerado tiempo en el ejercicio de la presidencia y lo avanzado de su edad limitó en mucho sus condiciones de estadista. En general, existe el consenso en los historiadores de que la grave enfermedad que padecía el presidente Roosevelt en la reunión de Yalta con José Stalin y Winston Churchill, en 1945, no le permitió defender los intereses mundiales de Estados Unidos con suficiente energía, facilitando la presencia de los ejércitos soviéticos en Europa Oriental y la expansión de su poder al Asia. Las concesiones dadas a la Unión Soviética por el presidente Roosevelt en esa reunión condujeron a la Guerra Fría y al mundo bipolar.

Este doloroso ejemplo parece no haber sido entendido en la América Latina. El interés de Hugo Chávez de consagrar la reelección indefinida en la reforma constitucional, rechazada con valentía por los venezolanos en el referendo aprobatorio del 2 de diciembre; el interés de Evo Morales de incluirla en la nueva Constitución boliviana: y hasta ciertos rumores que se escuchan en Bogotá sobre un posible tercer período presidencial de Álvaro Uribe, dejan en claro hacia dónde se orienta nuestro devenir político. Se olvida la tragedia que significó para nuestros países los intentos continuistas en el siglo XIX. Las principales crisis políticas, que nos condujeron a grandes enfrentamientos nacionales, se originaron en esa ambición, que lo único que oculta es un marcado culto a la personalidad y una dolorosa debilidad institucional. Buenos ejemplos son la Revolución Mexicana y la Guerra Federal en Venezuela. La primera se originó por un nuevo intento continuista de Porfirio Díaz y la segunda por la ambición desmedida de José Tadeo Monagas de continuar ejerciendo el poder.

El caso argentino es una vergüenza. Definitivamente, Néstor Kirchner no tuvo el carácter para rechazar la candidatura de su esposa. Ni siquiera siguió el ejemplo que dio, en su oportunidad, Juan Domingo Perón al no proponer a Evita como vicepresidenta de la República. Sin duda alguna, tenía todos los méritos. En cierta forma era el alma del régimen. Su carisma personal convocaba a las masas en su lucha permanente en contra de la oligarquía argentina. Su verbo inflamaba el sentimiento reivindicativo de los descamisados, que se transformaron por siempre en la base popular del peronismo. Al contrario, el Perón decadente, a su regreso al poder ya anciano, impuso a su nueva esposa, María Estela, sin ningún mérito personal, como vicepresidenta de Argentina. Su fallecimiento la condujo a ejercer la presidencia de la República. Uno de los momentos más oscuros de la historia argentina. Los hechos son testarudos. Cristina Fernández es la presidenta de Argentina. Ojalá tenga la inteligencia de gobernar sin que su esposo sea la eminencia gris del régimen. La ratificación de casi todos los ministros pareciera indicar que las cosas ya no van por buen camino. Lo lamento por el noble pueblo argentino.

ferochoa@cantv.net.


http://www.eluniversal.com/2007/12/16/opi_34719_art_verguenza_16A1261199.shtml
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