Dios y el diablo
León Tolstoi
León Tolstoi
- Bajo el cielo no existe un señor mejor que el nuestro. Nos da de comer, nos viste y nos hace trabajar en la medida de nuestras fuerzas. No nos dice una palabra dura, ni nos guarda rencor. No es como otros amos, que tratan a sus esclavos peor que a las bestias,
y jamás les dirigen una palabra cariñosa. El nuestro desea que seamos felices y sólo nos hace el bien y nos habla como es debido. No podríamos vivir mejor.
El diablo estaba furioso de que amo y esclavos viviesen en tan buena armonía. Se apoderó de uno de estos, llamado Aleb, y le mandó que sedujera a sus compañeros. Un día en que los esclavos descansaban, empezaron a alabar a su amo; pero Aleb elevó la voz para decir:
-En vano elogian, hermanos, la bondad de nuestro amo. Si uno empieza a dar gusto al mismísimo diablo, hasta él será bueno. Nosotros servimos bien a nuestro amo y lo complacemos en todo. Apenas piensa una cosa, ya la estamos haciendo; nos adelantamos a sus deseos. ¿Cómo va a tratarnos mal? Dejen de complacerle, háganle algo dañino y verán que es como todos. Si nos portásemos mal, nos pagaría con maldades peores que las de los amos más crueles.
Los esclavos empezaron a discutir con Aleb, e hicieron una apuesta. Aleb debía encolerizar al amo. Si no lo conseguía, perdería su traje de fiesta. En cambio, si ganaba, sus compañeros le entregarían los suyos y, además, lo defenderían contra el amo, y lo liberarían en caso de que lo metiese en la cárcel. Se cerró el trato y Aleb prometió a sus compañeros que encolerizaría al amo al día siguiente.
Aleb estaba destinado a guardar los rebaños. Era él quien cuidaba los carneros de raza. Aquella mañana, el buen amo llevó a unos invitados al redil, para enseñarles sus ovejas favoritas; y el esclavo del diablo hizo señas a sus compañeros, como diciendo:
"Presten atención. Ahora voy a enfurecerlo".
Reuniéronse los esclavos y se pusieron a mirar, unos por la puerta y otros por las rendijas de la valla. El diablo se encaramó sobre un árbol para observar cómo le iba a servir Aleb.
Después de haber paseado por el redil y de haber mostrado a sus invitados las ovejas y los corderos, el buen amo quiso enseñarles
el mejor carnero.
- Todos mis carneros son hermosos, pero el de los cuernos torcidos es inapreciable; lo estimo más que a las niñas de mis ojos -dijo.
Como las ovejas y los carneros se movían sin cesar, los invitados no lograban distinguir al carnero preferido. En cuanto éste se detenía, el esclavo del diablo, como sin querer, espantaba a los animales, que volvían a entremezclarse. El amo se disgustó y dijo:
- Aleb, querido amigo, hazme el favor de aferrar cuidadosamente al carnero de los cuernos torcidos y sostenerlo un momento.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, el criado se lanzó como un león en medio del rebaño. Asió por la lana al inapreciable carnero y luego, agarrándolo por la pata izquierda con la otra mano, se la torció bruscamente hasta hacerla crujir ante los ojos del amo. Aleb había roto la pata del camero por debajo de la rodilla. El animal comenzó a balar y cayó sobre las patas delanteras. El criado lo levantó entonces por la pata derecha Y la izquierda quedó colgando como un látigo.
Los visitantes y los esclavos lanzaron un grito, y el diablo se regocijó, al ver que Aleb había cumplido bien su cometido.
El amo se puso más sombrío que la noche; frunció el ceño, agachó la cabeza y no pronunció ni una sola palabra. Los visitantes y los siervos callaban... Todos esperaban ver qué pasaría. Tras permanecer silencioso un ratito, el amo se estremeció como si quisiera sacudirse algo de encima, levantó la cabeza y alzó la vista al cielo. Estuvo un instante en esa actitud; las arrugas de su rostro desaparecieron, sonrió y sus ojos se clavaron en Aleb.
-¡Oh Aleb, Aleb! Tu amo te ordenó que me irritases; pero el mío es más poderoso que el tuyo. No has conseguido enfadarme; en cambio, yo enfadaré a tu amo. Temías que te castigara y deseabas ser libre. Has de saber, Aleb, que no recibirás ningún castigo. y puesto que quieres la libertad, te la otorgo, en presencia de mis huéspedes. Márchate a donde te plazca y llévate tus vestidos de fiesta.
Y el buen amo volvió a su casa, en compañía de los invitados.
Rechinando los dientes, el diablo cayó del árbol y se hundió totalmente en la tierra.

Saludos!

Fuente: propia