Me llamo Elena y voy a hablar de los corazones rotos. Por mí. O por esa que era yo. El caso es que voy a hablar de cómo se rompe un corazón, cómo se lo endulza para que se exponga, se regale, y de cómo, en la mayor intensidad de eso que lo conmueve, se le clava un flechazo en el centro, y para siempre.
El enigma de aquel tiempo, el mío, tenía que ver que ver con los hombres. O mejor dicho, en los efectos que causaba yo en ellos; en la medida de mi crecimiento, fui advirtiendo este punto de quiebre, de inflexión, en el que percibía un gesto, una mirada, un no reproche, un castigo menor, y un regalo. Para mí, que la crueldad me tomó por dentro y quise ver hasta dónde podía llegar, hasta donde podría hacer llegar a un hombre, a qué humillación, a qué degrades.
En eso estaba cuando lo conocí a Nicolás. En eso estaba, digo, porque Nicolás me agarró desprevenida, un jueves, a la noche, una noche de primavera, una noche de traiciones, que fueron propias, porque ese día bajé las defensas y mostré la otra parte de eso que yo era, saqué mi parte más sana, más vulnerable, para jugar, para hacer de otra, y para perder.
Nicolás tenía un vicio. Y no había lugar para dos. Entonces me mandó a la B, como dicen los hombres, y en ese descenso hice todo por tener a Nicolás de nuevo y después me morí. De dolor. Un dolor que no duele en los huesos, en los músculos, un dolor que anda por ahí, un bicho que te come la cabeza y todo lo demás también.
El tiempo hizo lo suyo y Nicolás, entendí, fue la respuesta a mi enigma. Entendí que esa manera que tenía de hacer que los hombres hicieran lo que quisiera yo, no era más que un saber, que lo que quiere decir es que no era más que conocer los modos para conseguir lo que quería, y si sabía de puntos débiles, era porque yo los tenía también. Porque a Nicolás lo dominaba otra cosa más intensa que las mujeres, que era su otro vicio, por eso yo estaba bien para él, pero no más que eso, no más para el hambre de Nicolás que únicamente podía saciarse con otra cosa.
Finalmente me di cuenta de mi insignificancia, porque para que yo pudiera desplegar mi maldad, importaba más el nivel de afección de los tipos con los que yo estaba, que mis estrategias.
Habré, eventualmente, hecho mucho daño más. Ciertamente no lo recuerdo. Ese veneno que me corroía fue desapareciendo de a poco y al fin conocí al hombre con el que más tarde me casaría. El problema es que a veces un fuego me quema por dentro, un fuego que necesita salir, pero para incendiar al resto.
El enigma de aquel tiempo, el mío, tenía que ver que ver con los hombres. O mejor dicho, en los efectos que causaba yo en ellos; en la medida de mi crecimiento, fui advirtiendo este punto de quiebre, de inflexión, en el que percibía un gesto, una mirada, un no reproche, un castigo menor, y un regalo. Para mí, que la crueldad me tomó por dentro y quise ver hasta dónde podía llegar, hasta donde podría hacer llegar a un hombre, a qué humillación, a qué degrades.
En eso estaba cuando lo conocí a Nicolás. En eso estaba, digo, porque Nicolás me agarró desprevenida, un jueves, a la noche, una noche de primavera, una noche de traiciones, que fueron propias, porque ese día bajé las defensas y mostré la otra parte de eso que yo era, saqué mi parte más sana, más vulnerable, para jugar, para hacer de otra, y para perder.
Nicolás tenía un vicio. Y no había lugar para dos. Entonces me mandó a la B, como dicen los hombres, y en ese descenso hice todo por tener a Nicolás de nuevo y después me morí. De dolor. Un dolor que no duele en los huesos, en los músculos, un dolor que anda por ahí, un bicho que te come la cabeza y todo lo demás también.
El tiempo hizo lo suyo y Nicolás, entendí, fue la respuesta a mi enigma. Entendí que esa manera que tenía de hacer que los hombres hicieran lo que quisiera yo, no era más que un saber, que lo que quiere decir es que no era más que conocer los modos para conseguir lo que quería, y si sabía de puntos débiles, era porque yo los tenía también. Porque a Nicolás lo dominaba otra cosa más intensa que las mujeres, que era su otro vicio, por eso yo estaba bien para él, pero no más que eso, no más para el hambre de Nicolás que únicamente podía saciarse con otra cosa.
Finalmente me di cuenta de mi insignificancia, porque para que yo pudiera desplegar mi maldad, importaba más el nivel de afección de los tipos con los que yo estaba, que mis estrategias.
Habré, eventualmente, hecho mucho daño más. Ciertamente no lo recuerdo. Ese veneno que me corroía fue desapareciendo de a poco y al fin conocí al hombre con el que más tarde me casaría. El problema es que a veces un fuego me quema por dentro, un fuego que necesita salir, pero para incendiar al resto.