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Tengo que decir que el barrio donde residía era prácticamente un barrio de viejos.
Salvo yo, mis amigos y otros jóvenes de abajo.
Luego el resto eran personas de larga experiencia.
Historias pasadas a montones escuchaba de ellos, vestigios de felicidad y juventud.
Pero el tiempo pasa y el reloj es inmortal.
Recordaba y sigo viendo, puesto que aún esta vivo, a otro de mis peculiares vecinos.
Una imagen que marcó mi vida , solo una imagen.
Todos los días lo mismo.
Antes de salir de mi casa y cuando volvía él estaba ahí.
Esa imagen digna de ser pintada, por artistas famosos y llena de sentimiento.
Sentía yo muchas cosas cuando lo veía.
La imagen que nunca olvidaré, era la de aquel viejo mirando por la ventana a la gente mientras caminaban sin expresión hacia ningún lugar.
Caras veía pasar y nunca volvían.
Y esa mirada estaba llena de misterios.
¿En que pensará ese viejo?
¿En la vida ?
¿En la muerte?
¿Filosofaba?
¿Meditaba?
¿O era acaso su más preciado pasatiempo?
Un sin fin de posibilidades habían con él.
Lo que sí es que pasaba largas horas contemplando los días pasar.
Siempre saludando a todos.
A nadie le caía mal.
Esa mirada
Cargada de tantas vivencias.
De tanta vida .
Vale decir que era un viejo muy reilon y risueño.
Como pocos ahora.
No vivía solo como mi otro vecino, que en paz descanse, Miguel.
Estaba rodeado por cierto calor familiar.
Es parte del escenario donde crecí.
Y es que he visto a muchas personas ir y venir a mi corta edad.
Aún tengo suerte de poder ver a recuerdos caminantes como es aquel vecino.
Y para mí esa imagen lo inmortaliza.
Y aún ahora lo podemos ver, en el día más frió o en el día más soleado, asomarse por la ventana.
Para siempre.
