Una mañana de enero de 1896 el señor Walter Arnold circulaba por East Peckham, en el Reino Unido, con el que era uno de los primeros vehículos a motor del mundo. La velocidad máxima era de 3,2 kilómetros por hora (2 millas), pero Arnold decidió pasearse cuadriplicando el límite establecido, circulando a unos 13 kilómetros hora (8 millas).
Fue entonces cuando un agente de la autoridad que circulaba en bicicleta se percató de la situación y salió tras él. Dado que en el siglo XIX era bastante complicado que pudieran hacer uso de radares, lo más probable es que el policía calculara a ojo la velocidad del bólido. Gracias al archivo de The British Newspaper, se pudo corroborar que esta historia tuvo lugar tal y como refleja el artículo que se publicó en 1896 en el London Daily News.
Tuvo que pagar un chelín (la vigésima parte de una libra, una suma que tendría una equivalencia de unos 70 euros), a pesar de que su abogado tratara de demostrar que las multas de velocidad no eran aplicables a los vehículos de motor.
Un razonamiento lógico puesto que unos años antes de que tuviera lugar esta infracción, en 1885, se crea el primer automóvil con motor de combustión interna con gasolina, patentado por Karl Benz.
En aquella época, la legislación fijaba un límite de velocidad de 2 millas por hora en ciudades, pueblos y aldeas (3,6 km/h) y 4 mph (6,44 km/h) en zonas no urbanas. Con el inicio de la etapa veterana de la historia del automóvil y la producción masiva de vehículos, el límite máximo aumentó a 14 mph (22,54 km/h). A partir de 1903, el gobierno británico subió el límite a 20 mph (unos 32 km/h).
El vehículo en cuestión: