InicioInfoLa fórmula del Padrenuestro
(Mt. 6, 9-13).

El Padre nuestro

+ 9 Ustedes, pues, oren de esta forma:
Padre nuestro,
Padre de los Cielos,
santificado sea tu Nombre,

10
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el Cielo.

11
Danos hoy el pan de este día

12
y perdona nuestras deudas,
como nosotros perdonamos
a nuestros deudores,

13
y no nos dejes caer
en la prueba,
sino líbranos del Malo.


+ Jesús entregó a sus discípulos el Padre nuestro como la oración perfecta que ha de brotar naturalmente del corazón de los hijos de Dios, porque en ella expresan éstos todos sus deseos en la forma y con el orden que corresponde. Jesús compuso el Padrenuestro en forma muy estudiada, como hacían los maestros de su tiempo, para que fuera más fácil de memorizar. En el idioma de Jesús las iniciales de los primeros versos formaban la palabra venir, la cual es la palabra clave de esta oración: ¡venga tu Reino!

Ya señalamos que los contemporáneos de Jesús decían <<el Cielo>> para designar a Dios mismo, pues, por su gran respeto, no se atrevían a nombrarlo. Por eso, también Jesús habla del Reino de los Cielos para decir el Reino de Dios, y del Padre de los Cielos para decir el Padre-Dios.

En realidad, nosotros mismos seguimos hablando del Cielo para designar otro mundo, otra realidad no material en que Dios comparte su felicidad con aquellos que lo quieren. Por eso, cuando hablamos del Padre de los Cielos, esto no significa que esté lejos o encima de nosotros. Más bien tratamos de elevar nuestro espíritu hacia él. Reconocemos que nuestras palabras no son dignas de él y que nuestras preocupaciones son muy limitadas y egoístas comparadas con la grandiosidad de sus pensamientos y la generosidad de su amor. El que podamos dirigirnos a Dios y llamarlo Padre no es cosa común y corriente sino un privilegio muy grande.

La Biblia habla de Dios y también habla del Nombre de Dios. Este término sirve para expresar que toda la creación es una manifestación de Dios y él llena su creación. A pesar de que él no se encuentra en ningún lugar determinado, su Nombre, o sea su presencia activa, su irradiación, su esplendor, está sobre toda criatura.

Santificado sea tu Nombre, es decir: ¡Manifiéstate, que tú seas reconocido conforme a tu inmensa riqueza, esplendor y generosidad! El nombre de Dios es santificado cuando recibe acogida en alguno de nosotros, según el Evangelio de Juan: <<Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él para hacer nuestra morada en él.>> Nosotros necesitamos que venga a nosotros su Reino, pero a él no le hace falta. Lo único que quiere es irradiar su santidad y felicidad en los hijos que se ha escogido. Quiere imprimir su Nombre en nosotros para que, de día y de noche, haya una comunicación misteriosa entre él y nosotros, lo mismo que la hay entre el Padre y el Hijo y quedan unidos por su Espíritu Santo.

Venga tu Reino. El Reino de Dios ya se hizo próximo con la venida de Jesús, y Dios reina en todo lugar donde los hombres han conocido a Dios por la palabra de Jesús. Ya no lo ven como aferrado a sus derechos y soberanía, o como salvador más poderoso que los malos, sino que también lo reconocen en las humillaciones de su Hijo y en el amor que los une. Esta verdad primordial, propia del Evangelio, es de la que brotan la misericordia y la reconciliación. Pero no basta que los creyentes se hayan reconciliado en forma individual; Dios nos hizo fermento en la humanidad para que toda la realidad del hombre, con sus proyectos, sus trabajos, sus construcciones económicas y políticas se encaminara hacia una civilización comunitaria. Todo y todos han de volver al Padre.

Hágase tu voluntad. Esta palabra, que Jesús pondrá en el centro de su oración en el Huerto, condena muchas oraciones en las que queremos emplazar a Dios. Los que creen tener mucha fe porque constantemente esperan de Dios que solucione sus problemas sin preocuparse ellos por el Reino de Dios, podrían meditar el ejemplo de Jesús (Mt 27,39).

En la tierra como en el Cielo. Esta precisión vale para las tres peticiones anteriores: santificado sea tu Nombre… hágase tu voluntad. Nos recuerda que todo lo que sucede en el universo creado, sujeto al tiempo, depende de otro mundo no creado donde no corre el tiempo: éste es el Misterio del Ser Divino. El Padre, fuente del Ser Divino, goza las riquezas de su infinita perfección en la entrega mutua de las tres personas divinas. En él no hay tristeza ni enojo. Frente a él están sus elegidos, a los que ve tales como serán después de la resurrección: su creación la ve tal como será al terminarse la historia, unificada en Cristo. Su voluntad la ve realizada y glorificada por todos. Pero somos nosotros, los que vivimos en el tiempo, a los que angustia vivir una realidad imperfecta, un mundo en parto, un triunfo aparente de las fuerzas del mal.

Por eso pedimos que todo llegue a ser conforme al proyecto inicial de Dios, que se cumplirá infaliblemente.

Pedimos al Padre el pan que se comprometió darnos si estamos atentos a su palabra. El hombre moderno cree que toda su prosperidad material depende de su solo esfuerzo. La Biblia, en cambio, afirma que todo depende a la vez de Dios y del hombre. El hombre solo puede conseguir, por un tiempo, milagros económicos, pero derrochará sin provecho las riquezas acumuladas. Solamente si se fija en la palabra de Dios (Deum 8,3) tendrá pan y sabrá distribuirlo. El que espera de Dios, no <<su>> pan, sino nuestro pan, hará uso de toda su iniciativa y empeño para conseguir trabajo, para trabajar en cosas útiles y para promover la justicia en el mundo del trabajo.

El Padrenuestro habla de las deudas que debemos perdonar (6,12). Pero, a continuación, en 6,14, leemos; las ofensas. Es claro que para Jesús, deudas y ofensas son cosas parecidas. Cuando perdonamos al que pide perdón (Lc 17,4), no le hacemos ningún regalo, ni ganamos algún mérito: solamente nos liberamos a nosotros mismos de un rencor que nos envenenaba por dentro. El apegarse a su derecho siempre es una manera de anclarse en este mundo. Dios quiere perdonarnos, o sea, acercarnos a él, pero, mientras nos aferramos a estas cosas ¿cómo lo haría él?

Jesús habla para los pobres, acostumbrados a vivir con deudas que muchas veces no pueden devolver, y también la convivencia obligada con un prójimo muchas veces pesado, multiplica las ocasiones de herirse mutuamente, por incomprensión más que por maldad. El estilo de vida independiente, promovido por la sociedad moderna, considera como un ideal el no deber nada a nadie, manteniendo al prójimo a cierta distancia; pero esta suficiencia nos hace muy difícil entender la misericordia de Dios con los pobres que somos ante él.

No nos dejes caer en la prueba. Así se expresa el que es consciente de su debilidad y de su poca fe. Por más que se sienta animado en el momento presente, sabe que si el Señor esconde su rostro, se quedará desamparado. No tiene miedo a emprender cosas difíciles si Dios se lo pide, porque el que manda también da fuerzas para cumplir. Pero no presume de sus fuerzas.

Y será más prudente todavía al saber que el enemigo no es el mal sino el Malo. Alguien, más poderoso y más inteligente, lo está acechando para engañarlo, hacerlo desviar de la fe y luego derribarlo, por poco que se sienta seguro y descuide los medios que Jesús nos indicó para perseverar en la fe y en la Iglesia.

Bibliografía: La Biblia Latinomérica Edición Pastoral. Ediciones Paulinas. Edit. Guadalupe.
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