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Las calenturas de la clase media (Caras y Caretas)

Info2/20/2008
El Ser y La Nada Por Roxana Sandá Se declara progre pero vota a la derecha. Jura que hay que respetar la ley pero la transgrede cada vez que puede. Vive con la calculadora en la mano, culpa a los políticos por todos sus males y hace de la cacerola su instrumento musical favorito. Es, señoras y señores, la clase media. Un simpático portal creativo destinado a personas de 13 a 18 años define a la clase media argentina como la “clase social de los que ni andan descalzos ni tienen zapatos. Las medias de esta clase –al menos en nuestro país– ya llevan varias zurcidas”. Tal vez el empeño desesperado por reforzar esos costurones sea lo que pinte de cuerpo entero a esta franja tan despellejada como el país que siempre sueña suyo, aunque más no sea por un tiempo. Y que en cada tropiezo se atora de sus propios tics: los espasmos de indiferencia, el derecho a la identificación, la alegría frente al mal menor, la desconfianza en sí misma y esa obsesión de escaparle al fantasma del “dolor de ya no ser”, que viene mordiéndole los talones hace décadas. SOMOS TODOS LOS QUE ESTAMO Descubrirle el ADN a la clase media equivale a desenrollar un hilo de Ariadna infinito. Donald Rubin, el experto norteamericano en errores estadísticos, dice que todo el mundo se define a sí mismo como de centro y clase media. Para desenmascarar el verdadero espectro social y político donde debería ubicarse cada uno, habrá que preguntar entonces sobre aspectos concretos, como el subsidio de desempleo, los inmigrantes, el aborto y el despido libre. “Ahí nos retratamos”, advierte Rubin. Salvo en la Argentina versión 2008, donde la clase media se define en función de sus ingresos, cuestión brutal que se diferencia de otras épocas, en las que el pasar económico no acompañaba pero existía la visión de que el logro de un buen nivel educativo a partir del esfuerzo posibilitaba el ascenso social hacia esa clase tan deseada o el mantenerse en ella. La aparición de sectores de ingresos medios cristalizados en la ola inmigratoria de fines de siglo XIX y principios del XX, acabó por convertirse en una foto sepiada de comerciantes, agricultores, obreros y los hijos de éstos, que tuvieron acceso al progreso y la educación universitaria. Hasta la Segunda Guerra Mundial primó la idea de que si se educaban y trabajaban, el país les respondería con un futuro asegurado. Entre 1869 y 1914 se radicaron tres millones de inmigrantes europeos en el país, en su mayoría italianos y españoles. Todos conformaban ese universo al que Osvaldo Bayer sitúa en 1916, con la asunción del gobierno radical de Hipólito Yrigoyen, haciendo base precisamente en la clase media, “esa especie de populismo que decía no querer reprimir la protesta social, que se inclinaba por los sindicalistas libres y que prometía pero no resolvía”. La misma radiografía, según el sociólogo Gino Germani en sus estudios sobre la clase media con especial referencia en los sectores urbanos, muestra que la población extranjera de esos períodos aumentó del doce al treinta por ciento. Para 1914, los extranjeros trabajaban en la construcción, obra pública, ferrocarriles y en las actividades más modernas, como industrias y servicios. Pero el abanico de contradicciones se abrió tempranamente: a los criollos –esa calificación peyorativa del ser nacional, al decir de Arturo Jauretche– les quedaban reservados las artesanías y el servicio doméstico. Y acaso el propio Jauretche desde El medio pelo en la sociedad argentina o el Manual de zonceras da la primera puntada de un hilo que enmadeja a la clase media, al decir que “sin este previo punto de partida peyorativo, serían imposibles de comprender estas contradicciones”. Es que cuando la inmigración llegó, la Argentina “era una estancia privada de doscientas familias, fuera de las cuales no había riqueza posible”. La psicoanalista Silvia Bleichmar devela el número en su libro Dolor País y después…, pero menciona como tramposa la frase de que “la Argentina fue el granero del mundo, ya que la riqueza de esos graneros no perteneció nunca a los argentinos, sino a un grupo de ociosos patrones de la tierra”. Sobre esas engañosas prospectivas que Jauretche define zonceras, Bleichmar referirá “tics cotidianos” y el valor educación, para la clase media, se constituirá como denegación de la pobreza de origen. “Curiosamente –reflexiona– los espejitos de colores fueron, en este caso, comprados por los que vinieron de afuera. (…) Eramos tan pobres que hasta nos diferenciábamos de otros pobres por tener los zapatos de moda o el coche del año. Eramos tan pobres que ostentábamos lo que habíamos comido o tomado. Eramos tan pobres que no comíamos las sobras a la noche para que nadie pensara que habíamos pasado de la pobreza a la miseria”. El “no tener”, dirá Bleichmar, “fue símbolo siempre, en la Argentina, de fracaso”. Mafalda, la niña de clase media setentista creada por Quino, resume inigualablemente esa realidad, al espiar a su padre a la noche, cuando todos duermen, y aquél se enreda entre la calculadora y las cuentas a pagar. Al rato se le acerca, coloca su chanchito sobre la mesa y se retira en silencio. Es un gesto de restauración para seguir soportando. Fuente: http://www.carasycaretas.org/2219/n1.asp
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