Esta es la historia de Manuel y habla, entre otras cosas, del amor. Y aunque haya tantas historias de amor como tantas historias de amor existieron o existen, ésta, es la historia de Manuel, una historia que le pertenece, a él, a Manuel, y a ella, a Consuelo. Y robar un trozo de la historia, una historia aquí cercenada, de Manuel y de Consuelo nos lleva al desarraigo del amor, a la ruptura definitiva, a la parte más cruda de la tormenta, esa de gotas que lastiman y pican y mojan, y seguro, si no te las secás rápido, te matan de frío. Y si el desenvolvimiento de las circunstancias, si la consecuencia de esa causa, es el dolor, es porque todavía el amor late, y muy adentro. Cuando Manuel cristalizó su desencanto, cuando en su afán por unir, por reconstruir, por armonizar, se le abatieron las esperanzas de moldear un corazón, de torcer un rumbo, de allanar un camino de hojarasca, de matos y de yuyos, cuando vislumbró un callejón sin salida, una arteria cortada, una persona incapaz de ceder a sus pretensiones, tal vez equivocadas, tal vez exageradas, para ella, para Consuelo, pero al menos nobles, las pretensiones, para mí, para Manuel y para todo el mundo que entiende lo que carajo significa una pretensión noble, una necesidad en busca de ser saciada, de ser abrazada, una cobija, un entendimiento, un hacer por otro, un hacer por el otro, un favor, tan solo eso.
Manuel se abstuvo en un principio de dar por hecho ese quiebre e intentó regresar. Le explicaron, le alcanzaron unas palabras, unas palabras que le decían, a Manuel, que ya era hora de aceptar, que las segundas vueltas no van en el amor, “que se acabó Manuel”.
-¿Y cómo se va el amor, viejo?
-Se va en las lágrimas.
-Pero mi amor es muy grande.
-Vas a llorar, o vas a tener que llorar mucho, Manuel.
Y así fue. Manuel lloró y pensaba mientras miraba sus lágrimas si esa era la materia del amor, la explicación científica de dónde estaba el amor, adónde estaba guardado, en qué parte de su cuerpo. El tiempo y la distancia hicieron parecer que esos llantos habían arrancado, habían oxidado esos clavos que Consuelo alguna vez le clavara en el corazón. Sin embargo, a Manuel todavía lo asaltaba una duda, una duda que lo hacía estremecerse y desconfiar de la teoría que había adoptado; y es que cada vez que por casualidad recordaba a Consuelo en sus pensamientos, la vestía tal como estaba en su pasado, la recordaba amándola, recordaba sus gestos, sus caricias, sus virtudes y pensaba si todavía no estaría enamorado, entonces no esperó. Fue corriendo a tomar el tren y encaró para la casa de Consuelo, pensando encontrar lo que alguna vez había dejado, hasta que una puerta se abrió y Consuelo, que rajaba la tierra, se quedó parada mirándolo, expectante, y soltó unas palabras frescas que hubieran ablandado a cualquiera, pero a Manuel no, él sintió una diferencia, algo faltante, algo ausente, y se marchó. Comprendió, a la larga, que durante ese lapso de desintoxicación había estado enamorado de la idea de Consuelo, de su relación con Consuelo, de esos momentos que ya no estaban en él, que ya era otro, que había renacido entre tanta niebla para volver a ser su dueño, otra vez.
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Manuel se abstuvo en un principio de dar por hecho ese quiebre e intentó regresar. Le explicaron, le alcanzaron unas palabras, unas palabras que le decían, a Manuel, que ya era hora de aceptar, que las segundas vueltas no van en el amor, “que se acabó Manuel”.
-¿Y cómo se va el amor, viejo?
-Se va en las lágrimas.
-Pero mi amor es muy grande.
-Vas a llorar, o vas a tener que llorar mucho, Manuel.
Y así fue. Manuel lloró y pensaba mientras miraba sus lágrimas si esa era la materia del amor, la explicación científica de dónde estaba el amor, adónde estaba guardado, en qué parte de su cuerpo. El tiempo y la distancia hicieron parecer que esos llantos habían arrancado, habían oxidado esos clavos que Consuelo alguna vez le clavara en el corazón. Sin embargo, a Manuel todavía lo asaltaba una duda, una duda que lo hacía estremecerse y desconfiar de la teoría que había adoptado; y es que cada vez que por casualidad recordaba a Consuelo en sus pensamientos, la vestía tal como estaba en su pasado, la recordaba amándola, recordaba sus gestos, sus caricias, sus virtudes y pensaba si todavía no estaría enamorado, entonces no esperó. Fue corriendo a tomar el tren y encaró para la casa de Consuelo, pensando encontrar lo que alguna vez había dejado, hasta que una puerta se abrió y Consuelo, que rajaba la tierra, se quedó parada mirándolo, expectante, y soltó unas palabras frescas que hubieran ablandado a cualquiera, pero a Manuel no, él sintió una diferencia, algo faltante, algo ausente, y se marchó. Comprendió, a la larga, que durante ese lapso de desintoxicación había estado enamorado de la idea de Consuelo, de su relación con Consuelo, de esos momentos que ya no estaban en él, que ya era otro, que había renacido entre tanta niebla para volver a ser su dueño, otra vez.
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