Soy mujer o estoy camino a serlo. Tengo novia. Sí. Novia. Con A. Una mujer o alguien que está camino a serlo. María. Yo me llamo Amparo. Siempre me pareció que mi nombre denotaba salvación. Sólo me pareció, nunca estuve segura. Tengo los ojos grises cuando hace frío. Dicen. Mi pelo es negro, muy negro, o sencillamente negro. Mi piel, blanca. No soy muy alta, tampoco muy baja. Soy, como suele decirse, normal. Flaca. Mi cola es linda, lo que significa que tengo buen culo, como dicen mis amigas. Todos dicen algo. Mis tetas también son comunes, mis pezones son de color café con leche; más leche que café. Me gusta mi boca, es roja, ni carmesí ni rosa, roja. Vivo con mis padres y mis hermanas en Villa del Parque, en un pasaje, en una casa. Estudio ciencias de la comunicación. Fui al colegio, claro. Me gustan los colores, muchísimo, y llamar la atención; morderme los labios despacito a propósito cuando alguien me mira. A María no le gusta eso. María tiene el pelo rubio, una figura exorbitante y apacible, describirla es mencionar que todos giran para mirarla. Todos. Todos. Cuando llueve los labios se le parten en mil rayas y unas lágrimas negras, que no son llanto, se deslizan en su cara. Y yo me derrito. Le paso la lengua, fina y delicadamente por las comisuras y nos damos besos salvajes con los ojos abiertos. Los ojos de María hablan. Imaginar es amoldar la realidad a los deseos. Una imaginación es diametralmente subjetiva. Traspasa la realidad como una daga afilada y profunda. Así nos ven, pienso, y le cuento a María. Como estamos ahora, desnudas, con luz amarilla y de noche. Con elementos rojos o negros, no precisos.
-No te entiendo- me dice María.
-Cuando nos piensan, siempre hay algún elemento rojo o negro presente, puede ser tu tanga, o la mía, o una cortina, o un pañuelo.
A María mis pensamientos no la divierten. Es tan, rubia. Yo tengo carácter, sí, eso, carácter. Yo descifré mi enigma gracias a María pero ella no pudo, hasta el momento, descifrar el suyo. María tuvo un gesto de inercia, la emoción le rompió el corazón aperrado y vomitó. Vomitó su amor. Yo lo asimilé. Difícil asimilar el amor. Al amor. María se enamoró de una idea, de un tabú. Y descargó su represión inmediatamente; yo me liberé de una opresión que nunca sentí pero que llevé adentro toda la vida. Mi corta vida. Tengo veintidós. María también. Mi familia lo sabe, lo de María y yo, lo de María conmigo, lo nuestro; los padres de María todavía no, hoy es el día, o la noche. Está nerviosa, se debate y camina. Yo la miro.
-Es natural- le digo.
-¿Qué es natural?
-Esto. No hay nada que hagamos en esta tierra que no sea natural, porque no podríamos.
-No estoy para esto Amparo.
-¿Para qué estás? Le pregunto.
Esa noche no fuimos. La siguiente tampoco. Comprendí que me encerraba un paradigma, y a María otro. Creo en la naturaleza, pero también en la lógica. Las creencias no son pasibles de análisis metodológicos. Perdón. María y yo no podíamos entendernos, realmente no podíamos. La distancia era conceptual, irremediable. Tomo el mismo colectivo que antes para ir hasta la facultad, a la mañana y mi boca es roja, y cuando hace frío es rojísima y mis ojos grises. Y a veces la extraño, otras veces no, y no hago lo que no quiero hacer. Esa es mi libertad y mi justicia.
