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"La Marea", cuento propio

Arte8/28/2008
LA MAREA


Quienes hayan caminado por la Avenida del Libertador de Merlo Bs. As. sabrán entenderme.



El cordón. Pongo un pie en él y ya estoy dentro. Una vez más -no rutinaria o periódicamente, sino constantemente-, el gentío me empuja, entre sus ruidos, clamores sinsentido, chismorrerío barato, y ese resonante güiro perdido en el tempo que suena de fondo. Ya estoy en la vereda, tengo mi objetivo claro: recuerdo a dónde he de ir.
Pero una vez en la avenida, incluso teniendo la meta final clara, me doy cuenta rápidamente que hay una clara contradicción en mi camino: evidentemente, en esta vereda las personas caminan en el sentido contrario al mío; es curioso, improbable incluso, pero para nada imposible. Así pues, aún oliendo la peste de los cánceres latentes del contrato social tácitamente impuesto y clamorosamente fallido que deambulan por las baldosas, intento alcanzar el cordón a mi derecha -que solía ser amarillo por principio, pero los pasos de nocturnos y misteriosos transeúntes a lo largo de años han descolorido hasta llegar al gris-, al que la masa no me deja llegar. ¡Dios Santo, estas gentes no saben caminar derecho, pero aún así votan cada cuatro años! No, no, me sacudo ese impropio pensamiento con sumo esfuerzo de filantropía. Me retuerzo contra esta ola de individuos que me empujan hacia atrás, instándome no a retroceder, sino al retroceso: la misma involución. Me debato fuertemente, pero aún así desisto de alcanzar el cordón a mi derecha: no me dejan cruzar la calle; está bien, tal vez tengan sus motivos, tal vez del otro lado sea peor.
Mantengo en la mente en un ínfimo y lúcido momento mi meta, el punto hacia el que quiero ir. Camino dando saltitos entre la muchedumbre, que no contempla mi cara a pesar de ir en sentido contrario al mío. Yo tampoco me detengo a mirarlos a los ojos -aunque quizás no se los encuentre entre sus flequillos hacia un costado, sus piercings, sus anteojos de sol, y demás indispensable utilería-.
El laberinto se complica; doblo, salto, ¡ay!, casi me caigo; giro, vuelvo a doblar, esquivo a esa señora abarrotada de artefactos que predica cuestiones seguramente importantísimas a su colega que mira hacia otro lado; salto y vuelvo a doblar. Y al final llego a la primera esquina: la avenida corta sus senderos de fango social, me libera brevemente de sus apretadísimas lianas pegajosas que me sujetan obligándome al retroceso al que intento negarme. La esquina, el puente hacia la jungla que sigue, esa jungla de masas que..., si, ya sabéis hacia dónde quieren arrastrarme.
Pues bien, cruzo la calle felizmente, y, dejavu: el cordón, simétricamente -terroríficamente, impactante y alarmantemente- igual al anterior. Algo ha ocurrido, pues al mirar dificultosamente hacia adelante, veo el mismo gentío, a esa misma vieja que chismorrea con su desinteresada comadre envuelta en un revoltijo de bolsas, colores, bazofia pura. Esto no es normal..., no, no, sí lo es, pero qué estoy diciendo. Elevo una plegaria al cielo, y nuevamente me abalanzo a la pelea, esa lucha desaforada por alcanzar la siguiente esquina (tal vez la misma que la anterior, o bien quizás una nueva que al fin me libre de estas ataduras, de estas lianas que se me enredan en la bufanda, que me hacen trastabillar, que me empujan..., sí sí, vosotros sabéis a dónde.)
Difícil rememorar mi objetivo entre tanto desacompasamiento de güiros saliendo de esos parlantes de una tienda de poco prestigio; me detengo, casi me traga la muchedumbre, salto para esquivar a un crío que correr jugando vaya a saber uno a qué nuevo juego, y en el aire recuerdo hacia dónde me dirigía yo. ¡Claro que sí! ¿Cómo olvidarlo si mi meta fue la causa misma de que me metiera yo en esa atolondrada plebe que camina en el sentido exactamente contrario al mío? Estúpido concepto "exactamente contrario", pues todos sabemos que en una avenida sólo hay dos sentidos claramente opuestos. No nos queda demasiada elección. Y mi elección está hecha.
Durante una milésima de segundo, mis pensamientos divagan y me remontan a una voz de patinosas erres que me explicaba el peligro de andar acarreando relojes; el peligro de cargar cosas materiales, de esclavizar el alma a lo externo; y precisamente a mi izquierda me codea una mujerona para que la deje pasar delante: pase, señora, perdón por mis modales. Pero, ¡momento! Me descubro arrastrado por el gentío en el mismo sendero de ellos. ¿Han cambiado de parecer, van todos ahora hacia donde iba yo? ¡No, nada de eso! ¡Me han embaucado, fraude, distracción momentánea -traicionero subconsciente-, exijo venganza, dejadme voltear! A duras penas me doy vuelta, para no dejarme llevar..., sí, sí, no lo repetiré, ya lo sabéis.
Observo con un poco de atención el rostro del siguiente sujeto que me empuja desconsideradamente para pasar en sentido opuesto al mío. Isaac Asimov le definiría como un robot: ni más ni menos, un robot: uniformidad no sólo estética, sino de pensamiento, actitud, y dirección. Un verdadero autómata. Algo confundido y repelido, sigo dando saltitos contra la corriente, y pensando lo menos posible, para no distraer mi mente de mis pasos, llego a la esquina, nueva o vieja, la misma o no, no lo sé, el hecho es que he llegado, así que merezco alguna felicitación.
Bajo de la vereda rápidamente, antes de que a algún automóvil se le ocurra atropellarme por ir en sentido contrario al resto. Llego al nuevo cordón -llamémoslo "nuevo", seamos optimistas, pues todos los laberintos tienen alguna salida-, y lucho nuevamente contra la misma, la eterna, la uniforme, y la inconcebiblemente mayor en número: contra la marea.




































Espero que les haya gustado, no me satisface del todo mostrar lo que escribo, pero intenté esta vez abrirme un poco. Saludos.
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