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La Casa (fragmento / sobre la política y su ausencia)

Arte1/5/2012
hola, amigos de Taringa! me permito ofrecerles un fragmento de mi novela (inédita) La Casa. en este caso el tema versa sobre la política (o la falta de ella) en un año bisagra como lo fue 1999 para la Argentina. espero que les guste, los comentarios serán bienvenidos.

La Casa, 1999.

La política en la casa y en La Casa era despreciada al igual que en todo el territorio nacional. Sobre todo en los menores de entre treinta y treinta y cinco años. Y no era para menos. El saqueo del estado, la corrupción sonriente, la falta de empleo y la frivolización de todas las dialécticas conocidas daban en el blanco contra el interés en políticas constructivas. La política, el sistema político y los políticos no solo provocaban rechazo sino que además eran considerados el problema en sí, el cáncer a extirpar. Los actores y escenarios políticos, para colmo, se repetían como pesadillas recurrentes y esgrimían con fastidio viejas y cínicas recetas que habían escuchado todas las abuelas.
Por eso en la mesa de la casa (que era redonda y de madera) las charlas sobre política tenían una rara mezcla de bronca y melancolía, de jacobinos y panglosianos.
Así las cosas en 1999.



Juan Rozas era un tosco escéptico. Decía ser de izquierda pero rehusaba todo encasillamiento. A veces se definía levemente ácrata y a veces, en sus palabras, Todo le chupaba un huevo.



Silvia Kazynsky, la más politizada de la casa, quería ser peronista. Siempre deseó y buscó ese peronismo mitológico de izquierda en los barrios y en la facultad de sociales. En su adolescencia democrática leyó a Cooke y a Fanon y escuchó a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanes. Llamó Victoria a su hija porque era menos obvio que Eva y porque era el nombre de una de las hijas de Rodolfo Walsh. Y cuando el bolsillo se lo permitía compraba un ejemplar de Página/12 que leía con deleite. Pero en 1999 estas costumbres eran caricaturizadas por la cultura dominante y, por lo tanto, una generación estaba desencantada.



Vicky Kazynsky decía que ella era anarquista como el tío Rayen.



Entre los asiduos de la casa El Flaco José era el único que militaba activamente. Claro que la militancia, en 1999, podía significar juntar gente para elecciones, hacerle los mandados a un intendente o concejal o encargarse de la distribución de bolsones de mercadería que cada tanto la intendencia repartía en los barrios del conurbano bonaerense. Era un puntero ocasional, sin compromisos, y honesto, lo cual no era poco, sino una excepción, una falla del sistema. Eso sí, se sumaba con entusiasmo a los piquetes, de los que siempre participaba. Salvo el primigenio de Cutral Có, se podía decir que había estado en todos los piquetes de la provincia de Buenos Aires. El Flaco era peronista por herencia, pero sin dejar de lado su sujeto cartesiano. Adoraba a Eva Perón y miraba bajando las cejas todas las sonrisas de El General.



Rayen Kazynsky se definía anarquista. Admirador de Severino Di Giovanni y con una enorme afinidad con los movimientos armados de los años setenta, a tal punto que, inspirado en su lectura sobre el Operativo Pindapoy en La Voluntad, solía amasar la idea de un secuestro y enjuiciamiento simbólico para sacudir a sus pares. Según su visión José Alfredo Martínez de Hoz era el candidato ideal para tales propósitos.



Nacho Catalano era peronista. Mariana Catalano no. Él, sin decirlo, era de centro derecha. Ella, sin decirlo también, era de centro izquierda. Nacho admiraba a Eva Perón y al Che Guevara. Mariana los cuestionaba. Él tenía sutiles tendencias conservadoras de una familia de padres militares y madres amas de casa. Ella tenía sutiles tendencias liberales de una familia de psicólogos y diplomáticos. A Nacho le gustaba hablar de política. A Mariana no.



El resto iba y venía de la rabia a la indignación, y de allí al descreimiento, ése que se parece mucho a la victimización o a la auto compasión. Y, de hecho, para esos sentimientos el escenario era el correcto. Todos venían masticando un menjunje añejo que en algún momento deberían escupir. No se puede masticar eternamente, las mandíbulas empiezan a doler y cada uno hace lo que puede al respecto. Y en esos tiempos el dolor se comenzaba a intolerar.






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