Es probable que muchos conozcan a Sherlock Holmes (personaje creado por el escritor inglés Arthur Conan Doyle). Una gran mayoría lo conoce solo parcialmente, sin haber disfrutado de ninguno de los relatos biográficos que el Dr. John Watson hizo sobre su amigo Holmes. Pero Holmes está siendo popular (sobre todo en estos tiempos) principalmente por estos motivos:
* Por la afianzada consideración popular de que es el mejor detective de todos los tiempos.
* Por la frecuencia con que se lo compara con el Dr. Gregory House, habiéndose asegurado que existen grandes similitudes (en lo personal lamento esta comparación).
* Por el cercano estreno de la película Sherlock Holmes protagonizada por Robert Downey Jr, la cual poco tiene que ver con la obra de Arthur Conan Doyle.
Este post consiste, simplemente, en un extracto (de 2 páginas de extensión) de la novela de Doyle llamada 'El Signo De Los Cuatro', protagonizada por Sherlock Holmes y John Watson (este último es quien relata en primera persona, tanto en esta obra como en la gran mayoría de los relatos sobre Holmes, desempeñando el papel no tanto de partícipe como de testigo).
Considero que este extracto describe de forma perfecta cuál es la temática de las novelas de Holmes; por lo tanto espero que genere interés por otras obras de Doyle; o al menos produzca simpatía hacia estos brillantes personajes.
—En este caso, ciertamente lo es —contesté tras una breve meditación—. Como usted dice, es de lo más sencillo. ¿Consideraría impertinente que sometiese a una prueba más severa sus teorías?
—Todo lo contrario —me contestó—; con ello me evitaría una segunda dosis de cocaína. Me encantaría ahondar en cualquier problema que usted pudiera someter a mi consideración.
—Le he oído decir que es difícil que un hombre use todos los días un objeto cualquiera sin dejar impresa en el mismo su personalidad, hasta el punto de que un observador avanzado sería capaz de leerla. Pues bien: aquí tengo un reloj que ha pasado a mi posesión hace poco tiempo. ¿Tendría usted la amabilidad de exponerme su opinión sobre el carácter y costumbre de su anterior dueño?
Le entregué el reloj con cierta alegría en mi interior, porque, en mi opinión, era imposible semejante comprobación, y me proponía que constituyese un correctivo para el tono algo dogmático que de cuando en cuando solía adoptar Holmes. Este hizo oscilar el reloj en su mano, observó con fijeza la esfera, abrió la tapa posterior y examinó la maquinaria, primero a simple vista y luego con una potente lupa. Yo tuve que hacer un esfuerzo para no sonreírme viendo la cara alicaída que puso cuando cerró de golpe la tapa y me devolvió el reloj.
—Apenas si hay dato alguno —me dijo—. El reloj ha sido limpiado no hace mucho, y esto me priva de los hechos más sugerentes.
—Tiene usted razón —le contesté—. Fue limpiado antes que me lo enviaran.
Acusé para mis adentros a mi compañero por utilizar una disculpa débil e insuficiente con que tapar su fracaso. Pero, ¿qué datos esperaría sacar del reloj si hubiese estado sucio?
—Pero el examen del reloj, aunque insatisfactorio, no ha sido del todo estéril —comentó, mirando al techo fijamente, con ojos soñadores y apagados—. Salvo corrección de su parte, yo diría que el reloj pertenecía a su hermano mayor y que éste lo heredó del padre de ustedes.
—Lo ha deducido, sin duda, de las iniciales H. W. que tiene en la tapa posterior, ¿verdad?
—En efecto. La W recuerda el apellido de usted. La fecha del reloj es de unos cincuenta años atrás, y las iniciales son tan viejas como el reloj. De modo, pues, que fue fabricado para la generación anterior a la actual. Lo corriente suele ser que las joyas pasen al hijo mayor; suele ser muy probable, además, que lleven el nombre del padre. Creo recordar que el padre de usted falleció hace muchos años; de modo, pues, que el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
—Hasta ahí va usted bien —le dije—. ¿Algo más?
—Este era hombre muy poco limpio y descuidado. Tenía muy buenas perspectivas en la vida, pero desperdició sus posibilidades, vivió durante algún tiempo en la pobreza, con cortos intervalos aislados de prosperidad y, por último, se dio a la bebida y falleció. Es todo lo que puedo deducir.
Me puse en pie de un salto y cojeé con impaciencia por la habitación, lleno de amargura en mi interior.
—Holmes, eso es indigno de usted —le dije—. No le hubiera creído capaz de rehajarse hasta ese punto. Usted ha realizado investigaciones sobre la vida de mi desgraciado hermano, y ahora pretende haber deducido de alguna manera fantástica esos conocimientos que ya tenía. ¡No esperará que yo vaya a creer que usted ha leído todo eso en el viejo reloj de mi hermano! Lo que ha hecho usted es poco amable y, para hablarle sin rodeos, tiene algo de charlatanismo.
—Mi querido doctor, le ruego que acepte mis disculpas
—me contestó con amabilidad—. Yo, considerando el asunto como un problema abstracto, olvidé que podía resultar para usted algo personal y doloroso. Sin embargo, le aseguro que jamás supe que usted tuviera un hermano hasta el momento de entregarme su reloj.
—¿Cómo entonces, y en nombre de todo lo más sagrado, llegó usted a esos hechos? Porque son exactos en todos sus detalles.
—Pues, ha sido una cuestión de buena suerte, porque yo sólo podía hablar de lo que constituía un mayor porcentaje de probabilidades. En modo alguno esperaba ser tan exacto.
—Pero ¿no fueron simples suposiciones?
—No, no; yo nunca hago suposiciones. Es ese un hábito repugnante, que destruye la facultad de razonar. Eso que a usted le resulta sorprendente, lo es tan sólo porque no sigue el curso de mis pensamientos, ni observa los hechos pequeños de los que se pueden hacer deducciones importantes. Por ejemplo, empecé afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, observará que no sólo tiene dos abolladuras, si no que muestra, también, cortes y marcas por todas partes, debido a la costumbre de guardar en el mismo bolsillo otros objetos duros, como llaves y monedas. Desde luego, no es una gran hazaña dar por supuesto que un hombre que trató así tan magnífico reloj de cincuenta guineas tiene que ser un descuidado. Ni es tampoco una deducción traída por los cabellos la de que una persona que hereda una joya de semejante valor haya recibido también otros bienes.
Asentí con la cabeza para dar a entender que seguía su razonamiento con atención.
—Es cosa muy corriente, entre los prestamistas ingleses, cuando toman en prenda un reloj, grabar en el interior de la tapa, valiéndose de un punzón, el número de la papeleta. Resulta más seguro que una etiqueta, y no hay peligro de extravio o trastueque del número. En el interior de esta tapa, mi lupa ha descubierto no menos de cuatro de estos números. De esto se deduce que su hermano se veía con frecuencia en apuros. Otra deducción secundaria: gozaba de momentos de prosperidad, pues de lo contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que se fije en la chapa posterior, la de la llave. Observe los millares de rasguños que hay alrededor del agujero, es decir, las señales de los resbalones de la llave de la cuerda. ¿Puede un hombre sobrio hacer todas estas marcas? Jamás encontrará usted reloj de un beodo que no las tenga. Le dan cuerda por la noche y hacen estos arañazos por la inseguridad de su mano. ¿Ve usted ningún misterio en todo esto?
—Está claro como la luz del día —contesté—. Lamento haber sido injusto con usted. Debí tener una fe mayor en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si tiene actualmente en marcha alguna investigación profesional?
—Ninguna. Eso explica lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Para qué otra cosa vale la pena vivir? Mire por esa ventana. ¿No es un mundo triste, lamentable e improductivo? Vea cómo la niebla amarilla se desliza por las calles y penetra en las casas marrones y grises. ¿Puede existir nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué le sirve a uno tener facultades, doctor, si carece de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es algo vulgar, la vida es vulgar, y no hay en este mundo lugar sino para las dotes vulgares de la persona.
Ya tenía yo la boca abierta para contestar a esa parrafada; pero, después de unos vivos golpecitos en la puerta, entró nuestra patrona con una tarjeta en la bandeja de latón.
—Una joven dama pregunta por usted, señor —dijo, dirigiéndose a mi compañero.
—Señorita Mary Morstan —leyó él—. ¡hum! No recuerdo este nombre y apellido. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se retire, doctor. Preferiría que se quede.
Si tienen cualquier pregunta sobre la bibliografía de Doyle; sobre aspectos puntuales de sus novelas; o quieren recomendaciones, pueden comunicarse por mensaje privado.
* Por la afianzada consideración popular de que es el mejor detective de todos los tiempos.
* Por la frecuencia con que se lo compara con el Dr. Gregory House, habiéndose asegurado que existen grandes similitudes (en lo personal lamento esta comparación).
* Por el cercano estreno de la película Sherlock Holmes protagonizada por Robert Downey Jr, la cual poco tiene que ver con la obra de Arthur Conan Doyle.
Este post consiste, simplemente, en un extracto (de 2 páginas de extensión) de la novela de Doyle llamada 'El Signo De Los Cuatro', protagonizada por Sherlock Holmes y John Watson (este último es quien relata en primera persona, tanto en esta obra como en la gran mayoría de los relatos sobre Holmes, desempeñando el papel no tanto de partícipe como de testigo).
Considero que este extracto describe de forma perfecta cuál es la temática de las novelas de Holmes; por lo tanto espero que genere interés por otras obras de Doyle; o al menos produzca simpatía hacia estos brillantes personajes.

Arthur Conan Doyle
Fragmento de ‘El Signo De Los Cuatro’
Fragmento de ‘El Signo De Los Cuatro’
—En este caso, ciertamente lo es —contesté tras una breve meditación—. Como usted dice, es de lo más sencillo. ¿Consideraría impertinente que sometiese a una prueba más severa sus teorías?
—Todo lo contrario —me contestó—; con ello me evitaría una segunda dosis de cocaína. Me encantaría ahondar en cualquier problema que usted pudiera someter a mi consideración.
—Le he oído decir que es difícil que un hombre use todos los días un objeto cualquiera sin dejar impresa en el mismo su personalidad, hasta el punto de que un observador avanzado sería capaz de leerla. Pues bien: aquí tengo un reloj que ha pasado a mi posesión hace poco tiempo. ¿Tendría usted la amabilidad de exponerme su opinión sobre el carácter y costumbre de su anterior dueño?
Le entregué el reloj con cierta alegría en mi interior, porque, en mi opinión, era imposible semejante comprobación, y me proponía que constituyese un correctivo para el tono algo dogmático que de cuando en cuando solía adoptar Holmes. Este hizo oscilar el reloj en su mano, observó con fijeza la esfera, abrió la tapa posterior y examinó la maquinaria, primero a simple vista y luego con una potente lupa. Yo tuve que hacer un esfuerzo para no sonreírme viendo la cara alicaída que puso cuando cerró de golpe la tapa y me devolvió el reloj.
—Apenas si hay dato alguno —me dijo—. El reloj ha sido limpiado no hace mucho, y esto me priva de los hechos más sugerentes.
—Tiene usted razón —le contesté—. Fue limpiado antes que me lo enviaran.
Acusé para mis adentros a mi compañero por utilizar una disculpa débil e insuficiente con que tapar su fracaso. Pero, ¿qué datos esperaría sacar del reloj si hubiese estado sucio?
—Pero el examen del reloj, aunque insatisfactorio, no ha sido del todo estéril —comentó, mirando al techo fijamente, con ojos soñadores y apagados—. Salvo corrección de su parte, yo diría que el reloj pertenecía a su hermano mayor y que éste lo heredó del padre de ustedes.
—Lo ha deducido, sin duda, de las iniciales H. W. que tiene en la tapa posterior, ¿verdad?
—En efecto. La W recuerda el apellido de usted. La fecha del reloj es de unos cincuenta años atrás, y las iniciales son tan viejas como el reloj. De modo, pues, que fue fabricado para la generación anterior a la actual. Lo corriente suele ser que las joyas pasen al hijo mayor; suele ser muy probable, además, que lleven el nombre del padre. Creo recordar que el padre de usted falleció hace muchos años; de modo, pues, que el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
—Hasta ahí va usted bien —le dije—. ¿Algo más?
—Este era hombre muy poco limpio y descuidado. Tenía muy buenas perspectivas en la vida, pero desperdició sus posibilidades, vivió durante algún tiempo en la pobreza, con cortos intervalos aislados de prosperidad y, por último, se dio a la bebida y falleció. Es todo lo que puedo deducir.
Me puse en pie de un salto y cojeé con impaciencia por la habitación, lleno de amargura en mi interior.
—Holmes, eso es indigno de usted —le dije—. No le hubiera creído capaz de rehajarse hasta ese punto. Usted ha realizado investigaciones sobre la vida de mi desgraciado hermano, y ahora pretende haber deducido de alguna manera fantástica esos conocimientos que ya tenía. ¡No esperará que yo vaya a creer que usted ha leído todo eso en el viejo reloj de mi hermano! Lo que ha hecho usted es poco amable y, para hablarle sin rodeos, tiene algo de charlatanismo.
—Mi querido doctor, le ruego que acepte mis disculpas
—me contestó con amabilidad—. Yo, considerando el asunto como un problema abstracto, olvidé que podía resultar para usted algo personal y doloroso. Sin embargo, le aseguro que jamás supe que usted tuviera un hermano hasta el momento de entregarme su reloj.
—¿Cómo entonces, y en nombre de todo lo más sagrado, llegó usted a esos hechos? Porque son exactos en todos sus detalles.
—Pues, ha sido una cuestión de buena suerte, porque yo sólo podía hablar de lo que constituía un mayor porcentaje de probabilidades. En modo alguno esperaba ser tan exacto.
—Pero ¿no fueron simples suposiciones?
—No, no; yo nunca hago suposiciones. Es ese un hábito repugnante, que destruye la facultad de razonar. Eso que a usted le resulta sorprendente, lo es tan sólo porque no sigue el curso de mis pensamientos, ni observa los hechos pequeños de los que se pueden hacer deducciones importantes. Por ejemplo, empecé afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, observará que no sólo tiene dos abolladuras, si no que muestra, también, cortes y marcas por todas partes, debido a la costumbre de guardar en el mismo bolsillo otros objetos duros, como llaves y monedas. Desde luego, no es una gran hazaña dar por supuesto que un hombre que trató así tan magnífico reloj de cincuenta guineas tiene que ser un descuidado. Ni es tampoco una deducción traída por los cabellos la de que una persona que hereda una joya de semejante valor haya recibido también otros bienes.
Asentí con la cabeza para dar a entender que seguía su razonamiento con atención.
—Es cosa muy corriente, entre los prestamistas ingleses, cuando toman en prenda un reloj, grabar en el interior de la tapa, valiéndose de un punzón, el número de la papeleta. Resulta más seguro que una etiqueta, y no hay peligro de extravio o trastueque del número. En el interior de esta tapa, mi lupa ha descubierto no menos de cuatro de estos números. De esto se deduce que su hermano se veía con frecuencia en apuros. Otra deducción secundaria: gozaba de momentos de prosperidad, pues de lo contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que se fije en la chapa posterior, la de la llave. Observe los millares de rasguños que hay alrededor del agujero, es decir, las señales de los resbalones de la llave de la cuerda. ¿Puede un hombre sobrio hacer todas estas marcas? Jamás encontrará usted reloj de un beodo que no las tenga. Le dan cuerda por la noche y hacen estos arañazos por la inseguridad de su mano. ¿Ve usted ningún misterio en todo esto?
—Está claro como la luz del día —contesté—. Lamento haber sido injusto con usted. Debí tener una fe mayor en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si tiene actualmente en marcha alguna investigación profesional?
—Ninguna. Eso explica lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Para qué otra cosa vale la pena vivir? Mire por esa ventana. ¿No es un mundo triste, lamentable e improductivo? Vea cómo la niebla amarilla se desliza por las calles y penetra en las casas marrones y grises. ¿Puede existir nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué le sirve a uno tener facultades, doctor, si carece de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es algo vulgar, la vida es vulgar, y no hay en este mundo lugar sino para las dotes vulgares de la persona.
Ya tenía yo la boca abierta para contestar a esa parrafada; pero, después de unos vivos golpecitos en la puerta, entró nuestra patrona con una tarjeta en la bandeja de latón.
—Una joven dama pregunta por usted, señor —dijo, dirigiéndose a mi compañero.
—Señorita Mary Morstan —leyó él—. ¡hum! No recuerdo este nombre y apellido. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se retire, doctor. Preferiría que se quede.

Si tienen cualquier pregunta sobre la bibliografía de Doyle; sobre aspectos puntuales de sus novelas; o quieren recomendaciones, pueden comunicarse por mensaje privado.