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shinito

Usuario (Argentina)

Primer post: 28 jun 2009
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ArteporAnónimoFecha desconocida

Para mi, uno de los mejores cuento de Borges. A la memoria de Howard P. Lovecraft A punto de rendir el ultimo examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del continente. Senti lo que sentimos cuando alguien muere: La congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado haber sido mas buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofia; recorde que mi tio, sin invocar un solo nombre propio, me habia revelado sus hermosas perplejidades, alla en la casa colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le basto para las paradojas eleaticas. Años después, me prestaria los tratados de Hinton, que quiere demostrar la realidad de una cuarta dimension del espacio, que el lector puede intuir mediante complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidare los prismas y pirámides que erigimos en el piso del escritorio. Mi tio era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el ferrocarril decidio establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío a la manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenia un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Jonson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo natal. La casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos. Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de azoteas había tejados de pizarras a dos aguas y una torra cuadrada con un reloj, que parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas incompatibles que solo por razón de coexistir llevan el nombre de Universo. Regrese a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un forastero, Max Preetorius, que abono el doble de la suma ofrecida por el mejor postro. Firmada la escritura, llego al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no lejos del camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que este rechazo con indignación. Ulteriormente, una empresa de la capital se encargo de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa: un tal Mariano, de Glew, acepto al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche que se instalo en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron, pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias. Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardo en dejar el país. Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Se que mi rasgo mas notorio es la curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí, solo para saber quien era y como era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del laudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el asunto. Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor William Morris. El dialogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante, que el cargado té de Ceylan y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aun fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario. Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir habló. -Muchacho (Young man) —dijo--, usted no se ha costeado hasta aquí para que hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también. Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho. Al rato, prosiguió sin premura: --Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían bien mi trabajo. Les conteste en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir altares para ídolos. Aquí se detuvo. --¿Eso es todo? –me atreví a preguntar. --No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas. Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie. Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén mas o menos apócrifos y brutales, pero me resigné y acepte. Era casi de noche. Al divisar la casa Colorada en el alto, Iberrra se desvió. Le pregunte por qué. Su respuesta no fue la que yo esperaba. -Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordaras de aquel mozo Urgoiti que se costeo a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches pasadas, yo venia de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me espanto y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento. Lo que vi no era para menos. Muy enojado, agrego una mala palabra. Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas, pero si una hilera infinita de hendijas verticales y angostas. Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con que o con quien? Esa tarde pase frente a la casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrote retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa hondura y los bordes estaban pisoteados. Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no solo por sentirla del todo vana sino porque me arrastraría a la inevitable, a la ultima. Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me basto verlo para descartar las estratagemas que había urdido la víspera. Le entregue mi tarjeta, que deletreo pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por el para la propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre hablo y hablo. No tratare de transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaro que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran, y que el había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo Preetorius. (Sin duda me tomo por un abogado.) Al despedirnos, me confió que por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa. Agrego que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle. Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra. Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la casa Colorada. Algunas veces divise arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el 19 de enero. Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no solo maltratado y ultrajado por el verano sino hasta envilecido. Serian las once de la noche cuando se desplomo la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca luz de un relámpago me halle a unos pasos de la verja. No se si con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avance empujado por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio abrir. Una racha de lluvia me azoto la cara y entre. Adentro habían levantado las baldosas y pise pasto desgreñado. Un olor dulce y nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no se muy bien, tropecé con una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave de luz. El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared divisoria, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No tratare de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicare. Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehiculo? El salvaje no puede percibir la Biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombre de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos. Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparo correspondía a la figura humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivio. Apague la luz y aguarde un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí. Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla superior. ¿Cómo seria el habitante? ¿Qué podía buscar en este plantea, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche? Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Mire el reloj y vi con asombro que eran casi las dos, Deje la luz prendida y acometí cautelosamente el descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes de que el habitante volviera. Conjeture que no había cerrado las dos puertas porque no sabía como hacerlo. Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.

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Amparo
ArteporAnónimo6/28/2009

Espero, les guste. Soy mujer o estoy camino a serlo. Tengo novia. Sí. Novia. Con A. Una mujer o alguien que está camino a serlo. María. Yo me llamo Amparo. Siempre me pareció que mi nombre denotaba salvación. Sólo me pareció, nunca estuve segura. Tengo los ojos grises cuando hace frío. Dicen. Mi pelo es negro, muy negro, o sencillamente negro. Mi piel, blanca. No soy muy alta, tampoco muy baja. Soy, como suele decirse, normal. Flaca. Mi cola es linda, lo que significa que tengo buen culo, como dicen mis amigas. Todos dicen algo. Mis tetas también son comunes, mis pezones son de color café con leche; más leche que café. Me gusta mi boca, es roja, ni carmesí ni rosa, roja. Vivo con mis padres y mis hermanas en Villa del Parque, en un pasaje, en una casa. Estudio ciencias de la comunicación. Fui al colegio, claro. Me gustan los colores, muchísimo, y llamar la atención; morderme los labios despacito a propósito cuando alguien me mira. A María no le gusta eso. María tiene el pelo rubio, una figura exorbitante y apacible, describirla es mencionar que todos giran para mirarla. Todos. Todos. Cuando llueve los labios se le parten en mil rayas y unas lágrimas negras, que no son llanto, se deslizan en su cara. Y yo me derrito. Le paso la lengua, fina y delicadamente por las comisuras y nos damos besos salvajes con los ojos abiertos. Los ojos de María hablan. Imaginar es amoldar la realidad a los deseos. Una imaginación es diametralmente subjetiva. Traspasa la realidad como una daga afilada y profunda. Así nos ven, pienso, y le cuento a María. Como estamos ahora, desnudas, con luz amarilla y de noche. Con elementos rojos o negros, no precisos. -No te entiendo- me dice María. -Cuando nos piensan, siempre hay algún elemento rojo o negro presente, puede ser tu tanga, o la mía, o una cortina, o un pañuelo. A María mis pensamientos no la divierten. Es tan, rubia. Yo tengo carácter, sí, eso, carácter. Yo descifré mi enigma gracias a María pero ella no pudo, hasta el momento, descifrar el suyo. María tuvo un gesto de inercia, la emoción le rompió el corazón aperrado y vomitó. Vomitó su amor. Yo lo asimilé. Difícil asimilar el amor. Al amor. María se enamoró de una idea, de un tabú. Y descargó su represión inmediatamente; yo me liberé de una opresión que nunca sentí pero que llevé adentro toda la vida. Mi corta vida. Tengo veintidós. María también. Mi familia lo sabe, lo de María y yo, lo de María conmigo, lo nuestro; los padres de María todavía no, hoy es el día, o la noche. Está nerviosa, se debate y camina. Yo la miro. -Es natural- le digo. -¿Qué es natural? -Esto. No hay nada que hagamos en esta tierra que no sea natural, porque no podríamos. -No estoy para esto Amparo. -¿Para qué estás? Le pregunto. Esa noche no fuimos. La siguiente tampoco. Comprendí que me encerraba un paradigma, y a María otro. Creo en la naturaleza, pero también en la lógica. Las creencias no son pasibles de análisis metodológicos. Perdón. María y yo no podíamos entendernos, realmente no podíamos. La distancia era conceptual, irremediable. Tomo el mismo colectivo que antes para ir hasta la facultad, a la mañana y mi boca es roja, y cuando hace frío es rojísima y mis ojos grises. Y a veces la extraño, otras veces no, y no hago lo que no quiero hacer. Esa es mi libertad y mi justicia.

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Susanita y el pibe de los astilleros
ArteporAnónimo7/21/2009

Es un tanto arriesgado, entretenido, y arriesgado lo que están a punto de leer. Para mí Solari y Skay constituyen dos epicentros esenciales para la estructura narrativa del siglo XX en el marco nacional, le guste a quien le guste. La posibilidad de atrapar situaciones cotidianas e inefables (que no se pueden explicar por palabras) para nosotros en frases de esquina, con los pibes y un par de birras es sencillamente genial. Todo lo escrito en este post, de acá en adelante, son frases de los redondos, no hay (salvo algún cambio de género) ninguna modificación de mi parte. Opinemos, no del texto, armado a los tumbos y escuchando la lluvia, sino del deber ser. Otra vez, mi vómito es suyo. Es una de esas noches donde a todos nos gusta, la misma bailarina, ay! y el mismo lunar. Apurando, bien el paquete, apuraste ese vaso. Saliste corriendo a la calle, que te estaba llamando. -¿Dónde usás los dientes, mi amor? -Clavados en el cuello, por hoy. -Susanita, tan bonita. Tu pelo endulza, tu pañuelo, y a nadie le amarga un dulce. -El mundo es tan chico, viejo, y sin embargo nunca, supe de alguien como vos. -De la nada a la gloria me voy, así me das más. -Yo sé que no puedo darte, algo más que un par de promesas, no! -¿Cómo puede ser que te alboroten mis placeres? -Yo te quisiera salvar, te voy a atornillar, te voy a herir un poquito más. Ni bien amainó, la tormenta olvidó, las promesas hechas, ¡otra vez! Venía rápido, muy rápido, y se le soltó el patín, a él que era, rey de esta jungla, se le soltó un patín. -Quemando la turbina, te escapás…¿Vas a volver a herirme, otra vez? -¡Dios ya no me aguanta quieta! Me dijo ¡corré, corrida, apuró! -Va a amanecer, y desde el muelle, veo el ferry en que te vas, el amor empezó a quedarte chico y el silencio lo enredó. -¡No quiero verte más! Será así mi ceguera? -Con lo que cuesta armar un full. El tipo maduró pronto, y se pudrió bien temprano, un barro que asfixia esa anguila es la salvajada. Demasiados los moretones, y muy pocos los encantamientos, son tantos los cocineros que joden la sopa. -Está dormida, o finge que duerme, llega una mosca y se posa en su boca, y sin embargo mi mundo termina en ella. Susanita, tan bonita, una nena que tu padre trajo. -Incombustible no sos ¿cómo bancas ese infierno? -Así es este amor, pilchitas de poliéster y santidad de virgen. -Soñás la hoguera donde siempre sos la leña ¿cuánto tiempo más vas a estar refugiado en tu soledad? -¿Era todo?- pregunté – soy un iluso. -Estás tomando de más, y estás tolerando todo, lastimas tu corazón, porque ella te ha abandonado. -Mordí el anzuelo, una vez más (siempre un iluso). Tiene metido hasta las cejas un triste papel, dice que el amor se muere, y no dice más, ¡vamos! -La mujercita que amás, ésa suave flor judoca, la vá de maga zulú, y combina tus venenos, haciéndose la ingeniosa, odiosa, siempre fiel. -Vino un grande y festejó lo dulce que tu padre trajo. -¡Este asunto esta ahora y para siempre en tus manos, nene! -Con lo que cuesta armar un full. -Las despedidas son, esos dolores dulces. Gualicho de olvidar. Alquiló una rana, rubia, tibia y haragana, se moría de ganas de matarla. -Una tipa rapaz (como te gusta a vos), esa tipa vino a consolarte. Un poco de amor francés, no muerde; es una linda ración, con un defecto, con uno o dos, y es un cóctel que no se mezcla solo. Todo ese estúpido viaje de amor. Le hizo un par de promesas imprudentes, y así fue, que de ella se aburrió. -Marita lo hace por la guita. -No sé, si no me gusta más que el rock, nunca la vi llorar, si no va sin frenos no anda bien, ni me encadena su show. -Mirá que tipo espeso, sumiso como un guiso más, un vago de mil caravanas, a punto de quedar a pie. Pasó de moda el golfo, como todo ¿viste vos? Como tanta otra tristeza a la que te acostrumbrás. -¡Ella debe estar tan linda! -La más hermosa, niña del mundo, puede dar sólo, lo que tiene para dar. Ya no estás solo, estamos todos en naufragar. -Ella fue por esa vez, mi héroe vivo bah, fue mi único héroe, en este lío…La más linda del amor, que un tonto ha visto soñar. -El futuro llegó, hace rato, todo un palo ya lo ve. Ropa sucia, afuera. El pibe de los astilleros nunca se rendía, tuvo un palacete, por un par de días, rapiñaba, montado a los containers, el maldito amor, que tanto miedo da. La hija del fletero, linda, infinita, volvió a Madrid, donde parece que es feliz. Susanita: Linda te extraño mucho, vieras que solo estoy, ya estoy aquí atrapado, en Honolulu. Esto es efímero, ahora efímero, ¡como corre el tiempo! Sobrio no te puedo, ni hablar, estoy perdido sin mi estupidez. Le das la copa al fin, al vencedor, tarea fina perdida en mi soledad. Siempre tengo a mi lado a mi dios (así me das más), un susurro muy especial (así me das más). Voy jugando de acuerdo al dolor. Lo que debes ¿cómo puedes, quedartelo? ¿Te escucho mucho? ¿Te empleo mucho? ¿Te sirvo mucho? ¿Te aprieto mucho? El infierno está encantador esta noche. Ahora ya no lloro, preso en mi ciudad, casi ya no lloro, atrapado en libertad. Nena te hago estas líneas, desde Honolulu. -¡Es hora de levantarse, querido! ¿Dormiste bien?

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Pablo
ArteporAnónimo10/26/2009

Se llama Pablo. Este chico, Pablo, nació en el 74. Pablo es un tipo feo. No está mal decirlo, es feo y con eso no se puede. F E O. Vive en el barrio de Sáenz Peña y es mi amigo porque me lo demostró. Yo vi su amistad, la vi con los ojos. Me fui de casa con una mochila, un domingo a la tarde en el que lo único que pasaba en el mundo era que yo me estaba yendo de casa, caminando y fumando un porro. Me fui a su casa, a la casa de Pablo, porque lo llamé y le dije, “Pablo, me voy a tu casa”, y él me preguntó por qué, y yo le dije, “Pablo”, “me voy a tu casa”, y él me dijo “bueno, vení”. La casa de Pablo es un caserón de los viejos, de esos que los buitres depredadores de barrio se relamen cuando los ven porque piensan en edificar para arriba y para arriba, otra que la torre de babel. Así de grande, así de vieja y así de sucia y así de hermosa. Pablo, mi amigo, me recibió con elementos. Me recibió en cuero, con el mate y la estufa del fondo prendida. A partir de entonces viví allí, con mi amigo que se despertaba cuando el despertador sonaba por enésima vez, y salía disparado porque llegaba tarde al laburo. A mi amigo Pablo le gustan seis cosas: el volley, el fútbol, la birra, el mate, sus amigos, y ahora, su novia. La conoció por una amiga de una amiga de una amiga, y se hizo amigo; es muy buen amigo, mi amigo Pablo. Ella es una chica normal y está muy bien. Él llegó una mañana de sábado y entre ruidos me despertó. Lo miré, se acostó, mitad del cuerpo dentro de la cama, mitad fuera y empezó a roncar. Probé mi puntería y le tiré con todo lo que tenía a mí alrededor hasta que se despertó y me dijo “careta”. “¿Qué te pasa careta?” Me dijo específicamente. Se dio vuelta y observé un agujero en su campera de jean que adjudiqué a una quemadura, y me figuré la noche que, después, él paso a explicarme: la llevó a un bar, que en realidad es una casa, en Ramos Mejía, se acodó en la barra y empezó a tomar; de repente una humareda brotó a sus espaldas producto del contacto entre el fuego de una vela y los hilos de su campera y empezó a correr. Mi amigo tiene dos dientes de lata, fuma, toma mate, cerveza y rara vez lo he visto cepillándose; y sin embargo, la besó. Sí. En la boca. Sí, eso que es la boca de mi amigo Pablo, le dio un beso a esa chica, que es su novia, en su boca. Y me ganó la sonrisa, la felicidad y la alegría. Mi amigo Pablo, fanático de Los Redondos. Mi amigo Pablo, que hace lo que quiere hace un tiempo y al que unos pocos pesos le alcanza, que puede faltarle todo pero seguro un mate te convida, y si te quiere, te banca a muerte, y si lo querés, mínimo, le escribís algo, le decís gracias, le das un abrazo, y te lo llevas para siempre en el corazón. Mi amigo Pablo, un tipazo. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=uKmBvmi5gWU&feature=related

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Manuel
ArteporAnónimo3/10/2010

Esta es la historia de Manuel y habla, entre otras cosas, del amor. Y aunque haya tantas historias de amor como tantas historias de amor existieron o existen, ésta, es la historia de Manuel, una historia que le pertenece, a él, a Manuel, y a ella, a Consuelo. Y robar un trozo de la historia, una historia aquí cercenada, de Manuel y de Consuelo nos lleva al desarraigo del amor, a la ruptura definitiva, a la parte más cruda de la tormenta, esa de gotas que lastiman y pican y mojan, y seguro, si no te las secás rápido, te matan de frío. Y si el desenvolvimiento de las circunstancias, si la consecuencia de esa causa, es el dolor, es porque todavía el amor late, y muy adentro. Cuando Manuel cristalizó su desencanto, cuando en su afán por unir, por reconstruir, por armonizar, se le abatieron las esperanzas de moldear un corazón, de torcer un rumbo, de allanar un camino de hojarasca, de matos y de yuyos, cuando vislumbró un callejón sin salida, una arteria cortada, una persona incapaz de ceder a sus pretensiones, tal vez equivocadas, tal vez exageradas, para ella, para Consuelo, pero al menos nobles, las pretensiones, para mí, para Manuel y para todo el mundo que entiende lo que carajo significa una pretensión noble, una necesidad en busca de ser saciada, de ser abrazada, una cobija, un entendimiento, un hacer por otro, un hacer por el otro, un favor, tan solo eso. Manuel se abstuvo en un principio de dar por hecho ese quiebre e intentó regresar. Le explicaron, le alcanzaron unas palabras, unas palabras que le decían, a Manuel, que ya era hora de aceptar, que las segundas vueltas no van en el amor, “que se acabó Manuel”. -¿Y cómo se va el amor, viejo? -Se va en las lágrimas. -Pero mi amor es muy grande. -Vas a llorar, o vas a tener que llorar mucho, Manuel. Y así fue. Manuel lloró y pensaba mientras miraba sus lágrimas si esa era la materia del amor, la explicación científica de dónde estaba el amor, adónde estaba guardado, en qué parte de su cuerpo. El tiempo y la distancia hicieron parecer que esos llantos habían arrancado, habían oxidado esos clavos que Consuelo alguna vez le clavara en el corazón. Sin embargo, a Manuel todavía lo asaltaba una duda, una duda que lo hacía estremecerse y desconfiar de la teoría que había adoptado; y es que cada vez que por casualidad recordaba a Consuelo en sus pensamientos, la vestía tal como estaba en su pasado, la recordaba amándola, recordaba sus gestos, sus caricias, sus virtudes y pensaba si todavía no estaría enamorado, entonces no esperó. Fue corriendo a tomar el tren y encaró para la casa de Consuelo, pensando encontrar lo que alguna vez había dejado, hasta que una puerta se abrió y Consuelo, que rajaba la tierra, se quedó parada mirándolo, expectante, y soltó unas palabras frescas que hubieran ablandado a cualquiera, pero a Manuel no, él sintió una diferencia, algo faltante, algo ausente, y se marchó. Comprendió, a la larga, que durante ese lapso de desintoxicación había estado enamorado de la idea de Consuelo, de su relación con Consuelo, de esos momentos que ya no estaban en él, que ya era otro, que había renacido entre tanta niebla para volver a ser su dueño, otra vez. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=W6NKFr2uQWI

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Marcos
ArteporAnónimo6/4/2010

Marcos tiene un problema, si es que mentir es un problema. Marcos en sus mentiras, con sus mentiras, cuenta una verdad. Marcos tiene otro problema, las mujeres. Las mujeres, a Marcos, le hacen mentir, y eso, para él, y para mí, es un problema. Los acercamientos de Marcos a las mujeres son escandalosos, estrepitosos, infructuosos. Marcos no es cobarde; tiene temor a los efectos de la cobardía, frente a las mujeres, entonces se acobarda, frente a las mujeres, y sufre los efectos. Pero no es cobarde. Marcos hace todo lo que tiene que hacer para llegar a ese momento, a ese instante donde sólo debe usar las palabras que corresponden para lograr el cometido y yerra, algo en él, en Marcos, se bloquea, dice estupideces y es un estúpido, sea lo que eso signifique, y todo ese hilo frío que en su cara son gotas, las mujeres lo perciben, como el perro percibe el miedo, oliéndolo, y huyen, desencantadas, pero Marcos es un perro fiel, y a algunas mujeres eso de algún modo les gusta, eso de tener perros fieles, que en este caso es Marcos, que las lleva a pasear, las espera, las deja en sus casas, paga lo que hay que pagar, y cuando el amanecer de domingo en ese breve corte entre la madrugada y la mañana que parece hecho a propósito para que los amantes fugaces concreten lo que tenga que ser concretado, Marcos mira para otro lado cuando frena frente a la puerta, gira de repente, y saluda bruscamente, casi golpeando con su mejilla la otra mejilla, la de Marina en este caso, que un segundo le basta para sorprenderse, darse la vuelta, bajarse, y no volver a mirar hacia un auto que ya no está. Las mentiras de Marcos ocultan hechos, modifican escenas, pero sobre todo encierran y perpetúan tristezas, enconos, hacia sí, hacia él, hacia Marcos, y engendran deseos, furias, enfoques de un pensamiento manoseado, estirado y rotoso, un pensamiento que es figuras, femeninas, que dibuja situaciones, que lo encuentra a Marcos venerado por Marina, besándose, haciendo el amor, amándose, un Marcos suelto, ligero, gracioso, sutil, un Marcos hombre, un Marcos protector, un Marcos inexistente, otra herida que se abre en un corazón partido, un dolor, una soledad, tinieblas y una esperanza, que se agota, cuando Marcos ve que nadie lo espera a él, que sus mujeres encuentran receptores, encuentran a los que saben jugar el juego y lo dejan de garpe, a Marcos, que vuelve a la mesa y cuenta cuentos, de otra vida, que no es la suya, aunque de algún modo sí, de algún modo todo lo que Marcos hace, es lo que Marcos es, y nada más, nada más en la vida de Marcos, que tiene un problema mayor entre tantos otros, él mismo. link: http://www.youtube.com/watch?v=NJaq_XDHqlc

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Javier
Javier
ArteporAnónimo7/16/2010

Una historia real Un día, acaso olvidado, pero un día al fin, Javier y Agustina se mudaron a un departamento, en un tercer piso, en la capital, un departamento chico pero cómodo, con una cocina, un living, una pieza y un balcón. Javier, Agustina, y una relación normal, si lo normal es la no existencia de nada superlativo, que es como decir que nada extraordinario había ocurrido hasta entonces en sus vidas, en la vidas de Javier y Agustina, en la vida de Javier y Agustina, en su relación, en su noviazgo. Decidieron irse a vivir juntos como una manzana se cae finalmente de un árbol, cuando madura o cuando el árbol no la banca más, a la manzana, que es como decir que quizás los padres de Javier no lo querían ya en casa, en su casa, o que los padres de Agustina lo mismo, pero el caso es que lo decidieron, eso de vivir juntos, e hicieron lo que tenían que hacer para eso y se fueron, no más. Ese día, el primero, el de la mudanza, fue el último, para Javier, y para Agustina; Andaban en esas cosas de acomodar, de organizar, que esto acá, que esto allá, cuando Javier estaba entrando al cuarto para guardar algo y Agustina le dijo, le dijo Javier, le digo Javier te estoy engañanado, hace tiempo ya, y Javier la miró, con ojos de perro, unos ojos que expresan mucho de no se sabe qué cosa, pero que de algún modo expresan algo, un dolor, un amor, una furia, una necesidad, entonces Javier y la discusión, encarnizada, y la corrida, de Javier, hacia la cocina, hacia el cajón que ahora era el de los cubiertos, el de los cuchillos, el de la cuchilla, una cuchilla como cualquier otra, que Javier agarró por el mango y volvió, adonde Agustina, que apoyada contra la pared fue sólo resignación, fue sólo culpa, porque entendió todo, y hasta en su último rapto de conciencia no creyó desproporcionada su muerte, no tuvo miedo, no discutió el castigo. Los peritos dicen que fueron veintidós las puñaladas que Javier le clavó a Agustina, dieciocho en el corazón, como si el corazón pudiera ser el responsable de algo; el resto se repartieron entre el abdomen y la parte derecha del pecho, del pecho de Agustina, un pecho que dejó de sangrar, dicen también los peritos, en el momento exacto de la muerte de Javier, un Javier que en la agonía de Agustina, de eso que Agustina era, volvió a la cocina, lavó la cuchilla y la guardó en su lugar, un Javier que después caminó, hacia el balcón, abrió la ventana, dio dos pasos más y se tiró, de cabeza, hacia su muerte, hacia su lugar, hacia Agustina. En el caos que eran Javier y Agustina esa tarde aciaga, algo se quebró, quizás las dos partes necesarias para ese amor, para este amor, que no se extinguió, porque eso que Javier y Agustina eran, ese lazo, esa energía, ahora desbandada, ahora necesitada, dicen, los vecinos, que por las noches es llanto, lamento y es palabras; esa energía y un triste final, para esos que creen que puede matarse al amor y no entienden, que es el amor, que es el amor el que mata, pero no el que muere. link: http://www.youtube.com/watch?v=0YsTmk8jb20&feature=related

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Elena
ArteporAnónimo6/30/2011

Me llamo Elena y voy a hablar de los corazones rotos. Por mí. O por esa que era yo. El caso es que voy a hablar de cómo se rompe un corazón, cómo se lo endulza para que se exponga, se regale, y de cómo, en la mayor intensidad de eso que lo conmueve, se le clava un flechazo en el centro, y para siempre. El enigma de aquel tiempo, el mío, tenía que ver que ver con los hombres. O mejor dicho, en los efectos que causaba yo en ellos; en la medida de mi crecimiento, fui advirtiendo este punto de quiebre, de inflexión, en el que percibía un gesto, una mirada, un no reproche, un castigo menor, y un regalo. Para mí, que la crueldad me tomó por dentro y quise ver hasta dónde podía llegar, hasta donde podría hacer llegar a un hombre, a qué humillación, a qué degrades. En eso estaba cuando lo conocí a Nicolás. En eso estaba, digo, porque Nicolás me agarró desprevenida, un jueves, a la noche, una noche de primavera, una noche de traiciones, que fueron propias, porque ese día bajé las defensas y mostré la otra parte de eso que yo era, saqué mi parte más sana, más vulnerable, para jugar, para hacer de otra, y para perder. Nicolás tenía un vicio. Y no había lugar para dos. Entonces me mandó a la B, como dicen los hombres, y en ese descenso hice todo por tener a Nicolás de nuevo y después me morí. De dolor. Un dolor que no duele en los huesos, en los músculos, un dolor que anda por ahí, un bicho que te come la cabeza y todo lo demás también. El tiempo hizo lo suyo y Nicolás, entendí, fue la respuesta a mi enigma. Entendí que esa manera que tenía de hacer que los hombres hicieran lo que quisiera yo, no era más que un saber, que lo que quiere decir es que no era más que conocer los modos para conseguir lo que quería, y si sabía de puntos débiles, era porque yo los tenía también. Porque a Nicolás lo dominaba otra cosa más intensa que las mujeres, que era su otro vicio, por eso yo estaba bien para él, pero no más que eso, no más para el hambre de Nicolás que únicamente podía saciarse con otra cosa. Finalmente me di cuenta de mi insignificancia, porque para que yo pudiera desplegar mi maldad, importaba más el nivel de afección de los tipos con los que yo estaba, que mis estrategias. Habré, eventualmente, hecho mucho daño más. Ciertamente no lo recuerdo. Ese veneno que me corroía fue desapareciendo de a poco y al fin conocí al hombre con el que más tarde me casaría. El problema es que a veces un fuego me quema por dentro, un fuego que necesita salir, pero para incendiar al resto. link: http://www.youtube.com/watch?v=2CBHjQI97QI

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Lucila
ArteporAnónimo2/9/2012

A uno de los grandes amores de mi vida. Mi nombre es Lucila, si es que vale la pena aclararlo. Escribo porque se murió mi mamá; pero más que por eso, lo hago por las cosas que empecé a entender. Cosa viene del latín causa, que indica el principio que motiva una acción. A mí parece que me motivó la muerte de mi madre, aunque lo importante aquí, son las ramificaciones de su abrupta ausencia. Cuando escuché las palabras que me anunciaban el deceso, primero pensé en su fuerza, en la fuerza de las palabras, después empecé a ver todo como en cámara lenta, aunque quizás lo que haya pasado fue que mi mirada se volcó hacia adentro y mis ojos, sólo percibían la nada. Después, pensé que por más que me describieran de todas las maneras posibles el sabor de una frutilla, nunca llegaría a conocerlo, a sentirlo, si no la probaba. Con la muerte y con la necesidad de tener a mi mamá me pasó exactamente eso, y la tristeza es una energía constante, que todavía no logro administrar en dosis. Descubrí a las personas que se esconden atrás de las caretas que usan, lo cual me genera varias sensaciones aún, porque también comprendí qué algunos no pueden evitarlo, que otros no hacen nada que yo crea malo y pude, así, convencerme que cada uno hace lo que puede y asimilar, que en definitiva, puedo elegir con quien quiero estar, y con quien no. Se derrumbó un pilar determinante en esta estructura que es mi vida, y en cada viento fuerte, en cada conmoción, todo tiembla, todo se siente caer. Todos los días me pregunto por qué te moriste, sabiendo que la respuesta no importa. Abrázame, madre del dolor, que nunca estuve tan lejos, tan lejos de vos. link: 4kgssxg-xL4

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Camila
ArteporAnónimo8/6/2010

Esta es la historia de Camila y de las consecuencias. Camila es la hija, la tercera, la menor, de una familia normal, si lo normal significa que nada de lo que pasa en esa familia llama la atención más de lo necesario, una familia gobernada por unos padres curtidos por la necesidad y la imposibilidad de haber elegido qué hacer de sus vidas, un padre que tuvo que salir a trabajar a patadas en el orto porque la plata no alcanzaba y una madre desprovista de esos aprietes, pero que llegado el momento de encarar proyectos propios se encontró con tres hijos que demandaban su presencia y chau estudios, chau trabajo, chau realización personal. Camila y los hermanos mayores, Camila y un colegio chico y el ejemplo, de sus hermanos, que siempre dieron la talla para lo que los profesores pedían, Camila y el agobio, el olvido, el olvidarse, de ella, de Camila, que quizás no quería ser como sus hermanos, una Camila que en la adolescencia quiso romper, quiso escindir ese linaje que le imponían sus padres y como primer acto de rebeldía se llevó un par de materias a diciembre y a marzo, pero que en lo importante, comenzaba a marcar un camino de desarraigo, de oposición, comenzaba a forjar una identidad diferente, quería mostrar su desaprobación a esa comparación, yo no soy mi hermano, le contestó a un profesor cuando este le preguntó por qué no era tan aplicada como el muchacho. Así las cosas, Camila, como toda naturaleza, fue mutando, que en términos de realidad quiere decir que Camila fue creciendo, y que esos primeros impulsos de apartamiento, esos arranques de pendeja, empezaron a tomar otro color, los signos de diferenciación tenían que ser otros, tenía que, de alguna manera, mostrarle a sus padres que ella no quería seguir lo que ellos tenían pensado para ella, que a los dieciocho años conoció a Augusto, un pibe maltratado por la vida, un pibe abandonado a su suerte desde niño, un pobre tipo que no supo que hacer con su vida, pero que de todos modos se encontró con Camila, una chica que se bañó de marginalidad, que centró todas sus fuerzas en tratar de recuperar a eso que Augusto era, pensó que podría ayudar, que podría ayudarlo, a él, que iba por la vida como chocando con las cosas, un chico que la familia de Camila nunca aceptó, y en este rechazo, Camila encontraba todo lo que Augusto no le daba para continuar, con la relación, una relación de pocas palabras, un amor agarrado de los pelos, una conexión que un día que pudo haber sido otro, pero que fue en junio, una noche, la primera de Camila en eso que dicen es la materialización del amor, que es lo mismo que decir que esa noche Camila tuvo su primera vez y que de ese encuentro, ya no habría vuelta atrás, no habría consuelo, para Camila, que al poco tiempo se enteró de su embarazo y se encerró, durante varios meses, en pensamientos que eran dolor, que eran crisis y llantos, y que eran silencios, pues Camila entendió que el tiro le había salido por la culata, que ella no quería tanto, no quería traspasar el umbral, en pocas palabras, sólo quería hacerles ver, a los padres, que ella necesitaba otra cosa y punto. Se sabe nada de Augusto, sólo que se fue a los pocos días del nacimiento de su hija, de la hija de Camila, una Camila que encontró en su familia, no sólo el lugar donde poder refugiarse, sino también unos brazos abiertos y varios sacrificios, por parte de todos, para poder ayudarla, una Camila que, sin embargo, cada vez que camina tiene que extender el brazo para agarrar a esa otra parte que ya es su cuerpo, un pensamiento siempre partido a la mitad, que piense en ella y en su hija, que algún día querrá saber quién es, de dónde salió y que toda la vida llevará una espina en el corazón, pero que incluso en el peor de los dolores del alma, tendrá la certeza que su madre siempre estará allí, a su lado, para lo que necesite, y sabrá, en los pesares, que a ese amor, al amor de una madre, al amor de su madre, al amor de Camila, no hay con que darle.

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