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Seis relatos propios

Arte1/22/2013









La realidad es la ilusión en la que vivimos.







La muerte del dictador


La luz de la mañana se filtraba por las persianas iluminando parcialmente aquella blanca habitación de hospital.
Los gritos de protesta se las arreglaban para llegar hasta el quinto piso y poder ser escuchados por el singular, pero agonizante, personaje.
Un hombre delgado y vestido con una bata blanca y guantes de látex tenía a cabo la tarea de evitar la muerte de este paciente, él se encontraba a su lado junto con el más recurrente amigo del enfermo, su hermano.
Se le veía moribundo, pálido y sin un solo cabello sobre su cabeza. Símbolo de lo devastador que fue ese asesino llamado Cáncer.
Su mirada divagaba por todos lados, por todas las paredes como si pudiera ver a través de ellas. Ver todos esos rostros de alegría y desprecio, tan grandes y tan marcados, que era difícil imaginar que tales gestos de felicidad, fueron causados por la próxima muerte de aquel hombre.
Él ya no era nadie, no era ni la sombra de lo que fue, de hecho ya no era él. Era ahora un muerto, sí, un muerto cualquiera, sin aquella energía que otrora mostraba todo el tiempo.

José el silenciador le decían.
El gran dictador de un país cuya ubicación no revelaré el día de hoy.
Antes vestía con un imponente atuendo militar lleno de placas doradas que brillaban a kilómetros de distancia cegando a sus oyentes cuando daba un discurso o a sus enemigos que muchas veces intentaron asesinarlo.
Usaba siempre unos lentes oscuros que ocultaban su imponente mirada y un clásico gorro de soldado color negro como la sombra de la muerte.
Sin embargo, y aunque no lo crean, él fue elegido democráticamente.
La gente creía en él pues sus palabras parecían las de un sensible poeta y no como las del ambicioso monstruo que termino siendo.
Parecía un buen tipo, una persona en quien creer, un Jesús ante la comunidad.

Ganó las elecciones con una cifra aplastante y hubo una celebración casi total en la nación.
El jolgorio continuaba y las sonrisas se mostraban por todos lados, desde los más pequeños, hasta los que caminaban con bastón, pero el demonio se quitó la máscara y ese carisma casi totalmente desapareció.

Hay tantas cosas que podría decir, cerró canales, manipulaba información, evitó el comercio con un país extranjero en particular, hizo alianzas con otros pequeños países y demás locuras.
Pero a pesar de todo, en su mente, él pensó que era necesario todo eso.
Él no quería, mejor dicho, él temía que lo derroquen. Temía que su visión fuera cortada, y es que él tenía un sueño, él quería construir un paraíso que se basara en sus ideologías políticas.
Sí, el sujeto era izquierdista, pero radical y hasta pasándose más del límite.

Nacido en la pobreza y criado de manera dura, viviendo con la desesperación de no saber qué comer cada día.
Sus padres los abandonaron, a él y su hermano Víctor.
Eran hábiles para conseguir trabajos momentáneos, pero nunca olvidaron que para salir de la pobreza, es necesaria la educación.
Y sí, asistieron a un colegio del estado donde se compadecieron de aquellos pobre chicos.
Ahí fue donde la mente de José fue cosechándose, pero esta se llenó de ideas no apropiadas para un chico de su edad. Esto sumado más la dureza de su corazón lo convirtieron lentamente en un líder que pasaría desapercibido los próximos 40 años.


Ahora yacía tendido en esa cama sucia de hospital conectado a un aparato que medía sus latidos y que cada vez parecían hacerse más lentos.
Agarrando fuertemente a Víctor del brazo decía:
-Victo, Víctor, esas personas de afuera, ¿Cuantos son? -dijo con una voz rugosa y penosa al mismo tiempo.
-No querrás saberlo.
-Van a acabar con mi misión, la de una vida de esfuerzo, júrame que los detendrás.
-Haré lo que pueda hermano.
-Víctor, espera, no te vayas -decía mientras su brazo temblaba y su rostro perdía la facilidad de hacer gestos -Quédate, espérame.

Víctor se agarró la cabeza y volvió con su hermano, cualquiera pudo haberse dado cuenta de que pronto todo acabaría.
Un aire frío entró por la ventana, era una ráfaga fuerte y repentina, fue algo muy extraño.
José entonces comenzó a temblar y sujetó aún más fuerte la mano de su hermano.

-VIvicvictor -dijo con la mandíbula epiléptica.
-¿Si?
-Vic -dijo con una voz muy suave -Acércate.
-¿Que pasa José?
-¿Quque le paso al paparaíso?
-Solo fue un sueño José, solo un sueño...

La máquina que registraba sus latidos entonces dibujo una línea recta y verde.
Eso significaba que en este día, a las 12:37 a.m. José el silenciador, dejó de existir.
Una ráfaga de viento pareció salir de adentro del cuarto y salió con tanta fuerza que abrió la ventana, fue casi como si su alma escapara.

A las 12:59 a.m. se supo la noticia y todos celebraron con una inmensa alegría.
Arriba, se encontraba Víctor llorando a su hermano.
El sueño simplemente había acabado.








...





Botella de plástico


Solo una botella de plástico.
Algo tan simple y fácil de encontrar, probablemente arrojada descaradamente por algún transeúnte en su falta de interés por mantener limpias las calles o el arduo, dificultoso y pesado trabajo que resultaba el encontrar un tacho de basura.
Yo la veía rodando de izquierda a derecha y viceversa, la veía volando por sobre nuestras cabezas, la veía golpeando las paredes y hasta la veía bailando en la pista.
El sonido de la botella siendo pateada de un lado a otro era acompañado por las risas más inocentes que jamás he oído, probablemente las más sinceras.
Eran tres niños jugando fútbol o algo así, pero no importaba lo que fuese, porque para ellos, eso era el mundial.
Sí, exactamente, en su imaginación, ellos estaban jugando la final.
La felicidad podía verse en sus rostros, se podía ver en el destello de sus ojos a la luz del sol del mediodía.
Es ahí donde creo yo que reside la esencia más pura de la felicidad, en la sonrisa despreocupada de unos niños.
Iluminaban el paisaje a su alrededor con su alegría y júbilo y hasta hacían sonreír a uno que otro anciano que pasaba por la calle.
Ese día, el sol tardó más en ocultarse.
Ese día amigos, era navidad; esa botella, su juguete.
Así fue que todos nos dimos cuenta de que el dinero no compra la felicidad, sino que la felicidad la descubrimos nosotros donde podamos.
Por lo menos así lo vi yo mientras seguía caminando por entre la apurada, estresada, agitada, preocupada, cansada y aburrida gente; cargando unos pesados regalos que no se comparaban al valor de esa botella de plástico.


Finalmente la botaron después de que los regañaran y tuvieron que deshacerse de su balón.
Curioso fui a ver al bote de basura, y no había nada.
Volví la mirada a los niños y no estaban.
Todo fue muy extraño, pero luego se pondría más raro aún.
Comenzó a nevar en pleno verano.
Era hermoso, nunca antes había nevado...









...





Un momento, no soy marinero



Había tempestad, las olas eran gigantes, monstruos cobardes que se ocultaban bajo el manto protector de la oscuridad de la noche y que solo se hacían visibles cuando azotaban nuestra frágil embarcación de madera podrida.
Nuestro barco volaba por unos segundos, unos segundos cargados de silencio y de paz, pero luego aterrizaba fuertemente contra las duras aguas del mar, trayéndonos así de vuelta a la realidad.

Comencé a ver mi embarcación cada vez más vacía.
Mis marineros, mis fieles marineros, desaparecían. Yo no veía ni a donde se iban, ni mucho menos cómo se iban, yo solo veía una cubierta vacía y llena de soledad.
De pronto veo una figura, al otro lado de mi ubicación, en la proa. Me acerco a él corriendo como si tuviera la necesidad de ver su rostro, de decirle algo, de simplemente estar ahí; pero en el fondo, era la necesidad de no quedarme solo.
Corro con toda la fuerza que mis piernas me daban, a través de la mojada, resbaladiza y peligrosa cubierta, mientras relámpagos le dan música de fondo a mi carrera.
Lo alcanzo y llego a mirar su rostro.
Un viejo sonriente con un parche en el ojo y con una barba espesa como la vegetación de la selva.
Le pregunto por todos, pero él ríe y se acerca al filo. Salta como un ángel caído, yo lo vi todo en cámara lenta a medida que mis temores más profundos me invadían, estaba solo.
Miré hacia el mar y vi a toda mi tripulación saludándome sonrientes.
Mi cara era indescriptible en ese momento, se me habían mezclado la confusión, el temor, la indecisión y también esa sonrisa...
De pronto el mar comienza a tornarse de azul oscuro, azul noche, azul muerte; a azul claro, azul día, azul vida; y pude darme de la figura que mis marineros habían dibujado.
Sus cuerpos formaban una perfecta flecha.
Entonces levante la cabeza y me di cuenta de que mi barco estaba a punto de chocar con una pared de concreto sólido. Una pared gigante en medio del mar, cuya cima no lograba divisar por la oscuridad.
Y sucedió lo inevitable, yo recibí la colisión con los brazos abiertos.


Las olas me llevaron a una orilla cálida pero oscura, pues la noche aún no terminaba.
Estaba curiosamente en una balsa, curioso, nuestro barco no tenía balsas.
De repente escuche unas voces y carcajadas, era como si fuese una fiesta o algo así.
Me les acerqué y le pregunté qué hacían.

-Un momento chico, ya va a comenzar -me dijo un señor vestido con traje de obrero y con unos lentes oscuros.
-¿Qué?
-Shhh, espera.
-Pero...
-Shhh, espera.
-Oiga perdí a...
-Shhh, espera.
-¡Ah! ¡Váyase a la mierda!
-Shhh, espera.
-¡¿Que espere qué?!
-Allá -me dijo señalando hacia la inmensidad del cielo oscuro.

Entonces vi algo.
Vi una figura ovalada caer, caer y seguir cayendo cada vez más rápido.
La alegría se pintaba cada vez más marcada en los rostros de los que me rodeaban.
Yo pensé "¡Coño, un meteorito!"
Quise correr, pero mis pies no se movían, era como si estuviesen pegados al piso con alguna clase de pegamento.
La figura se hacía cada vez más grande hasta que pude darme cuenta de lo que era.
Era un huevo, algo extraño, pues usualmente los huevos no caen del cielo de donde yo vengo.
Entonces el choque contra la dura tierra era inevitable y el huevo cayó y se partió perfectamente en dos partes iguales.
Una luz cegadora salió de su interior y mis ojos se evaporaron por un segundo, luego volvieron a su sitio y pude apreciar lo que era. Era el sol en su máximo esplendor, en su perfecta perfección.
La oscuridad se fue de golpe y el día comenzó.

-Vamos chicos, a trabajar -le dijo uno de tantos obreros a sus compañeros.

Yo estaba perplejo, en primer lugar, por el suceso del huevo gigante estrellándose contra la tierra; y segundo lugar, por la alegría con la que esos hombres iban a trabajar.
Iban corriendo como perros tras una perra en celo, como tiburones tras la sangre de un inocente, como borracho a cantina, pero jamás como un trabajador a su trabajo...
Logre atrapar a uno de ellos antes que se fuera con los demás.

-Eh tú, ¿qué coño van a hacer?
-Tenemos que reconstruir la cáscara en doce horas como mínimo.
-¿De qué hablas? ¿Qué hora es?
-Son las seis, seis, seis, seis, seis, seis...


El despertador estaba sonando: Bip, bip, bip, bip, seis, seis, seis...
Entonces desperté en mi confortable cama en la ciudad y recordé que no soy marinero, que ni siquiera sé nadar.
Que extraño sueño, que como todos los otros, acaba de golpe dejando una aventura inconclusa más.






...





¿Que pasó con Alex?


-Alonso, ¿recuerdas a Alex?
-Jaja, claro, como no, él era prácticamente mi hermano.

Fue una de las conversaciones que tuvimos mi primo y yo a lo largo de este año, pero a la hora de preguntar qué pasó con él, había un inquietante vacío en la conversación.
Un vacío ambientado por el más callado silencio y acompañado de una nube muy densa que cubría nuestros recuerdos hasta el punto de no recordar casi absolutamente nada sobre el asunto.
Era como un recuerdo que fue vilmente arrebatado de nuestras mentes y todo tan súbita y sigilosamente que ni siquiera nos dimos cuenta.



Siempre nos faltó uno.
Éramos tres: Bruno, Alonso y yo.
Íbamos de arriba para abajo disfrutando de la juventud que en ese momento teníamos, dábamos vida a cualquier loca idea que se nos pasara por la mente.
Así fue que nos metimos en lo que se denomina Graffiti.
Lo sé, ustedes lo verán mal, y probablemente lo esté, pero en ese momento, la adrenalina se apoderaba de nosotros por las noches.
Y créanme o no, esa era la sensación más exquisita que alguien pudiera sentir en vida.
La noche y las criaturas que ahí habitaban le daban un encanto místico a las salidas.
Pero como ya dije, siempre nos faltó uno.

Alex entonces hizo su aparición a través de Alonso.
Era extraño pues Alonso siempre lo mencionaba como su hermano, pero nosotros nunca lo habíamos visto hasta ese entonces.
Y con él, el grupo quedo completo.
Éramos ya un cuarteto y eso era lo que buscábamos.
Alex era una persona muy amigable.
Con él planeábamos muchas cosas, nunca decía que no a nada, por eso que lo aceptamos tan rápidamente, porque siempre podíamos contar con él.

Así fue cómo pasamos varias noches entre risas y pintura.
A veces íbamos a fiestas y jugábamos fútbol en el parque junto a otros chicos.
Pero todo esto pasó solo en ese verano.
Fue uno un poco extraño, era nostálgico en cierto modo, tal vez porque sabía que era el último verano que pasaría sin responsabilidades...
Terminado este, terminaron también las salidas, el spray, la noche y la presencia de Alex.
Simplemente desapareció.

Un día Alonso y yo fuimos a su casa, que yo recordaba perfectamente, para visitarlo ya que desde hace meses que no nos habíamos comunicado con él.
Pero el barrio donde él vivía de repente nos pareció más sombrío y tenebroso que cuando íbamos aquel verano.
Fue entonces cuando todos los vellos de nuestro cuerpo se erizaron al ver un terreno baldío donde debería estar la hermosa casa verde de tres pisos donde vivía Alex.
No lo podíamos creer.
Preguntamos a los vecinos y nos dijeron que había estado así de vacía desde hace por lo menos unos diez años.

¡Imposible!

Regresamos muy confundidos al barrio y, junto con Bruno, nos pusimos a revisar las fotos.
Asustados apretábamos cada vez más despacio el botón de la cámara para pasar las fotos porque...
En ninguna foto aparecía Alex.

Nada.

No había fotos, no había casa, no había documentos, nada.
Simplemente, él no estaba y no había dejado rastros...




A veces me pongo a pensar que nunca existió.
A veces me pongo a pensar que nosotros lo inventamos para así satisfacer de una vez nuestra necesidad de tener un hermano más.
A veces me pongo a pensar que simplemente, lo imaginamos todo y que las salidas no fueron más que un singular sueño...








...





Inquilinos


En el rincón más recóndito del jardín que mi casa tenía, había tres pequeños amigos, tres polizontes que nadie sabe cómo aparecieron, tres inquilinos de ocho patas cada uno.
Nuestras tres arañas que no eran nuestras.


Una mañana desperté y ya estaban ahí, bien instaladas en aquel oscuro rincón, descansando plácidamente en la sombra que el lugar les proporcionaba y no se movían por nada, como diciéndonos que ese rincón era suyo y que se lo habían ganado de buena manera.
Nadie les dijo nada, porque a nadie le importaba, o porque simplemente, nadie las había notado.


Ellas adornaban el lugar ya que su apariencia era singular. Aquel llamativo y venenoso color amarillo, daba un toque de elegancia a los arácnidos, que parecían tres estrellas en una solitaria y oscura noche; y esa elegancia se la transmitían al rincón, que poco a poco se fue llenando de las telarañas más inusuales, y hasta me atrevería a decir artísticas, que he visto en mi vida.

Las tres arañas eran una madre y dos hijos. Eran como una familia a escala, con todo y sus dramas.
Yo me imaginaba a la madre regañando a sus retoños por no hacer nada en todo el día aparte de que tomar el sol y hablándoles de que la vida es dura y demás cosas que una madre le podría decir a sus hijos.
Ella era la dominante, la recia madre soltera que tendría que mantener a su familia sola.


Así fui observando el ciclo de la vida en versión miniatura, pero sin restarle eso detalles.
Día tras días, la madre atrapaba insectos que se convertirían en la cena familiar.
La telaraña se iba extendiendo como casa en construcción y mostraba formas aún más extrañas a medida que se hacía más grande. Formaba los cuartos de las crías y el cuarto de la madre solitaria, o por lo menos eso veía yo.
Las pequeñas arañas se iban haciendo cada vez más grandes, intentando alcanzar el tamaño de su orgullosa madre, que ahora parecía una sabia abuela.


Una mañana vi como de costumbre el rincón y la matriarca colgaba, reseca e inmóvil, de la telaraña.
El viento la mecía a su voluntad como si fuera una pluma.
A sus dos crías parecía no importarle, o tal vez fui yo que nunca pude ver sus expresiones de tristeza si es que las tenían.
Ahora el cadáver se iba haciendo cada vez más flaco y decadente, hasta que un día gris y agitado, el viento se llevó su cuerpo hacía lo más alto del cielo, mientras los hijos se quedaron abajo viendo como su madre se iba para siempre.


Las dos arañas desaparecieron al tiempo.
No sé cómo, ni mucho menos a donde se fueron, pero era como si quisieran dejar las cosas atrás y olvidar. Me pareció una actitud muy humana.

Ahora solo hay una telaraña abandonada que el viento que se llevó a la madre, nunca pudo derribar.
El rincón nunca había estado tan solo...









...





Recuerdo súbito, una noche nostálgica


Solo una vez amé a una chica con mi corazón en la mano y una sonrisa del todo sincera en el rostro.
Ella era y es hermosa; sin embargo, probablemente no la volveré a ver.
Y ese es el drama y los demonios que me persiguen.
Me carcomen el alma como aves carroñeras o como parásitos que nunca están satisfechos del todo.
Una luz se me apagó de golpe, como si el sol se hubiese extinguido y ahora siento frío, mucho frío.
La felicidad esta por ahí vagando y a veces me encuentra, hablamos un rato como viejos amigos, pero siempre tiene que meter su nombre en la conversación...
No sé cómo escribo esto, no sé si es verdad, no sé si la sigo amando.
Pero algo es seguro, jamás la olvidaré.
¿Por qué?
Simple, porque en mis pocos años de existencia, nunca he conocido a una persona más buena que ella, y que ahora me siento con suerte por haberla conocido.
Sea como fuese, su solo recuerdo me inspira.
Y es que gracias a ella, conocí al amor y a sus venenosas características.
Cuando este no es correspondido, el dolor sobrepasa lo físico y entra a otro nivel.
Lo acepté igual, porque este no era ni siquiera comparable a la felicidad que otrora me había dado ella.
Una felicidad plena que ahora me alegra haber experimentado, era un tiempo de paz.



Daniel OJ (112DO211)





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