Retrato de un sexópata Recordó que en el tarro de basura de la cocina, en el fondo, entre una caja de pizza y las cáscaras de una manzana que había pelado días atrás, estaba un fajo de tarjetas envuelto en una bolsa ahora impregnada de residuos. Las tarjetas parecían repartidas en mazos pequeños, como en un intento de clasificación. Cuando las sacó, arrugó la nariz haciéndole el quite al olor que emanaban, buscó rápidamente un papelito azul de letras grandes y llamó al número que aparecía resaltado. Después caminó aliviado al baño. Se sentó en el retrete y empezó a agitar su pene suavemente. Esperó su pedido con apetito moderado. Tomó una ducha larga y tuvo tiempo para masturbarse otra vez. Cuando el timbre sonó, lo saludaron dos mujeres entre risas. Sin mayor intercambio de palabras, los tres se dirigieron a la cama y empezaron a lidiar entre sábanas con cada uno de sus cuerpos. Las hipérboles figuraban en chupones y palmadas, en besos y jadeos, pero cada acción era tan extremadamente placentera como falsa. En su pensamiento, arrodillado, rogó por llenarse, por sentirse complacido; sin embargo, después de pagarles cuatro horas de sexo a esas dos putas estrato seis, la ansiedad, irremediablemente, terminó derrotándolo. Esa noche, con un millón de pesos menos en su cuenta bancaria, Alejandro tuvo el deseo indómito de querer más, por eso no dudó en visitar un burdel. Un año antes había conocido una unión real, quizá la prueba más fehaciente del amor en su vida, pero tras el abandono de esa mujer que parecía anclada a su memoria, terminó desquiciado. Ya no le interesaba la estabilidad sino la fantasía que le brindaba el goce estético, la ilusión de sentirse apetecible, querido. El neón de los prostíbulos era como la música que incitaba al ludópata a echarle otro billete a la máquina, o como el diamante que estaba al alcance de la mano del cleptómano. El contacto sexual con prostitutas le producía efectos mágicos: las caras que impostaban placer le permitían ser un dios mundano, las bocas que se tragaban su glande le despertaban un júbilo palpitante y la violencia, el deseo despótico de aplicar la fuerza a un ser más débil que él, resultaba siendo como una inyección de alguna sustancia frenética en sus venas. Desde esa noche fue consciente de su vicio, de su excesiva compulsión, pero no le importó; al contrario, creyó que su conducta era justa con él, incluso con quienes llegó a engañar después de que todo se le salió de las manos. Empezó a vivir por el sexo. Faltaba con frecuencia a su trabajo para poder llevar a buen puerto las orgías que planeaba en su casa. A veces abusaba de las horas matutinas para, simplemente, tener relaciones sexuales con él mismo. Poco a poco su colección de porno fue en aumento, al igual que sus amigas esporádicas: citas sin rodeos, sin pseudo-romances ni tramoyas baratas que conseguía solicitando y ofreciendo “sexo casual” por internet. Experimentó tanto que de penetrador pasó a ser penetrado. No discriminó género, raza, tendencia política ni edad. No recuerda exactamente con cuántas personas tuvo relaciones, pero cuando se le pregunta, levanta la ceja izquierda y dice, con una voz carrasposa, que la lujuria encarnó en él. Lujuria traviesa En los escritos de San Gregorio I Magno y en La Divina Comedia de Dante, la lujuria es el primero de los siete pecados capitales. Según la RAE, es un “vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales”. La sexología, en cambio, la explica como una fantasía contraproducente que ataca a la voluntad personal. Claro que para un oficinista japonés de 57 años (de quien se desconoce su identidad) que visitó, hasta mayo pasado, unas 780.000 páginas pornográficas durante nueve meses, la lujuria, más que un maleficio mental, resultó en escándalo público y en un dolor de muñeca insoportable. Esa especie de espíritu pervertidor de los impulsos humanos ha hecho, por ejemplo, que Giacomo Casanova, el seductor más famoso de la historia, llevara al lecho a más de doscientas mujeres, entre ellas a dos hermanas (las que se encargaron de desflorarlo), una monja veneciana y una viuda rica a la cual estafó. O que Catalina la Grande pensara en “no vivir una sola hora sin ser amada”, y que personajes como Michael Douglas, David Duchovny y Lindsay Lohan se hubieran sometido durante meses a tratamientos de rehabilitación en una clínica para curarse de su adicción al sexo. No ha sido por otra cosa que por lujuria que Jack Nicholson presumiera de haber tenido 2.000 coitos en su vida, según un artículo de la revista Maxim de 2006 titulado “Las grandes leyendas sexuales”, o que la prolífica máquina anotadora de la NBA, Wilt Chamberlain, hubiera estado, según su autobiografía, con 20.000 mujeres, algo así como ocho por semana desde los 15 hasta los 63 años, edad en la que murió de un infarto. En Lima, Cromwell Gálvez, un cajero que padecía de esta adicción y presentaba serios problemas de autoestima, sustrajo del banco para el cual trabajaba casi medio millón de dólares de manera silenciosa y paulatina, todo para derrochar el dinero en compañía de vedettes por las que llegó a pagar 30.000 dólares per capita. He Can’t Get (Satisfaction) Ahora Alejandro camina por las calles instigado por su mente libidinosa. No es consciente de la posibilidad de cambiar su rumbo y se yergue crédulo de su poder sexual, seguro de la eficacia del roce genital con la mujer que va en Transmilenio, con la que podría esta misma noche retozar. En su día a día se rebela contra la rutina. No le importa haber perdido su empleo de alto ejecutivo por culpa de su adicción. Martica, su mamá, cubre sus gustos, sus excesos. Él mismo le recrimina su inseguridad, pero al mismo tiempo le gusta que lo sobreproteja. A veces lava en ella sus depresiones, pero no son más que bañitos rápidos, después de confesarle sus pecados corre a ensuciarse con más sexo ocasional. No pensó que masturbarse en exceso o ver películas porno lo llevara a la adicción. No tenía por qué ser así. Pero se inició, poco a poco, en esa esclavitud, y sin darse cuenta entregó su vida al sexo. Muchas veces se aburría en medio de su desconsoladora soledad, necesitaba entonces intensidades que palparan sus sentidos. Cuerpos, lamidos, llantos, semen. Ante la frustración se desfogaba, parecía una bestia hedónica con apetito insaciable. Pensaba siempre: “es la última vez, después lo controlo”, pero la voluntad, como una novia indignada, no le daba el brazo a torcer. La lujuria es su karma, su droga. Se parece al yonqui del parque, o al ebrio del bar. Es un borracho del sexo. Un sexólico que se balancea entre el repudio por sí mismo y el amor a la lujuria. Claudia Londoño, la terapeuta sexual a quien Alejandro recurrió hace dos meses, cuenta que en este momento a su paciente lo asedia la pena y la culpa. “Siente vergüenza porque está casi obligado a vivir con una conducta conflictiva con su moralidad y siente culpabilidad por el daño que se ha hecho a sí mismo y el que le ha causado a otros”. Sólo una auténtica sobriedad y la constancia en sus terapias recuperaría a este hombre de 29 años. A lo mejor, el miedo que dice sentir post coito no le haga seguir pensando que su problema sólo se cura con otra dosis sexual. Aunque tendrá que pasar mucho tiempo para que Alejandro vuelva a la realidad, pues, como dijo Epicuro: “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”. Fuente: Tomado de la revista Bogotana Cartel Urbano (Isabella Portilla)
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