RICKY NOT DEAD Este post se lo dedico a la memoria de Ricky, no soy católico ni nada, no creo que este en el cielo, solamente se lo quiero dedicar a el y a nadie más. Este post quiere reflejar más la persona que el músico. Disfruten. Primero la descripcion de Wikipedia: Manuel Ricardo Espinosa, más conocido como Ricky Espinosa (Buenos Aires, Argentina, 31 de diciembre de 1966 – ibídem, 30 de mayo de 2002) fue un cantante y guitarrista argentino, primero fue guitarrista de Flema pero después del rearme de la banda pasó a ser voz y líder de la banda, creando luego una banda paralela llamada Flemita y editando material también en formato solista. Comienzos Ricky Espinosa nació en el barrio de Gerli, zona sur del Gran Buenos Aires. Poco se conoce de sus primeros años, que probablemente fueron como los de cualquier chico de barrio. En febrero de 1981 aprendió a tocar la guitarra y poco después formó su primer grupo, que tocaba canciones de V8 y de Pappo. Con el tiempo su música se fue haciendo más pesada y a mediados de los ochenta el grupo había tomado el nombre de "overkill" y paso de heavy metal a simplemente punk-rock. A Ricky se le atribuye el haber promovido la escena underpunk en argentina con su banda paralela flemita en la que en sus discos hacia covers y promovia a bandas de la escena under en argentina. Muerte Hubo muchos rumores sobre lo que realmente sucedió la noche de la muerte de Ricky Espinosa, pero lo declarado por la banda fue que se produjo cuando Ricardo Espinosa y Luichi llegaron de grabar las voces para el último álbum, "5 de copas". Volvían en el remís privado de Ricky, tomando alcohol fino con jugo en polvo y festejando la finalización de la grabación. Llegaron a la casa de Luichi, situada en un quinto piso de un monoblock de Avellaneda, donde siguieron bebiendo y jugaron PlayStation. Repentinamente, Ricky corrió el televisor que obstaculizaba una ventana, y saltó al vacío. Murió en la ambulancia, camino al hospital. No pudieron hacer un velatorio decente porque los dueños de la casa fúnebre vieron la multitud de punks que se juntaba y decidieron suspenderlo. Tuvieron que velarlo en el patio de la casa del hermano donde también asistió el guitarra y voz de El Otro Yo, Cristian Aldana y el cantante Niko Villano de Villanos. Hoy yacen sus restos en el pabellón verde llamado Juan XIII, en el Cementerio del barrio de Avellaneda, y todos los 30 de mayo, una multitud se junta a rendrle homenaje. Una nota de Pagina 12: Si el placer es un pecado, Ricky Espinosa tiene bien ganado su lugar en el infierno, aunque sus demonios internos no lo hayan dejado disfrutar del todo sus 33 años de vida. Y su final es una confirmación más de todo ese dolor del que daba cuenta en cada entrevista: en la madrugada de ayer, Espinosa murió tras haberse arrojado desde un quinto piso. El cantante y líder de Flema, eterno mito del under punk, fue uno de los rockeros más descontrolados, graciosos, nihilistas y entrañables que existieron en la Argentina. Su muerte no sorprendió a sus amigos, que sabían que podía llegar en cualquier momento. ¿Qué les habrá dicho a ellos, qué habrán tenido que ver? No resulta muy difícil de imaginar. “Intenté suicidarme seis veces... Ni para eso sirvo”, le había dicho en noviembre del año pasado al Suplemento No de este diario. Hay decenas de anécdotas, entre hilarantes y revulsivas, que pueden ayudar a formarse una idea de qué clase de tipo era ese morocho, bajito y simpático personaje que cantaba en Flema. Por ejemplo, una de antes de formar la banda, en su Avellaneda de toda la vida: el día de la primavera de 1985 se subió al escenario que la Municipalidad había montado en la plaza Alsina (para un acto que se haría más tarde) y decidió cantar a capella. Los estudiantes que estaban en el lugar, algo averiados, se murieron de risa, así que Ricky se bajó los pantalones y se puso a bailar (costumbre que luego patentó en Flema). Obviamente, se lo llevaron preso, pero todos los que lo habían visto armaron un piquete en la puerta de la comisaría... ¡y lograron que saliera! Esa tarde, Ricky marchó dos cuadras en andas de sus fans espontáneos, de nuevo hasta la plaza. Flema no fue un invento de Ricky –se acopló como guitarrista a la banda que recién se formaba–, pero fue su obra y su elemento. El grupo de “punk anarcoquilombero”, según su propio líder, surgió en 1987. Al año siguiente, dos de sus canciones aparecieron en el hoy legendario compilado Invasión 88. “Aunque nunca cobré un peso, fue una suerte entrar, porque nos dio un gran empuje. Gracias a ese disco me hicieron la primera nota en la revista Pelo. Ahí empezó la leyenda del descontrol, porque yo tenía ganas de hacer pis, me daba vergüenza pedir ir al baño y me eché un cloro por el balcón. Esas cosas me perjudicaron a nivel personal, pero beneficiaron a la banda como promoción extremista”, recordó más tarde. A Flema le costó mucho grabar su primer disco, aunque luego lograron completar otros siete. Según trascendió, el grupo en pleno estaba festejando haber completado el octavo, Cinco de copas, y en medio de un partido de PlayStation el cantante decidió arrojarse por la ventana de la casa de Luichi, el guitarrista. Ricky también tenía una banda paralela, Flemita, y sacó un disco como solista, Vida Espinosa. Aquella vez de su improvisado show exhibicionista no fue la única en que tuvo problemas con la policía. En diciembre de 1999, un taxista lo acusó de intento de robo, pero fue sobreseído. “Seré cualquier cosa, pero no soy un chorro”, respondió Ricky. Hace pocos días fue detenido por posesión de marihuana y pasó la noche adentro. Sus allegados dicen que desde entonces le provocaba terror ir a la cárcel. “Si yo soy así/ no es por culpa de las drogas/ Si yo soy así/ no es por culpa del alcohol”, cantaba Ricky en su canción más conocida, “Si yo soy así”, un verdadero himno para los fans de Flema. Los shows eran bacanales de transpiración, escupitajos y punk rock bien sucio: la banda no ensayaba para no perder la espontaneidad. Cuando Flema cumplió catorce años, la fiesta incluyó una torta de crema que su líder comió después de que sus seguidores le escupieran encima. Así vivió Ricky, y dijo cosas como ésta, respecto del suicidio de Kurt Cobain: “Lo que hizo es una estupidez, un mal ejemplo, lo que quieras... pero fue digno. Si no tenés ganas de vivir más, no vivas más y punto”. A Ricky también se le acabaron las ganas. Una nota de Clarin: Ricky Espinosa y la trampa biográfica (Foto: Fabián García, Resakka, quien generosamente abrió su archivo para la ocasión) Al escribir sobre la vida de una persona, uno está obligado a utilizar ―al menos tangencialmente― los rudimentos del género “biografía”. Tiene que tomar en préstamo su desesperación cronológica (tal cosa sucedió en tal fecha), la sordidez metonímica de sus proposiciones: un puñado de acciones deben hablar por toda una existencia. Acaso se trata de su condición epistemológica, acaso nadie puede escapar de esa restricción. ―La condición epistemológica de la biografía es una mierda ―imagino que podría haber dicho, haciendo alarde de su capacidad de síntesis, uno que conocí. 0227sep.jpg Cinco o seis años atrás, un desconocido llamó por teléfono para hacerme algunas preguntas sobre el músico Ricky Espinosa. Esta persona estaba escribiendo un libro, un artículo o un texto cualquiera, no recuerdo, sobre su vida y obra. Desesperación cronológica, sordidez metonímica. YO: ¿Qué querés saber? EXTRAÑO AL TELÉFONO: Quería que me contara alguna anécdota sobre Ricky. YO: ¿Qué clase de anécdota? EXTRAÑO AL TELÉFONO: No sé, alguna que lo pinte de cuerpo entero. Le conté la anécdota. Creo que no le gustó. Hasta donde sé, no la usó en su libro, artículo o lo que fuera que estuviera escribiendo. Sencillamente no encajaba. Fue como cuando se estrenó la película La caída (The untergang, 2004), de Oliver Hirschbiegel, y no faltaron quienes se quejaron enérgicamente porque Adolf Hitler había sido retratado como si, de hecho, hubiese sido un ser humano. Tampoco había puesto muchas fichas en el proyecto literario del extraño al teléfono. Pensé en esa expresión de Frank Zappa, eso de que el periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer. Y lo asocié con esa idea de que la biografía es un género literario menor, bastardo. La biografía ―en este sentido, y también en muchos otros― es hija indeseable de una copulada fugaz entre un libro de divulgación histórica y una revista de chimentos. A veces, cuando se agrega el apellido “crítica”, la biografía cree haber alcanzado cierta respetabilidad social; pero basta con escuchar el chismorroteo de las señoras en la feria para descubrir que sigue siendo la malmirada del pueblo. Entró a los estantes de las librerías, pero continúa siendo una chirusa que funciona mejor en los kioscos de revistas baratas. El escritor escocés Irvine Welsh cerró Acid house, su libro de cuentos de 1994, con una novela corta llamada Un listillo. Allí, su protagonista, un guardaparques aburrido, se confiesa asiduo lector de biografías: Jim Morrison, Brian Wilson, Ernest Hemingway, Elvis Presley… “Realmente, no puedo decir que haya disfrutado con ninguna, con la posible excepción de la de Kirk Douglas”. Su jefe lo felicita por leer biografías, pues, dice, un lector nunca se aburre. “Excelente. Alguna gente se llena la cabeza con teorías políticas y sociales: eso sólo puede causar resentimiento e insatisfacción con la suerte que a uno le ha tocado”. La moraleja sería que las biografías en general están en el penúltimo peldaño de la escala evolutiva literaria; el último peldaño lo ocupan las biografías de músicos de rock. Así que ya me imaginaba la biografía que planeaba el extraño al teléfono: nació, se emborrachó, se drogó, se vomitó encima y se cayó muerto. Ricky Espinosa había nacido en 1966 y falleció en 2002. Era el cantante de Flema, banda punk del suburbio sur del conurbano bonaerense con una bien ganada fama de forajidos, ineptos musicales y drogones reventados. Fue sencillo convertir cada acto en destino, cada acción en consecuencia. Espinosa cantaba: “Tan feliz soy acá, que tengo que despegar/ Qué lindo amor, me voy a suicidar”. Y una noche se tiró (o se cayó, o quién sabe qué) del balcón de un edificio. Coreaba “me voy a suicidar” y se suicidó. Uno más uno igual dos. Nunca falla. De eso se trata la hipocresía de la cronología, según escribió un tal Jeffrey Cartwright: “La estúpida pretensión de que una cosa sigue a la otra, como si un sábado un hombre debiera ahorcarse porque el viernes estaba melancólico, cuando quizás su melancolía no tuvo nada que ver con el suicidio, quizás se ahorcó por pura extravagancia”. El extraño al teléfono quería que le contara alguna aventura donde no faltaran drogas, alcohol, preferentemente vómitos y patrulleros, todas aquellas anécdotas que ―como un letrero vial― señalan hacia un mismo punto de llegada. Tengo varias de ésas, más de las que quisiera tener, pero le conté otra cosa: las tardes en Gerli, Avellaneda. Pues Ricky Espinosa era el cantante de Flema, banda punk emblemática del suburbio donde nací y crecí, pero también era un amigo, un buen pibe, un tipo al que de veras llegué a apreciar. Vivía con los padres, en una casa de pasillo-al-fondo, y dormía en lo que hubiese sido un pequeño living o recibidor. Yo llevaba unas palmeritas que compraba en la confitería La Nouvelle, antes de tomarme el tren en la estación de Lomas de Zamora; después bajaba en Gerli y caminaba hasta la casa. La madre preparaba café y pasábamos la tarde comiendo palmeritas, tomando café, escuchando música, hablando sobre la vida y su azarosa injusticia. Eso era todo. A veces, cuando veo pintadas callejeras de “Ricky no murió” o su cara grabada vía esténcil, cuando escucho anécdotas que lo tienen haciendo líos y macanas, convertido en epítome de la autodestrucción y de la falta de méritos, recuerdo aquellas tardes y sonrío. Pienso en Jeffrey Cartwright y digo que sí que se murió, que está más muerto que un clavo. Luego pienso en qué escasa porción de nuestras vidas dedicamos a ser lo que otras personas creen que somos. Antes que ser ese eterno perdulario revoltoso que parecía en sus canciones o en las entrevistas ―la imagen que entregó al mundo, la única imagen con la que alguien como él podía hacerse notar, con la que podía poner un pie en ese mundo al que se disponía tirar abajo―, Espinosa podía definirse por su curiosa habilidad para simplificar en pocas palabras cualquier situación infinitamente compleja. A veces rozaba la genialidad cuando lo hacía, otras veces resultaba enervante y cansador. Invariablemente, “mierda” solía ser su término preferido para hacer estas síntesis. En 1998 o 1999 escribí, en la revista Madhouse, un texto sobre la casa de mi abuela, que estaba en Sarandí, cerca de Gerli, todo en Avellaneda. Hablaba de lo lindo que era ser chico e ir a su casa, de los vecinos viejos, de sentarse a tomar mate con bizcochitos en la vereda; de los barquitos de papel de diario, de los helados, de lo feliz que puede ser la vida desde los ojos de un chico de suburbio; de cuánto deseaba dejar de ser la persona que era en 1998 o 1999, de cuánto deseaba ser de nuevo chiquito y feliz. Espinosa llamó por teléfono y dijo que había compuesto una canción en base a ese texto. ―¿Cómo se llama? ―le pregunté. ―“Todo es una mierda”. Esa era su capacidad de síntesis. Lo tomabas o lo dejabas. Y los pibes punk del suburbio sur lo tomaban, lo festejaban, lo convertían en pintada en la pared, inscripción en la remera o en el pupitre. ―¿Me vas a pagar? ¿Voy a cobrar regalías? ¿Seré rico? ―No. Pero cuando me muera te voy a heredar mi talento. ―Mejor heredame tus ojos, que los míos son miopes y no dan para más. ―¿Para qué los querés? Vos tenés ojos celestes porque sos blanquito, rubio y lindo, yo tengo ojos de negro feo de mierda. Y así. Supongo que hay cosas de las que no se habla, aristas de la persona empírica que no deben revelarse a fin de que se construya el personaje biográfico. No hay que romper la suma de uno más uno igual dos, donde las causas van acompañadas de consecuencias, donde las flechas viales señalan un destino necesario: donde una persona se suicida porque es borracha, porque es drogona y porque canta “me voy a suicidar”. Ahí está el truco de la biografía: ir de adelante hacia atrás, pero escribir de atrás hacia delante. El sociólogo Robert Nisbet observó: “La historia ―alguien lo dijo muy bien― revela sus secretos sólo a quienes comienzan por el presente. Para mencionar las palabras de Alfred North Whitehead, el presente es tierra sagrada”.
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