La traición de Daza condenó a Bolivia a perder su mar
Bolivia selló su destino de país enclaustrado en los Andes con la vergonzosa retirada de Camarones, cuando el presidente Hilarión Daza, al frente de sus colorados, se dio media vuelta en el desierto y abandonó a las fuerzas aliadas que se preparaban a luchar en la Batalla de San Francisco.
El Tratado de 1874 no había hecho más que confirmar la supremacía chilena en territorio boliviano, cuyo guano y salitre era explotado por capitales y brazos chilenos. Según las estadísticas de la época, más del 80% de los habitantes del Departamento del Litoral eran sureños. Solo las autoridades eran bolivianas.
Bajo esas condiciones demográficas, la ocupación militar de Antofagasta y las pequeñas ciudades bolivianas costeñas –que se sostenían de la exportación del guano y del salitre- no sería difícil y por eso el presidente Daza, apenas desembarcaron las tropas chilenas en su territorio, invocó la ayuda peruana en base a la alianza defensiva secreta suscrita en 1873.
Esa alianza, como se han encargado de precisar los historiadores, no tenía nada de secreta porque fue una negociación que pretendió incluir a la Argentina, que la rechazó por tener pendiente un impasse territorial con Bolivia por la región de Tarija. A su vez, el imperio de Brasil –que tenía problemas de límites con el Perú- estaba al tanto de esas negociaciones porque suponía era también en su contra.
Desde el mismo año en que se firmó, la alianza secreta era conocida por Chile gracias al embajador brasileño en Santiago, pero mantuvo esa información encarpetada hasta que se le presentó la oportunidad de presentarla como una justificación para declararle la guerra al Perú, la que se presentó al desatarse el conflicto con Bolivia el 14 de febrero de 1879.
En aras de esa alianza defensiva, el Perú interpuso sus buenos oficios en el conflicto, pero las iniciativas del plenipotenciario peruano José Antonio de Lavalle fueron saboteadas, primero por Bolivia, que declaró la guerra a Chile antes que el enviado peruano iniciara sus gestiones; y luego por el presidente y el canciller chilenos, quienes sacaron a relucir el tratado secreto para exigir al Perú se declare neutral en la guerra.
La traición de Daza
Desatado el conflicto y derrotada la Marina de Guerra con la captura del Huáscar en Angamos, se iniciaron las operaciones chilenas dirigidas a consolidar la invasión del litoral boliviano y llevar la guerra al Perú, cuyos ricos yacimientos de salitre de Tarapacá eran ahora el objetivo.
Por la carencia de naves de transporte que pudieran avituallar a las fuerzas peruanas, se inició una evacuación de las tropas y así se perdió la hermosa ciudad de Iquique, abandonada en manos chilenas sin disparar un tiro.
La resistencia aliada fue mayor en el puerto de Pisagua, el 2 de noviembre de 1879, pero al final, este pequeño puerto también debió ser abandonado por las tropas peruanas y los refuerzos bolivianos. El general Juan Buendía, decidió entonces replegarse desde Iquique a Arica, que se convirtió en el nudo central de las operaciones de defensa del Perú.
La retirada debía ser por el desierto, pues los mares eran dominados por la Armada de Chile. En el camino, el grueso del ejercito peruano boliviano, que sumaba unos 9 mil hombres, encontró a una fuerza chilena de 6 mil 500 plazas, fortificados en un promontorio que dominaba el pozo de Dolores, cercano a la oficina salitrera San Francisco.
Las fuerzas aliadas atravesaron penosamente el desierto por más de diez días, mientras que el 11 de noviembre, el presidente Hilarion Daza y una fuerza boliviana partía de Arica rumbo al sur. La estrategia era unir fuerzas en la quebrada de Tana y luego bajar al sur, arrasando a los ocupantes chilenos.
El 15 de noviembre, Buendía y una avanzada boliviana se encontraron y esperaban, en los próximos tres días, encontrarse con el grueso de las fuerzas altiplánicas al mando de Daza. En la ruta al norte, los aliados avistaron a los chilenos atrincherados con 30 cañones Krupp en las alturas de San Francisco. Era la tarde del 19 de noviembre.
Entonces llegó un mensajero que informó a Buendía que Daza, en la quebrada de Camarones, dio media vuelta con su ejército y dio retorno a Arica. Los historiadores bolivianos sostiene que Daza, cuyo poder se sustentaba en el regimiento Los Colorados, temía que si estos fueran derrotados perdería su poder. Otras versiones señalan que fue enterado de planes golpistas en su contra en La Paz.
Otra fuerza boliviana, al mando del general Campero, que también estaba lista para salir de La Paz, al enterarse de la increíble decisión de Daza, quedó inmovilizada. El alto mando peruano, con las fuerzas chilenas acantonadas en una buena posición, optaron por mantener la información en secreto para evitar la desmoralización de la tropas bolivianas.
Caos y derrota
Bajo este clima adverso, con la tropa agobiada por el avance de varios dias en el desierto sin los suministros adecuados, se optó dos veces por postergar el ataque y se envio una partida de reconocimiento de 200 jinetes, que se acercó hasta 400 metros de las líneas chilenas.
Para entonces, en el campamento aliado cundía el desorden por la falta de agua, mientras otros trataban de acampar. En ese ambiente caldeado, entre las tropas bolivianas se filtró la noticia de la traición de Camarones, como también se conoce el retroceso de Daza. Según los historiadores, un disparo se escuchó entre los aliados y los chilenos, al ver acercarse peligrosamente a la caballería peruana, dispararon un cañonazo que fue entendido por las tropas aliadas como el inicio del combate.
Se inició entonces un desordenado y caótico ataque aliado que rebasó a sus propios oficiales. En su parte de batalla, el coronel Belisario Suárez escribió: “Las fuerzas del ejército aliado en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo”.
Basadre escribió que “el comando no logró evitar el desorden en ningún momento” y asi, tras más de dos horas de combate, las fuerzas aliadas se dispersaron, dirigiéndose los bolivianos a Oruro y los peruanos con rumbo a Arica, abandonando en el campo de batalla armas y vituallas.
El desenlace de esta batalla, favorable a los chilenos, fue el correlato de la traición de Daza, quien se mantuvo en Arica unas cuantas semanas más, siendo objeto de desprecio hasta por sus propios oficiales, hasta que una asonada en La Paz lo derribó de la presidencia, casi en las mismas fechas en que Prado era derribado en Lima por Piérola.