Esta es la historia de Camila y de las consecuencias. Camila es la hija, la tercera, la menor, de una familia normal, si lo normal significa que nada de lo que pasa en esa familia llama la atención más de lo necesario, una familia gobernada por unos padres curtidos por la necesidad y la imposibilidad de haber elegido qué hacer de sus vidas, un padre que tuvo que salir a trabajar a patadas en el orto porque la plata no alcanzaba y una madre desprovista de esos aprietes, pero que llegado el momento de encarar proyectos propios se encontró con tres hijos que demandaban su presencia y chau estudios, chau trabajo, chau realización personal. Camila y los hermanos mayores, Camila y un colegio chico y el ejemplo, de sus hermanos, que siempre dieron la talla para lo que los profesores pedían, Camila y el agobio, el olvido, el olvidarse, de ella, de Camila, que quizás no quería ser como sus hermanos, una Camila que en la adolescencia quiso romper, quiso escindir ese linaje que le imponían sus padres y como primer acto de rebeldía se llevó un par de materias a diciembre y a marzo, pero que en lo importante, comenzaba a marcar un camino de desarraigo, de oposición, comenzaba a forjar una identidad diferente, quería mostrar su desaprobación a esa comparación, yo no soy mi hermano, le contestó a un profesor cuando este le preguntó por qué no era tan aplicada como el muchacho.
Así las cosas, Camila, como toda naturaleza, fue mutando, que en términos de realidad quiere decir que Camila fue creciendo, y que esos primeros impulsos de apartamiento, esos arranques de pendeja, empezaron a tomar otro color, los signos de diferenciación tenían que ser otros, tenía que, de alguna manera, mostrarle a sus padres que ella no quería seguir lo que ellos tenían pensado para ella, que a los dieciocho años conoció a Augusto, un pibe maltratado por la vida, un pibe abandonado a su suerte desde niño, un pobre tipo que no supo que hacer con su vida, pero que de todos modos se encontró con Camila, una chica que se bañó de marginalidad, que centró todas sus fuerzas en tratar de recuperar a eso que Augusto era, pensó que podría ayudar, que podría ayudarlo, a él, que iba por la vida como chocando con las cosas, un chico que la familia de Camila nunca aceptó, y en este rechazo, Camila encontraba todo lo que Augusto no le daba para continuar, con la relación, una relación de pocas palabras, un amor agarrado de los pelos, una conexión que un día que pudo haber sido otro, pero que fue en junio, una noche, la primera de Camila en eso que dicen es la materialización del amor, que es lo mismo que decir que esa noche Camila tuvo su primera vez y que de ese encuentro, ya no habría vuelta atrás, no habría consuelo, para Camila, que al poco tiempo se enteró de su embarazo y se encerró, durante varios meses, en pensamientos que eran dolor, que eran crisis y llantos, y que eran silencios, pues Camila entendió que el tiro le había salido por la culata, que ella no quería tanto, no quería traspasar el umbral, en pocas palabras, sólo quería hacerles ver, a los padres, que ella necesitaba otra cosa y punto.
Se sabe nada de Augusto, sólo que se fue a los pocos días del nacimiento de su hija, de la hija de Camila, una Camila que encontró en su familia, no sólo el lugar donde poder refugiarse, sino también unos brazos abiertos y varios sacrificios, por parte de todos, para poder ayudarla, una Camila que, sin embargo, cada vez que camina tiene que extender el brazo para agarrar a esa otra parte que ya es su cuerpo, un pensamiento siempre partido a la mitad, que piense en ella y en su hija, que algún día querrá saber quién es, de dónde salió y que toda la vida llevará una espina en el corazón, pero que incluso en el peor de los dolores del alma, tendrá la certeza que su madre siempre estará allí, a su lado, para lo que necesite, y sabrá, en los pesares, que a ese amor, al amor de una madre, al amor de su madre, al amor de Camila, no hay con que darle.
Así las cosas, Camila, como toda naturaleza, fue mutando, que en términos de realidad quiere decir que Camila fue creciendo, y que esos primeros impulsos de apartamiento, esos arranques de pendeja, empezaron a tomar otro color, los signos de diferenciación tenían que ser otros, tenía que, de alguna manera, mostrarle a sus padres que ella no quería seguir lo que ellos tenían pensado para ella, que a los dieciocho años conoció a Augusto, un pibe maltratado por la vida, un pibe abandonado a su suerte desde niño, un pobre tipo que no supo que hacer con su vida, pero que de todos modos se encontró con Camila, una chica que se bañó de marginalidad, que centró todas sus fuerzas en tratar de recuperar a eso que Augusto era, pensó que podría ayudar, que podría ayudarlo, a él, que iba por la vida como chocando con las cosas, un chico que la familia de Camila nunca aceptó, y en este rechazo, Camila encontraba todo lo que Augusto no le daba para continuar, con la relación, una relación de pocas palabras, un amor agarrado de los pelos, una conexión que un día que pudo haber sido otro, pero que fue en junio, una noche, la primera de Camila en eso que dicen es la materialización del amor, que es lo mismo que decir que esa noche Camila tuvo su primera vez y que de ese encuentro, ya no habría vuelta atrás, no habría consuelo, para Camila, que al poco tiempo se enteró de su embarazo y se encerró, durante varios meses, en pensamientos que eran dolor, que eran crisis y llantos, y que eran silencios, pues Camila entendió que el tiro le había salido por la culata, que ella no quería tanto, no quería traspasar el umbral, en pocas palabras, sólo quería hacerles ver, a los padres, que ella necesitaba otra cosa y punto.
Se sabe nada de Augusto, sólo que se fue a los pocos días del nacimiento de su hija, de la hija de Camila, una Camila que encontró en su familia, no sólo el lugar donde poder refugiarse, sino también unos brazos abiertos y varios sacrificios, por parte de todos, para poder ayudarla, una Camila que, sin embargo, cada vez que camina tiene que extender el brazo para agarrar a esa otra parte que ya es su cuerpo, un pensamiento siempre partido a la mitad, que piense en ella y en su hija, que algún día querrá saber quién es, de dónde salió y que toda la vida llevará una espina en el corazón, pero que incluso en el peor de los dolores del alma, tendrá la certeza que su madre siempre estará allí, a su lado, para lo que necesite, y sabrá, en los pesares, que a ese amor, al amor de una madre, al amor de su madre, al amor de Camila, no hay con que darle.


