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La CIA y el FBI

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La CÍA y el FBI

La Agencia Central de Inteligencia (CÍA) es un organismo que vio la luz a partir de la Overseas Secret Service (OSS) americana, de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Estados Unidos decide entrar en guerra contra el Eje, el presidente Roosevelt nombra embajador en Suiza nada menos que a Alien Dulles, prominente abogado de Wall Street de varias firmas, en las que tenían fuertes intereses los clanes Rockefeller y Harriman. La guerra era un tema especialmente espinoso para la élite de negocios anglonorteamericana, dado que venía colaborando con el régimen de Hitler, como ya hemos visto en capítulos anteriores. Por lo tanto, necesitaba efectuar discretas negociaciones con conspicuos miembros del régimen nazi a fin de que sus intereses económicos no se vieran severamente perjudicados una vez que la guerra hubiera terminado. Dulles era el encargado de establecer esos contactos. Y aunque en realidad era embajador de Estados Unidos, alternaba ese puesto con el de vocero y negociador de los grupos privados económicos norteamericanos con fuertes intereses en Europa y Alemania. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, Alien Dulles desempeñó tan bien su papel —no se sabe si el de embajador o el de lobbista— que fue nombrado nada menos que presidente del CFR entre 1946 y 1950, luego subdirector de la CÍA entre 1950 y 1953, y director de la misma entre 1953 y 1961, cuando el presidente John Kennedy lo echó.

Al revés del FBI, la CÍA es frecuentemente presentada en series y películas de espionaje como una organización temible, capaz de realizar horribles crímenes. En realidad, es algo bastante peor. El propio origen de la CÍA se encuentra enlodado con los servicios secretos de Hitler. Cuando se comienza a hacer evidente que Alemania se rendiría, el jefe de espionaje de Hitler, general Reinhardt Gehlen, comienza a negociar con el gobierno norteamericano los términos de su rendición. Gehlen —excelente espía— tenía en su poder gran cantidad de documentación incriminatoria contra políticos y empresarios ingleses y norteamericanos. Por lo tanto, junto a un sobredimensionamiento del "peligro soviético" (que la élite no podía desconocer como exagerado) jugó la carta de la posible difusión de esa información a los medios de comunicación. Estados Unidos llegó a un rápido y fructífero acuerdo con Gehlen: el general no sólo quedaba libre, sino que además Estados Unidos contrataba sus servicios y lo utilizaba como práctico monopolista de los servicios de espionaje norteamericanos en Europa Oriental y Rusia. Ello no implicaba que Gehlen tuviera que infringir sus antiguas lealtades con colaboradores directos de Hitler. Todo lo contrario, Si el general juzgaba que en su accionar había una especie de lucha de lealtades" por tener que espiar tanto para Alemania como para Estados Unidos, podía privilegiar los intereses alemanes. Más aun, Gehlen reportó directamente al sucesor de Hitler, tras su suicidio: el almirante Karl Doenitz. Gehlen y muchos otros nazis empezaron a formar parte de la CÍA. Entre otros, habrían sido reclutados Klaus Barbie, Otto von Bolschwing (el cerebro del holocausto, que trabajó codo a codo con Adolf Eichmann) y el coronel de la SS Otto Skorzeny (un gran favorito de Hitler).

El origen non sancto de la CÍA, basado en un pacto perverso, favoreció que se llevaran a cabo operaciones secretas, no sólo ilegales sino también criminales. Una de las primeras operaciones en las que la CÍA se vio envuelta fue el llamado "Project Paperclip", a través del cual la CÍA seleccionó a un gran número de científicos, militares y colaboradores nazis de todo tipo para trabajar y vivir en Estados Unidos. Oficialmente, Estados Unidos ha reconocido la existencia de esta operación, pero reduce su área de influencia a proyectos de alcance limitado, como el desarrollo de la NASA por parte de científicos nazis como lo había sido, por ejemplo, Wemervon Braun. Esto es lo que Estados Unidos reconoce, pero es sólo la "punta del iceberg". En algunos lugares de EE.UU., como Huntsville (Alabama), habría habido radicaciones masivas de prominentes nazis alemanes tras la caída del III Reich, a los que se suele citar jurando la Constitución norteamericana con el brazo en alto, a la manera nacionalsocialista. Por ejemplo, nombrando sólo uno de los casos de migraciones ilegales y secretas a EE.UU., junto a Von Braun se suele olvidar mencionar que viajó a Estados Unidos el general Walter Dohrenberg, quien dirigía un campo de concentración y exterminio (que sólo figura en libros franceses sobre la guerra) llamado Dora, en el cual se usaba mano de obra esclava para desarrollar los proyectos armamentísticos diseñados por VonBraun. Dohrenberg era un criminal de guerra y no pudo ser juzgado en Nuremberg debido al "vía libre" que le fue otorgado gracias a la CÍA. El error se pagaría caro: a los pocos años Dohrenberg estaba mezclado con intereses de la oscura corporación PERMINDEX, envuelta en la financiación del crimen de Kennedy. Pero Dohrenberg estaba lejos de ser el único criminal nazi rescatado y enviado sano y salvo a Estados Unidos. Cuando se menciona que la Argentina, Brasil, Paraguay o Bolivia son países que dieron asilo a criminales nazis, generalmente se tiende a encubrir el apoyo que les fue dado por Estados Unidos y la CÍA.

Muchos de estos científicos nazis ayudaron a desarrollar en Estados Unidos el llamado "Proyecto MKUltra". Bajo dicha operación se llevaron a cabo experimentos de control mental con seres humanos sometiéndolos al influjo de drogas experimentales, radiación, electromagnetismo, etc. Se usaron secretamente presidiarios norteamericanos, y hasta se habrían incluido soldados, según Linda Hunt en su agotada obra Project Paperclip. En muchos casos, estos seres humanos convertidos en "conejillos de Indias" murieron. El trágicamente famoso LSD (ácido lisérgico) no sería otra cosa que un subproducto de investigaciones secretas de la CÍA de control mental en humanos con el fin de lograr "robots humanos" capaces de ser utilizados en particulares condiciones de hipnotismo en asesinatos y atentados. La CÍA habría desechado como herramental para estas operaciones al LSD por considerar que no cumplía los requisitos para inducir a seres humanos a que, en determinadas condiciones, recordaran órdenes olvidadas y pudieran "accionar gatillos" (el crimen de Robert Kennedy habría sido efectuado en estas condiciones). Pero la CÍA no perdió oportunidad, según varios autores(2), de sacar provecho de esta droga alucinógena, induciendo su consumo en la juventud norteamericana primero, y luego en el resto del mundo, durante los años '60.

(6) Ver en bibliografía Aciadreama, de Martin Lee y Bruce Shlain.

Las operaciones de la CÍA no se redujeron a contrabandear nazis a Estados Unidos ni a experimentos secretos con humanos como "conejillos de Indias". Intervino de forma cuasi militar en una vasta gama de países, organizando guerras y revoluciones, las que en muchos casos fueron financiadas con los presupuestos de los Estados nacionales y beneficiaron los intereses de la élite de negocios anglonorteamericana y de los propios agentes de la CÍA. La CÍA no sería otra cosa que el "brazo armado" de la élite y el CFR. Es por esa causa que no desaparece una vez extinguidos el régimen soviético y la KGB, cuando desaparece el enemigo. Ya hemos visto en el capítulo 3 cómo, según información recabada, entre otros, por Michel Chossudovsky, el terrorismo islámico no es otra cosa que un subproducto de la CÍA en Asia Central.

Una de las primeras operaciones efectuadas por la CÍA a nivel país, tras la Segunda Guerra Mundial, fue la denominada "Operación Gladio", en Italia. Ocurre que Italia era terreno fértil para que un gobierno de izquierda, probablemente comunista, surgiera en 1948.5 Si bien, como hemos visto, a la élite el comunismo no le disgusta, esto es sólo en determinadas condiciones: cuando los empresarios de la élite mantienen en su poder los medios de producción, o cuando sirve para derrocar a regímenes que impiden a la élite "ingresar fuerte" en algunos países (Rusia antes de la revolución bolchevique). Pero en cualquier otra circunstancia, un régimen de izquierda o comunista atenta fácilmente contra los intereses de los empresarios que dirigen el CFR. Por eso resultaba altamente inconveniente que en Italia triunfara la izquierda. La "Operación Gladio", mediante la incesante propaganda acerca de la supuesta peligrosidad de la izquierda en Italia, logró su cometido de impedir el ascenso de ella al poder. Pero no era una cuestión sólo de propaganda. Mediante la "Operación Gladio" se armó a 15.000 hombres en Italia, dispuestos a dar un golpe de Estado en caso de un triunfo en las urnas de la izquierda.

5 Que a la élite le apetezca cierta clase de colectivismo no significa que le guste la generación espontánea de socialismos que pondrían en jaque su propiedad en medios de producción. Recuérdese la frase de Henry Kissinger a propósito de Chile y Allende: "No debería dejarse que un país vaya al marxismo sólo porque su gente es irresponsable" (ver The Trini of Henry Kissinger, de Christopher Hitchens, Verso, 2001).

El modelo de actividad de la CÍA en Italia fue virtualmente copiado en Francia y Alemania. En el primero de esos países los varios atentados que sufrió el presidente Charles de Gaulle fueron atribuidos a la CÍA y sus socios. Pero, volviendo a Italia, la actividad de la CÍA no se redujo al impedir el ascenso de la izquierda al poder. Dado que tras la experiencia de Mussolini la población se volcaba filosóficamente más a la izquierda, la CÍA decidió mantener a la misma "a raya" generando y financiando ejércitos terroristas de izquierda (Brigadas Rojas) a través de la actividad de la logia masónica Propaganda Due (P2) a fin de mantener instalado en los medios de comunicación y en la mente de la población la idea de la enorme peligrosidad y violencia potencial que significaría la izquierda en el poder. Para ello, la CÍA no dudó en mantener inalterados los estrechos contactos que poseía con la mafia siciliana y la camorra napolitana desde fines de la Segunda Guerra. Tampoco dudó en mirar para otro lado cuando las Brigadas Rojas asesinaron al primer ministro italiano, Aldo Moro, en 1978, o cuando volaron la estación de tren de Bologna matando a decenas de inocentes. Las frecuentes noticias acerca de los lazos de ex políticos italianos, que ocuparon altísimos cargos de poder, con la mafia (por ejemplo, la prensa y la justicia italianas nombraban con frecuencia a Giulio Andreotti, entre otros) deben entenderse como engranajes de una maquinaria mayor utilizada como una estrategia de la CÍA.

Especial atención merece la "obra" de la CÍA en Vietnam, no precisamente misionera de la democracia y el capitalismo.

Fuente
http://libroscuriosos.blogcindario.com/2007/05/00003-hitler-3.html

Fragmento de Hitler Ganó la Guerra - Walter Graziano
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