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El Rapport del C.I.C.R. Sobre los Campos de Concentracion

Info5/17/2011
"La primera víctima de la guerra es la verdad"

Winston Churchil
l


Esto es un extracto del libro de Bochaca, El Mito de los 6 Millones.

Aclaracion: Bajo ningun punto de vista comparto la discriminación basado en raza,etinas, religión y demas diferencias, el presente articulo solo tiene una finalidad, el dar a conocer la Verdad que este sistema, denominado democratico, intenta de forma brutal de esconder, criminalizando la investigación y el debate sobre este tema.
Asimismo lamento la muerte de personas inocentes debido a las malas condiciones imperantes en los Campos de Concentración alemanes, y los inocentes masacrados por los aliados, los cuales nadie llora ni dice una oracion, ellos tambien fueron seres humanos.
Si compartimos la opinión de que no existieron Campos de Exterminio ni planes de Exterminio ni tampoco el numero de 6 millones.
Denunciamos el uso politico-economico del sionismo sobre este tema, compartiendo la opinión de judios antisionistas como Norman Finkelstein.
La importancoia de este extracto radica en que es un informe realizado por una Institución ajena al Regimen Nacional Socialista en ese momento, aunque esa situación cambio en la actualidad, tal cambio escapa a los fines de esta publicación.
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Existe un estudio de la cuestión judía en Europa en el transcurso de la II Guerra Mundial y de las condiciones de vida en los campos de concentración alemanes, que es casi única en su género por su honradez y su objetividad. Se trata del Rapport , en tres volúmenes, del “Comité Internacional de la Cruz Roja Internacional” sobre sus actividades durante la guerra. Ese Rapport fue publicado en Ginebra en 1948. Este informe exhaustivo, procedente de una fuente neutral completamente, incluye y amplía revelaciones contenidas en dos obras precedentes, también de la Cruz Roja, tituladas: “Documentos sobre las actividades del Comité Internacional de la Cruz Roja a favor de los civiles detenidos en los campos de concentración en Alemania, 1939—1945”, e “Inter Arma Caritas: la Obra del Comité Internacional de la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial”, editadas en Ginebra, respectivamente en 1946 y 1947. El grupo de autores, dirigido por un francés, Frédéric Siordet, hace constar, al principio del Rapport, que se ha redactado inspirándose en principios de una estricta neutralidad política, siguiendo la tradición de la Cruz Roja, y es ahí donde se halla su gran valor.

En Comité Internacional de la Cruz Roja consiguió hacer aplicar las convenciones militares de Ginebra, de 1929, para poder visitar a los detenidos civiles de los campos de concentración alemanes tanto de Europa Central y Occidental, como de Europa Oriental: en otras palabras, el C.IC.R. pudo visitar tanto los campos en que luego se reconoció que nunca hubieron “cámaras de gas” (Dachau, Belsen, Dora, Oranienburg, Buchenwald, etc.) como los que se afirmó que las hubo, especialmente Auschwitz. Huelga decir que el C.LC. R. visitó regularmente los campos de concentración que, en un principio se reservaban a prisioneros de guerra, y ello tanto en Alemania y las zonas de nuestro continente ocupadas por Alemania y sus aliados, como en la Gran Bretaña. En cambio, no le fué posible actuar de igual modo en la Unión Soviética, toda vez que ese país nunca ratificó los acuerdos de la Convención de Ginebra. Los millones de prisioneros civiles y. militares de la Unión Soviética, cuyas condiciones de vida eran, cual es público y notorio, las más penosas de todos, sin comparación alguna, estaban completamente desconectados del mundo exterior, no podían solicitar el amparo, ni siquiera teórico, de ningún control internacional y vivian en condiciones infrahumanas.

El Rapport es importantísimo porque, para empezar, aclara las circunstancias legitimas de la detención de judíos en los campos de eoncentración, como ciudadanos de un país enemigo. Al describir las dos categoría de civiles internados, el Rapport califica al segundo tipo como “civiles deportados por razones administrativas”. La expresión alemana es más exacta que la del texto francés del Rapport. Los alemanes lo llamaban Schutzhaftlinge, es decir, detención preventiva, refiriéndose a individuos que habían sido internados por motivos politicos o raciales, porque su presencia era considerada como un peligro en potencia para el Estado o para la tropa de ocupación.

El Rapport reconoce que los alemanes fueron, al principio, algo reticentes en permitir a la Cruz Roja entrevistarse con personas internadas por razones de seguridad del Estado (es decir, en un 98 %, judíos), pero afirma que a partir de Julio de 1942, el C.I.C.R. obtuvo concesiones muy importantes de los alemanes. Se permitió al C.l.C.R. que distribuyera víveres en los grandes campos de concentración a partir del siguiente mes, es decir, de Agosto de 1942. Esta concesión fué extendida a todos los campos a partir de Febrero de 1943 (233). El C.I.CR. estableció rápidamente contacto con los comandantes de los respectivos campos de concentración y puso en marcha un programa de envíos de víveres que funcionó regularmente hasta los últimos meses de la guerra, en 1945, y de ello dan fé las numerosas cartas de agradecimiento escritas por miles de judíos detenidos en esos campos.

El Rapport del C.I.C.R. menciona que “se enviaban 9.000 paquetes dianos. A partir del Otoño de 1943, y hasta Mayo de 1945, se mandaron aproximadamente 1.112.000 paquetes de vituallas, con un peso total de 4.500 toneladas (234). Además de los paquetes de víveres, se mandaron paquetes conteniendo productos farmaceuticos y vestidos. “Se mandaron expediciones a Dachau, Buchenwald, Sangerhau sen, Sachsenhau sen, Oranienburg, Flossenburg, Landsbergam, Lech, Floha, Ravensbruck, Hamburg—Neuengamme, Mauthausen, Theresienstadt, Auschwitz, Bergen—Belsen y a otros campos situados en el centro y sur de Alemania y en las cercanías de Viena. Estos paquetes estaban destinados sobre toda a judíos belgas, holandeses, franceses, italianos, griegos, polacos, noruegos y apátridas” (235). Estas mercancias habían sido recogidas o compradas por diversas organizaciones judías de beneficiencia en todo el mundo, y muy especialmente por el “American Joint Distribution Committee”, de Nueva York (236). Hasta la entrada en guerra de los Estados Unidos, este Comité fué autorizado por el Gobierno Alemán a ins¬talar sus oficinas en Berlin.

A parte del citado “American Joint Distribution Committee”, fué la propia Cruz Roja quien compraba ingentes cantidades de víveres, sobre todo en Rumania, Hungría y Eslovaquia, estados, como se sabe aliados del Reich. El C.I.C.R. se queja, en su Rapport, de que su acción de gran envergadura de ayuda a los internados judíos fuera dificultada, no por los alemanes, sino por el estrechisimo bloqueo de Europa llevado a cabo por los Aliados occidentales (237).

Los delegados del C.I. C.R. pudieron visitar todos los campos de concentración alemanes. Es de destacar el elogio que se hace del campo de Theresienstadt (Terezin) en el que se hallaban exclusivamente judíos. “Este campo, en el que vivían unos 40.000 judíos deportados de diversos paises, era un ghetto relativamente privilegiado” (238). Según informes recogidos por el C.I.C.R. este campo había sido creado a título experimental por ciertos dirigentes del Reich que querían dar a los judíos la posibilidad de vivir en común en una ciudad administrada por ellos mismos y dotada de una autonomía interna casi completa... Los delegados pudieron visitar ese campo el 6 de Abril de 1945, semanas antes del fin de la guerra y doce días antes de su ocupación por los Aliados, y confirmaron la impresión favorable obtenida en su primera visita” (239).

El C.I.C.R. elogia, muy especialmente, la actitud humantaria del régimen de la Rumania fascista de Antonescu, que permitió y dió toda clase de facilidades al Comité para que socorriera a los 183.000 hebreos rumanos. Esta ayuda duró hasta la ocupación del país por las tropas soviéticas, lo que significó el fin de la misma, pues “el C.I.C.R no consiguió jamás mandar ni un sólo paquete de víveres, ni de correspondencia, a la Unión Soviética ni a los paises controlados militarmente o políticamente por ella (240). Es típico el caso de Auschwitz. El C.I.C.R. recibió una correspondencia voluminosa procedente de ese campo hasta la llegada de los soviéticos; entonces la correspondencia cesó de llegar. Una parte de los detenidos fué evacuada hacia el Oeste, a la zona ocupada por americanos e ingleses, instalándose en Oranienburg y Buchen wald, y el C.I.C.R. pudo continuar haciéndoles llegar víveres y medicamentos no así a los que quedaron en Auschwitz, con los que se perdió todo contacto.

Es curioso, por otra parte, que si los detenidos podían mandar, a través del C.I.C.R., una voluminosa correspondencia, y más concretamente desde el fa~ moso “campo de la muerte” de Auschwitz, no se filtrara, en la misma, ningún indicio acerca de los supuestos asesinatos masivos alli cometidos. Evidentemente en Auschwitz, como en todas partes, existía una rígida censura de correspondencia con sus propios co-nacionales, y a mayor razón con los internados políticos o por razones administrativas. Pero choca con el sentido común más elemental que ni una sóla de las misivas escritas desde Auschwitz consiguiera, por medios indirectos, comunicar a los Aliados la supuesta realidad de las masacres y de las cámaras de gas. Y raya en la imposibilidad pura y simple que los delçgados de la Cruz Roja que se pasearon por los campos de concentración alemanes durante el curso de la guerra, no se apercibieron de nada. Podrá argüirse qúe si se apercibieron pero guardaron silencio para no agravar aún más la suerte de los internados. Pero este argumento no es válido, por cuanto el Rapport del Comité Internacional de la Cruz Roja fué publicado en Ginebra, tres años después del fin de la guerra. Es más, teniendo en cuenta el clima político imperante en aquellas fechas, hubiera sido más popular para el C.I.C.R. afIrmar que había comprobado la existencia de cámaras de gas que guardar silencio sobre el tema. Y cuando fueron requeridos, los delegados del C.IC.R., a que se pronunciaran al respecto, manifestaron que les era imposible no oponerse a la irresponsable campaña con la que se pretendía acusar de genocidio al régimen nazi.

Uno de los aspectos más importantes del Rapport a que nos estamos refiriendo es que viene mucha luz sobre los motivos del aumento de los decesos en los campos de concentración hacia el final de la guerra. Por ejemplo, se afirma que “. . . en las condiciones caóticas en que se debatia Alemania hacia el final de la guerra, los tremendos bombardeos aéreos arruinaron no sólo la economía sino los transportes en el ámbito del III Reich. Los víveres no llegaron a los campos de concentración y hubo cada vez mas .detenidos que perecían de inanición” (241). Alarmado por tal situación, el Gobierno Alemán informó de ello a la Cruz Roja, en Febrero de 1945. A principios de Marzo de 1945, Kaltenbrunner se entrevistó con el Presidente del C.I.C.R. De resultas de tal entrevista, la Cruz Roja se encargó, a través de sus propios delegados, de tal distribución de los paquetes de víveres en los campos y un delegado del C.I.C.R. fué autorizado a permanecer en cada campo. Dicho delegado tenía plena libertad tic movimientos (242). Es decir, que en los dos últimos meses de la conflagración, cuando, según los apóstoles de la literatura concentracionaria, los alemanes llevaban a cabo, con toda su intensidad, su política de ge. nocidio, había un delegado de la Cruz Roja en cada campo. Y ninguno de tales delegados se dió cuenta de nada. Ninguno vió una cámara de gas. Ninguno vio un crematorio que no se utilizara para incinerar cadáveres de apestados o de tíficos. Ninguno tuvo la curiosidad para escuchar los rumores sobre el gaseamientos o cremaciones colectivas de seres vivos. Todos estaban distraí¬dos ¿Tódos? ¿Es esto admisible?

Pero aún hay más. El C.I.C.R. protestó, el 15 de Márzo de 1944 contra “la bárbara guerra aérea de los Aliados” (243). Esta protesta se hizo oficialmente en el interés de los prisioneros de guerra y de los internados administrativos (es decir, en su gran mayoría judíos). El 2 de Octubre de 1944 el C.I.C.R. formuló una nueva protestas al “Foreign Office”, advirtiendo del inminente hundimiento del sistema de comunicación alemán y afirmando que traería como consecuencia inevitable el hambre para todos los que se encontraban entonces en Alemania, prisioneros incluidos (244).

En lo que concierne a la tasa de mortalidad en los campos, el Rapport precisa que se utilizaron los servicios de la mayor parte de los médicos judíos internados para luchar contra el tifus en el frente del Este, pero muchos médicos israelitas, estuvieron en los campos luchando contra las epidemias de tifus cuando éstas llegaron a su punto álgido en 1945 (245).

Por lo que se refiere a la alegación de que los alemanes habían camuflado las cámaras de gas en salas de duchas, el Rapport del comité lo desmiente tácitamente al declarar:

“Los delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja visitaron no solamente los lavabos, sino las instalaciones de baños, las duchas y los talleres de lavado de ropas. Debieron intervenir a menudo para hacer reparar algunas instalaciones o para lograr mejoras”.(246)

Esto nos parece definitivo. Los delegados del C.I.C.R. visitaron los célebres baftos-ducha, y si debieron intervenir para repararlos o lograr mejoras, es porque los vieron en acción. Admitamos que a algún o algunos delegados lograran engañarles los alemanes, haciendoles “ver” que las “cámaras de gas” eran baños—ducha. Concedido. Pero, ¿a todos los delegados a la vez, y en todos los campos?. Precisamente el examen de este voluminoso Rapport en tres volumenes, con un total de 1.630 páginas de documentos oficiales demuestra que los delegados del C.I.C.R. no encontraron ningúna prueba, en los campos de concentración de Alemania y de los países ocupados o bajo su área de in. fluencia, de una política oficial, extra—oficial y deliberada de exterminio de los judíos. En ninguna de las 1.630 páginas se habla de cámaras de gas, ni de otros crematorios que los convencionales, destinados a incinerar cadáveres. El Rapport reconoce que los judíos, como muchos otros pueblos en el curso de la guerra, sufrieron privaciones y que la vióa en los campos de concentración, sobre todo en los últimos meses, fué penosa, pero el silencio total sobre una política deliberada de exterminio, refuta, por si sólo, la fábula de los Seis Millones.

El Volumen III del Rapport trata extensamente de la ayuda “prestada a los judíos de la población libre” (247). Se demuestra sin resquicio alguno a la duda razonable que no todos los judíos fueron internados en campos de concentración, sino que muchos miles de ellos, en ciertas zonas, permanecieron mezcladas con la población civil, aún cuando estuvieron sometidos a determinadas restricciones.

En Eslovaquia, por ejemplo, estuvieron casi todos libres, en un regimen parecido al de la “libertad vigilada”. En ese país actuaba el adjunto de Eichmann, Dieter Wisliceny (248), y los judíos que fueron enviados a campos de concentración sólo fueron los participantes en acciones de sabotaje y los afi¬liados a los partidos marxistas. Esta situación se prolongó hasta Agosto de 1944, en que se produjo un conato de sublevación contra el regimen del Padre Tisso, aliado de Alemania; en esa sublevación los judíos eslovacos tomaron parte casi en masa y entonces, salvo raras excepciones, los judíos fueron inter¬nados en campos de concentración (249).

Entre los tres millones o tres millones doscentos mil judíos que, según demostrado en el epígrafe “LOS DERECHOS DE LA ARITMETICA” se hallaban en Europa, en el curso de la guerra, en territorio controlado por Alemania, hubo no sólo muchos que no fueron internados y otros muchos que tomaron parte en los movimientos de partisanos, sino que además una parte de ellos pudo emigrar en el curso de la contienda, generalmente yía Hungría, Rumania y Bulgaria, hacia Turquía Europea. Esta emigración a partir de los territorios ocupados por los alemanes fué facilitada igualmente por el Reich. Es curioso el cáso de los judíos polacos que llegaron a Francia antes de la ocupación de este país. “Los judíos de Polonia que, hallándose en Francia, habían obtenido varias visados de entrada en los Estados Unidos, fueron considerados ciudadanos americanos por las autoridades alemanas de ocupación, que aceptaron ulteriormente reconocer la validez de unos tres mil pasaportes entregados a judíos por determinados consulados de países de América Latina” (250): Como futuros ciudadanos americanos, estos judíos fueron internados en el campo de Vittel reservado a ciudadanos americanos cuya presencia se consideraba “non grata” en la Francia Ocupada. Muchos de estos ciudadanos americanos eran, también, de origen racial judío.

La emigración de los judíos europeos a partir de Hungría, en especial, con¬tinuó en el curso de la guerra, sintrabas por parte de las autoridades alemanas. “Hasta Marzo de 1944, los judíos que tenían el privilegio de haber obtenido visados ingleses para ir a Palestina fueron autorizados a abandonar Hungría, en dirección a Estambul” (251).

Incluso después de la caída del régimen de Horthy y su substitución por el de Szallasi la emigración de los judíos continuó. El C.I.C.R. recibió un mensaje personal del Presidente Roosevelt en el que se especificaba: “El Gobierno de los Estados Unidos reitera expresamente que hará todo lo necesario para ocuparse de todos los judíos que están siendo autorizados a partir enlas actuales circunstancias” (252).

Un hecho que ilustra claramente la profundidad del lavado de cerebro colectivo a que se ha llegado en nuestra triste época es que un documento de especialistas, como el Rapport de la Cruz Roja, sea prácticamente ignorado por el gran público, mientras la lacrimógena impostura del Mito de Anna Frank haya alcanzado alguna notoriedad mundial y hasta haya sido impuesto como libro de texto obligatorio en varios “lander” de la muy democrática República Federal Alemana.
(233) Rapport del C.I.C.R.. — Volúmen III, p.78.

(234) Ibid. Id. Op. Cit. Volumen III, p. 80.

(235) Ibid. Id. Op. Cit. Vol III, pág. 83.

(236) Ibid. Id. Op. Cit. Vol 1, pág. 644.

(239) Ibid. Id. Op. Cit. Vol 1 pag, 642.

(240) Ibid. Id, Op. Cit. Vol 1, pag, 62.

(241) Ibid. Id. Op. Cit. Vol. III, pag. 83.

(242) Ibid. Id. Op. Cit. Vol. III, pag. 83—84.

(243) Inter Arma Caritas, pág. 88.

(244) Inter Arma Caritas, pág. 79.

(245) “Rapport del C.I.C.R”. Vol. I. Pág. 204.

(246) Ibid. Id. Op. Cit. Vol. III; p. 594.

(247) Rapport del C.I.C.R. Vol I, cap. 3—1.

(248) Capturado por los comunistas checos fue “interrogado” en la prisión de Bratislava, donde, en Noviembre de 1946 firmó unas “confesiones” al estilo soviético, incriminandose a si mismo y a numerosos jerarcas nazis. Estas confesiones están, insólitamente, escritas en inglés y hablan de que la ocupación de Polonia incrementó en tres millones la cifra de judíos bajo control nazi —tesis comunista tiempo ha refutada— lo que da un indicio clarísimo de la identidad de los autores de su “confesión” (N.del A.)

(249) Rapport del C.I.C.R. Vol. 1, pág. 646.

(250) Rapport del C.I.C.R. VoL 1, pág. 645.

(251) Ibid. Id. Op. Cit. Vol. 1, pág 648.

(252) Ibid. Id. Op. Cit. Vol 1, pág. 649.

CONCLUSION

Creemos haber demostrado, en las páginas precedentes, los siguientes puntos:

1) Los Nazis querían que los judíos emigraran; de Alemania, primero. De toda Europa después. Pero no querian liquidarlos físicamente. De haberlo querido, más de quinientos mil judíos no estarían actualmente en Israel cobrando indemnizaciones de Alemania Federal. Si algo les sobró a los Nazis para exterminar a los judíos fué tiempo. Seis años desde que empezó la guerra y doce desde que tomaron el poder, muy democráticamente por cierto.
2) Es un hecho histórico que los Nazis intentaron solucionar el problema judío a base de facilitar su emigración ordenada a otros paises. Las grandes “democracias”, que mantenían inexplorados y vacíos inmensos territorios no dieron ciertamente facilidades. El poderoso movimiento sionista no presionó tampoco para activar una emigración ordenada, tal como deseaba Hitler. A tal movimiento político incluso le convenía que algunos cientos de miles de correlegionarios suyos pasaran penalidades en Europa. Penalidades que luego se cobrarían al ciento por uno, política o económicamente, y ayudarían a mantener la cohesión del Judaísmo. Hitler ofreció una solución del problema judío en el discurso ante el Reichstag el 6 de Octubre de 1939, después de la campaña de Polonia. A parte de proponer la paz, el punto 3º de su discurso vetsó sobre “Un intento de ordenar y solucionar el problema judío”. Su propuesta no halló el menor eco en los gobiernos de las democracias occidentales.
3) Ni un sólo judío fué gaseado en Alemania y Austria, y cada vez hay más pruebas de que tampoco ocurrió en Auschwitz. Está demostrado que las pretendidas pruebas presentadas sobre los supuestos gaseamientos en Auschwitz son burdas mentiras, culminadas con el milagro atribuido a los Nazis, capaces de dinamitar las cámaras de gas, para hacer desaparecer las huellas de su crimen, sin que los crematorios, que se hallaban en el piso de encima, según las autoridades polacas, sufrieran daño alguno.
Hubo ciertamente crematorios para incinerar a los que habían muerto por diversas causas, incluyendo los genocidas raids aéreos de la aviación Aliada.
4) La mayor parte de los judíos que perecieron en pogroms lo fué a manos de las poblaciones civiles antes de la llegada de la Wehrmacht, la cual estaba interesada en el “manpower” que podían representar los judíos en la industria y la agricultura.
5) La mayor parte de los judíos que perecieron a manos de los alemanes eran elementos subversivos, espías o partisanos. En muchas ocasiones, también, los judíos eran víctimas de las represalias contra las actividades dé los citados partisanos. Las ejecuciones de rehenes, con todo lo lamentables que puedan ser, están previstas en todos los códigos militares del mundo, y su justificación radica en la existencia de los propios partisanos. Son éstos los que rompen la barrera entre combatientes y no—combatientes al no llevar uniforme y refugiarse en el anonimato de la población civil. Lo que pueda sucederle a éste será responsabilidad de los partisanos, que actúan fuera de las leyes de la guerra, y no del ejército regular.
También perecieron muchos judíos, en los campos de concentración, ejecutados por actos de sabotaje (298). La ejecución de saboteadores en tiempo de guerra está igualmente prevista en los códigos militares, y no sólo en el alemán.
6) Si fuera cierto que los Nazis ejecutaron, de hecho, a Seis Millones de judíos, el Judaísmo solicitaría subsidios y más subsidios para fomentar las investigaciones sobr el Genocidio, e Israel pondría sus archivos a disposición de los historiadores. Ni el Judaísmo ni el estado de Israel lo han hecho así. Muy al contrario, a todo aquel que ha intentado estudiar el problema seriamente lo han boycoteado, moral o materialmente. Esto constituye, a nuestro juicio, una prueba moral de que la cifra de los Seis Millónes es una estafa.
7) No hay ni una sóla prueba material del Genocidio. Hemos demostrado que la cifra de Seis Millones de gaseados es demográfica y materialmente imposible, así como técnicamente irrealizable. El modus operandi descríto por los autores del Mito es farragoso, innecesaria y ridículamente complicado y de un costoso prohibitivo en tiempo de guerra.
Los testimonio aducidos (Hoettl, Hoess, Eichmann, Gerstein) son inválidos: a) por haber sido, según es público y notorio, obtenidos bajo coacción. b) por no haber sido posible someterlos a contrainterrogatorio de la defensa, lo cual los descalifica automáticamente.
8) Son los acusadores los que tienen la obligación de presentar la prueba de que los Nazis gasearon a Seis Millones de judíos, y no los acusados Nazis. El fardo de la prueba recae, en todos los países civilizados, en el acusador, y no en el acusado. Demostrar una verdadera culpabilidad es mucho más fácil que demostrar una verdadera inocencia. ¿Cómo va a poder demostrar, el hombre más honrado del mundo, que nunca robó nada a nadie? Es el acusador quien tiene que demostrar sus cargos. Por tal motivo, los juicios contra antiguos SS, guardianes de campos de concentración, a los que se declara a priori miembros de organizaciones criminales y deben demostrar su inocencia sobre hechos que se suponen acaecidos hace treinta y cinco años, no son más que linchamientos legales.
9) Lademostración obvia de que la cifra de Seis Millones no tiene ningún fundamento nos la da el hecho de que los propios historiadores, escritores, publicistas y políticos judíos, sionista o no, presentan discrepancias verdaderamente ridículas en sus cálculos. Tras hacer firmar al desgraciado Gerstein (suponiendo que existiera) que los Nazis asesinaron a 45 millones de judíos, y luego, dos meses más tarde, reducir la cifra a 25 millones, para dejarla en “20 millones y pico” (sic) se descendió gradualmente a once millones, luego a ocho millones y finalmente se estabilizó la cuenta en la cifra de Seis Millones. Esta cifra perduró casi veinticinco años, en realidad aún perdura, pero coexiste con nuevas cifras. Por ejemplo, el Fiscal del Proceso Eichmann citó la cifra de 5.700.000, pero el Juez en sus conclusiones rehusó complicarse la vida con cifras y habló de “varios millones de inocentes judios”. (299) William Shirer el buda de los historiadores judíos, asegura que los Nazis asesinaron a cuatro millones de judíos (300). Josef G. Burg deja la cifra en 3.323.000 y aún se cubre con la frase de que “a tal cifra se llega tomando como ciertas las cifras de los más desenfrenados cultivadores de esa Mentira” (el supuesto Genocidio). El Padre Daniel Rufeisen corrige ligeramente las cifras de Burg y cifra el número total de judíos muertos en el transcurso de la contienda —por todos conceptos, incluyendo las causas naturales— en unos tres millones, como máximo. Aldo Dami —medio judío y casado con una judía— da la cifra de medio millón, también como máximo. Y el doctor Listojewski, un judío californiano, tras estudiar durante dos años el problema, afirma que el número máximo de judíos que perecieron durante el periodo hitleriano osciló entre 350.000 y 500.000 y remacha “Si nosotros, los judios, aseveramos que fueron Seis Millones, es una gran mentira (301). Finalmente, el judío americano, Doctor Freedman, como ya hemos visto, cree que la cifra de bajas judías no excedió de las 300.000 mientras niega en redondo la Mitología del Holocausto.
10) El mutismo de la Cruz Roja Internacional y del Estado Vaticano como institución, tanto durante la guerra como al final de la misma, sobre el plan genocida oficial u oficioso ideado y puesto en práctica por los Nazis para exterminar a los judíos, demuestra que tal plan no existió.
11) En número aproximado de bajas sufridas realmente por los judíos se sitúa, en nuestra opinión, entre 250.000 y 400.000. Esas cifras representan, para nosotros, el mínimo y el máximo. La razón de tan importante diferencia estriba en la absoluta falta de credibilidad de los testimonios emanados de fuentes rusas o polacas, y también del hecho de que a veces los judíos son catalogados como tales en las estadísticas, y a veces como rusos, polacos, etc,. No obstante, y remitiéndonos a lo que manifestamos en el epígrafe “¿CUANTOS MURIERON EN REALIDAD?” creemos que la cifra debe situarse alrededor de los 300.000. Damos por supuesto que un tercio de las personas muertas en campos de concentración eran judías (no debemos olvidar que los prisioneros de guerra rusos se contaban por millones), y si, según la Cruz Roja Internacioñal murieron en los campo de concentración unas 395.000 personas podemos desglosar las bajas de la siguiente manera, en lo que concierne a los judíos: unos 130.000 en los campos de concentración, a causa de infecciones, mala alimentación al final de la guerra, causas naturales, bombardeos aéreos, y, eventualmente, malos tratos de algunos guardianes, entodo caso, individuales y a espaldas del mando. Debe, además, insistirse en que las condiciones de vida de los internados empeoraron cuando los alemanes entregaron la administración interna de los campos a los “kapos”, es decir a los propios internados. Unos noventa mil en acciones bélicas a manos de los “Einsatzgruppen” (esta cifra es la máxima que se ha admitido por los propios judíos que pretenden ser historiadores). Y podemos cifrar el resto de los muertos judíos (a causa de su participación en los movimientos de resistencia occidentales; en el alzamiento armado del ghetto de Varsovia, de los bombarderos aéreos Aliados, por actos de sabotaje, subversión y espionaje y por causas naturales) en una cifra intermedia entre 50.000 y 100.000 personas. Es decir, en total, más o menos las que murieron en una noche en el bombardeo terrorista de la ciudad—hospital de Dresde, perpetrado por la aviación aliada, drama del que nunca se ocupan nuestros grandes medios de “información”.
12) La finalidad del Fraude tiene una doble vertiente: por un lado, impedir una auténtica unidad del bloque Occidental. Por otro, obtener fondos, mediante la operación de chantaje y difamación más monstruosa del toda la historia del mundo, para el estado de Israel.

(298) Los propios judíos se han enorgullecido de su labor de sabotaje. Por ejemplo, en el campo de Dora, donde se fabricaban las V—2, los judíos sabotearon su puesta a punto, de manera que un buen porcentaje de las mimas quedaron inutilizadas. En Sachsenhausen la dirección del campo debió solicitar, la ayuda de la Gestapo ante la magnitud de los sabotajes en la fabricación de motores Heinkel. (“Impossible Oubli”, Paris, 1970).
(299) En toda la Historia del Derecho, esta fué la primera vez que un acusado fué declarado culpable de un número indeterminado de crímenes. Incluso en los procesos contra las “brujas” en la Baja Edad Media se debía especificar, obligatoriamente, cantidad y calidad de los delitos imputados. Normalmente, el Juez del Proceso de Jerusalén debiera haber sido revocado, y el juicio anulado y repetido con otro juez, que se ajustara a derecho (N. del A.)
(300) William Shirer: “Rise and Fail of the III Reich”.
(301) Publicado en la Revista “The Broom”, de San Diego, California,el 11 de mayo de 1952.
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