PUBLICACIONES Y LIBROS
Saludos Taringueros, primero estoy haciendo este post para recomendarles la siguiente página.
https://www.artgerust.com/
Que es una página para subir, promocionar e incluso vender sus obras literarias, también hay obras de autores de alrededor del mundo para comprar y se organizan cerámentes de literatura y de fotografía.
En lo personal yo tengo ya dos libros publicados allí (aunque no he vendido ninguno) pero como se sontienen en copy right igualmente está bueno tenerlos por las eventualidades de plagio.
Por consiguiente les dejo aquí el primer capítulo de mi primer novela, "CRÓNICAS DE UN INMORTAL" y algunos poemas de mi libro "A piel de Azufre".
Espero les guste, es simplemente para recaudar opiniones porque siempre son buenas para la mejora personal.
Desde ya gracias por sus comentarios y por tomarse el trabajo de leer mi trabajo.
CRÓNICAS DE UN INMORTAL
(el tiempo es una gota de agua)
PRÓLOGO
Imagina el tiempo de vida de una gota de lluvia, ella nace, crece en una inevitable caída y luego muere estrellándose por completo contra el suelo que oficia como juez imparcial. ¿Pero que si alguna de esas gotas esquivara el suelo y siguiera cayendo? Su único lamento sería que aún siendo la única que no se estrella no puede volver atrás.
A lo largo de los años y de eras pasadas he tenido muchos nombres, muchas vidas y he hablado muchos idiomas pero siempre adaptándome a la jerga actual de alguna manera.
Soy producto de sueños y fantasías, de terrores nocturnos, de leyendas; soy una sombra, soy nadie, soy un inmortal.
El siglo XX ha sido bueno conmigo, aunque el incesante bullicio de las grandes ciudades es extenuante, la indiferencia de la gente alivia mi tensión y ayuda a cumplir la misión que me he propuesto pues los humanos suelen sospechar siempre de lo que no tiene nada de sobrenatural.
Pero para explicar mi cometido debo comenzar en mi vida de mortal, hay hechos que tal vez pase por alto y para tu mejor entendimiento usaré puntos de referencia del mundo actual, no soy un historiador o sea que narraré esto como experiencia de vida y no como ciencia, si tus conocimientos difieren con mi historia serás tú el que decida que quieres creer.
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Nací en época de Dioses y Condenas, en ese momento mi nombre era Lion, un soldado Espartano hijo del general Lionus.
Naturalmente como Esparta era una ciudad destinada a la guerra, de muy joven comencé a perfeccionarme en este arte, ya de pequeño mi cuerpo siempre estuvo esculpido en la batalla, no era muy alto pero si sabía defenderme contra los que lo eran, tenía el cabello largo hasta los hombros, castaño como el de mi madre quién había fallecido cuando yo tenía solamente cinco años, mi padre me exigía un nivel alto pues el era un general; fue por ello que me volví diestro, me volví el mejor. Pero cada vez que me agobiaba el entrenamiento excesivo me dirigía a un cerro que estaba a unos kilómetros de la ciudad, ese cerro tenía una dualidad de salvaje y pacífico, en la cima había un viejo árbol testigo de cada suspiro. Desde ese cerro se veían las praderas verdes y a la lejanía sabía que estaba aquella eterna enemiga, Atenas, mientras cualquier espartano pensaba en ella de forma serena y tensa a la vez, yo la veía con una intriga característica preguntándome a cada momento entre los roces de la tutela de la guerra y la sabiduría, el conocimiento engendra la guerra por el poder y sin él la guerra no sería más que un montón de salvajes matándose sin sentido u orden alguno.
Evidentemente este lugar no significó para mi solo una suave brisa donde poder filosofar y de alguna manera cuestionar las acciones del Olimpo, allí conocí la razón de mis decisiones futuras.
Una tarde de verano, cuando había alcanzado la edad de quince años, estaba entrenando con muchachos de mi edad y ese día estaba particularmente arrogante, al ver esto mi padre tomó una de las espadas de entrenamiento y me retó. Intenté vencerle pero con tres movimientos simples como: cubrir, esquivar y atacar me hacía retroceder y caer entre el sonido de las risas de mis compañeros, me levante 4 veces pero luego de la quinta vez permanecí en el piso, inmóvil, esperando mí merecido regaño.
- El orgullo de un general no es aquél diestro, es la equivalencia de su ejército.
Indignado y furioso me retiré a aquel cerro, tal vez estaba tan enojado porque sabía que mi padre de alguna manera tenía razón.
Caminaba rápido y mirando hacia abajo, suspirando de a ratos para contener las lágrimas. Cuando levanté mi mirada de nuevo, ya casi en la cornisa, vi a una mujer al lado de mi árbol con la mirada dirigida a la enorme pradera, el semblante pensativo, algo pálida.
Tenía una túnica blanca que se pegaba a su escultural cuerpo con el viento, su cabellera oscura se extendía ondulada hacia el final de su espalda, cuando el viento dejaba de jugar con él, descansaba entre sus hombros hasta tapar parte de su pecho, en su cabeza dormitaba una corona de flores blancas que se opacaban ante el brillo de sus verdes ojos mientras ellos dejaban una estela cuando pasaba reflejándose en la piel blanca tan pura como el cielo resaltando sus labios, rubíes maestros en la perfección.
Por un momento nos miramos perplejos como esperando a que uno de los dos admitiera su invasión.
- ¿Qué haces aquí? – Dije sentándome cerca del árbol - Este es mi lugar- ni siquiera pregunté quién era, nunca la había visto.
-No tengo lugar ni tierra, déjame ser hasta que Gaia me haga una o Ades me lleve, no interrumpiré tu meditación espartano.
Después de unos minutos en silencio, cuando se disipó mi enojo comencé a hablar con ella. Me dijo que era Ateniense y su nombre era Milena, su madre había fallecido hacía un año ya y no sentía comodidad en seguir con su vida normalmente, así que dejó a su padre quién no tenía ni idea de donde estaba y recorrió Grecia, ese lugar iba a ser simplemente un sitio de paso.
Le comenté como yo mismo había perdido mi madre y como era la vida a la que estaba acostumbrado, así también ella misma me contó la suya señalando las diferencias.
Ella era fascinante, no era común encontrar esas cualidades para mí, debido a mí exceso de egocentrismo pero lo opacaba totalmente, cada movimiento, cada suspiro y cada palabra parecían complementarse de una forma tan angelical e hipnotizante que dejaba mis ojos postrados en ese sistema sin poder ni siquiera parpadear para no perderme de nada.
Poco a poco el sol comenzó a esconderse y la luna tomó el reinado del cielo, no quise dar alusión a la intervención de la carreta de Apolo porque no quería que esto terminara pero no paso demasiado tiempo antes de que se diera cuenta, se notó en su rostro una mirada impotente, tenía frío y hambre, y nada para contrarrestarlo.
Le pedí que se quedara en ese lugar, llegué a mi hogar veloz, tomé unas onzas de pan de en sima de la mesa, mi padre ya dormía.
Tomé una manta y unos trozos de madera y cuerda que guardábamos en un armario y volví al cerro.
Usando las ramas del árbol como soporte, la cuerda y las maderas construí una especie de techo con unas muy modestas “paredes”, luego le di la manta para que se cubriese y la onza de pan con un poco de agua para que se alimentara, al siguiente día intentaría conseguir algo mejor.
- Ya debo irme.
Me paré y ella también, caminamos unos metros juntos y luego paramos bruscamente, ella me miró a los ojos por un momento y luego se volvió hacia el refugio pero antes que comenzara a caminar tiré de su brazo derecho y la traje hacia mí, la tomé entre mis brazos sin dejar de mirarla a directamente a los ojos, ella me corrió el cabello de la cara y yo puse mi mano en su cintura, solté su mano y rocé su mejilla, antes de fundirnos en un apasionado beso. Fue más dulce de lo que yo hubiere soñado, la ambrosía de los mortales, creo que ya en ese momento la amaba.
-Volveré mañana- le dije antes de perderme entre las tinieblas de esa noche.
Fue un mes entero que Milena se quedó en aquel ecuánime lugar, donde la brisa y los dioses serían nuestros testigos.
Me llegué a perder varios entrenamientos escabulléndome de mi padre y esperando volverla a ver todo el tiempo que fuera posible.
Nos amábamos más cada minuto, pero conforme pasaba el tiempo nos dimos cuenta que esto era solo una ilusión, ella pronto se daría cuanta que había dejado totalmente solo a su padre Dorian.
El trigésimo día ya estaba decidida, debía volver, aunque me amara, pero no sería el fin, debíamos reencontrarnos, yo debía ir a Atenas.
Ese último día lo pasamos casi callados los dos, ella me explicó con lujo de detalles, como ya lo había hecho antes, como podía llegar hasta su casa en Atenas desde cualquiera de las entradas de la misma, era imposible perderse.
Yo ya sabía los movimientos militares que estaban ocurriendo en esparta, sabía ya que la guerra había comenzado (aquella que luego llamarían la guerra de Peloponeso) y que estábamos invadiendo a sus aliados, que pronto terminaría todo.
Le expliqué los lugares por donde debería ir, zonas neutrales que no estaban en guerra, tal vez duraría un par de días más pero por lo menos daría la vuelta al campo de batalla.
Ella no sabía ni la mitad del asunto, no podía dejar que la matasen pero también entendía que era algo que debía hacer pero…
La besé, para no perder ese gusto en los labios, y continué, ella continuó y nos sentimos vivos, quemados por la pasión que nos envolvía, los ropajes cayeron, solo vestíamos los suspiros del uno por el otro, la grama nos acariciaba mientras nos amábamos, escalando picos del olimpo hasta estallidos de volcanes en erupción, rozando el cielo con las manos la acaricié, dejé marcas de mis labios por su piel, ella me iluminaba con los ojos, nos envolvía calor, y sudor, vida, entre jadeos me dijo que me amaba otra vez y después, paz, una inverosímil tranquilidad, amainando el pensar para dar lugar al sentir, esos suspiros finales me hicieron sentir vivo, estable, feliz, asustado, todo a la vez.
Y entre pensar y pesares me dormí, con la cabeza de mi amada apoyada en mi pecho, bajo mi eterno testigo mientras caían un par de hojas verdes entre la luz de una luna cuarto menguante y la brisa que creaba el vaivén de los pastizales entonado con el cantar de algún grillo, cerré los ojos y fue magnífico.
Cuando los abrí Milena se había ido, sus ropajes no estaban, me puse los míos y tomé mi espada, era hora de volver a mi vida mientras no me reencontraba con mi amada.
Pero cuando alcé la vista vi a mi padre, a mi sangre, con Milena al hombro.
Perplejo lo observé mientras se me acercaba hasta cinco metros de distancia aproximadamente, lanzó el cuerpo de Milena a mis pies, estaba herida de muerte por una espada, en el vientre.
- Creías que no sabía de tu pequeña aventura.
- ¿Por qué?
- No es obvio, estamos en guerra, ella te hacía débil
Indignado, impotente, furioso me abalancé hacia él con mi espada, se movió a su derecha y golpeó mi espada con la de él haciendo que el golpe se desviara, sonrió, nos separamos y nuevamente lancé un golpe a la cabeza pero el se agachó dejando pasar la espada por en sima, entonces clavó su espada en mi hombro derecho, me dejó una grabe herida y solté mi arma.
Casi de inmediato me tiré al piso para tomarla, la empuñe con mi mano izquierda, no importa si no era tan certero, le lancé un golpe a los pies pero saltó, esquivando mi segundo golpe y riendo a carcajadas introdujo su espada en la herida ya hecha, torturándome, haciendo que me retorciese de dolor.
- Ves, débil.
Siguió hablando pero yo ya no le pude escuchar, perdí la conciencia por el dolor. Cuando desperté estaba en mi cama, mi brazo estaba vendado y ya el dolor era menor, no pensaba quedarme ahí con ese demonio.
Rodé de la cama y caí al suelo, cuando caí gire la cabeza y debajo de la cama había un baúl de plata que extrañamente yo nunca había notado, pensé que era algo de valor y lo tomé sin pensar, cuando salí de la habitación mi padre no estaba, hizo aún más fácil la decisión de irme, tomé una espada de la pared de la sala de estar antes de la puerta, una capa y me fui nuevamente al cerro.
Cuando llegué el cuerpo de Milena ya no estaba. Me senté apoyándome en mi árbol asfixiado por el nudo en la garganta que me acompaña desde aquel día, entonces lancé el pequeño cofre hacia el suelo con furia y éste se abrió dejando salir un viejo libro que cayó cerca de una piedra, quedó allí con el titulo hacia arriba un tiempo sin que yo me levantara a recogerlo, no entendía porque ese libro ameritaba tanto secreto, tanto misterio.
Me levanté y fui a buscarlo, el titulo era, “Mundo – Inframundo: Guerra eterna” más o menos esa era su traducción.
Sus páginas amarillentas analizaban las acciones de Orfeo en aquel desespero por regresar a su amada al reino de los vivos, contenían secretos ocultos de cómo devolver un alma al mundo, todos bastante improbables.
Lo leía con desespero, el olor a humedad que exhalaban las páginas me mareaba un poco, justo en la página sesenta y cinco recorrí las letras de un poderoso nombre, Rithil Anamo, dador de inmortalidad, rey de las bestias, amo de los espectros, devorador de almas-
Tal vez él podía ayudarme, era la única parte del libro que describía una ubicación específica desde donde yo estaba.
Era un largo y peligroso camino, las fauces de la naturaleza podrían volverme una partícula de polvo más, si no las bestias, si no los bandidos.
Pero que más tenía para perder, ya no existía en mi una gota de confianza en nadie, menos en la aberración que yo llamaba padre, aquel que se burlara de mi, aquél que me despojó de todo lo que me era importante.
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Caminé meses, La comida escaseaba, perdí mi atlética forma de guerrero pues había días que no podía alimentarme.
Las bestias me atacaban, tenía marcas por todo el cuerpo, aruñones, mordidas, picaduras. Pero mi convicción era más fuerte que los burdos intentos de la naturaleza de mantenerme alejado, tal vez debía haberlos escuchado.
Cuando los días se transformaron en semanas recorrí las grandes praderas viendo a nadie, como un fantasma entre los pastizales, y cada vez que uno rozaba mi piel pensaba en Milena, casi podía olerla entre la verde grama.
Cuando las semanas se transformaron en meses recorrí grandes bosques y poderosos ríos pero poco a poco el terreno se fue volviendo más árido, no recordaba ya si podía hablar, o pensar. Solo sabía recordar amar y odiar.
Allí, cuando casi podía sentir la saliva de los buitres rondando mis mejillas llegué al lugar, árido, rocoso, inerte.
Eran Tres volcanes en perfecta alineación casi de las mismas proporciones, parecían tallados a mano.
Ya había anochecido, no había árboles ni animales cerca, ni siquiera insectos, era lo único remotamente vivo pero al fin había llegado.
Los volcanes se unían formando un triángulo con cuatro entradas, una del oeste, otra del sur y la última del norte, entré por el oeste, el camino estaba perfectamente definido, las rocas que caían parecían poseer movimientos involuntarios que las hacían depositarse a los lados del sendero casi organizadamente, el paso siempre estaba abierto.
El símbolo dibujado en el libro era imposible de distinguir en el propio terreno pues comenzaba con un círculo que rozaba cada pie de los volcanes y que desde mi punto de vista no era más que un canal en el suelo casi imperceptible, aunque asumí que se trataba de eso.
En medio había un pequeño altar aproximadamente un metro de altura, lenta y desconfiadamente caminé hacia él, la tierra rojiza combinaban con las rocas vertiendo en la noche un brillo especial, con luz casi propia.
Ya encontrándome frente al pequeño altar noté unos canales que atravesaban la parte superior de éste con un hueco en el medio, como un cáliz, entonces comencé a invocar a éste demonio en un idioma que en el momento no conocía y que para mí no tenía sentido.
La frase concluyente era: “Ego advocare rex immortalis”.
Finalmente el precio sangre y la carne, la sombra de la hoja de mi espada cubrió el altar, mi mano izquierda extendida en sima, rápido y doloroso movimiento.
La carne se desvaneció en la piedra y la sangre comenzó a brotar más y más, parecía forzarla a seguir cayendo agotándome poco a poco y succionando todo desde mi corazón.
Mis memorias pasaban por ante mis ojos, casi podía sentir que se iban al altar con ese rastro de mí que le llenaba. Navegaba por los canales y entraba por un diminuto hoyo que se encontraba en medio de la parte cóncava, mi piel se contraía y el dolor era desgarrante; al fin cuando iba a desfallecer una llama saltó del altar y los tres volcanes entraron en una erupción antigravitatoria uniéndose en el centro de ellos con la explosión que exhalaba el sagrario.
El cielo se cubrió de un río de lava y poco a poco entre esta lava se pudo distinguir las facciones esenciales de un rostro, sus ojos eran de estrellas, su cara de fuego, su pelo era algo ahumado, sería imposible describirle por completo pues mi querido lector no hay suficientes palabras en el idioma mortal.
Me habló entonces una voz que era muchas en tono prepotente:
-Heme aquí el que otorga inmortalidad, Dios de los que desean morar en la tierra hasta que esta deje de ser.- Hizo una pausa mientras rayos comenzaron a cubrir el cielo.- ¿Cuál es tu petición?-
-Deseo devolver un alma a la tierra desde el inframundo, un alma cobrada injustamente.
-¿Y por que recurriste a mí?
-Ha sido mi decisión mas acertada, Ades es engañoso y su ubicación es imprecisa, es usted mi última opción.
-No es posible devolver un alma a la tierra, ya cumplió su ciclo, pero hay otra forma.
-¿Cuál?- Dije mientras se me nublaba la vista por la debilidad de la sangre perdida.
-Puedes aceptar que te vuelva un inmortal para esperarla en su siguiente vida.- habló de una forma pausada y persuasiva.- Te volveré el inmortal más poderoso entre mis inmortales.
-¿Cuál es el tributo?
-El alma va a tardar bastantes años en volver, durante esos años te convertirás en mi propio mercenario cobrando vidas para mi colección, sentirás la sed de matanza pero luego de que encuentres al alma que buscas cobrar más será tu decisión, ya la sed no será un problema y es mi promesa.
-¿Y como sabré cual es?
- Simplemente lo sabrás.-Pero antes debes saber las reglas que debes cumplir.
Mi cuerpo comenzó a flotar hacia la lava mientras me envolvía su voz pronunciando las reglas, eran simples y cortas: No hablarás de inmortalidad con mortales, no vivirás como mortal, serás todos y nadie y yo te daré poder ilimitado mientras acallo tu conciencia y encierro tu alma.
Era por ella.
-¿Pero y Milena? Debo vivir solo una vida con ella... Yo seré inmortal.
-Si en algún momento deseas que la existencia que has de compartir con ella sea más extensa has estallar el orbe que pondré en tu bolsillo.
-Entonces acepto.
Un imponente rayo atravesó la lava al mismo tiempo que ésta logró tocarme la punta de los dedos y luego me desmayé.
Cuando desperté los volcanes ya no estaban, me encontraba apoyado en un pequeño árbol seco, mis ropas ya no estaban rotas, tenía mi mano izquierda de nuevo y mis heridas se habían curado, sentí que podía ver y escuchar a kilómetros y mi fuerza era incomparable, era todo un inmortal, el consentido de Rithil Anamo, no tenía debilidades aparentes y a medida que comencé a atravesar el desierto me di cuenta de que no me cansaba ni sentía sed ni hambre.
Era impresionante lo que podía hacer, podía correr a velocidades inimaginables y volar (aunque era un esfuerzo importante y no podía hacerlo por mucho tiempo), esconderme en las tinieblas de la noche donde nadie podía verme y pronto descubriría más cuando encontrara mi primer víctima.
En el desierto encontré una pequeña casa en un oasis, pude notar que podía manipular mi apariencia a mi gusto, tanto como para parecer demacrado por el calor del desierto, como en un segundo estar en perfectas condiciones, no necesitaba sospechar que había alguien, lo sabía, lo sentía.
También podía manipular pequeñas cosas como abrir puertas sin tocarlas o ventanas y moverme cual espectro creando la ilusión de no tocar el suelo.
Aparenté estar herido y llamé a la puerta, unos segundos después comencé a escuchar unos pasos, podía sentir el fluir de la sangre, el latido de su corazón pero más importante podía escuchar los propios pensamientos del humano como susurros a mi oído. “¿Quién es?”...”Yo no espero a nadie hoy”...
Abrió la puerta y comenzó a hablarme en un idioma que yo no conocía pero sin embargo lo entendía y podía hablarlo ya que sus pensamientos eran entendibles, totalmente legibles para mí, naturalmente escuchaba lo que necesitaba de esos pensamientos mientras mi víctima me preguntaba como había llegado allí. Normalmente nunca habría deseado matar a nadie sin razón pero algo en mi sangre hervía y lentamente desenvainé mi espada, ya sabía de antemano la complexión física de mí victima formulada a través de sus propios pensamientos, un pobre anciano de estatura baja, cabello escaso y físico deplorable, solitario e infeliz; al verme sacar la espada el anciano sacó un cuchillo lanzándome una cortada que ni siquiera intenté esquivar, simplemente hizo una herida superficial en mi brazo y pronto la herida comenzó a cerrarse sola, para el momento que hubo cortado la cabeza de mí victima mi herida no existía.
La cabeza rodo en el piso de madera y lento el cuerpo cayó manchando de sangre la escasamente amueblada habitación.
No sentí remordimiento alguno, y el ansia de matar era tal que comencé a descuartizar el cadáver de mi víctima y mientras miembros volaban por entre la mesa y las sillas noté lo deformado que estaba mi rostro cuando esto lo hacía, se plagaba de una sonrisa casi exagerada disfrutando la pena de un pobre hombre solitario.
Cuando hubo pasado la euforia limpié mi espada y me senté encima de una mesa que estaba en medio de la pequeña y pobremente amueblada habitación, suspiré y puse la mano en mi bolsillo, en él encontré algo, un objeto esférico. ¿Será el regalo de Rithil Anamo?...
Saque de mi bolsillo la esfera, era más o menos un puño de tamaño y tenía un resplandor anaranjado que parecía atenuarse y luego resplandecer aleatoriamente; recordé las palabras de Rithil Anamo y guardé celosamente el orbe.
Revisé la casa del anciano, no había mucho, sólo unas pepitas de oro y una mochila que me interesó, era de cuero firme y servía para mis objetos de valor. Ya teniendo esto continué mi viaje de vuelta a Esparta.
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Mi viaje se acortó a menos de la mitad del tiempo que había utilizado para ir, era sorprendente poseer ese poder, logré hasta conquistar bestias salvajes con mi mirada.
La luna descansaba en una nube cuando llegué al cerro, sabía que la guerra continuaba, supuse que mi padre estaría en el campo de batalla.
Desaceleré mi metabolismo y lento me acerqué a casa respirando ese olor vibrante a piedra característico de Esparta, los colores ya se veían más opacos y la ciudad ya no me inspiraba la misma sensación de respeto y armonía pero a pesar de mí recientemente adquirida indiferencia todavía, era mi hogar.
Me paré unos segundos frente a la puerta, aunque ya había renunciado a mi vida cuando me fui de Esparta necesitaba concluirla, matar al muchacho griego y empezar a ser lo que era.
De pronto, mientras meditaba frente a la puerta lo sentí, mi padre estaba dentro.
La ira inyectaba mis ojos de sangre, los recuerdos inundaron mi mente cuando forcé aquella puerta, la sentí de papel al golpearla con mi pie, esta se quebró a la mitad haciendo un gran escándalo, pero el sigilo no era mi prioridad en el momento.
El estruendo hizo que mi padre se levantara exaltado, estaba planeando su estrategia, las últimas no le había resultado bien y lo mandaron a recapacitar a la ciudad, al verme parado en la entrada sus pasos se volvieron soberbios y seguros de nuevo.
-Pensé que estabas muerto- dijo mientras se prendía la capa.
Metí la mano en mi mochila y saqué el libro en silencio, lo sostuve u momento ante sus ojos mirando directamente a ellos con una mezcla de odio y soberbia, de indiferencia e ira, parecía complementarse con cada movimiento, una eterna danza que me acompañaría desde ese momento.
Lancé el libro al suelo. Él me miraba hundido en un pánico absoluto, sus ojos dibujaban preguntas innecesarias que su mente contestaba por su propia cuenta y gotas de sudor comenzaron a caer por su rostro.
Agachándose sacó un pedazo de papel de un pequeño bolsillo en su bota izquierda y me lo extendió con mano temblorosa, era la última página del libro y decía más o menos “... La inmortalidad no es el escape a la muerte, cada alma debe cumplir su ciclo para garantizar un reencuentro purificador con nosotros mismos, Si se acelera, si se modifica, si se corrompe implicará la muerte de algo más preciado que lo que se perdió...”
- Yo también pensé en hacerlo cuando tu madre murió, no estaba preparado para criar un hijo y su muerte me había hecho débil, ¡¡¡el general del ejército de Esparta no puede ser débil!!!, no quería lo mismo para ti- dijo mientras soltaba una lágrima por la que no sentí compasión alguna.- ¿Has venido a matarme?- Asentí con la cabeza.- ¿Supongo que harás que sufra por lo que he hecho?- Lancé una negativa silenciosa y cortante.- Pues hazlo, no pierdas el tiempo.
Se arrodilló e inclinó la cabeza dejando su cuello al descubierto, solté la espada y la empujé hacia él con el pie.
- ¡Defiéndete!
- Te arrepentirás de esto.
Tomó la espada y me lanzó un casi instantáneo golpe que esquivé con facilidad, con velocidad sobrehumana en un parpadeo me coloqué detrás de él y le tomé por la muñeca derecha quebrándole el brazo en dos y quitándole la espada, un grito ensordecedor se escuchó en la pequeña casa Espartana, por un momento me miró a los ojos mientras la espada cortaba el aire y advirtió el vacío en ellos, el pavor le llegó al alma cuando la hoja dictó sentencia y su alma fue entregada a Rithil Anamo honrando el trato.
Tomé el aceite de lámpara que guardábamos en el gabinete del closet, bañé el cuerpo y parte de la casa con él, dejé que el fuego engullera mi pasado, enterrara mi odio y se llevara con él mi vida mortal, lo único de lo que me arrepentí es de no haber tenido dos monedas para poner en los ojos de mi padre porque por más insulsa que pareciera la tradición en ese momento era una buena muestra del respeto que le mantuve aunque Caronte no le vería pues su alma tomó otro rumbo.
Igualmente no era algo de lo que me sintiera mal ya que mi conciencia estaba aplacada por los poderes que un titán me había otorgado y con ellos mi voto, por esta y muchas otras razones me fui de Esparta sin ver atrás y no volvería hasta mucho, mucho tiempo después.
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Vagué por el mundo muchos siglos, convirtiéndome en leyenda, en uno de esos monstruos legendarios, pronto me enteré que la inmortalidad que otorgaba Rithil Anamo siempre tenía un precio, generalmente los que pedían la inmortalidad era para propósitos egoístas sólo para escapar de la muerte pero siempre había una excepción, lo que me parecía raro era que el precio impuesto a los demás era mayor que el que me había impuesto a mi, implicaba un mayor sacrificio personal lo que los hacía renunciar a algo para obtener la inmortalidad y generalmente se necesitaba una preparación de años rindiéndole culto, convertirte en un espectro vivo antes de un espectro inmortal.
En mis viajes llegué a conocer a varios tipos de inmortales, espectros insípidos con una eterna vida mediocre, los que tenían cuerpo no razonaban y se alimentaban de humanos sin saber lo que hacían, los que si razonaban estaban en un estado gaseoso y no podían hacer más que hablar o vanas demostraciones de poder como apagar una vela o mover unos pocos objetos, la orbe que siempre llevaba conmigo esperando el momento parecía atraerles y yo no entendía por qué.
Hubo una ocasión, estando yo donde actualmente es Moscú, que encontré una casa llena de jóvenes, todos eran huérfanos de los mismos padres que se cuidaban entre sí, ya no tenían que comer, muchos pesares y pronto comencé a sentir que necesitaba erradicarles, entré sin anuncio deslizando mi espada por el aire, suave juez de los mortales. Les maté sin dolor y si haz de juzgarme estás en tu derecho.
Una vez terminada la misión me senté a relajarme y disfrutar de mi pipa (por más morboso que parezca) pero una presencia me seguía, cuando me percaté tome mi espada, a esta presencia no podía leerle el pensamiento y eso me parecía muy extraño. Entonces frente a mi se materializó un espectro gaseoso de los que mencioné anteriormente, se llamaba Yole y había decidido pactar con Rithil Anamo para proteger de los conquistadores la tierra de sus familiares, a cambio de su inmortalidad Yole tenía que incitar a los invasores a matarse entre sí mediante artimañas psicológicas. Cada alma que pereciera en ese territorio se enviaría a Rithil Anamo.
Me contó que la leyenda dice que Rithil Anamo necesita almas para obtener una forma tangible y fuerza suficiente para tomar el mundo, luego de esto necesitará un ejército y este será otorgado por un acto de desesperación y sufrimiento y se propagará por el inmortal más perfecto que liderará el ejército hacia la destrucción de la raza humana para que una nueva raza lidere la tierra.
Me dijo que presumía que yo era ese inmortal puesto que no había conocido a ningún otro inmortal con forma tan humana o siquiera física pero hice caso omiso a la acotación aunque medite sobre ella durante años, estaba cumpliendo un pacto y nada más.
A medida que pasaban los años mis habilidades mejoraban, podía tomar la forma de algunos animales, lobos, murciélagos, serpientes, o tigres generalmente. También podía desvanecerme en el aire como vapor, niebla o cenizas y me volví cada vez más diestro en el fino arte de la matanza, tanto que liquidé ciudades enteras con los golpes de mi espada y mis puños, algunos decían que era un castigo por la iniquidad de la gente, cuando era sigiloso pensaban que era una enfermedad mortal, mi favorito personal, la peste negra. Realmente ninguno daba en el clavo.
Me llené de excesos y pecado para acallar la despedida a mi vida mortal e intentar vencer la soledad, pero era tan insípido pues nada podía reemplazar a Milena.
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Versos a Piel de Azufre
Gonzalo S. Castillo
A piel de azufre…
Besos
Besos fríos de la noche
besos que aún no se han ido
Besos que nadie me escuche
pues ya no tienen oídos
Trepan sensibles arañas
que en mi han tejido su nido
Besos que atrapan cizañas
que ha sembrado algún herido.
Besos que ya no son besos
tiranías del destino
Besos que si fueron Besos
cuando estaba aquí conmigo.
Estos que son mis entrañas
labios azules de frío
yo resignado al sabor
de los besos del vacío.
Pierde tu sabor a miel
vuelve la flecha a Cupido
Besos que no serán besos
sabe a sangre mi destino.
Descansar
Callado
Callado y no hables
a los demonios afuera
los ha de llamar tu sangre
Silencio
las tormentas aún afloran
y comentan que uno llora
cuando solo quiere ser
Ya llego la hora
hora de alzar los pañuelos
hora de que el viento se lleve
esta lluvia de veneno
No quiero más desazones
caricias ni maldiciones
cuando ya no puedo más
nace carroña de perdones
Y ahora
lo que más quiero
ni el cielo ni el mundo entero
es volver a ese lugar
Esa ternura de hogar
que a veces llamamos casa
pero como eso no alcanza
yo lo quiero llamar paz.
Y si eso me lo trae la muerte
como tu lengua me ha ofrecido
la muerte será mi nido
para al fin descansar.
Lágrimas Desteñidas
El nunca explosivo
de los ángeles caídos
de los besos del vacío
labios de borrado olvido
Cuando las manos desnudas
rozan de a poco tu espalda
llora entera luna llena
se pierde en suspiros de gracia
Hora de no despedidas
deja que el tiempo no corra
despedirte del viento
que las horas ya no borra.
No me interesa beber
de los cáliz de otras ordaz
será un orgullo morir
sentado bajo tu sombra
Esas grutas desteñidas
se avecinan al pasado
y el nuevo sol me reclama
la delicia de tus manos.
Cuando el ocaso nos venza
y la cama este ya tensa
Te veré entre mis pupilas
lágrimas desteñidas
Curaremos las heridas
que el tiempo dejo en la piel
por siempre años de miel
rodearán almas de gloria
El paño de la victoria
las llamas de tu sonrisa
Me devuelve aquella brisa
que mata e inmortaliza.
Sueños que vienen y van
Sueños que vienen
Sueños que van
Sueños que acallan el pensar
Besos que vuelven
A ese lugar
Que no encontraré jamás
Toco tu mano
Cuando te vas
Y me dejas sin aire atrás.
Versos de sangre
Versos de sal
Que no voy a abandonar
Sé que no estás
Sé que te vas
Mía tal vez no serás
Pierdo mis alas
Al despertar
Y recuerdo tu mirar
Es el destino
Sucio y mezquino
Que me trae realidad
Fría e insulsa
Sola y absurda
Roce de la eternidad
Ese suspiro
Un tanto distraído
Que exhalas al besar
Es mi condena
Abre mis venas
Y me devuelve al sueño
En vigila sueño sin soñar
Y te llamo cada día al despertar