Una historia real
Un día, acaso olvidado, pero un día al fin, Javier y Agustina se mudaron a un departamento, en un tercer piso, en la capital, un departamento chico pero cómodo, con una cocina, un living, una pieza y un balcón. Javier, Agustina, y una relación normal, si lo normal es la no existencia de nada superlativo, que es como decir que nada extraordinario había ocurrido hasta entonces en sus vidas, en la vidas de Javier y Agustina, en la vida de Javier y Agustina, en su relación, en su noviazgo. Decidieron irse a vivir juntos como una manzana se cae finalmente de un árbol, cuando madura o cuando el árbol no la banca más, a la manzana, que es como decir que quizás los padres de Javier no lo querían ya en casa, en su casa, o que los padres de Agustina lo mismo, pero el caso es que lo decidieron, eso de vivir juntos, e hicieron lo que tenían que hacer para eso y se fueron, no más.
Ese día, el primero, el de la mudanza, fue el último, para Javier, y para Agustina; Andaban en esas cosas de acomodar, de organizar, que esto acá, que esto allá, cuando Javier estaba entrando al cuarto para guardar algo y Agustina le dijo, le dijo Javier, le digo Javier te estoy engañanado, hace tiempo ya, y Javier la miró, con ojos de perro, unos ojos que expresan mucho de no se sabe qué cosa, pero que de algún modo expresan algo, un dolor, un amor, una furia, una necesidad, entonces Javier y la discusión, encarnizada, y la corrida, de Javier, hacia la cocina, hacia el cajón que ahora era el de los cubiertos, el de los cuchillos, el de la cuchilla, una cuchilla como cualquier otra, que Javier agarró por el mango y volvió, adonde Agustina, que apoyada contra la pared fue sólo resignación, fue sólo culpa, porque entendió todo, y hasta en su último rapto de conciencia no creyó desproporcionada su muerte, no tuvo miedo, no discutió el castigo.
Los peritos dicen que fueron veintidós las puñaladas que Javier le clavó a Agustina, dieciocho en el corazón, como si el corazón pudiera ser el responsable de algo; el resto se repartieron entre el abdomen y la parte derecha del pecho, del pecho de Agustina, un pecho que dejó de sangrar, dicen también los peritos, en el momento exacto de la muerte de Javier, un Javier que en la agonía de Agustina, de eso que Agustina era, volvió a la cocina, lavó la cuchilla y la guardó en su lugar, un Javier que después caminó, hacia el balcón, abrió la ventana, dio dos pasos más y se tiró, de cabeza, hacia su muerte, hacia su lugar, hacia Agustina.
En el caos que eran Javier y Agustina esa tarde aciaga, algo se quebró, quizás las dos partes necesarias para ese amor, para este amor, que no se extinguió, porque eso que Javier y Agustina eran, ese lazo, esa energía, ahora desbandada, ahora necesitada, dicen, los vecinos, que por las noches es llanto, lamento y es palabras; esa energía y un triste final, para esos que creen que puede matarse al amor y no entienden, que es el amor, que es el amor el que mata, pero no el que muere.
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Un día, acaso olvidado, pero un día al fin, Javier y Agustina se mudaron a un departamento, en un tercer piso, en la capital, un departamento chico pero cómodo, con una cocina, un living, una pieza y un balcón. Javier, Agustina, y una relación normal, si lo normal es la no existencia de nada superlativo, que es como decir que nada extraordinario había ocurrido hasta entonces en sus vidas, en la vidas de Javier y Agustina, en la vida de Javier y Agustina, en su relación, en su noviazgo. Decidieron irse a vivir juntos como una manzana se cae finalmente de un árbol, cuando madura o cuando el árbol no la banca más, a la manzana, que es como decir que quizás los padres de Javier no lo querían ya en casa, en su casa, o que los padres de Agustina lo mismo, pero el caso es que lo decidieron, eso de vivir juntos, e hicieron lo que tenían que hacer para eso y se fueron, no más.
Ese día, el primero, el de la mudanza, fue el último, para Javier, y para Agustina; Andaban en esas cosas de acomodar, de organizar, que esto acá, que esto allá, cuando Javier estaba entrando al cuarto para guardar algo y Agustina le dijo, le dijo Javier, le digo Javier te estoy engañanado, hace tiempo ya, y Javier la miró, con ojos de perro, unos ojos que expresan mucho de no se sabe qué cosa, pero que de algún modo expresan algo, un dolor, un amor, una furia, una necesidad, entonces Javier y la discusión, encarnizada, y la corrida, de Javier, hacia la cocina, hacia el cajón que ahora era el de los cubiertos, el de los cuchillos, el de la cuchilla, una cuchilla como cualquier otra, que Javier agarró por el mango y volvió, adonde Agustina, que apoyada contra la pared fue sólo resignación, fue sólo culpa, porque entendió todo, y hasta en su último rapto de conciencia no creyó desproporcionada su muerte, no tuvo miedo, no discutió el castigo.
Los peritos dicen que fueron veintidós las puñaladas que Javier le clavó a Agustina, dieciocho en el corazón, como si el corazón pudiera ser el responsable de algo; el resto se repartieron entre el abdomen y la parte derecha del pecho, del pecho de Agustina, un pecho que dejó de sangrar, dicen también los peritos, en el momento exacto de la muerte de Javier, un Javier que en la agonía de Agustina, de eso que Agustina era, volvió a la cocina, lavó la cuchilla y la guardó en su lugar, un Javier que después caminó, hacia el balcón, abrió la ventana, dio dos pasos más y se tiró, de cabeza, hacia su muerte, hacia su lugar, hacia Agustina.
En el caos que eran Javier y Agustina esa tarde aciaga, algo se quebró, quizás las dos partes necesarias para ese amor, para este amor, que no se extinguió, porque eso que Javier y Agustina eran, ese lazo, esa energía, ahora desbandada, ahora necesitada, dicen, los vecinos, que por las noches es llanto, lamento y es palabras; esa energía y un triste final, para esos que creen que puede matarse al amor y no entienden, que es el amor, que es el amor el que mata, pero no el que muere.
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