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'Sansón' de Javier Villafañe

Arte1/24/2009
Este es mi primer post, aunque no creo llegar a ser full user con esto
Encontré un libro que un familiar me leía cuando yo no sabía hacerlo, y volví a leerlo veinte años después, creyendo encontrar un libro infantil pero encontré mucho más que eso. Transcribo el cuento que más me enseñó en este libro. Dentro de veinte años lo entenderé de otra forma. Espero que te guste.

Sansón

El orgullo de don Tomás eran sus peras y su perro. Francamente, en todo el pueblo no había peras más grandes y sabrosas que las de sus perales, ni perro más bravo y guardián que el suyo. Por eso don Tomás se paseaba por la calle con la cabeza en alto golpeando el bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!, y saludaba a dos o tres vecinos, y a nadie más.
La gente decía:
-¡Pero qué perales!
-¡Y qué perro!
Eran el asombro. Todos estaban de acuerdo en afirmar lo mismo. Y don Tomás se quedaba muy satisfecho. Levantaba la cabeza bien alta y golpeaba más fuerte el bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!
Vendía las peras muy caras, el doble que los otros quinteros. Y así se fue haciendo rico. Se compró un reloj de oro, un sulky, un caballo, un sombrero de paja y un traje para los días de fiesta.
Jamás comió una pera de sus perales. Nunca fue capaz de regalar una.
-Don Tomás, ¿me da una pera?
-No, mis peras no se dan, se venden -era su respuesta.
Y cuando pasaba bajo los otros perales se detenía y arrancaba una pera y decía:
-Voy a probar; quiero saber si estas peras son tan dulces como las mías.
Se comía dos, y afirmaba:
-Las mías son más dulces.
Y se iba con la cabeza en alto y el bastón: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!
Don Tomás tenía en medio de la huerta un espantapájaros, y cuidando los perales un perro guardián que gruñía mostrando los dientes. Se lo regalaron cuando era cachorro. Don Tomás le puso de nombre Sansón, y le dijo
-Sansón: estarás atado mientras yo esté en la casa; cuando salga te soltaré para que cuidés los perales. Si tenés que morder, mordé. ¿Entendido?
Y Sansón entendió. Desde ese día vivió con el oído alerta. Ladraba al menor ruido. No permitía que nadie se apoyara en la verja; si era necesario morder, mordía.
La fama de Sansón corrió de boca en boca. Don Tomás estaba muy orgulloso de su perro; tan orgulloso como de las peras de sus perales. Siempre decía:
-Es un gran perro Sansón. Todos le temen. Puedo salir confiado que nadie me robará una pera. Y sansón se paseaba bajo los perales o se tendía en la puerta de su casilla con los ojos abiertos vigilando. Desde lejos reconocía los pasos de don Tomás, los golpes del bastón en el suelo: ¡Plan! ¡Plan! ¡Plan!, y al verlo llegar salía a recibirlo moviendo la cola.
Así pasaron diez años.
Una tarde, la siesta de un verano, unos chicos se detuvieron frente a la quinta de don Tomás y se quedaron mirando los perales cargados de peras. Se les hacía agua la boca. Don Tomás había salido y Sansón estaba suelto cuidando los frutales, la casa y la huerta.
Uno de los chicos dijo:
-¡Qué peras! ¡Pero qué perro!
Y otro dijo:
-Váyanse, déjenme solo. Boy a saltar la verja y traeré peras para todos.
-¿Y el perro? -preguntó uno de ellos-. Es Sansón, el perro de don Tomás.
-No importa -respondió el chico, y repitió:
-Váyanse, déjenme solo.
Y lo dejaron solo.
El chico cruzó la calle, se acercó a la verja y llamó al perro como si fueran viejos amigos:
-Sansón... Sansón...
El perro ladró, y corrió hacia donde estaba el niño; éste lo esperó sonriendo; hizo castañetear los dedos de una mano, y volvió a llamarlo por su nombre:
-Sansón... Sansón...
El perro se levantó en dos patas, gruñía mostrando los dientes.
-Sansón... Sansón...
El perro ladró. Escuchó su nombre y miró al niño que sin ningún temor sonreía apoyado en la verja. Y pensó: "Tendrá sed, tendrá ganas de comer peras, y los perales están cargados de peras. ¿Qué son para don Tomás cinco o seis peras menos? Nada. Don Tomás es rico; tiene una huerta grande con un espantapájaros; tiene muchos perales, un sulky, un caballo, un sombrero de paja, un reloj de oro".
-Sansón... Sansón...
Nunca lo llamaron con tanto cariño. Don Tomás pasa a su lado sin mirarlo. A veces se detiene cerca de la casilla. Cuenta las peras, las cuenta una por una. Jamás se detuvo para hacerle una caricia, para hablarle.
-Sansón... Sansón...
Y el perro movió la cola. El niño, entonces, pasó una mano por entre los alambres y le acarició el lomo. Al comprobar que había ganado la confianza del perro, saltó la verja.
Sansón lo recibió dando muestras de alegría. Jugaron. Varias veces el niño, después de abrazarlo, le apretó la cabeza contra el pecho. Le ponía la mano, todo el puño en la boca, y le decía:
-Mordé, Sansón, mordé.
Y Sansón era feliz jugando con su amigo. Fue el día más feliz de su vida.
El niño arrancó las peras más grandes, las más jugosas. Se llenó los bolsillos de peras, se despidió de Sansón, saltó la verja, y cruzó la calle corriendo.
¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás ha doblado la esquina.
¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás abre la puerta de calle.
¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Y cuando don Tomás pasa bajo los perales y ve que faltan las peras más grandes y sabrosas, llama a su perro.
-¡Sansón! ¡Sansón!
El perro, que se había escondido en la casilla, no se atreve a salir.
-¡Sansón! ¡Sansón! -volvió a llamarlo enérgicamente don Tomás.
Y Sansón obedece. Sale de la casilla arrastrándose con la cabeza baja. Tiembla.
Y don Tomás lo castiga. Se le cansa la mano de dar bastonazos sobre el cuerpo del perro, y lo echa.
-¡Afuera! -grita- ¡Afuera!
Abre la puerta y, cuando sale el perro, cierra la puerta con llave.
¡Plan! ¡Plan! ¡Plan! Don Tomás vuelve a entrar en la quinta.
Y Sansón, después de haber corrido un largo trecho, llegó a un monte de paraísos. Había un río cerca. Escuchaba el andar del agua. Se tendió en el suelo. Puso la cabeza sobre las manos cruzadas, y durmió. Durmió feliz, dichoso. No estaba solo. No estará nunca más solo. Lo acompañará siempre el recuerdo de una siesta de verano cuando dio todo lo que podía dar.

"Los Sueños del Sapo" de Javier Villafañe.
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