De ovillos, lanas y demás enseres de la vida. He venido del campo Sesenta y seis años de casados. Sesenta y seis años. Una vida al lado de una persona. Los relojes clausuraron sus manijas frente a tanto tiempo compartido. Nélida, Nelly, como sus amigas del taller de costura la apodaron hace años. Muchos años. La infancia transcurrida en el campo, entre bretes, cerdos y arrieros. Levantarse a las tres de la mañana para el tambo era una costumbre familiar. La pequeña Nelly dejó la primaria para ayudar a todos los suyos, por pedido del dueño, por iniciativa propia y por qué el señor que se sentaba en la punta de la mesa lo exigió. Su palabra es la ley, no se discute nada de lo que él ordena. Infancia rota sin jugar. “Cuando sea grande voy a ser feliz, voy a mudarme a la ciudad, casarme con un señor de renombre y ser feliz, como sea, voy a ser feliz”. Nelly fue dotada de increíble belleza adolescente, fue reina del trigo, de la soja y de cuanto festival participara. La vida le hacía una mueca por fin. Cabellos dorados hasta la cintura, ojos oliva aceituna y una sonrisa que iluminaba a cuanto pretendiente se acercara. Varios con ramos de rosas, promesas gigantescas e ilusiones que una niña de quince años no puede negar... pretendientes iguales, todos iguales menos él. Él andaba a caballo a crina limpia, enlazaba ovejas desde arriba, tenía la presencia gauchesca de Fierro y tocaba la guitarra, eso lo hacía distinto, muy distinto. Nélida de ochenta y un años teje. Teje muchísimo para nietos y bisnietos, para vecinos, para sus muebles. Teje y mientras lo hace se ovilla su historia. ¿Dónde quedó la belleza de los quince? Las caderas de esa edad, los anhelos y la dicha. El ovillo se hace más grande hasta que un gato, de un zarpazo, tumba la canasta y rueda hasta la puerta de entrada volteando unos platos cerámicos en la pared. Adornos de viajes que hacen los otros, dibujos de los nietos que nunca visitan y los diarios, esa maldita pila de diarios. - Te dije que acomodes los putos diarios en su lugar- Grita Nelly y vuelve a la paz del tejido. La vida se asemeja a un ovillo, lo vas acomodando hasta que viene alguien y lo desarma, siempre lo desarma. Del otro lado de la mesa, del otro lado del mundo, lejos del ovillo se encuentra el guitarrista. Ya no puede subirse a ningún caballo y gasta su tiempo entre cervezas y fútbol televisado. Nelly se resigna. Teje y se resigna. Algún viaje, alguna sorpresa, un ramo de flores rojas de vez en cuando... -¡Un poema, un puto poema te pido no más!- Le grita y el señor del otro lado no responde, nunca responde. ¿En qué momento a uno se le pasan sesenta años? ¿En qué pestañeo perdí mi belleza? ¿Cuantas botellas de alcohol ahogaron nuestros sueños quinceañeros? Nelly teje cada vez más rápido, aprendió a enredar los problemas en los pulloveres y a callar los ojos moretones en agujas largas. -¿Vas a cenar?- El macho de la casa niega con la cabeza y cambia de canal para ver otro partido de fútbol. Treinta años durmiendo en piezas separadas, treinta años fingiendo para el afuera. Revolea todos los ovillos y la canasta se queda vacía. Vacía, como el envase de cerveza de su marido. Vacía, como la cama de él todas las noches. Vacía como la casa desde que los hijos formaron sus familias. - Te amaba. ¿Sabías? Te amaba y lo dejaste morir. Te amaba y no lo supe tejer. Ese punto no se aprende en las revistas- Él, inmutable - ¿Ah? - Nada, nada- Nelly sigue tejiendo historias. Pidió mi mano a los quince años, mi padre se la diò, los primeros años fueron coloridos hasta que la carrera de modelo llegó a mi puerta. Creo que el marido es dueño de todo lo que haya en su casa, incluido sus hijos, incluida su mujer. Se le acaba la lana bermellón – No podré terminar la bufanda para doña Hilda- suspira con tristeza que denota más allá del ovillo, más allá de lo perdido, más allá de lo que se pierde cuando se elige sin elegir. - Te voy a extrañar- Susurra - ¡Los diarios, los putos diarios. Te dije que los acomodaras!- Le grita y en ese grito se escapan los premios de belleza, los ojos verdeoliva que fueron marrones con los años, las ganas de soñar. Nelly teje y se acaba la lana bermellón. No podrá terminar la bufanda de doña Hilda. Y ella es muy friolenta. El gato se acurruca entre los ovillos y agujas, se lame las uñas y presencia toda la escena. Nelly se levanta despacio, se pone las pantuflas y abraza por la espalda a su marido. -Te voy a extrañar- Susurra muy despacio. Toma una aguja de cincuenta milímetros y atraviesa la garganta de él. El cuerpo no opone resistencia. El gato mira con ternura y horror. La sangre empaña la canasta con ovillos. Termina la bufanda de doña Hilda con el más hermoso bermellón que no se ha visto jamás. Apura su tejido mientras empieza la novela de las seis. La venta de pulóveres, este invierno, será un éxito.
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