¡Hola!
No les obligo a leerlo, así que siéntanse libres de irse si así gustan.
(By: Jezebel)
Era niño en ese tiempo, aún sigo siéndolo aunque la barba de mi mentón diga todo lo contrario. Los trenes a vapor corrían desenfrenadamente por las vías excelentemente forjadas por peones mestizos, la vida era sencilla, todo se basaba en el respeto, “tú me respetas a mí y a lo que soy, entonces tienes mi respeto”, nada más.
Las noches eran nuestro cine y no estaba en blanco y negro, los espectáculos estelares eran lo que los jóvenes encuentran en los vicios de adultos.
Ahí, en ese cielo tan pulcro y virgen la encontré, estaba tirado sobre la maleza escapando de las labores de mi hogar, a lo lejos los gritos de mi madre se escuchaban lo suficiente para erizar mi piel, si bien sabia que me esperaba el infierno a mi regreso, entonces le sacaría provecho a mi escapada y no me preocuparía hasta que decidiera volver.
Cerré mis ojos, una luz me incomodó, era obvio que en la noche no tendrían que haber tales luces. Cuando los abrí aquel encuentro me dejó helado. En medio del cielo, en lo alto, donde las estrellas no existían había un sol, es lo que se me viene a la cabeza siempre que lo recuerdo, sus tonos eran violetas, purpuras y verdosos, pero era un sol. Incomodaba verlo, quizás no tanto pero si lo suficiente.
Estaba quieto, parpadeaba, en ese momento creo que notó mi presencia, pues empezó a moverse en círculos, iluminó el lugar en donde estaba de repente, pareciese que estaba en pleno día, los arboles se encendían en tonos anormales, la maleza bailoteaba bajo un suave soplido que cubrió el lugar, nosotros quedamos embelesados, el bosque y yo nos sentíamos especiales. El suelo se enrojeció un poco tal en naranja claro se pintara y mis mejillas le siguieron el paso, las luz comenzó a agitarse, todo se movía aprisa, se encendió en rojo infierno para luego bajar su tono a un azul zafiro. La temperatura bajaba para luego subir, no entendía tal compleja situación, y si los pequeños vellos de mi piel para ese entonces hubiesen hablado hubieran clamado piedad, también hubieran pedido que el show no terminase, el bosque se durmió feliz esa noche.
La luz menguó, quedé extasiado, triste y lleno de miles de incógnitas.
Si bien no estaba preparado para este espectáculo lo atesoré en mis recuerdos más de diez décadas, si algo me hubiera presagiado ese día mis ojos aun llorarían. Nadie más en el país, en la región y en el pueblo se percató de la luz con vida.
Ella era mía y se me mostró a mí en su magnánima desnudez, y yo me dediqué desde aquella noche a recrear en su cielo virgen aquel obsequio con el que me cortejó.
Diez décadas en las que trabajé, ahora las bengalas en el cielo recrean un pequeño fragmento de su belleza a la promesa que me hice en silencio de verla cuando mi muerte llegase.
Los años han pasado y hoy honran mi muerte, mi sepulcro se llenó de tantos rostros anómalos, todos lloran, han de extrañarme, todos llevan entre sus manos bengalas de las que les enseñé a crear un día.
El escalerón se posa en mi ataúd, mi alma se pone en píe y subo, las bengalas iluminan mi cielo, me dan el último adiós, llenan de colores mi despedida.
Allá donde ya no las veo y donde mis ojos no vivos comienzan a llorar de nuevo, la única luz que me llenó, me encuentra, la veo, y ella me absorbe.
En la tierra las bengalas son la promesa que hoy cumplí.


¡Hasta luego!







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