Después de obsequiadas las ofrendas al ídolo tenaz de nuestra carne quedamos prisioneros del eclipse de las sábanas recién amotinadas sumidos en el trance que provocan los últimos latidos de la tarde. Entre sombras deslizándose felinas perezosas extendiendo el claroscuro mirabas a lo lejos una mancha o un recuerdo de humo enardecido asediaba con su cerco tu conciencia. Yo, testigo adormilado, te observaba observaba el hemisferio iluminado sorprendente, lunar, como exiliado de la pura simetría de tu cara observaba las heridas que dejaba en el aire la cascada de tu pelo yo te observaba, las casuales cosas que habitaban el cuarto te observaban y hasta el tiempo inexorable se detuvo un momento a contemplarte allí estabas tú estando lejos y en tu breve imagen condensadas las historias de la piel y la palabra los amores que habían sido y que serían los sabores de la sangre y de la lágrima. No sé cuánto duró el encanto si nunca fue o si aún está pasando algo se movió, el hechizo fue quebrado volvimos a nosotros habitantes del tiempo y del espacio volvió a girar la rueda volvió el polvo a convertirse en polvo. Nadie adoró a un dios tan extasiado ni con tanto fervor ensimismado nadie supo de la gloria revelada ni gozó la belleza liberada como yo lo hice aquél instante.
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