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Al infinito y mas alla, la ciencia ficcion se vuelve real. A

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Al infinito y más allá

Medio siglo atrás, la U.R.S.S. lanzaba el Sputnik: comenzaba la carrera espacial que la enfrentó con E.E.U.U. Hoy, protagonistas de ambos bandos repasan esos días.

Sorpresivamente, la ciencia ficción se convirtió en realidad. Una realidad alucinante y a la vez aterradora, según cómo se mirase. Ocurrió el 4 de octubre de 1957, exactamente a las 2.28 de la madrugada hora de Baikonur, una secreta base militar soviética oculta en lo que hoy es la República de Kazajstán. Primero despegó un cohete de cinco motores y luego se desprendió una pequeña bola de luz. Estaba hecha de aluminio para maximizar el brillo del sol y tenía cuatro antenas de tamaños desparejos que transmitían ondas de radio. La prensa occidental la describió como una "luna roja", porque al principio costaba llamar a este satélite por su nombre: Sputnik, "compañero de viaje" en ruso. Fue el primer objeto artificial lanzado por el hombre al espacio exterior, un lugar en el que hasta entonces se había podido volar sólo con la imaginación. Esta enorme e histórica conquista científica, que hizo posible –entre otras cosas– el mundo de comunicaciones instantáneas en el que hoy vivimos, fue la hija directa de la confrontación entre las superpotencias emergentes de la Segunda Guerra: la Unión Soviética y los Estados Unidos. Y en este primer round de la era espacial, Moscú llevaba las de ganar. Como para que no hubiera dudas sobre la veracidad del evento, los soviéticos permitieron que la señal del satélite pudiera ser seguida por radioaficionados del mundo entero. El matutino porteño Crítica lo escribió así: "El tip, tip, tip nos llega con nitidez similar al tono ocupado del teléfono, aunque más agudo; parecido al gotear de una canilla mal cerrada, aunque más rápido". La prensa también especulaba con fascinación sobre las posibilidades que surgirían a partir de ese momento, como si se hubieran abierto las puertas del cielo. "Para 1968 podrá intentarse llegar hasta Venus o Marte", decía un despacho fechado en Londres tras el lanzamiento del Sputnik. Pero del otro lado del Atlántico, en los núcleos de poder de Washington, en lo que menos se pensaba era en los mundos que le hubiera gustado explorar a Julio Verne. Lo que había era conmoción, miedo y una sensación de vulnerabilidad que los estadounidenses no sentían desde Pearl Harbour y que no volverían a sentir otra vez hasta los atentados del 11-S. Entonces, nadie en Occidente se había puesto a pensar que la Unión Soviética, un país que había sido reducido a ruinas humeantes por los nazis durante la Segunda Guerra, hubiera podido llegar al espacio sólo una docena de años después de la victoria sobre Hitler. "Si Moscú podía mandar un satélite encima nuestro, también podía tirar una bomba nuclear sobre nuestras cabezas. Por primera vez en nuestra historia nuestros dos grandes océanos ya no nos protegerían más de un ataque. Antes del Sputnik, para declararle la guerra a los Estados Unidos se requería tanto una decisión como la capacidad tecnológica. Ahora sólo era preciso tener esa decisión política, ya que los soviéticos tenían la capacidad técnica", explica a Viva Roger Launius, historiador del National Air and Space Museum, en Washington. De repente, daba la sensación de que EE.UU. se había dormido en los laureles de su supremacía, mientras el gigante oso ruso avanzaba sin pedir permiso. El diario The Washington Post dibujó una caricatura del entonces presidente Dwight Eisenhower jugando al golf, mientras la pelotita del Sputnik volaba por encima de su pelada, sin que él siquiera se diera cuenta. La sensación de inseguridad que sintieron los estadounidenses no fue pura paranoia. El Sputnik fue lanzado con un cohete, el R-7, que había sido previamente preparado para una eventual guerra balística intercontinental. El vector, que tenía un alcance de hasta 8 mil kilómetros, fue diseñado por un ingeniero
genial, llamado Sergei Korolev y hoy conocido como "el padre de la cosmonáutica soviética". Pero en 1957, el nombre de Korolev era el secreto de estado mejor guardado. Sus proezas eran consideradas las proezas del pueblo soviético, lo que en definitiva terminó diluyendo su figura en un manto de anonimato. Pero para el régimen, y para los comunistas del resto del planeta, la gran hazaña de Korolev y su grupo de científicos representaba la superioridad de un estilo de vida; la del socialismo frente al capitalismo. Por eso, la carrera espacial se convirtió en un ícono de la Guerra Fría. No deja de ser una paradoja que esto haya sucedido así. En 1938, Korolev fue arrestado durante una purga inexplicable, típica del stalinismo, que seguramente se debió a envidias entre poderosos y científicos. En Siberia le partieron el alma: literalmente. Lo dejaron sin dientes a golpes, le rompieron el maxilar. Quedó tan mal de salud que, una vez que fue restaurado en toda su merecida aunque secreta gloria, su salud no aguantó. Murió tempranamente, en 1966. Y ésta es tal vez una de las razones por las que los soviéticos no llegaron a la Luna y terminaron perdiendo la carrera espacial que habían iniciado.

Sorprendente

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