A uno de los grandes amores de mi vida.
Mi nombre es Lucila, si es que vale la pena aclararlo. Escribo porque se murió mi mamá; pero más que por eso, lo hago por las cosas que empecé a entender. Cosa viene del latín causa, que indica el principio que motiva una acción. A mí parece que me motivó la muerte de mi madre, aunque lo importante aquí, son las ramificaciones de su abrupta ausencia.
Cuando escuché las palabras que me anunciaban el deceso, primero pensé en su fuerza, en la fuerza de las palabras, después empecé a ver todo como en cámara lenta, aunque quizás lo que haya pasado fue que mi mirada se volcó hacia adentro y mis ojos, sólo percibían la nada.
Después, pensé que por más que me describieran de todas las maneras posibles el sabor de una frutilla, nunca llegaría a conocerlo, a sentirlo, si no la probaba. Con la muerte y con la necesidad de tener a mi mamá me pasó exactamente eso, y la tristeza es una energía constante, que todavía no logro administrar en dosis.
Descubrí a las personas que se esconden atrás de las caretas que usan, lo cual me genera varias sensaciones aún, porque también comprendí qué algunos no pueden evitarlo, que otros no hacen nada que yo crea malo y pude, así, convencerme que cada uno hace lo que puede y asimilar, que en definitiva, puedo elegir con quien quiero estar, y con quien no.
Se derrumbó un pilar determinante en esta estructura que es mi vida, y en cada viento fuerte, en cada conmoción, todo tiembla, todo se siente caer.
Todos los días me pregunto por qué te moriste, sabiendo que la respuesta no importa. Abrázame, madre del dolor, que nunca estuve tan lejos, tan lejos de vos.
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