La escritura del diario íntimo, o personal, se origina en la necesidad del yo y de sus múltiples máscaras por expresarse sin censuras propias y ajenas.
“Tenemos la impresión de estar contemplando una mente que se halla a solas consigo misma; una mente que piensa tan poco en su público que de vez en cuando recurre a una especie de taquigrafía particular, tal como acostumbra a hacer el pensamiento en su soledad, se divide en dos y habla consigo misma”, escribe Virginia Woolf en el prólogo del Diario de Katherine Mansfield, publicado cuatro años después de su muerte.
El diario es una práctica de escritura hondamente arraigada en la sociedad. Al ser una escritura del vivir cotidiano, de carácter secreto, y usada por personas de toda edad y condición, ha sido poco valorado como registro, y su práctica se relegó a una región menor en la consideración intelectual o artística.
Eso fue hasta el reciente auge de las escrituras del yo, de las teorías sobre el cuidado de sí y de la expansión de la figura del Autor como personaje. Disciplinas relativamente nuevas como: la teoría literaria, la historia de las ideas, o las nuevas corrientes historiográficas que indagan en las manifestaciones populares en lo público y en lo privado, (George Duby, pej), advierten que desde hace 50 años a esta parte hay un crecimiento de la esfera privada y un retraimiento de la esfera pública.
La intimidad es la marca del sujeto moderno, el sujeto en intimidad es sujeto frente a sí mismo. La nueva dimensión que adquiere lo íntimo como construcción subjetiva del yo, permite redimensionar postulados como la muerte de las ideologías o el fin de la Historia como lucha entre ideologías, y entenderlos como muestras del desinterés individual ante propuestas de masas.
Paralelamente hay un corrimiento de las clasificaciones ante manifestaciones del yo, perceptible en los géneros literarios por ejemplo: la novelización de la propia vida o de hechos verídicos sin mayor intención de narrar, o en el discurso público, por ejemplo: en la exposición de la propia experiencia o de los recuerdos como ilustración de propuestas políticas.
La expresión de la diversidad individual, cobra una relevancia inédita en el caso del diario íntimo porque, de ser relegado a costumbre cuasi confesional de mujer y también de adolescentes, pasa a ser un lugar de escritura preferente en el que se develaría diferencias entre los sexos.
En esta práctica de escritura en la que la necesidad de expresar está en primer plano, es complejo establecer los límites entre público y privado, que son categorías antagónicas, y es atinado incorporar la dimensión de lo íntimo. El concepto de lo íntimo puede estar en relación tanto con lo privado como con lo público, el hecho de que existan diarios que son publicados en vida de la autora/autor es una prueba de ello.
Es interesante ver cómo una práctica expresiva circunscripta al ámbito mujer, por tanto entendido como débil, por tanto improductivo, no dejó de ser usada y, en su permanencia, se adelanta a un estado de cosas que sólo recientemente puede valorarse en su real magnitud.
También podríamos reflexionar sobre la realidad que supuso para muchas mujeres la escritura de un diario, hecha en un tiempo propio, despreciable para el afuera: un espacio conquistado, una zona de libertad. La imagen de la muchacha o el muchacho escribiendo en un cuaderno todo lo que nace de su corazón, a solas y sin pretensiones literarias, es verosímil más allá del aura de estampa.
Conjuntamente con esta impronta romántica, la situación alude al encierro doméstico: hay numerosos ejemplos de esto en las biografías femeninas de la burguesía del siglo XIX cuando, a la vez que se perpetuaba el modelo enclaustrado, se vaticinaba la incorporación de la mujer al mercado del trabajo.
Otra relación interesante es la que guarda el diario personal con la soledad: la escritura como la vía de comunicación privilegiada desde la soledad permanente o temporaria, elegida o inevitable.
La intimidad sería el ámbito específico donde se debe mover el diario personal. La escritura y la lectura del cuerpo, el sitio más íntimo e intransferible de cada ser, sería la consecuencia lógica de ese intimismo.
También es interesante el significado semántico y etimológico de la palabra íntimo . * Intimidad, amistad íntima: una zona espiritual íntima y reservada de una persona o grupo, especialmente el familiar. * Intimo (del latín intimus), lo más interior o interno. * Intimar (del latín intimare), exigir el cumplimiento de algo, con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo. * Introducirse en el afecto o ánimo de alguien, o de algo material. * Intimidar (del latín intimidare), causar o infundir miedo.
La denominación íntimo significa, por un lado, interno o interior, relación estrecha y, por otro, intimar,o intimidar, introducir temor. Haciendo uso de una extrapolación fecunda, se define intimidad como ámbito de acción del diario y también espacio del temor.
De un modo quizás no exacto pero inapelable porque habla en poesía, Cesare Pavese, expresa: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”.
El diario es ambivalente por naturaleza porque contiene el hoy y el germen de la posteridad del escribiente. Caben en él, según la autoestima, la certeza o la esperanza de que el tiempo vuelva trascendente el dato que en el presente de la escritura es apenas remarcable.
Tiene también carácter de documento testamentario y esa particularidad, como las características de ser alusivo y cifrado, hace que la participación de la lectora/lector sea activa pues se hace necesario curiosear, pesquisar, confrontar datos para sacarle el jugo al texto.
No menos interesante es la hechura de este objeto literario, que físicamente ocupa el lugar del secreto porque se guarda en cajones y sitios ocultos que se quieren inviolables y, en sí mismo, contiene secretos.
Con una impronta de verdad que permanece pese a las correcciones o a la posible edición, quien escribe un diario íntimo conoce la fascinación que produce espiar una vida mirando por la cerradura.
En el diario subyace cierta idea de trascendencia, en ese punto todo diario se sabe leído más allá de una real posibilidad de publicación. Genera un vaivén permanente entre lo público y lo privado con el que se juega y con el que se cuenta, en el caso de escritoras y escritores el vaivén es esencia misma porque la vida real y la literatura se intercambian y porque los límites entre una y otra se diluyen y funden.
Ante la eventual publicación de un diario póstumo es frecuente que la familia, amigos y editores de la/el diarista, intervengan con argumentos morales de protección de la imagen tanto de quien lo escribió como del entorno.
Tales polémicas e intervenciones surgieron con los Diarios de Sylvia Plath, de Elizabeth Smart, de Cesare Pavese, de Katherine Mansfield o de Virginia Woolf, corregidos por sus respectivos maridos, madres, amigas, amigos o albaceas. En todo caso, la de los deudos es la segunda parte de la censura, la inicial ha corrido por cuenta de l@s autores/as en infinitas relecturas, valoración de lo escrito y compulsa de cronologías.
El diario tiene la fruición del coleccionismo pero su accionar es intermitente, está impregnado de preguntas sin respuestas, no contiene confesiones sino elaboraciones recurrentes.
Es evolutivo, no es conclusivo, es un texto que se va haciendo. Conversación a solas con un grado extremo de familiaridad, soliloquio que va construyendo un montaje de la propia vida sin abandonar la sinceridad, territorio de definiciones incompletas y fragmentos.
Es una anotación de sucesos reales o ficcionales que sigue una pauta regular, no estrictamente diaria, puede tener cortes de meses o años si bien mantiene el carácter de día a día; de ahí el nombre idéntico al del periódico.
Katherine Mansfield denomina al diario que lleva: “carnet de apuntes”, Virginia Woolf, imagina su uso: “Me gustaría que se asemejara a algún profundo escritorio de antaño, o a un espacioso baúl al que se arroja una gran cantidad de trapos y retazos sin detenerse a elegirlos”.
En el diario íntimo de mujeres es común la referencia de sucesos privados para ubicar temporalmente los hechos públicos; nacimientos, muertes, mudanzas. El diario pasa a ser una ayuda y una descarga de la memoria, el testimonio del gentío que nos habita, una forma de conocimiento personal.
Fechar las entradas es intrínseco de este género literario que, junto a las cartas, la autobiografía o las memorias, forma parte de la literatura confidencial.
Su discurso fragmentario, no necesariamente en prosa ni generado por afinidad con la Literatura, avanza por impresiones auténticas e inmediatas, pura subjetividad.
Contar una jornada tal como fue o reescribirla tal y como se deseó, especular sin pudor sobre sí mism@, desplegar la sombra y las contradicciones de la personalidad, dar libre cabida a la reflexión, el chisme, la confesión, la vanidad, son posibilidades que alimentan un espacio de escritura poco atado a las formas literarias.
Los primeros diarios aparecieron en el siglo XVIII como una necesidad de la naciente burguesía por encontrar su lugar en la sociedad. En un principio los diarios fueron crónicas familiares llevadas por pastores de la iglesia, reyes o comerciantes adinerados, que consignaban acontecimientos de la familia (número de hijos, casamientos, muertes), climáticos (en función de cosechas, siembras), sociales; eran pragmáticos y útiles como puede serlo una bitácora.
Dentro del género autobiográfico el prestigio correspondía a las Memorias porque suponen un protagonista excepcional y masculino, difícilmente una mujer accedía a pensarse como sujeto de la Historia, las cartas y los diarios eran los subgéneros admitidos en los que podía ensayar la reflexión.
La escritura de un diario personal o íntimo es perfecta para expresar las distintas máscaras del yo, las dudas, ensayos e interrogantes de esos yoes. Katherine Mansfield escribe en su Diario: “Me pregunto ¿escribo ahora peor que antes? ¿Es menos urgente el ansia que siento de escribir? ¿Sigue siendo natural en mi el buscar esta forma de expresión?”.
Según Roland Barthes, hay cuatro motivos por los que un escritor (él no agrega una escritora) lleva un Diario: la invención de un estilo, la construcción de una imagen, testimoniar una época, y como un laboratorio de frases.
Los postulados de Barthes dan por sentado que la escritora o el escritor que lleva un diario reserva un amplísimo
margen a la posibilidad de que sea publicado. Hay autores (por ejemplo Witold Gombrowicz) que escriben un Diario directamente para publicarlo.
Tal decisión, que tiene que ver con la construcción de la figura de autor, no incluye el movimiento de retiro, de maceración en silencio, que requiere el diario, tampoco incluye otra probable acepción del término retiro: el Diario como el lugar en el que no es necesario el afuera, que permite evadir o ignorar la realidad mundana.
[elaboración personal]
Autoras/es citados
Sylvia Plath, poeta estadounidense
Virginia Woolf, escritora inglesa
Katherine Mansfield, escritora neocelandeza
Roland Barthes, crítico literario francés
Cesare Pavese, poeta italiano
Elizabeth Smart, escritora canadiense
Witold Gombrowicz, escritor polaco