De los personajes y sus descripciones
Por las palabras piensa el hombre (o como decía Orfeo el can, por las palabras se confunde el hombre, complicando su existencia), y por constituir su lenguaje, el hombre se hace lo que es. ¿Qué sería del gordo, si no existiera la palabra que lo define?; ¿que tan triste sería la suerte del imprudente, si un semejante no hubiera atisbado la definición y la pronunciación correcta de la palabra "imprudencia"?. ¡Qué vacíos se verían los colores si el parlante ser no pudiera nombrarlos! El humano es humano desde que usó la razón, dicen algunos; yo digo que lo es desde que le dio una palabra a su raciocinio.
De tal manera, en lo que a este bello mundo estético se refiere, bien sabe el lector avezado de la negligencia de adelantar un nombre a una descripción. Para el lector imaginativo, el verdadero destinatario universal de todo obra literaria, basta con leer las palabras impresas "Martin Pérez Arzuaga" para ver a un hombrecito petizo, calvo, de nariz recta y mejillas sonrosadas, saludable pero con cierta barriga cervecera que sus mas de cinco décadas se han encargado de ir formando. No importa que el autor arroje ulteriores adjetivos, abogando por los veintitrés años de Martín Pérez Arzuaga, su vikinga melena, nasal roto dos veces en sendas biabas barriales y sus casi dos metros de esbelta figura... De nada servirán los esfuerzos del escritor, que por apresurado dejó escabullir la verdadera fisonomía de Martín pérez Arzuaga junto con su nombre: la descripción fue dada con precipitación, y el lector realmente ducho y empedernido sabrá no dejarse amilanar y convencer. Sus sentidos intrínsecos no se adormecerán y durante toda la novela desecharán los embusteros calificativos que le son dados al personaje.
¿Quién es Marín Pérez Arzuaga, entonces? ¿Es quien el autor intenta a la fuerza que sea, o su verdadera fisonomía yace, en realidad, en la mente del lector, quien la descubrió precozmente al pronunciar su nombre? Ustedes y yo sabemos muy bien que Martín, ese calvo cincuentón, vive en la imaginación de quien está detrás de las páginas, y no de quien araña el papel. Fútiles serán los intentos del escritor por volver atrás: su personaje tiene una descripción propia con sólo dejar caer el velo de su nombre. Y tal es la fuerza de esta certeza, que si Martín apareciera en carne y hueso, certificando los adjetivos dispuestos por el escritor, el lector exclamaría ipso facto "¡Usted no es quien dice ser!", ¡y tendría razón, amigos, mucha razón! El inútil omnímodo se rebajará, intentará sobornar al receptor de su obra, hará lo imposible por volver atrás, por dar otra imagen a su personaje. Pero de nada servirán sus esfuerzos: el lector imaginativo es tan incorruptible como lo que él mismo imagina.
Por las palabras piensa el hombre (o como decía Orfeo el can, por las palabras se confunde el hombre, complicando su existencia), y por constituir su lenguaje, el hombre se hace lo que es. ¿Qué sería del gordo, si no existiera la palabra que lo define?; ¿que tan triste sería la suerte del imprudente, si un semejante no hubiera atisbado la definición y la pronunciación correcta de la palabra "imprudencia"?. ¡Qué vacíos se verían los colores si el parlante ser no pudiera nombrarlos! El humano es humano desde que usó la razón, dicen algunos; yo digo que lo es desde que le dio una palabra a su raciocinio.
De tal manera, en lo que a este bello mundo estético se refiere, bien sabe el lector avezado de la negligencia de adelantar un nombre a una descripción. Para el lector imaginativo, el verdadero destinatario universal de todo obra literaria, basta con leer las palabras impresas "Martin Pérez Arzuaga" para ver a un hombrecito petizo, calvo, de nariz recta y mejillas sonrosadas, saludable pero con cierta barriga cervecera que sus mas de cinco décadas se han encargado de ir formando. No importa que el autor arroje ulteriores adjetivos, abogando por los veintitrés años de Martín Pérez Arzuaga, su vikinga melena, nasal roto dos veces en sendas biabas barriales y sus casi dos metros de esbelta figura... De nada servirán los esfuerzos del escritor, que por apresurado dejó escabullir la verdadera fisonomía de Martín pérez Arzuaga junto con su nombre: la descripción fue dada con precipitación, y el lector realmente ducho y empedernido sabrá no dejarse amilanar y convencer. Sus sentidos intrínsecos no se adormecerán y durante toda la novela desecharán los embusteros calificativos que le son dados al personaje.
¿Quién es Marín Pérez Arzuaga, entonces? ¿Es quien el autor intenta a la fuerza que sea, o su verdadera fisonomía yace, en realidad, en la mente del lector, quien la descubrió precozmente al pronunciar su nombre? Ustedes y yo sabemos muy bien que Martín, ese calvo cincuentón, vive en la imaginación de quien está detrás de las páginas, y no de quien araña el papel. Fútiles serán los intentos del escritor por volver atrás: su personaje tiene una descripción propia con sólo dejar caer el velo de su nombre. Y tal es la fuerza de esta certeza, que si Martín apareciera en carne y hueso, certificando los adjetivos dispuestos por el escritor, el lector exclamaría ipso facto "¡Usted no es quien dice ser!", ¡y tendría razón, amigos, mucha razón! El inútil omnímodo se rebajará, intentará sobornar al receptor de su obra, hará lo imposible por volver atrás, por dar otra imagen a su personaje. Pero de nada servirán sus esfuerzos: el lector imaginativo es tan incorruptible como lo que él mismo imagina.

