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Cuento propio: Conversación en un bar

Arte1/4/2014
Shepard miró el canto amarillento de sus dedos mientras aplastaban el cigarrillo contra la boca del cenicero. Pensó en la primera vez que fumó, con doce años, en la casa de Carlos, su mejor amigo de la infancia. Sin saber por qué, recordó el temblor de su mano al sostener el Philip Morris, la mirada de desafío y evaluación de Carlos, la náusea invadiéndolo con la primera pitada, rebotando ásperamente en su garganta. Era verano, uno de esos veranos pegajosos de la infancia, de siestas truncas, doblegadas por la urgencia lúdica y transgresora que se apropiaba de los cuerpos adolescentes. Fumar era uno de los peldaños indispensables para ingresar al mundo adulto, y en aquella nebulosa tarde de enero o febrero de cuarenta años atrás él había dado ese paso.

El tintineo de una cuchara contra el piso lo hizo volver desde sus pensamientos, sin lograr quitarle el retrogusto agridulce del paladar. Retorció la colilla hasta apagarla completamente, y miró la hora. Casi las diez y media. Habían quedado a las diez. Sintió mezclarse entre pecho y espalda sentimientos de frustración y de alivio. Resolvió esperar quince minutos más antes de llamarla. Nadia siempre llegaba tarde a todos lados, y esa es una de las costumbres que la gente conserva durante toda su vida.
No la vio sino hasta que estuvo a pocos metros de distancia de su mesa, y no la reconoció hasta que sus miradas se cruzaron, deteniéndose una en la otra por un momento. Ella esbozó una palabra inaudible, acomodó instintivamente la cartera en su hombro, y caminó hacia él. Shepard se incorporó, metiendo la cara en una franja de sol que lo obligó a entornar los ojos. La mujer, sin dejar de mirarlo, dejó pasar a una pareja que iba saliendo, y se acercó dando unos últimos pasos lentos, casi teatrales.
-Hola.
La voz sonó un poco más áspera y desvaída que en su recuerdo, pero aun así reconocible. Shepard sintió que algo temblaba en su interior al escuchar el saludo.
-Hola.

Se sentaron en silencio. Durante un instante, que le pareció eterno, Shepard no supo qué hacer con las manos, mientras los ojos de la mujer no se apartaban de su cara. Apreció sin sorpresa el surco acentuado de algunas arrugas que doce años atrás eran sólo insinuaciones, amenazas de un futuro que entonces parecía muy lejano. La piel algo floja del cuello era otro signo del paciente trabajo del tiempo. Shepard se sacudió de encima un incipiente principio de angustia inclinando un poco el cuerpo hacia adelante, esforzándose por que su voz sonara lo más neutra posible.
-¿Qué vas a tomar?
-Un cortado está bien.
-¿Algo para comer?
-No.- un gesto de impaciencia relampagueó en los profundos ojos verdes.
Shepard pidió dos cortados. Se sintió tentado a prender un cigarrillo, pero contuvo el impulso. Pensó decir algo para romper el hielo.
-Estás muy bien. El tiempo no pasa para vos.
Nadia permaneció inconmovible.
-Gracias, pero no vine para escuchar tus halagos. Decí lo que tengas para decir.
-Esperemos los cortados-dijo Shepard, en un intento por ganar tiempo. Había pasado varias noches en vela, desde que Nadia accedió a verlo, imaginando lo que diría en este momento, pero se sintió repentinamente inseguro, incapaz de expresar en palabras todo lo que tenía para decir.
Después de unos minutos de incómodo silencio, llegó el mozo con el pedido. Shepard miró por la ventana, buscando una improbable inspiración en las caras de los transeúntes. “Ya está”, pensó.

-¿Cómo está?
Nadia introdujo la cuchara en el vaso y la giró durante algunos segundos antes de contestar.
-Está bien. Con las típicas cosas de adolescentes. Rebelde, cuestionador, pero bien. Estudia, juega al fútbol, sale con los amigos. Es bueno.
-Lo criaste bien.
-Hice lo que pude, Luis.-otra vez la mirada de condena, verde mirada de agua encrespada y salina.
-Escuchame Nadia...-”ya está”, se repitió. “Debería decirle que ya sé que no importa nada de lo que diga, que lo mío no tiene perdón. Debería decírselo, y decirle que yo siento lo mismo.”
-Escuchame Nadia, yo quisiera explicarte muchas cosas...
-No. No me interesa. No me interesa escucharte. Sólo explicame por qué apareciste. Por qué ahora te acordaste de que tenías un hijo. ¿Te vino el instinto paterno de golpe? ¿Te pegó el viejazo?
La voz sonó cortante, con la punta de un iceberg de rabia contenida flotando entre las vocales. En la mesa más cercana, una anciana excesivamente maquillada miró a Nadia, con un gesto que Shepard identificó como lindero al deleite.

“Tanto odio acumulado, día a día, durante doce años. Todavía no entiendo qué hace acá. Era el momento ideal para vengarse, para agarrarme con la guardia baja.” Shepard acarició el borde del vaso con el pulgar, acompañando la línea curva del vidrio. “Es una buena mujer, a pesar de todo. La podredumbre del rencor no pudo con ella.”
-Me gustaría verlo.-levantó la vista, clavándola en sus ojos-Quiero verlo.-quiso decir algo más, agregar algo contundente, que la convenciera de su arrepentimiento. “Que me dé latigazos”, pensó absurdamente. Se negó a permitir que el temblor se extendiera más allá de su boca, a que sus palabras sonaran como una súplica. Calló.

Ella se inclinó, como si quisiera tocarlo con su la punta de su odio. Pronunció cada una de las palabras como si hubiera estado esperando ese momento para decirlas, como si las hubiera guardado durante todos esos años en un baúl en el rincón más oscuro de un sótano , sumándolas día a día, cuidando de que no se perdiera ninguna, esperando el momento propicio para soltarlas en el aire rancio de ese bar.
-Si por mí fuera, no lo verías nunca en tu puta vida. No lo merecés. No estuviste cuando más te necesitaba. ¿Vos sabés las veces que Matías lloró por su padre, por su abandono? ¿Tenés alguna idea? No, no la tenés porque no estabas ahí.
Un puño sacudió la mesa acompañando las últimas palabras. Los vasos vibraron sobre la superficie nacarada.
-Nadia…
La mujer de la mesa cercana le dirigió una mirada cargada de reprobación. Otras cabezas giraron, observando la escena, expectantes.
El puño permaneció pegado a la mesa durante unos instantes, tembloroso como un cachorro abandonado. Después, como obedeciendo a una orden inaudible, se abrió, retirándose.
-Si por mí fuera. ¡No sé por qué tuviste que aparecer para cagarnos la vida!

Ella se echó hacia atrás, recostándose contra el respaldo de la silla. Miró hacia la calle, dejó que la rabia drenara, recompuso la respiración.
-La decisión final va a ser de él.-volvió a esgrimir la mirada condenatoria-Pero no te hagas ilusiones, te odia, quizás más que yo. De cualquier manera, tiene que saber que estás acá, que querés verlo. Que él decida, no puedo privarlo de ese derecho.
Shepard inclinó la cabeza con sumisión. No podía decir si el miedo que le atenazaba el cuerpo era mayor que la alegría.
Nadia se incorporó. Pareció, por un momento, que le daría al odio la oportunidad de decir algo más. Se contuvo, parpadeó de cara al sol, giró y se fue sin despedirse.
Shepard permaneció en el bar unos minutos, inmóvil, con la mirada fija en la puerta por la cual ella había salido. Pidió la cuenta y al levantarse prendió un cigarrillo. Todavía, antes de irse, tuvo tiempo de lanzarle una mirada de desprecio a la vieja de la mesa de al lado.
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