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Miren mi muerte! (Parte 8)

Offtopic9/4/2011


Esta es una Mini-novela que se llama "Miren Mi muerte!". Ésta es la octava parte. si no ha leído las otras partes, hágalo.

















Me he dado cuenta que mis días aquí están empezando a llegar a su fin. No he dormido bien en mucho tiempo. La ciudad parece caerse a pedazos. Me veo en el espejo: estoy demacrado. He empezado a embriagarme con cuanta botella con alcohol encuentre, incluso con enjuague bucal. Aún pienso en la última vez que hablé con Paz. Fue una situación tan extraña e incomprensible. La sentí más lejana que antes. Algo le pasó.

Camino entre los vestigios de lo que alguna vez fue un hospital (Como hace un poco más de 8 años): hoy, mi casa. En la sala de Rayos X hay un saco con arroz y unas cajas con conservas de vaya a saber qué. Miro las puertas de los pasillos y los boxes: Dr. Gutiérrez, Dr. Pinoargote, Dra. Núñez. Como si ellos estuvieran del otro lado de las puertas, esperando. Daría lo que fuera por que una de esas puertas dijera “Paz” y que ella estuviera del otro lado, radiante, esperando mi encuentro, nuestro encuentro. Soñar es gratis.
Salgo al patio del hospital. El Puma no se ha aparecido en muchos días. La última vez que lo vi, traía en su boca dos conejos. Esa noche comimos como endemoniados, como si nuestras vidas terminaran esa noche. De ahí en más no he sabido nada de él. Vaya a saber qué estará haciendo. Miro los frascos de pintura desparramados en un rincón de la pared. Las brochas secas en el piso, la pared a medio pintar. Salgo del patio del hospital confundido. Necesito salir de ahí.

Camino por Centenario. Las vitrinas que no he saqueado. Un set de pintura en una vitrina. Un cuadro de un atardecer con unos pájaros. Pienso: ¿Cómo sabrá la gente que yo estuve aquí? ¿Cómo sabrá Paz que yo estuve aquí? ¿Cómo dejo mi huella? ¿Cómo le explico que la quise con el alma? Rompo un vidrio. Entro a la tienda. Saco los frascos de pintura, los pinceles. Salgo de ahí, rumbo al hospital. Es hora de dejar mi legado.

Estoy en mi dormitorio. Pinto sobre la pared. El ruido del mar a lo lejos, el sol reflejándose sobre el piso, dando un toque extraño y místico al momento. Empiezo a ver lo que aparentemente estoy pintando: soy yo, sentado en un banquillo, mirando hacia el frente. Me veo afeitado, más relleno, más cuerdo. Atrás mío (en la pintura) cuelga un cuadro, en el cuadro sale Paz, con la misma cara radiante con la que sale en el cuadro de la casa verde. Anoto una acotación sobre el cuadro. Voy hacia otra pared: empiezo a escribir mi testamento, lo que no he podido decir. Salgo de ahí. Mal.
Han pasado los días, y he escrito muchas cosas en las paredes de la ciudad: cosas simples y banales como “¿Cómo te llamas?” o tan complejas como “f(x)=a(Log x)+b” He estado mal. No he comido. A veces abro una lata y vierto el contenido sobre la calle. No me he sentido bien. Voy a la casa verde. Entro, tomo el teléfono, lo pongo sobre una mesa, me siento en un sillón, espero. Y espero, y espero, y espero, y lloro, y me siento mal, y pasa un día, y pasa otro, y sigo ahí, sentado, impaciente, y siguen pasando los días, y me muero de a poco. Hasta que me levanto, tomo el teléfono, y marco el botón que dice “celular Paz”, como hace 8 años. Suena el teléfono, contesta:
- ¿José?
-Ah, ahí estás. Eso.
Cuelgo. No sé qué decir, qué pensar, no sé qué sentir ahora. Tal vez me di cuenta que estoy ad portas de mi fin. Tal vez ni ella ni yo queremos ver mi muerte. Tal vez no queremos sufrir.

Los días, semanas y meses pasan…

Llegó el día maldito. Lo presiento.
Me levanto de mi cama, antes de amanecer. Bajo por las escaleras del hospital-casa por última vez. Presiento que es la última. Salgo del hospital. Voy al centro. A limpiar mi alma antes de lo inevitable. Camino por Blanco Encalada. El aire esta muy frío. Me empiezo a despedir de las cosas con las que he vivido estos 10 años. Esta soledad se acaba hoy, aparentemente. Llego a Centenario. Todo está congelado (Literalmente). Entro a la iglesia que entré hace años atrás. Me siento en la última fila. Miro al crucificado:

- Hola, soy yo, José. Ambos sabíamos que este día llegaría, ¿no? Nunca había sentido tanto miedo. Traté de ser una buena persona, traté de ser feliz, me enamoré, pero no sé qué hice mal y fui condenado acá. Nunca pude amar a Paz. Siempre le daba vueltas y divagaba y ella pensaba que yo estaba loco o algo así, y se alejó de mí. Y cuando se lo dije sin rodeos, ya era muy tarde. Si algo hice mal, estoy muy arrepentido. Sólo algo quiero pedirte: Quiero pedirte sólo una cosa: Quiero que Paz sea feliz. Eso. Adiós, y gracias por escucharme.

Salgo de la Iglesia. No hay nada más que hacer ahí.

Estoy en el patio de mi casa donde vivía antes de la explosión. Hago un hoyo. No sé por qué lo hago. El cielo está medio gris. Toco con la pala una pieza de madera enterrada. La saco. Es un tubo. Lo abro, hay un papel adentro. Es el papel que hace mas de 10 años me dio Miriam. Está inteligible. Los hongos no dejan leer nada. Lo limpio y guardo en un bolsillo. Salgo de ahí, rumbo a mi última parada: La casa verde.

Llego a la casa verde. Entro, como siempre. Tomo el teléfono, marco el botón “Celular Paz”. Suena. Contesta:
- ¿Aló?
- ¿Paz?
- Sí, ¿Qué desea?
- Soy yo, José. Llegó mi hora.
- ¿Qué te harán?
- Me ejecutarán.
- ¡No puede ser!
- Es mi destino, Paz. Si te hice sentir mal en algún momento, o te enojaste por mi culpa, te pido perdón.
- ¿Aún me quieres?

Suena un tiro a lo lejos. La llamada se corta. Salgo de la casa verde, rumbo al hospital. Suena a lo lejos un camión, y alguien gritando:
- ¡José, llegó tu hora!
El camión se acerca a mí. Se detiene. Dos personas se bajan, me apuntan con pistolas, me esposan y me suben al camión. Miro hacia atrás, veo esta ciudad por última vez: el Hospital-casa, la casa verde, 21 de Mayo, los edificios, el puerto, el centro. El Puma yace sobre la calle, muerto.
- ¿Qué mierda le hicieron al Puma? – Grito.
- Era una amenaza – me responde un sujeto.
- ¡Era mi amigo!
Lloro como si no hubiera llorado en siglos, como si la pena de estar encerrado en esta ciudad hubiera estallado. Miro lo que queda de esta ciudad que tiene un olor raro, pero conocido. Al fin esta ciudad huele a Paz.

Voy rumbo a mi muerte…





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