“La autopista del sur”
Un congestionamiento de tráfico, la tarde de un domingo, en la autopista del sur de París da a Cortázar el tema para desa¬rrollar este cuento. Aprovecha el percance para describir situa¬ciones y sucesos de la vida humana en un mundo compacto o concentrado.
Para lograr lo que se propone extrapola el incidente, lleván¬dolo hasta lo inverosímil. Lo que comienza en un conglomerado normal de automóviles, se prolonga durante semanas y podemos suponer que hasta meses, en los que suceden muchas cosas; hay cambios extremos de clima, desde mucho calor a intensas ne¬vadas. Lo que le interesa a Cortázar es describir la variación de circunstancias que pueden suceder en la vida y las reacciones frente a ellas.
Como los conductores de los vehículos pasan tanto tiempo en la carretera, afloran las dificultades: carencia de alimentos, en¬fermedades, muertes naturales, histerias, etc.; y también mercado negro, bulos, un suicidio, y hasta unos amores.
Para lograr un mejor estudio de las situaciones por las que va a hacer pasar a sus personajes, divide el gigantesco congestio¬namiento en grupos reducidos de unas 20 ó 30 personas, forma¬dos por los vehículos más próximos, y centra su atención en uno de ellos, llamando “extranjeros” a los restantes; no deja de tener su intención irónica este término “extranjero”. En cada grupo hay jefes que se han elegido según las cualidades de mando, in¬cluyendo entre estas cualidades, y como la más importante, la capacidad de servicio.
Los afectados por el suceso reaccionan, en su mayor parte, formando una pequeña sociedad donde buscan la colaboración de los demás para resolver sus problemas. Es una pequeña co¬munidad en la que hay hombres y mujeres, niños y mayores, sanos y enfermos, hay incluso hasta monjas (que rezan); todos unidos por la desventura. Se distribuyen los trabajos: a las mu¬jeres les tocan, entre otras cosas, las labores de asistencia. El más egoísta del grupo, que se aísla y es insociable, es el suicida: se cierra a los demás y fracasa en la vida. Hay algunos casos de histeria y asomos de violencia.
Contrasta esta buena disposición de los componentes del gru¬po con la desconfianza y egoísmo de los campesinos de los al¬rededores, que no sólo no prestan ayuda sino que llegan a ser hostiles.
Al cabo de unos días, se produce en esa “sociedad” un orden y disciplina, que da como resultado una vida rutinaria, pues supone sujetarse a ciertas leyes. Aunque algunos se quejan de carencias materiales y de falta de comodidades, de todas formas “había alguna felicidad”.
Las adversidades dan lugar a que los protagonistas vivan más humanamente y saquen a relucir lo mejor que hay en ellos. El autor concluye que al hombre, y en especial al hombre que vive en el agitado mundo actual, le conviene detenerse alguna vez en la vida para profundizar en su interior y que aparezca lo que de bueno hay en él.
Cortázar se muestra, en este cuento, optimista con respecto al hombre. El hombre de la ciudad —en este caso concreto, el de la supercivilizada París— es bueno y generoso, incluso más bueno que el campesino, que está más en contacto con la natu¬raleza.
Cuando al final se deshace el conglomerado de vehículos, y el movimiento y la velocidad rompen aquella unidad, se sus¬pende el ejercicio de las virtudes que practicaron durante varios días, dejan de mirar a los lados y atrás, de mirar en profundidad: “sin que se supiera por qué tanto apuro, por qué esa carrera... donde nadie sabía de los otros, donde el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante”.
Desde el punto de vista moral hay más de positivo que de ne¬gativo, y salvo el suicidio, el cuento es limpio.
“El otro cielo”
Narra la vida de un hombre que comienza desde adolescente a frecuentar los barrios de una ciudad, que tiene algo de Buenos Aires y de París, lugares donde ha vivido Cortázar. Aparentemen¬te el tema es fácil y vulgar. Pero aquí se muestra la habilidad de Cortázar que, con pocas palabras, describe este tipo humano ca¬rente de valores. Al leer el cuento se saca la impresión de que los protagonistas, hombres y mujeres, son tipos apáticos, aburri¬dos, tristes, sin amigos auténticos, sin ilusiones, confusos, tímidos y vergonzosos.
El cuento comienza así: “Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía el terreno, aceptando sin re¬sistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra”. Una vida fácil, sin exigencias, sin esfuerzo, sin ideales ni nada por lo que luchar: dejarse llevar, la ley del mínimo esfuerzo.
El protagonista narra su vida: vivió de niño con un padrastro que no se preocupaba de él; su madre es una mujer blanda que no muestra muchos cuidados ni energía, que se enfada cuando su hijo —ya mayor— no duerme en casa, pero que se contenta con cualquier regalito.
Todavía joven acudía a casas de mala nota. Va a esos luga¬res llevado por una curiosidad malsana, pero sobre todo porque siente la necesidad de ser alguien; tiene que suplir de alguna manera su deficiencia interior, su falta de personalidad. Y en este ambiente es donde cree que va a conseguir la hombría con un poco de dinero: “...yo con unos miserables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos fumando un Commander...”
Con pocas palabras se describe al muchacho que no puede triunfar de otra manera en la vida, porque no tiene categoría pa¬ra ello, y quiere tener la sensación de ser alguien acudiendo a esos lugares, con poco dinero, que ni siquiera se lo ha ganado con su esfuerzo sino que se lo han dado en su casa.
De mayor trabaja como agente de bolsa atendiendo a los clientes que le dejó su padre, pero no progresa profesionalmente. El lugar de trabajo está muy próximo al barrio bajo, lo que hace que para él sea muy fácil evadirse de él; pasar de un trabajo sin horizontes ni ilusión, a la evasión de las bajas pasiones y de la vida fácil.
Su vida transcurre entre su casa, el trabajo, una novia por la que no siente gran atracción, y este desenfreno. Este último aspecto lo va absorbiendo de modo casi total, llegando a ser “el otro cielo”. Cielo de una buhardilla de techo que se toca con la mano; cielo de estuco y yeso con los adornos baratos de los lupanares. Describe estos lugares como sitios lúgubres, donde hay gente triste, desechos de la vida y donde huele mal, a cer¬veza avinagrada, a humo de tabaco barato; donde no se ve casi la luz del sol. Los clientes repudian el ambiente limpio, hasta el punto de que el mismo protagonista, por prescripción médica, tiene que ir a un ambiente sano, a una isla, y no aguanta más de dos o tres días (estaba previsto que fuesen más de quince).
Como un momento fuerte del cuento, se narra la ejecución en la guillotina de un envenenador, a la que asisten varios pro¬tagonistas del relato, después de pasar una noche de juerga y ya totalmente borrachos. Todo el mérito y valor de los asistentes está en ver quién resiste la visión directa de la ejecución para “...jactarse de una vista más aguda o de unos nervios más tem¬plados para admiración de última hora de nuestras tímidas com¬pañeras”.
Logra la amistad de una de aquellas mujeres de mala vida, no por las cualidades positivas que pueda tener el protagonista (Cortázar nunca se las reconoce) sino porque anda suelto por el barrio un asesino de este tipo de mujeres y una de ellas busca su protección.
En el barrio se extiende el miedo al asesino, Laurent; miedo del que participa el protagonista; da la sensación de que es el miedo que tiene a su inutilidad, y quisiera huir buscando pro¬tección en su madre o en su novia; pero su amor propio se lo impide: “...la esperanza de que el gran terror llegara a su fin en el barrio... y que volver a mi casa no se pareciera ya a una escapatoria, a un ansia de protección...”.
Aparece en el cuento un personaje al que llaman “el sudame¬ricano", que tiene aire siniestro, pero que al final resulta ser un pobre hombre parásito de esos ambientes. Muere solo y en su ve¬latorio sólo arde una pobre vela y le acompaña un rato la casera del hospedaje. Todo el aire de gran malignidad es pura aparien¬cia que se desvanece como el humo. El tal Laurent también resulta ser otro infeliz. Por fin, el protagonista contrae matrimo¬nio, viéndolo como una “normalidad burocrática”; va él por iner¬cia o por convencionalismo, sin ideas positivas.
Después de una ausencia prolongada de los barrios bajos, re¬cuerda con nostalgia aquella vida: “Supongo que el trabajo y las obligaciones familiares contribuían a impedírmelo... Y entre una cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre... y me quedaré en casa mi¬rando a Irma y a las plantas del patio”. Una vida tranquila, abur¬guesada, que desplaza aquella otra vida de barrio bajo.
Desde el punto de vista moral, Cortázar, aunque presenta de modo poco favorable todos esos vicios, sugiere y alimenta la ima¬ginación con bastantes descripciones, lo que hace peligrosa la lectura de este libro. Toda idea religiosa está ausente. Lo que quiere el autor es pintar la falsa felicidad del “otro cielo”, pero sin proponer nada mejor. Describe los antivalores sin referirse a los valores sobrenaturales o simplemente humanos.
Un congestionamiento de tráfico, la tarde de un domingo, en la autopista del sur de París da a Cortázar el tema para desa¬rrollar este cuento. Aprovecha el percance para describir situa¬ciones y sucesos de la vida humana en un mundo compacto o concentrado.
Para lograr lo que se propone extrapola el incidente, lleván¬dolo hasta lo inverosímil. Lo que comienza en un conglomerado normal de automóviles, se prolonga durante semanas y podemos suponer que hasta meses, en los que suceden muchas cosas; hay cambios extremos de clima, desde mucho calor a intensas ne¬vadas. Lo que le interesa a Cortázar es describir la variación de circunstancias que pueden suceder en la vida y las reacciones frente a ellas.
Como los conductores de los vehículos pasan tanto tiempo en la carretera, afloran las dificultades: carencia de alimentos, en¬fermedades, muertes naturales, histerias, etc.; y también mercado negro, bulos, un suicidio, y hasta unos amores.
Para lograr un mejor estudio de las situaciones por las que va a hacer pasar a sus personajes, divide el gigantesco congestio¬namiento en grupos reducidos de unas 20 ó 30 personas, forma¬dos por los vehículos más próximos, y centra su atención en uno de ellos, llamando “extranjeros” a los restantes; no deja de tener su intención irónica este término “extranjero”. En cada grupo hay jefes que se han elegido según las cualidades de mando, in¬cluyendo entre estas cualidades, y como la más importante, la capacidad de servicio.
Los afectados por el suceso reaccionan, en su mayor parte, formando una pequeña sociedad donde buscan la colaboración de los demás para resolver sus problemas. Es una pequeña co¬munidad en la que hay hombres y mujeres, niños y mayores, sanos y enfermos, hay incluso hasta monjas (que rezan); todos unidos por la desventura. Se distribuyen los trabajos: a las mu¬jeres les tocan, entre otras cosas, las labores de asistencia. El más egoísta del grupo, que se aísla y es insociable, es el suicida: se cierra a los demás y fracasa en la vida. Hay algunos casos de histeria y asomos de violencia.
Contrasta esta buena disposición de los componentes del gru¬po con la desconfianza y egoísmo de los campesinos de los al¬rededores, que no sólo no prestan ayuda sino que llegan a ser hostiles.
Al cabo de unos días, se produce en esa “sociedad” un orden y disciplina, que da como resultado una vida rutinaria, pues supone sujetarse a ciertas leyes. Aunque algunos se quejan de carencias materiales y de falta de comodidades, de todas formas “había alguna felicidad”.
Las adversidades dan lugar a que los protagonistas vivan más humanamente y saquen a relucir lo mejor que hay en ellos. El autor concluye que al hombre, y en especial al hombre que vive en el agitado mundo actual, le conviene detenerse alguna vez en la vida para profundizar en su interior y que aparezca lo que de bueno hay en él.
Cortázar se muestra, en este cuento, optimista con respecto al hombre. El hombre de la ciudad —en este caso concreto, el de la supercivilizada París— es bueno y generoso, incluso más bueno que el campesino, que está más en contacto con la natu¬raleza.
Cuando al final se deshace el conglomerado de vehículos, y el movimiento y la velocidad rompen aquella unidad, se sus¬pende el ejercicio de las virtudes que practicaron durante varios días, dejan de mirar a los lados y atrás, de mirar en profundidad: “sin que se supiera por qué tanto apuro, por qué esa carrera... donde nadie sabía de los otros, donde el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante”.
Desde el punto de vista moral hay más de positivo que de ne¬gativo, y salvo el suicidio, el cuento es limpio.
“El otro cielo”
Narra la vida de un hombre que comienza desde adolescente a frecuentar los barrios de una ciudad, que tiene algo de Buenos Aires y de París, lugares donde ha vivido Cortázar. Aparentemen¬te el tema es fácil y vulgar. Pero aquí se muestra la habilidad de Cortázar que, con pocas palabras, describe este tipo humano ca¬rente de valores. Al leer el cuento se saca la impresión de que los protagonistas, hombres y mujeres, son tipos apáticos, aburri¬dos, tristes, sin amigos auténticos, sin ilusiones, confusos, tímidos y vergonzosos.
El cuento comienza así: “Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía el terreno, aceptando sin re¬sistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra”. Una vida fácil, sin exigencias, sin esfuerzo, sin ideales ni nada por lo que luchar: dejarse llevar, la ley del mínimo esfuerzo.
El protagonista narra su vida: vivió de niño con un padrastro que no se preocupaba de él; su madre es una mujer blanda que no muestra muchos cuidados ni energía, que se enfada cuando su hijo —ya mayor— no duerme en casa, pero que se contenta con cualquier regalito.
Todavía joven acudía a casas de mala nota. Va a esos luga¬res llevado por una curiosidad malsana, pero sobre todo porque siente la necesidad de ser alguien; tiene que suplir de alguna manera su deficiencia interior, su falta de personalidad. Y en este ambiente es donde cree que va a conseguir la hombría con un poco de dinero: “...yo con unos miserables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos fumando un Commander...”
Con pocas palabras se describe al muchacho que no puede triunfar de otra manera en la vida, porque no tiene categoría pa¬ra ello, y quiere tener la sensación de ser alguien acudiendo a esos lugares, con poco dinero, que ni siquiera se lo ha ganado con su esfuerzo sino que se lo han dado en su casa.
De mayor trabaja como agente de bolsa atendiendo a los clientes que le dejó su padre, pero no progresa profesionalmente. El lugar de trabajo está muy próximo al barrio bajo, lo que hace que para él sea muy fácil evadirse de él; pasar de un trabajo sin horizontes ni ilusión, a la evasión de las bajas pasiones y de la vida fácil.
Su vida transcurre entre su casa, el trabajo, una novia por la que no siente gran atracción, y este desenfreno. Este último aspecto lo va absorbiendo de modo casi total, llegando a ser “el otro cielo”. Cielo de una buhardilla de techo que se toca con la mano; cielo de estuco y yeso con los adornos baratos de los lupanares. Describe estos lugares como sitios lúgubres, donde hay gente triste, desechos de la vida y donde huele mal, a cer¬veza avinagrada, a humo de tabaco barato; donde no se ve casi la luz del sol. Los clientes repudian el ambiente limpio, hasta el punto de que el mismo protagonista, por prescripción médica, tiene que ir a un ambiente sano, a una isla, y no aguanta más de dos o tres días (estaba previsto que fuesen más de quince).
Como un momento fuerte del cuento, se narra la ejecución en la guillotina de un envenenador, a la que asisten varios pro¬tagonistas del relato, después de pasar una noche de juerga y ya totalmente borrachos. Todo el mérito y valor de los asistentes está en ver quién resiste la visión directa de la ejecución para “...jactarse de una vista más aguda o de unos nervios más tem¬plados para admiración de última hora de nuestras tímidas com¬pañeras”.
Logra la amistad de una de aquellas mujeres de mala vida, no por las cualidades positivas que pueda tener el protagonista (Cortázar nunca se las reconoce) sino porque anda suelto por el barrio un asesino de este tipo de mujeres y una de ellas busca su protección.
En el barrio se extiende el miedo al asesino, Laurent; miedo del que participa el protagonista; da la sensación de que es el miedo que tiene a su inutilidad, y quisiera huir buscando pro¬tección en su madre o en su novia; pero su amor propio se lo impide: “...la esperanza de que el gran terror llegara a su fin en el barrio... y que volver a mi casa no se pareciera ya a una escapatoria, a un ansia de protección...”.
Aparece en el cuento un personaje al que llaman “el sudame¬ricano", que tiene aire siniestro, pero que al final resulta ser un pobre hombre parásito de esos ambientes. Muere solo y en su ve¬latorio sólo arde una pobre vela y le acompaña un rato la casera del hospedaje. Todo el aire de gran malignidad es pura aparien¬cia que se desvanece como el humo. El tal Laurent también resulta ser otro infeliz. Por fin, el protagonista contrae matrimo¬nio, viéndolo como una “normalidad burocrática”; va él por iner¬cia o por convencionalismo, sin ideas positivas.
Después de una ausencia prolongada de los barrios bajos, re¬cuerda con nostalgia aquella vida: “Supongo que el trabajo y las obligaciones familiares contribuían a impedírmelo... Y entre una cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre... y me quedaré en casa mi¬rando a Irma y a las plantas del patio”. Una vida tranquila, abur¬guesada, que desplaza aquella otra vida de barrio bajo.
Desde el punto de vista moral, Cortázar, aunque presenta de modo poco favorable todos esos vicios, sugiere y alimenta la ima¬ginación con bastantes descripciones, lo que hace peligrosa la lectura de este libro. Toda idea religiosa está ausente. Lo que quiere el autor es pintar la falsa felicidad del “otro cielo”, pero sin proponer nada mejor. Describe los antivalores sin referirse a los valores sobrenaturales o simplemente humanos.