InicioArteCuento propio: Crónica de una capitulación

Cuento propio: Crónica de una capitulación

Arte4/12/2014


Estábamos rodeados por la respiración acechante de la noche, que amenazaba con tragar nuestros cuerpos en un repentino bostezo de oscuridad. Estábamos tristes, manchados de tristezas diferentes. Vos por no poder quererme, y yo por quererte demasiado. Sentada en la cama, olvidada de tu cuerpo, de la noche y de mí, enumerabas los por qué no, sin prisa, soltándolos desordenadamente en el espacio entre nosotros. Sobre la mesa de luz, desamparadas, las copas manchadas de carmín tanino y la botella de Cabernet Sauvignon semivacía también te escuchaban, más tristes quizás que nosotros. Yo buscaba razones que pudieran alinearse de mi lado, sabiendo de antemano la inutilidad de las razones. Agitaba débilmente la bandera de la fe, negando, no por convencimiento, sino por miedo al miedo. No quería resignarme a escuchar en silencio el golpe seco del martillo sobre la lápida de nuestras ilusiones.

Era una de esas noches, que después se volverían más frecuentes, en que nos había fallado el conjuro de la piel arrebatada, de las palabras sucias, de los cuerpos sudorosos irrumpiendo en la frontera de todo lo que nos separaba. En el éxtasis del regocijo pasajero nos encontrábamos brevemente, y denodados luchábamos para encontrar la extenuación y rendirnos al sueño antes de volver a sentir la distancia entre nosotros, antes de volver a extrañar los puentes imposibles, que ni siquiera habían sido dinamitados porque nunca habíamos logrado construirlos. Esa vez algo pasó, una palabra o un silencio, algo que nos sustrajo de la ceremonia de los cuerpos celebrándose y nos puso frente a frente con lo que no queríamos, pero que no podíamos evitar. El sábado había muerto sin que nos diéramos cuenta, y su fantasma flotaba fresco en la marea de la noche. Tus ojos me miraron, tu tristeza rabiosa me miró, interpelándome, cargada de reproches hacia mi insuficiencia para comprenderte, para anticiparme a tus necesidades y contener entre mis brazos los ríspidos caprichos de tu soledad.

Nuestros cuerpos se acercaron, luchando por romper la membrana invisible pero tenaz que los separaba. Mis manos recogieron de tu espalda los estertores del llanto, desbordantes de congoja nocturna. Quise que ese abrazo fuera eterno, de alguna forma lo fue, lo es. Entonces llegaron las palabras de capitulación. Como un general que, antes de rendir la plaza, acorralado y exhausto, solicita clemencia para los prisioneros y atención para los heridos, así yo te pedí que, pasara lo que pasara, me prometieras que siempre íbamos a ser amigos. Ahí nuestras tristezas se tocaron, se rodearon en un cortejo mutuo, reconociéndose, pero sin llegar a comprenderse. Yo también lloré entre tus brazos, no por mí, no por nosotros, sino por el pobre amor errante, que, herido de un tajo incurable, pero no inmediatamente mortal, se internaba indefenso en el laberinto de una agonía larga y oscura.
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