Dicen que los niños siempre dicen la verdad, y no habría por qué dudar de eso. Ellos son los menos influenciados por los prejuicios de la sociedad. Sus reacciones son totalmente espontáneas y sus opiniones, aunque poco estructuradas, son muy perceptivas. Alguna vez conté que mi familia entera es carnívora, incluyendo a los pequeños. Mis primitos van por la calle atentos a nuevos restaurantes vegetarianos para la Oveja Verde, pero en sus loncheras siempre encuentran un pan con pollo o un pedazo de hot dog, porque así se lo enseñan sus papás.
Esta semana, tuve la oportunidad de conocer la más sincera opinión sobre comida vegetariana: la de un grupo de niños de 5 años. Una amiga, profesora y lectora de este blog, me invitó a su clase. Sus niños de nivel inicial estaban desarrollado el tema “Conozco lo que como”, y se le ocurrió que podría visitarlos. Lo primero que le dije fue: “no quiero que los papás me vayan a buscar a mi casa porque sus hijos se niegan a comer carne”, pero su respuesta me convenció inmediatamente. Ella me habló sobre lo importante que es que los niños a esa edad desarrollen el pensamiento crítico y aprendan a cuestionarse y sacar sus propias conclusiones. Nada más cierto.
Así que, después de darle vueltas a la idea, fui al colegio. Debo confesar que no tenía mucha fe sobre el ánimo de los niños con respecto a mi discurso verde. Pero había que intentar. Comenzamos con una pequeña función de títeres. Yo no ponía un títere en mi mano desde que tenía diez y jugaba con mis hermanos, y debo reconocer que fue difícil improvisar la voz de uno de los personajes… Pero había que usar los recursos que me había recomendado mi amiga, finalmente ella era la profesora y sabía cómo mantenerlos sentados más de 5 minutos.
La historia (aquí los créditos son de mi amiga) terminó por encantarles a los niños: tres animalitos se encontraban un día y comentaban qué les gustaría ser de grandes, uno sería doctor y el otro astronauta. Pero el chanchito, siguiendo la tradición familiar, sería simplemente una “salchicha”. Después de las risas (porque a diferencia de mí, a los niños sí les dio risa el triste destino del chanchito), una niñita se me acercó y me dijo: “¿señorita, usted es la que no come carne? ¿Y qué come?”. No pude evitar la risa, y podría haberle explicado horas de horas, pero preferí hacerlo con un ejemplo.
Les conté a todos que había llegado la hora de comer algo que nunca habían probado y que podría gustarles mucho. Cuando dije la palabra "hamburguesa" todos los niños se alegraron y hasta uno mencionó algo sobre Mc Donalds, creo que me imaginaron repartiendo “cajitas felices” o algo así. Pero tendrían que haber visto sus caras cuando les dije que la hamburguesa que íbamos a comer no tenía carne. Eso fue desconcierto puro y sincero. Fue casi un “Papá Noel no existe”. Me pareció gracioso, ellos realmente jamás habían escuchado sobre la carne de soya.
Cada uno tomó un pequeño pan y comenzó a llenarlo con lechuga y tomate, a ponerle kétchup, mostaza y todas esas cosas que aman los niños, y luego, lo más importante: la hamburguesa vegetariana (preparada por mí y con todas las ganas de que no me dijeran “¡no me gusta!”). Nadie se atrevió a probarla y, la verdad, yo creí que no lo harían nunca. Pero de pronto una niñita cogió la hamburguesa y con cierta desconfianza se la llevó a la nariz, la olió profundamente y luego dijo: "¡huele rico!". Eso fue suficiente. Todos comenzaron a comer y a repetir que las “hamburguesas de plantita” (como les llamaba la profesora) les encantaban.
De pronto, tenía frente a mí a un salón de niños de 5 años comiendo hamburguesas de soya como si saborearan una Mc Fiesta. Sabía que el sabor no era la razón por la que los niños no comían carne de soya, todo eso es más un tema de costumbre. No sé si estos niños vayan a ser vegetarianos, pero por lo menos ya conocen de qué se trata. El mensaje siempre fue el de mostrarles algo rico, nutritivo y sin carne, algo que quizá podrían aumentar a su dieta, así que les di la receta y les propuse preparar las “hamburguesas de plantita” en casa.
Ya hacia el final, usamos unos dibujos para colorear que encontré en la web y llevé para ellos. Había olvidado lo mucho que les gusta colorear a los niños a esa edad. Todos estaban fascinados con terminar primero y enseñarle los animalitos a la profesora. Sin duda, estar en un salón con niños de 5 años es toda una terapia. Ver sus caras de desconcierto al enterarse de la existencia de la carne de soya y sus caras de sorpresa al descubrir que les gustaba, fueron cosas que sinceramente no esperaba.
Cuando salí del colegio, camino a mi trabajo, pensaba que podrían haber pasado dos cosas: o mi receta de hamburguesas vegetarianas era sobrenatural, o realmente los prejuicios son más fuertes de lo que creemos. Puede ser que nuestros argumentos sobre el sabor de la soya, los condimentos y la carne real sean nada más que costumbre. Si un niño no tiene problema en comer sin carne y hasta se entusiasma por haber aprendido a preparar algo sin carne de animales, ¿por qué no hacer de esto también una costumbre?