Monólogo del fumador
Soy fumador desde hace cinco años. Con lo que gasté en cigarrillos, ya podría haberme comprado una casa, un auto, una pileta, un perro (o tal vez un leopardo de África) y varias cosas más. Pero me gasté todo en ceniceros artesanales de madera, vidrio o metal, encendedores conchetos y, por supuesto, kilos y kilos de cigarrillos.
Cuando uno decide ser fumador, del tipo compulsivo, o “chimenea”, como se conoce en estos pagos, tiene que pensar en su bolsillo. Pero lo único en lo uno piensa es si la cajita y el encendedor están en el bolsillo. Estoy fumando un atado por día, que sale 18 pesos. A la semana, son 126 pesos. Al mes, son 504 pesos. Con esa plata puedo pagar el Internet, el agua, la luz y el gas. Pero claro, de qué sirve tenerlos si no hay un delicioso cigarrillo que lo respalde. Es como cuando le anuncian que tiene cáncer y le preguntan cuál es su último deseo. “Fumarme el último cigarrillo” es lo que la mayoría pide. Total, se va a morir igual. No vale la pena que lo deje ahora. Es a todo o nada. Es así como la vida, “se hace humo”.
Entre los fumadores hay códigos. Por ejemplo, nunca se debe manguear el último cigarrillo del atado a otro fumador. El último es el que vale. Es el bastión de la resistencia, ya que consumiéndolo uno puede aguantar un rato hasta el próximo, que es donde se debe ir a comprar. No se deben probar más de tres secas si el cigarrillo es compartido. Esto es porque, como usted notará, el pitillo no es el mate, donde cada cual puede chupar las veces que quiera. No. Aquí las caladas son limitadas y deben ser prolijas. Es propio de los que carecen de códigos devolver el cigarrillo con el filtro baboseado o mojado. La muerte para esos pusilánimes. Todo fumador reconoce y le convida a otro fumador, aunque sea un completo desconocido. Y en cualquier lugar; en la terminal, en la avenida, en el boliche, en la oficina. No hay nada más hermoso que la hermandad del fumador. Somos todos iguales ante los ojos del dueño de la tabacalera. Por eso conservamos este acuerdo implícito. Siempre se debe dar fuego, sin pedir nada a cambio. Y decir gracias cuando le dan a uno. Hay que agradecer y ser cortés con el hermano que nos da la oportunidad de saborear el tabaco nuestro de cada día.
Como toda persona que es esclava de un vicio, en nuestra familia somos mal vistos. Mamá y papá nos recuerdan, no sin cierta malevolencia, que el tabaco mata. Demora en hacerlo, pero cumple. La abuela dice que el tabaco da “mal aspecto” a la gente. Dice que les deja olor en la ropa, en los dedos y en la boca. Que arruina los dientes y que deja mal aliento. Bueno, eso es cierto hasta un punto, porque conocí gente sucia, desaliñada, desprolija, apestosa y con mal aliento y jamás habían probado un cigarrillo. En los años cincuenta las compañías tabacaleras hicieron una campaña masiva para el consumo del tabaco. Podemos ver estos dibujos, que protegen celosamente algunos coleccionistas, siendo algo normal para la época. Incluso se pensaba que el tabaco era saludable y les daba belleza a las damas.
El tabaco, en todos sus formatos, se volvió algo tan habitual que llegó para incorporarse en el cine y en la literatura. Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano, le dedica un ensayo de 500 páginas a la relación entre habanos, escritura y cine. Recuerdo que el libro era entretenido, pero más entretenido era arrancarle las páginas para armar un “liso” con tabaco importado, de los que se consiguen en las grandes urbes como Córdoba y Buenos Aires. Podrán deducir que, literalmente, “me fumé a Cabrera Infante”.
Emilio Fernández Cicco sostiene que el habano es el deseo inconsciente del hombre por fumarse su propio pene. Si Cicco se fumó un pene o no, es harina de otro costal. El habano es propio de los garcas empresariales, pero yo hace poco cobré un sueldo cebolla (porque lo pelaba y lloraba) y me dí el gusto de saborear habanos. Es una experiencia agradable. No es nada de otro mundo. En las películas lo adornan con cocaína y whisky y trajes corbatados y secretarias tetonas.
En una canción de José Larralde, gran poeta trovador argento, manifiesta que el colmo de trabajar en una tierra tabacalera es cultivarla con tanto amor y después el pobre peón tiene que fumar del peor. De las sobras. De lo que quedó. El resto se lo llevó el patrón. Se fue a Europa, vaya a saber quién está fumando el fruto del trabajo de Sol a Sol.
El tabaco es propio de las mentes refulgentes, las mentes chispeantes que buscan algo más en este mundo servido y como diría el Indio Solari “todo igual, siempre lo mismo”. Quien fuma y lo confiesa es un valiente. William Faulkner confesó que para su oficio, el de escribir, necesitaba cosas tan sencillas y básicas como papel, whisky, tabaco y algo de comida. Quien fuma es porque se regocija de un placer tan minimalista y sobre todo, porque es la búsqueda constante de saciar una necesidad que nunca podrá ser satisfecha. El cigarrillo posee la mágica cualidad de apaciguarnos y al mismo tiempo de hacernos desear más y más. “Uno más y otro más, cientos y miles” cantaba Iorio.
Sea como fuere, el tabaco no es para los pusilánimes. El tabaco es un placer tan majestuoso que se paga con un alto interés, pero, ¿quién nos quita lo bailado? En nuestro lecho de muerte, la lápida dirá: aquí yace un fumador.
La vida se la fumó y se hizo cenizas.
Soy fumador desde hace cinco años. Con lo que gasté en cigarrillos, ya podría haberme comprado una casa, un auto, una pileta, un perro (o tal vez un leopardo de África) y varias cosas más. Pero me gasté todo en ceniceros artesanales de madera, vidrio o metal, encendedores conchetos y, por supuesto, kilos y kilos de cigarrillos.
Cuando uno decide ser fumador, del tipo compulsivo, o “chimenea”, como se conoce en estos pagos, tiene que pensar en su bolsillo. Pero lo único en lo uno piensa es si la cajita y el encendedor están en el bolsillo. Estoy fumando un atado por día, que sale 18 pesos. A la semana, son 126 pesos. Al mes, son 504 pesos. Con esa plata puedo pagar el Internet, el agua, la luz y el gas. Pero claro, de qué sirve tenerlos si no hay un delicioso cigarrillo que lo respalde. Es como cuando le anuncian que tiene cáncer y le preguntan cuál es su último deseo. “Fumarme el último cigarrillo” es lo que la mayoría pide. Total, se va a morir igual. No vale la pena que lo deje ahora. Es a todo o nada. Es así como la vida, “se hace humo”.
Entre los fumadores hay códigos. Por ejemplo, nunca se debe manguear el último cigarrillo del atado a otro fumador. El último es el que vale. Es el bastión de la resistencia, ya que consumiéndolo uno puede aguantar un rato hasta el próximo, que es donde se debe ir a comprar. No se deben probar más de tres secas si el cigarrillo es compartido. Esto es porque, como usted notará, el pitillo no es el mate, donde cada cual puede chupar las veces que quiera. No. Aquí las caladas son limitadas y deben ser prolijas. Es propio de los que carecen de códigos devolver el cigarrillo con el filtro baboseado o mojado. La muerte para esos pusilánimes. Todo fumador reconoce y le convida a otro fumador, aunque sea un completo desconocido. Y en cualquier lugar; en la terminal, en la avenida, en el boliche, en la oficina. No hay nada más hermoso que la hermandad del fumador. Somos todos iguales ante los ojos del dueño de la tabacalera. Por eso conservamos este acuerdo implícito. Siempre se debe dar fuego, sin pedir nada a cambio. Y decir gracias cuando le dan a uno. Hay que agradecer y ser cortés con el hermano que nos da la oportunidad de saborear el tabaco nuestro de cada día.
Como toda persona que es esclava de un vicio, en nuestra familia somos mal vistos. Mamá y papá nos recuerdan, no sin cierta malevolencia, que el tabaco mata. Demora en hacerlo, pero cumple. La abuela dice que el tabaco da “mal aspecto” a la gente. Dice que les deja olor en la ropa, en los dedos y en la boca. Que arruina los dientes y que deja mal aliento. Bueno, eso es cierto hasta un punto, porque conocí gente sucia, desaliñada, desprolija, apestosa y con mal aliento y jamás habían probado un cigarrillo. En los años cincuenta las compañías tabacaleras hicieron una campaña masiva para el consumo del tabaco. Podemos ver estos dibujos, que protegen celosamente algunos coleccionistas, siendo algo normal para la época. Incluso se pensaba que el tabaco era saludable y les daba belleza a las damas.
El tabaco, en todos sus formatos, se volvió algo tan habitual que llegó para incorporarse en el cine y en la literatura. Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano, le dedica un ensayo de 500 páginas a la relación entre habanos, escritura y cine. Recuerdo que el libro era entretenido, pero más entretenido era arrancarle las páginas para armar un “liso” con tabaco importado, de los que se consiguen en las grandes urbes como Córdoba y Buenos Aires. Podrán deducir que, literalmente, “me fumé a Cabrera Infante”.
Emilio Fernández Cicco sostiene que el habano es el deseo inconsciente del hombre por fumarse su propio pene. Si Cicco se fumó un pene o no, es harina de otro costal. El habano es propio de los garcas empresariales, pero yo hace poco cobré un sueldo cebolla (porque lo pelaba y lloraba) y me dí el gusto de saborear habanos. Es una experiencia agradable. No es nada de otro mundo. En las películas lo adornan con cocaína y whisky y trajes corbatados y secretarias tetonas.
En una canción de José Larralde, gran poeta trovador argento, manifiesta que el colmo de trabajar en una tierra tabacalera es cultivarla con tanto amor y después el pobre peón tiene que fumar del peor. De las sobras. De lo que quedó. El resto se lo llevó el patrón. Se fue a Europa, vaya a saber quién está fumando el fruto del trabajo de Sol a Sol.
El tabaco es propio de las mentes refulgentes, las mentes chispeantes que buscan algo más en este mundo servido y como diría el Indio Solari “todo igual, siempre lo mismo”. Quien fuma y lo confiesa es un valiente. William Faulkner confesó que para su oficio, el de escribir, necesitaba cosas tan sencillas y básicas como papel, whisky, tabaco y algo de comida. Quien fuma es porque se regocija de un placer tan minimalista y sobre todo, porque es la búsqueda constante de saciar una necesidad que nunca podrá ser satisfecha. El cigarrillo posee la mágica cualidad de apaciguarnos y al mismo tiempo de hacernos desear más y más. “Uno más y otro más, cientos y miles” cantaba Iorio.
Sea como fuere, el tabaco no es para los pusilánimes. El tabaco es un placer tan majestuoso que se paga con un alto interés, pero, ¿quién nos quita lo bailado? En nuestro lecho de muerte, la lápida dirá: aquí yace un fumador.
La vida se la fumó y se hizo cenizas.