Corre descalza, la remera hecha harapos, la piel sudorosa y cubierta de rasguños, el corazón acelerado, la respiración entrecortada, la mente focalizando un único objetivo: escapar. E, inexorablemente, unido a aquél, la interrogante sin respuesta aparente: hacia dónde.
Sólo recuerda haber despertado en una habitación que no era la suya. Cuando apenas había conseguido tomar conciencia de eso, la cama sobre la que permanecía recostada comenzó a vibrar, cada vez con mayor violencia. Como pudo saltó al piso, y, horrorizada, vio cómo el mueble se convertía en una boca enorme, provista de afiladísimos dientes y una lengua babeante. La cama se aproximaba. Comprendió que iba saltar sobre ella, para triturarla y luego devorarla. Consiguió escapar a tiempo por la única puerta visible.
Salió a un pasillo oscuro. Tras de sí, los golpes recios que el monstruo propinaba contra la puerta. Se alegró de que eso no tuviera manos.
Asustada, desorientada, empezó a caminar por el penumbroso corredor. Escuchaba ruidos, pasos pequeños; contra sus pies descubiertos sentía roces velludos que le erizaban la piel.
De pronto, un aliento cálido y fétido sobre la cara, y un par de ojos rojos, fulgurantes, que antes no estaban allí. Un rugido estridente, aterrador. Garras deshaciéndole la ropa, mellándole la epidermis, liberando su sangre.
El instinto la obligó a girar, volver sobre sus pasos y correr.
Entonces apareció una abertura blanca; parecía flotar en medio de la negrura. La alcanzó, llena de esperanzas la abrió, cruzó el umbral, cerró la puerta, y sus esperanzas se diluyeron. Un lobo hambriento aguardaba en medio de un cuarto derruido, de paredes manchadas con sangre y un piso alfombrado por cráneos humanos.
Huyó por donde había entrado, olvidándose de lo que habitaba el pasillo oscuro, pero apareció en otro cuarto, cuyos muros atiborrados de oxidadas cuchillas iban cercándola poco a poco.
Y todo continuó así. Ella se desplazaba por habitaciones imposibles, corredores interminables, y siempre, detrás de cada puerta nueva, un espanto diferente la recibía. Vampiros, fuerzas invisibles, la cabeza sangrante de un gorila, una araña gigante... Lentamente le restaban fuerzas, lastimándola más y más, por fuera y por dentro. Su cuerpo, fatigado, se rendía; su ánimo, desesperanzado, declinaba. Las nociones de espacio y tiempo se fueron reduciendo a recuerdos de un mundo idílico regido por reglas extrañas.
Pero ahora, mientras corre (¿Qué otra cosa puede hacer?), los parámetros de la realidad parecen reacomodarse... otra vez. Una luz verde, tenue, rompe la monotonía del negro que todo lo abraza. La luz está más próxima. Es una puerta. "¿Qué será esta vez?", se pregunta. Llega hasta ella, gira el picaporte, empuja la hoja hacia adentro y...
No puede creerlo. Se encuentra en el living de su casa.
Allí está el viejo piano de su bisabuelo, allí la silla mecedora, la lámpara bajo la que suele leer... Incluso, a través de la ventana puede ver figuras yendo y viniendo sobre la vereda. Voltea y mira la puerta. Lo piensa un par de veces, pero camina hasta ella y la abre: el viento helado acaricia su rostro, y la imagen de su barrio le llena los ojos. La envuelve una cálida sensación de seguridad.
Ahora estudia su ropa, ilesa, y su piel, intacta. Tal vez, después de todo, tuvo una terrible pesadilla. De hecho, por más que lo intenta, no logra recordar mucho sobre las habitaciones, los pasillos, los monstruos... Apenas retiene alguna imagen difusa. El agotamiento de su cuerpo es el único síntoma que pervive en ella de los últimos acontecimientos, aunque no lo asocie a éstos.
Luego de cerrar la puerta y de preguntarse qué está haciendo afuera con semejante frío, contempla la silla mecedora y decide sentarse: necesita un breve descanso. Se halla tan extenuada que no aprecia el leve temblequeo del mueble.
Sólo comprende que nada ha cambiado cuando en vez del asiento acojinado percibe sobre sus nalgas la lengua húmeda, cuando en vez de la caricia del apoyabrazos siente el filo agudo de los dientes, cuando, al fin de cuentas, ya es demasiado tarde.
Francisco Costantini - Argentina
Sólo recuerda haber despertado en una habitación que no era la suya. Cuando apenas había conseguido tomar conciencia de eso, la cama sobre la que permanecía recostada comenzó a vibrar, cada vez con mayor violencia. Como pudo saltó al piso, y, horrorizada, vio cómo el mueble se convertía en una boca enorme, provista de afiladísimos dientes y una lengua babeante. La cama se aproximaba. Comprendió que iba saltar sobre ella, para triturarla y luego devorarla. Consiguió escapar a tiempo por la única puerta visible.
Salió a un pasillo oscuro. Tras de sí, los golpes recios que el monstruo propinaba contra la puerta. Se alegró de que eso no tuviera manos.
Asustada, desorientada, empezó a caminar por el penumbroso corredor. Escuchaba ruidos, pasos pequeños; contra sus pies descubiertos sentía roces velludos que le erizaban la piel.
De pronto, un aliento cálido y fétido sobre la cara, y un par de ojos rojos, fulgurantes, que antes no estaban allí. Un rugido estridente, aterrador. Garras deshaciéndole la ropa, mellándole la epidermis, liberando su sangre.
El instinto la obligó a girar, volver sobre sus pasos y correr.
Entonces apareció una abertura blanca; parecía flotar en medio de la negrura. La alcanzó, llena de esperanzas la abrió, cruzó el umbral, cerró la puerta, y sus esperanzas se diluyeron. Un lobo hambriento aguardaba en medio de un cuarto derruido, de paredes manchadas con sangre y un piso alfombrado por cráneos humanos.
Huyó por donde había entrado, olvidándose de lo que habitaba el pasillo oscuro, pero apareció en otro cuarto, cuyos muros atiborrados de oxidadas cuchillas iban cercándola poco a poco.
Y todo continuó así. Ella se desplazaba por habitaciones imposibles, corredores interminables, y siempre, detrás de cada puerta nueva, un espanto diferente la recibía. Vampiros, fuerzas invisibles, la cabeza sangrante de un gorila, una araña gigante... Lentamente le restaban fuerzas, lastimándola más y más, por fuera y por dentro. Su cuerpo, fatigado, se rendía; su ánimo, desesperanzado, declinaba. Las nociones de espacio y tiempo se fueron reduciendo a recuerdos de un mundo idílico regido por reglas extrañas.
Pero ahora, mientras corre (¿Qué otra cosa puede hacer?), los parámetros de la realidad parecen reacomodarse... otra vez. Una luz verde, tenue, rompe la monotonía del negro que todo lo abraza. La luz está más próxima. Es una puerta. "¿Qué será esta vez?", se pregunta. Llega hasta ella, gira el picaporte, empuja la hoja hacia adentro y...
No puede creerlo. Se encuentra en el living de su casa.
Allí está el viejo piano de su bisabuelo, allí la silla mecedora, la lámpara bajo la que suele leer... Incluso, a través de la ventana puede ver figuras yendo y viniendo sobre la vereda. Voltea y mira la puerta. Lo piensa un par de veces, pero camina hasta ella y la abre: el viento helado acaricia su rostro, y la imagen de su barrio le llena los ojos. La envuelve una cálida sensación de seguridad.
Ahora estudia su ropa, ilesa, y su piel, intacta. Tal vez, después de todo, tuvo una terrible pesadilla. De hecho, por más que lo intenta, no logra recordar mucho sobre las habitaciones, los pasillos, los monstruos... Apenas retiene alguna imagen difusa. El agotamiento de su cuerpo es el único síntoma que pervive en ella de los últimos acontecimientos, aunque no lo asocie a éstos.
Luego de cerrar la puerta y de preguntarse qué está haciendo afuera con semejante frío, contempla la silla mecedora y decide sentarse: necesita un breve descanso. Se halla tan extenuada que no aprecia el leve temblequeo del mueble.
Sólo comprende que nada ha cambiado cuando en vez del asiento acojinado percibe sobre sus nalgas la lengua húmeda, cuando en vez de la caricia del apoyabrazos siente el filo agudo de los dientes, cuando, al fin de cuentas, ya es demasiado tarde.
Francisco Costantini - Argentina