"Ella no quiere decir su nombre. A veces se la ve en la plaza 12 de octubre, en otras oportunidades se traslada a la estación de servicios de ruta 8 y Cruce de Derqui, o, los fines de semana, se mezcla entre la distraída muchedumbre que hace sus compras en el imponente km. 50. ¿La edad? No lo sabe, o tampoco lo quiere decir; 10, quizá 11 años. Pide monedas y algo para comer. Se traslada con sigilo y su cuerpo desgarbado apenas hace sombra..."
Chicos de la calle: sobrevivir en el infierno
En América latina, la región de mayor inequidad, se agrava la situación de los menores que provienen de familias excluidas.
Leidy Tabares es una niña de la calle de Medellín cuyo nombre recorrió el mundo. Sobrevivía vendiendo rosas de mesa en mesa. Fue la figura central de "La vendedora de rosas", una célebre película colombiana nominada para la Palma de Oro de Cannes (1998) que documenta la vida de los niños de la calle.
Todos los protagonistas eran como Leidy y su dura vida estremeció al mundo. Su encanto y actuación le valieron el premio de mejor actriz en tres festivales internacionales. Por todo ello según informó "El País" de Madrid (25 enero de 2004) recibió sólo 1.000 euros. Un año después esta misma niña tuvo que volver a la calle a vender rosas.
De los 17 niños actuantes en el film, nueve fueron asesinados. En las principales ciudades del Brasil grupos policiales o parapoliciales asesinan por día a tres niños de la calle, a quienes muchos clasifican de "desechables". En Honduras un promedio mensual de 50 niños y jóvenes menores de 23 años han sido asesinados extrajudicialmente en los últimos años.
En la provincia de Buenos Aires el Ministerio de Seguridad emitió tiempo atrás una circular a los jefes policiales que tuvo que ser anulada rápidamente ante el repudio unánime que despertó. Ordenaba "poner a disposición de la justicia de menores (o sea encarcelar) a los niños desprotegidos en la vía pública y/o pidiendo limosna".
Bruce Harris, director de Casa Alianza —una ONG con sede en Costa Rica, laureada entre otros con los premios Hilton y Gunnar Myrdal por defenderlos— los llama "los nuevos parias de la tierra". Estima que hay 40 millones de niños en América latina viviendo en la calle o trabajando en ella. Es incuestionable que detrás de todo esto está la necesidad de sobrevivir, familias quebradas y la exclusión social.
En México, Bolivia, Perú y Ecuador trabajan el 20% de los niños menores de 14 años. En Brasil se estima que hay 2 millones de niños trabajando; en Argentina, 1.500.000; en Centroamérica, 1.300.000. Sus ingresos son misérrimos.
Los niños que viven en la calle en muchas ciudades de América latina duermen en edificios abandonados, debajo de puentes, en portales, parques, alcantarillas. Trabajan o son explotados como limpiaparabrisas, tragafuegos, recolectores de basura, mendigos. Su salud y nutrición son muy precarias y están indocumentados.
Son víctimas preferidas del comercio sexual, que ha ido creciendo. Ejemplos: las recientes denuncias sobre bandas de esclavitud sexual en la Capital Federal, y el intento de asesinar a una jueza que está investigando mafias dedicadas a la prostitución infantil en la provincia de Buenos Aires.
También ha crecido el tráfico de niños que son robados para el mercado sexual o la explotación. Según la ONU, la trata de personas es uno de los negocios del crimen en mayor expansión, y se ha elevado fuertemente en países como Colombia, Brasil y República Dominicana.
Una película brasileña laureada, "Estación Central", denuncia una de sus expresiones más brutales, las bandas de robo de órganos de niños. A todo ello se suma la utilización de los niños por los grupos de la droga.
En estas condiciones, vivir en la calle es casi vivir en el infierno. Y así lo testimonian recientes estudios sobre los altos niveles de depresión psíquica, búsqueda de salida a través de los pegamentos y otras drogas, y finalmente suicidios en esta población infantil desesperada.
Acorralados
Detrás de este cuadro, que vulnera todas las convicciones éticas de nuestras sociedades, cuyas creencias religiosas y morales reclaman dar afecto y protección a los niños, se hallan el avance de la pauperización y de las inequidades en la región, y su impacto destructivo sobre las familias. Estos niños están pagando los costos de políticas insensibles: la reducción de las coberturas sociales, la caída en la pobreza de muchas familias que antes pertenecían a la clase media, la polarización social.
Una sociedad que excluye y una familia desarticulada por estos impactos los empujaron fuera de todas las estructuras. Es muy cómodo llamarlos "niños de la calle", pareciera que es como si ellos hubieran decidido vivir en ella, y hay quienes calman su conciencia con esa racionalización. Las investigaciones indican lo contrario. Están allí porque han sido acorralados, casi expulsados por la sociedad y abandonados.
Se impone buscar salidas a esta situación éticamente intolerable. Hay quienes muestran el camino. UNICEF ha elevado continuamente a los gobiernos propuestas concretas, e indicado vías para financiarlas, entre ellas la reducción del gasto militar.
Organizaciones internacionalmente reconocidas como Casa Alianza y JUCONI (Junto con los niños) de México han mostrado que mediante programas orgánicos de protección, educación y reintegración familiar es posible rescatar a muchos de los niños. En la Argentina, entre otras instituciones ejemplares, Nuestros Hijos (Ieladeinu), de la comunidad judía, ha devuelto la dignidad y recuperado en poco tiempo a 300 niños en riesgo grave, y los voluntarios de otra ONG, "Las viejas del Andén", recorren diariamente las vías férreas y las estaciones de trenes en áreas del Gran Buenos Aires recogiendo y rehabilitando a los niños que viven en ellas.
Se impone la necesidad de políticas públicas agresivas en este campo crucial, el fortalecimiento de las organizaciones actuantes y la movilización de la sociedad civil. La nueva gestión presidencial ha indicado sus intenciones al respecto de modo muy concreto, al destinar recursos crecientes a lo social (cerca del 80% del aumento de la recaudación fiscal de los últimos seis meses). Están dadas las condiciones para enfrentar el problema.
Según estimaciones recientes, en la última década se han triplicado los niños de la calle en la Ciudad de Buenos Aires. ¿Seguiremos viendo impasibles a los niños arriesgar su salud haciendo acrobacias en los semáforos, jugando con fuego por unas míseras monedas, o actuaremos colectivamente para devolverles la esperanza?
Son nuestros chicos... son nuestro futuro
Una de las más penosas realidades sociales que afectan a nuestro país es la de los chicos de la calle. Muchos hablan de ella y muchos más se escandalizan por su subsistencia; sin embargo, y a pesar de las últimas novedades parlamentarias -la aprobación del proyecto de ley de protección integral de los derechos de niños, niñas y adolescentes, siguen siendo escasas las acciones encaradas desde el Estado y desde el seno mismo de la sociedad, animadas por la positiva intención de encontrar remedios eficientes y soluciones viables.
Avergüenza enterarse de que sólo en la ciudad de Buenos Aires hay alrededor de 4000 criaturas de ambos sexos, la mayor parte procedentes del conurbano, incluibles en la denominada "situación de calle", frío tecnicismo que apenas disimula una inadmisible calidad de vida. Y que ese problema también se ha extendido a casi todas las principales ciudades del interior.
Existen varias modalidades de la genérica "situación de calle". Hay chicos que desconocen cualquier otra forma de vida y sobreviven a duras penas cobijándose como pueden en las estaciones del subte, en las terminales y playas de carga ferroviarias y en los zaguanes, si los dejan. Para ellos -abrepuertas de autos en constante pugna con la competencia, suplicantes limpiadores de parabrisas, malabaristas a los apurones o lisos y llanos pedigüeños-, la calle se ha convertido en improvisado lugar de trabajo y no menos precarios dormitorio y comedor (cuando consiguen alimentos).
Otros chicos callejean durante el día y vuelven a sus casas por la noche, y hay quienes lo hacen sólo dos o tres días por semana. Al margen, los chicos cartoneros acompañan -o no- a sus padres y pasan toda la jornada recolectando desperdicios.
También están los que se inician en esta vida compartiendo la calle con la concurrencia a la escuela y el regreso a su hogar, para luego dejar poco a poco familia y colegio y terminar en plena "situación de calle". Se encuentran expuestos a la explotación laboral y corren peligro de ser sometidos sexualmente mediante distintas formas de prostitución infantil, forzados a la mendicidad, sumergidos culturalmente y condenados a permanecer en el fondo de la sociedad por falta de educación. Sufren maltrato y abusos y se van deformando en el temor a la autoridad, en la cuasi ilegalidad y en la seguridad de que, hagan lo que hicieran, no podrán cambiar su penosa situación.
De allí al alcohol y a las drogas hay muy corto trecho. Finalmente, suelen caer en las redes de venta de narcóticos, que los utilizan como distribuidores, ya que por su edad no pueden ser condenados.
Un laberinto sin salida del cual sólo pueden ser salvados por la familia y por la escuela, instituciones en crisis merced a la acción interesada de quienes pretenden destruir a la primera y se olvidan de la existencia de la segunda.
El desempleo y la pobreza ahondan el problema. Uno y otra son responsables de la existencia de esos niños que suelen rendirse ante la oferta de tan sólo unas pocas monedas.
De tan reiteradas, esas hirientes escenas han terminado por anestesiar al grueso del cuerpo social, que ha perdido su capacidad de asombro u opta por los discursos esquizofrénicos sobre la Convención de los Derechos del Niño, la ley de la minoridad, las políticas sociales, el día del "juego del niño", que acaba de ser instituido y realizado, y otras maravillas declamatorias en franca contradicción con la cruda realidad y la falta de políticas operativas mínimas.
Si las estadísticas que se manejan son más o menos exactas, 4000 chicos en esas condiciones en apenas el ámbito metropolitano constituyen un gravísimo problema, pero su solución no es imposible.
Nuestros políticos y nosotros mismos, como integrantes de la sociedad, hemos olvidado al niño. Hablamos de sus derechos, mientras nos resulta imposible practicar el consejo de Ortega y Gasset: "¡Argentinos, a las cosas!".
Familia, escuela y deporte son tres pilares esenciales para rescatar definitivamente de las calles a la niñez desamparada. Nada se resuelve confinando al niño en un instituto en el que ingresa por una contravención menor para salir en condiciones de incurrir en delitos mayores. La solución no pasa, pues, por un castigo más o menos velado, sino por la vida en el seno de la familia, la concurrencia a la escuela y la actividad deportiva, bajo la tutela de organismos responsables y capacitados.
Si no somos capaces de encarar y desarrollar esas políticas dictadas por el sentido común y la experiencia, malgastaremos nuestro presente y estaremos destruyendo nuestro futuro y el del país.
La Vendedora de Rosas
La película narra la vida y peripecias de una niña de 12 años en las calles de Medellín, para rodarla se contó con varios niños de esas mismas calles como actores naturales, que fueron recluídos en una casa durante un año para poder rodar la película.
Actualmente tan sólo dos de los actores naturales de la película están vivos, y es que desde 1998, año en que terminó el rodaje de la película, uno tras otros han ido muriendo en esas mismas calles donde se desarrolla la trama.
Lady Tabares y "El Zarco" estuvieron por festivales de todo el mundo promocionando la película, incluido el festival de Cannes. Tuvieron fama y dinero, pero nadie les guió después de finalizar el rodaje, como afirma el periodista colombiano Jaime Arango.
"El Zarco" tuvo la oportunidad de cambiar de vida, le ofrecieron trabajo en España e incluso tuvo ofertas de Los Angeles para emprender una nueva vida. Pero el no quiso, sabía que iba a morir en esas violentas calles de Medellín, pero no quería salir del sitio donde era "famoso", rodeados de la droga y la prostitución de siempre.
"La vendedora de rosas" dirigida por Víctor Gaviria, es una película real que sobrepasa la misma pantalla, mostrando una realidad aún más cruda que la que de por si ofrece.
Para descargar la pelìcula:
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DONDE AYUDAR:
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Omar Peluffo - Presidente Directora Gral.: Lic. Julieta Pojomovsky. José Taschetta - Secretario Psicólogo: Lic. Carlos Danielli
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Fuentes: