coatiguriguazu
Usuario (Argentina)
Este es mi primer post, aunque no creo llegar a ser full user con esto Encontré un libro que un familiar me leía cuando yo no sabía hacerlo, y volví a leerlo veinte años después, creyendo encontrar un libro infantil pero encontré mucho más que eso. Transcribo el cuento que más me enseñó en este libro. Dentro de veinte años lo entenderé de otra forma. Espero que te guste. Sansón El orgullo de don Tomás eran sus peras y su perro. Francamente, en todo el pueblo no había peras más grandes y sabrosas que las de sus perales, ni perro más bravo y guardián que el suyo. Por eso don Tomás se paseaba por la calle con la cabeza en alto golpeando el bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!, y saludaba a dos o tres vecinos, y a nadie más. La gente decía: -¡Pero qué perales! -¡Y qué perro! Eran el asombro. Todos estaban de acuerdo en afirmar lo mismo. Y don Tomás se quedaba muy satisfecho. Levantaba la cabeza bien alta y golpeaba más fuerte el bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Vendía las peras muy caras, el doble que los otros quinteros. Y así se fue haciendo rico. Se compró un reloj de oro, un sulky, un caballo, un sombrero de paja y un traje para los días de fiesta. Jamás comió una pera de sus perales. Nunca fue capaz de regalar una. -Don Tomás, ¿me da una pera? -No, mis peras no se dan, se venden -era su respuesta. Y cuando pasaba bajo los otros perales se detenía y arrancaba una pera y decía: -Voy a probar; quiero saber si estas peras son tan dulces como las mías. Se comía dos, y afirmaba: -Las mías son más dulces. Y se iba con la cabeza en alto y el bastón: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás tenía en medio de la huerta un espantapájaros, y cuidando los perales un perro guardián que gruñía mostrando los dientes. Se lo regalaron cuando era cachorro. Don Tomás le puso de nombre Sansón, y le dijo -Sansón: estarás atado mientras yo esté en la casa; cuando salga te soltaré para que cuidés los perales. Si tenés que morder, mordé. ¿Entendido? Y Sansón entendió. Desde ese día vivió con el oído alerta. Ladraba al menor ruido. No permitía que nadie se apoyara en la verja; si era necesario morder, mordía. La fama de Sansón corrió de boca en boca. Don Tomás estaba muy orgulloso de su perro; tan orgulloso como de las peras de sus perales. Siempre decía: -Es un gran perro Sansón. Todos le temen. Puedo salir confiado que nadie me robará una pera. Y sansón se paseaba bajo los perales o se tendía en la puerta de su casilla con los ojos abiertos vigilando. Desde lejos reconocía los pasos de don Tomás, los golpes del bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!, y al verlo llegar salía a recibirlo moviendo la cola. Así pasaron diez años. Una tarde, la siesta de un verano, unos chicos se detuvieron frente a la quinta de don Tomás y se quedaron mirando los perales cargados de peras. Se les hacía agua la boca. Don Tomás había salido y Sansón estaba suelto cuidando los frutales, la casa y la huerta. Uno de los chicos dijo: -¡Qué peras! ¡Pero qué perro! Y otro dijo: -Váyanse, déjenme solo. Boy a saltar la verja y traeré peras para todos. -¿Y el perro? -preguntó uno de ellos-. Es Sansón, el perro de don Tomás. -No importa -respondió el chico, y repitió: -Váyanse, déjenme solo. Y lo dejaron solo. El chico cruzó la calle, se acercó a la verja y llamó al perro como si fueran viejos amigos: -Sansón... Sansón... El perro ladró, y corrió hacia donde estaba el niño; éste lo esperó sonriendo; hizo castañetear los dedos de una mano, y volvió a llamarlo por su nombre: -Sansón... Sansón... El perro se levantó en dos patas, gruñía mostrando los dientes. -Sansón... Sansón... El perro ladró. Escuchó su nombre y miró al niño que sin ningún temor sonreía apoyado en la verja. Y pensó: "Tendrá sed, tendrá ganas de comer peras, y los perales están cargados de peras. ¿Qué son para don Tomás cinco o seis peras menos? Nada. Don Tomás es rico; tiene una huerta grande con un espantapájaros; tiene muchos perales, un sulky, un caballo, un sombrero de paja, un reloj de oro". -Sansón... Sansón... Nunca lo llamaron con tanto cariño. Don Tomás pasa a su lado sin mirarlo. A veces se detiene cerca de la casilla. Cuenta las peras, las cuenta una por una. Jamás se detuvo para hacerle una caricia, para hablarle. -Sansón... Sansón... Y el perro movió la cola. El niño, entonces, pasó una mano por entre los alambres y le acarició el lomo. Al comprobar que había ganado la confianza del perro, saltó la verja. Sansón lo recibió dando muestras de alegría. Jugaron. Varias veces el niño, después de abrazarlo, le apretó la cabeza contra el pecho. Le ponía la mano, todo el puño en la boca, y le decía: -Mordé, Sansón, mordé. Y Sansón era feliz jugando con su amigo. Fue el día más feliz de su vida. El niño arrancó las peras más grandes, las más jugosas. Se llenó los bolsillos de peras, se despidió de Sansón, saltó la verja, y cruzó la calle corriendo. ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás ha doblado la esquina. ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás abre la puerta de calle. ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Y cuando don Tomás pasa bajo los perales y ve que faltan las peras más grandes y sabrosas, llama a su perro. -¡Sansón! ¡Sansón! El perro, que se había escondido en la casilla, no se atreve a salir. -¡Sansón! ¡Sansón! -volvió a llamarlo enérgicamente don Tomás. Y Sansón obedece. Sale de la casilla arrastrándose con la cabeza baja. Tiembla. Y don Tomás lo castiga. Se le cansa la mano de dar bastonazos sobre el cuerpo del perro, y lo echa. -¡Afuera! -grita- ¡Afuera! Abre la puerta y, cuando sale el perro, cierra la puerta con llave. ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás vuelve a entrar en la quinta. Y Sansón, después de haber corrido un largo trecho, llegó a un monte de paraísos. Había un río cerca. Escuchaba el andar del agua. Se tendió en el suelo. Puso la cabeza sobre las manos cruzadas, y durmió. Durmió feliz, dichoso. No estaba solo. No estará nunca más solo. Lo acompañará siempre el recuerdo de una siesta de verano cuando dio todo lo que podía dar. Fuente: "Los Sueños del Sapo" de Javier Villafañe.

Es probable que muchos conozcan a Sherlock Holmes (personaje creado por el escritor inglés Arthur Conan Doyle). Una gran mayoría lo conoce solo parcialmente, sin haber disfrutado de ninguno de los relatos biográficos que el Dr. John Watson hizo sobre su amigo Holmes. Pero Holmes está siendo popular (sobre todo en estos tiempos) principalmente por estos motivos: * Por la afianzada consideración popular de que es el mejor detective de todos los tiempos. * Por la frecuencia con que se lo compara con el Dr. Gregory House, habiéndose asegurado que existen grandes similitudes (en lo personal lamento esta comparación). * Por el cercano estreno de la película Sherlock Holmes protagonizada por Robert Downey Jr, la cual poco tiene que ver con la obra de Arthur Conan Doyle. Este post consiste, simplemente, en un extracto (de 2 páginas de extensión) de la novela de Doyle llamada 'El Signo De Los Cuatro', protagonizada por Sherlock Holmes y John Watson (este último es quien relata en primera persona, tanto en esta obra como en la gran mayoría de los relatos sobre Holmes, desempeñando el papel no tanto de partícipe como de testigo). Considero que este extracto describe de forma perfecta cuál es la temática de las novelas de Holmes; por lo tanto espero que genere interés por otras obras de Doyle; o al menos produzca simpatía hacia estos brillantes personajes. Arthur Conan Doyle Fragmento de ‘El Signo De Los Cuatro’ —En este caso, ciertamente lo es —contesté tras una breve meditación—. Como usted dice, es de lo más sencillo. ¿Consideraría impertinente que sometiese a una prueba más severa sus teorías? —Todo lo contrario —me contestó—; con ello me evitaría una segunda dosis de cocaína. Me encantaría ahondar en cualquier problema que usted pudiera someter a mi consideración. —Le he oído decir que es difícil que un hombre use todos los días un objeto cualquiera sin dejar impresa en el mismo su personalidad, hasta el punto de que un observador avanzado sería capaz de leerla. Pues bien: aquí tengo un reloj que ha pasado a mi posesión hace poco tiempo. ¿Tendría usted la amabilidad de exponerme su opinión sobre el carácter y costumbre de su anterior dueño? Le entregué el reloj con cierta alegría en mi interior, porque, en mi opinión, era imposible semejante comprobación, y me proponía que constituyese un correctivo para el tono algo dogmático que de cuando en cuando solía adoptar Holmes. Este hizo oscilar el reloj en su mano, observó con fijeza la esfera, abrió la tapa posterior y examinó la maquinaria, primero a simple vista y luego con una potente lupa. Yo tuve que hacer un esfuerzo para no sonreírme viendo la cara alicaída que puso cuando cerró de golpe la tapa y me devolvió el reloj. —Apenas si hay dato alguno —me dijo—. El reloj ha sido limpiado no hace mucho, y esto me priva de los hechos más sugerentes. —Tiene usted razón —le contesté—. Fue limpiado antes que me lo enviaran. Acusé para mis adentros a mi compañero por utilizar una disculpa débil e insuficiente con que tapar su fracaso. Pero, ¿qué datos esperaría sacar del reloj si hubiese estado sucio? —Pero el examen del reloj, aunque insatisfactorio, no ha sido del todo estéril —comentó, mirando al techo fijamente, con ojos soñadores y apagados—. Salvo corrección de su parte, yo diría que el reloj pertenecía a su hermano mayor y que éste lo heredó del padre de ustedes. —Lo ha deducido, sin duda, de las iniciales H. W. que tiene en la tapa posterior, ¿verdad? —En efecto. La W recuerda el apellido de usted. La fecha del reloj es de unos cincuenta años atrás, y las iniciales son tan viejas como el reloj. De modo, pues, que fue fabricado para la generación anterior a la actual. Lo corriente suele ser que las joyas pasen al hijo mayor; suele ser muy probable, además, que lleven el nombre del padre. Creo recordar que el padre de usted falleció hace muchos años; de modo, pues, que el reloj ha estado en manos de su hermano mayor. —Hasta ahí va usted bien —le dije—. ¿Algo más? —Este era hombre muy poco limpio y descuidado. Tenía muy buenas perspectivas en la vida, pero desperdició sus posibilidades, vivió durante algún tiempo en la pobreza, con cortos intervalos aislados de prosperidad y, por último, se dio a la bebida y falleció. Es todo lo que puedo deducir. Me puse en pie de un salto y cojeé con impaciencia por la habitación, lleno de amargura en mi interior. —Holmes, eso es indigno de usted —le dije—. No le hubiera creído capaz de rehajarse hasta ese punto. Usted ha realizado investigaciones sobre la vida de mi desgraciado hermano, y ahora pretende haber deducido de alguna manera fantástica esos conocimientos que ya tenía. ¡No esperará que yo vaya a creer que usted ha leído todo eso en el viejo reloj de mi hermano! Lo que ha hecho usted es poco amable y, para hablarle sin rodeos, tiene algo de charlatanismo. —Mi querido doctor, le ruego que acepte mis disculpas —me contestó con amabilidad—. Yo, considerando el asunto como un problema abstracto, olvidé que podía resultar para usted algo personal y doloroso. Sin embargo, le aseguro que jamás supe que usted tuviera un hermano hasta el momento de entregarme su reloj. —¿Cómo entonces, y en nombre de todo lo más sagrado, llegó usted a esos hechos? Porque son exactos en todos sus detalles. —Pues, ha sido una cuestión de buena suerte, porque yo sólo podía hablar de lo que constituía un mayor porcentaje de probabilidades. En modo alguno esperaba ser tan exacto. —Pero ¿no fueron simples suposiciones? —No, no; yo nunca hago suposiciones. Es ese un hábito repugnante, que destruye la facultad de razonar. Eso que a usted le resulta sorprendente, lo es tan sólo porque no sigue el curso de mis pensamientos, ni observa los hechos pequeños de los que se pueden hacer deducciones importantes. Por ejemplo, empecé afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, observará que no sólo tiene dos abolladuras, si no que muestra, también, cortes y marcas por todas partes, debido a la costumbre de guardar en el mismo bolsillo otros objetos duros, como llaves y monedas. Desde luego, no es una gran hazaña dar por supuesto que un hombre que trató así tan magnífico reloj de cincuenta guineas tiene que ser un descuidado. Ni es tampoco una deducción traída por los cabellos la de que una persona que hereda una joya de semejante valor haya recibido también otros bienes. Asentí con la cabeza para dar a entender que seguía su razonamiento con atención. —Es cosa muy corriente, entre los prestamistas ingleses, cuando toman en prenda un reloj, grabar en el interior de la tapa, valiéndose de un punzón, el número de la papeleta. Resulta más seguro que una etiqueta, y no hay peligro de extravio o trastueque del número. En el interior de esta tapa, mi lupa ha descubierto no menos de cuatro de estos números. De esto se deduce que su hermano se veía con frecuencia en apuros. Otra deducción secundaria: gozaba de momentos de prosperidad, pues de lo contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que se fije en la chapa posterior, la de la llave. Observe los millares de rasguños que hay alrededor del agujero, es decir, las señales de los resbalones de la llave de la cuerda. ¿Puede un hombre sobrio hacer todas estas marcas? Jamás encontrará usted reloj de un beodo que no las tenga. Le dan cuerda por la noche y hacen estos arañazos por la inseguridad de su mano. ¿Ve usted ningún misterio en todo esto? —Está claro como la luz del día —contesté—. Lamento haber sido injusto con usted. Debí tener una fe mayor en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si tiene actualmente en marcha alguna investigación profesional? —Ninguna. Eso explica lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Para qué otra cosa vale la pena vivir? Mire por esa ventana. ¿No es un mundo triste, lamentable e improductivo? Vea cómo la niebla amarilla se desliza por las calles y penetra en las casas marrones y grises. ¿Puede existir nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué le sirve a uno tener facultades, doctor, si carece de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es algo vulgar, la vida es vulgar, y no hay en este mundo lugar sino para las dotes vulgares de la persona. Ya tenía yo la boca abierta para contestar a esa parrafada; pero, después de unos vivos golpecitos en la puerta, entró nuestra patrona con una tarjeta en la bandeja de latón. —Una joven dama pregunta por usted, señor —dijo, dirigiéndose a mi compañero. —Señorita Mary Morstan —leyó él—. ¡hum! No recuerdo este nombre y apellido. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se retire, doctor. Preferiría que se quede. Si tienen cualquier pregunta sobre la bibliografía de Doyle; sobre aspectos puntuales de sus novelas; o quieren recomendaciones, pueden comunicarse por mensaje privado.
link: http://www.youtube.com/watch?v=7q1WED1tvOs Isabel Música: Adrián Russo Letra: Mario Battistella Yo tengo un marido más antiguo que el minué todo lo que es moda le hace efecto de fernet, y como es de suponer contrariarle es mi placer y de esta manera él me suele reprender: Isabel, por favor te lo pido, esta vida no puede seguir; considera que soy tu marido ante Dios y el Registro Civil. Isabel mira bien lo que haces, mira bien ¡Isabel, Isabel!... Dame un beso y hagamos las paces que tu boca, ¡tu boca es de miel! Con un primo mío yo aprendo a boxear y los golpes bajos son lo que me gustan más. Pues mi esposo, justo allí, no me puede resistir... y cuando lo ataco suele suplicarme así: Isabel, por favor te lo pido, esta vida no puede seguir; considera que soy tu marido ante Dios y el Registro Civil. Isabel mira bien lo que haces, mira bien ¡Isabel, Isabel!... Dame un beso y hagamos las paces que tu boca, ¡tu boca es de miel! Porque me he cortado melenita a la garzón, en los tribunales pedirá separación. Pero viendo, a su pesar, que me burlo sin cesar de sus amenazas, así vuelve a suplicar: Isabel, por favor te lo pido, esta vida no puede seguir; considera que soy tu marido ante Dios y el Registro Civil. Isabel mira bien lo que haces, mira bien ¡Isabel, Isabel!... Dame un beso y hagamos las paces que tu boca, ¡tu boca es de miel!