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Literaturinga - Monólogo en sepia (propio)

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Hola a todos. Hoy voy a publicar un cuento que escribí hace unos dos años. Me pareció interesante la idea de publicarlo para así acoplarme a la tanda de taringueros que ya vienen posteando sus textos.

Monólogo en sepia


Titubeaste sólo un instante y te libraste a la ira momentánea, luego de la depresión del desierto emocional. Nos miramos desde el ángulo que dibuja el sol con la sombra, y nos dimos cuenta que poseemos cierto parecido, que ambos creemos en el futuro vacilante, que ambos sentimos que el presente es sólo un juego de la mente y que el pasado, aquel amarillo compañero, se resume a fotografías oxidadas en algún hueco de la habitación.
Nos inundan símiles sueños, pecamos los mismos pecados, lloramos las mismas penas, sufrimos los mismo martirios. Pero ¿qué elemento nos divide? ¿qué es aquello que delimita nuestros latidos y los separa de forma violenta, en una vorágine de desilusión?. Quizás el camino que recorremos, aquel sinuoso transitar hacia el ensueño o la realidad, quizás esta vida vivida o esta pobreza embebida de derrotas y pesares tanto como de victorias, sea sólo una alegoría más, una simple metáfora de nuestro paralelismo. Vos, que estás a un simple paso de mi cuerpo, que sobrevolaste por la imaginación aún en tiempos de sobriedad, sos distinto a mí. Tus ojos, del mismo color que los míos, no simbolizan mi vista. Tus labios intrépidos, mi voz ronca (de locutor, como alguien dijo), el rostro adusto y las cejas pobladas no son mis sentidos. No somos perfectos, eso es indiscutible, pero nos persigue la incertidumbre del que cavila en el silencio. La máscara que nos identifica a la vez amplía la distancia. ¡Inútil es el destino!, ¡Malogrados son los pensamientos, si no van acompañados de la razón!. Me formaron (nos formaron) con los ideales del mundo, pero están vacíos de raciocinio. No, no me mires así. Sabés que lo que digo, lo que converso con palabras agolpadas en mi garganta, incompresibles y trémulas, es cierto. Todo es cierto y a la vez es mentira. ¿Basta mirarnos sin percibirnos? ¿Por qué no lográs tocarme?, ¿Es que mi piel es tan áspera?
Espero que entiendas que esto no es un soliloquio egoísta ni mucho menos. Comprendo que tus ojeras agrandadas encuentran su afluencia en mis diálogos nocturnos, y sé que no has podido dormir porque yo no lo he hecho. Disculpame si te confundo con mis locuras, nadie está cuerdo en estos tiempos... No somos simples hermanos, no somos amigos falsos, no somos. Te conozco mucho, vos me conocés. Pero a la vez, no sabemos todo de nosotros dos. Sé algo de tu rutina inmóvil, de la neurosis que rebasa en tus pupilas, de lo intranquilo de tus movimientos. Puedo hallarte entre la humanidad toda, pero no puedo asegurar tu reacción.
La incoherencia es mi fuerte. La paciencia mi suicidio lento. Siempre nos servimos de la templanza para decidir. Confiamos en Dios, y hasta rezamos juntos. Recuerdo aquel día en que en la heladera escaseaban los alimentos, que nos observamos un rato largo y reímos hasta el cansancio. Dilucidamos la respuesta, y la encontramos. ¡Qué manera de alegrarnos cuando compartimos el dulce de leche, el vino mendocino y el pan francés hurtado en el almacencito de Don José!. Nosotros, los dos estúpidos lo habíamos conseguido, por nuestros propios medios. De nada sirvió, de nada.
No somos esnobistas, tampoco narcisistas ni hedonistas, pero amamos y a la vez odiamos estas tertulias. Es un vicio que nos acerca a la muerte.
Somos diferentes, y eso me atosiga. ¿A vos también?... ¿Por qué no me respondés? ¡Cambiá ese gesto en tu rostro!. Bueno, no importa. Como te decía, somos locos che. Vos fijate qué cosas las de esta época de desconcierto globalizado, mirá cómo están los cuerdos muriendo. Cómo se extinguieron los tangueros ronroneantes, cómo expiraron los gritos asmáticos del bandoneón en las calles empedradas de poesía. ¿Dónde está la algarabía, el escozor en la panza después de una excelente película en sepia?. Te das cuenta, ¿no?. Estamos en un film monocromático. Ya perecieron los colores, estamos plagados de este monótono blanco y negro. Negro y blanco. Nada somos, nada...
Y cada vez me convenzo más de que no somos idénticos, de que lo que pensás ahora, tirado sobre ese sillón semidestruido es muy distinto a lo que yo creo. En fin, ninguna de mis conclusiones tiene valor.
Recorrimos bares, debatimos política y otras habladurías, pero ahora, con nuestros ochenta y tantos, llegamos a lo mismo que nos movía cuando esa noche de junio, con apenas tres o cuatros tontos años, nos encontramos los dos. ¿Te acordás? A partir de ese instante etéreo, las cosas que nos unen nos conllevan al páramo en el que estamos sumergidos. A partir de esa mañana otoñal, en la que me acerqué, sigiloso, hasta la habitación de mamá, prendí la luz, levanté la sábana que cubría un insólito objeto y me vi (te vi), nimbado de la luz del sol, reflejado en el antiguo espejo del abuelo. Desde allí, no puedo comprenderte, porque algo grisáceo me lo impide. No puedo reconocerme... así, en este sepia, no puedo.

2/04/2006
Porthus.

Escrito registrado en el Registro Nacional del Autor.

Un abrazo grande.
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