Jenny Jennifer hace la calle. Nombre decente para el trabajo más viejo del mundo. Jennifer nació en un universo equivocado, con sociedad equivocada, con cuerpo equivocado. Ofrece su sexo travestido a quienes pueden costearlo. Calza sus botas de caña alta, tacones de punta, bermellón labial y postizo castaño hasta la cintura. Trabaja de noche. Vive de día. Desde niño. Niña. Lo supo. Los juegos, las preferencias, los ademanes, todo al revés. Jennifer entra al confesionario, se arrodilla en granos de maíz y llora su destino. ¿Dios perdonará? ¿Habrá cielo para los descarriados? ¿Cuántas misas tienen que pasar sobre su cuerpo para borrar los latigazos en la espalda? Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi gran culpa. Jennifer reza frente a la estatua misericordiosa con los brazos abiertos. El sol del domingo la encuentra tambaleante y con sus tacones en la mano. Lava su cara con agua bendita. Esconde las pestañas postizas, labial y ropa de mujer en un viejo cofre. Jennifer parece una contorsionista. Desnuda busca en el ropero el hábito, la negra sotana, la inmaculada cleriman que ahorca su cuello y se prepara para oficiar la misa dominical.
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