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Botticelli, poeta de la primavera

Info4/22/2012


Botticelli, poeta de la primavera


Los museos de bellas artes de muchos lugares están llenos de copistas que se esfuerzan en captar el toque mágico de Botticelli; en su misma Florencia las postales y reproducciones en colores de sus cuadros se venden más que las de cualquier otro pintor, y millones de hogares están decorados con copias de sus lienzos.


Autorretrato de Sandro Botticelli



¿Qué es lo que da a Botticelli el don de ser uno de los artistas más admirados de todos los tiempos? Por una parte, la belleza de sus figuras humanas alargadas, las caras dulces y puras, y la delicadeza de esas inconfundibles "manos de Botticelli". Pero, además, algo enigmático, difícil de definir, sutil y evocador, capaz de pulsar las más íntimas cuerdas de nuestra alma.



Nacido en 1444 o 1445, Botticelli fue hijo de la edad de oro de Florencia. La primavera artística que se conoció con el nombre de Renacimiento estaba en sus comienzos. Sandro —diminutivo de Alessandro— era uno de los hijos menores de una familia numerosa. Su padre, Mariano Filipepi, era curtidor. A su hermano Juan le apodaban Botticello —barrilito—, y Sandro, a pesar de ser flaco, heredó el apodo. No tardó el uso popular en remplazar el apellido de la familia por "Botticelli", nombre que llevó el pintor durante su vida.


"La Primavera". se dice que para pintar todas las figuras femeninas de este cuadro, con excepción de la que vemos a la derecha, Botticelli se inspiró en Simonetta. Varios años antes, había posado ante el pintor para la banderola de torneo de su palafín, Julián de Médici

El primer biógrafo de Sandro, Georgio Vasari, que también era pintor, nos cuenta que el muchacho "aprendía pronto cualquier cosa que le agradaba". No mostró, sin embargo, gran interés por la lectura, la escritura y la aritmética, por lo cual su padre lo colocó de aprendiz de orfebre. Pero como estaba dominado por una gran inquietud, la de la pintura, entró a trabajar en el taller de Fra Filippo Lippi, cuyas costumbres libertinas tal vez hayan influido para que Sandro rehuyese tenazmente y de por vida el matrimonio. Cuentan que una vez le preguntó un amigo por qué no se casaba, y Sandro le respondió: —Una vez soñé que estaba casado, y con la pesadilla me desperté tan horrorizado que salí corriendo y me puse a vagar por las solitarias calles hasta que amaneció.



A pesar de ello, Botticelli se distinguió principalmente como pintor de mujeres. Su Fortaleza —en la que una madre joven contempla el juego de sus hijos—, otras varias Madonas luminosas y una encantadora Judith llamaron la atención de la familia que gobernaba entonces la ciudad. Los Médicis constituían una poderosa dinastía, de fortuna cimentada en los grandes negocios; gobernaban a Florencia con mano dura y guante de terciopelo, tratando de no alterar su apariencia exterior de república soberana. Lorenzo el Magnífico, que ejercía el poder a la sazón, fue una figura titánica, destinada a marcar con su sello a toda una época. Era un nombre de gran vitalidad, amante del placer y poeta de cierto mérito; reunió en torno suyo a filósofos, pintores, bardos y músicos que hicieron de la Florencia del siglo XV el centro esplendoroso de la cultura europea.



Virgen con niño y con un ángel. 1471. Temple sobre tabla. 84 x 65 cm. Museo Isabella Stewart Gardner. Boston. Massachussetts. USA


Juan Lami, comerciante de la ciudad, había comisionado a Sandro para pintar un cuadro de la Adoración de los Reyes Magos para un retablo importante, y el artista retrató en la composición a las principales personas de la familia Medicis. Los tres reyes orientales tienen las fisonomías de los de más edad de aquella progenie. Lorenzo aparece como un caballero joven, espada en mano, a la extrema izquierda; del lado opuesto, a la derecha, está el joven Botticelli, hijo del humilde curtidor: individuo rubio, esbelto, de buena figura, con ojos de párpados pesados, pómulos salientes, nariz prominente, boca voluntariosa y barbilla puntiaguda. Tres de los cuadros más célebres de Sandro lo ligan íntimamente con los Médicis: son tres obras que, por si solas, proclamarían al autor como uno de los pintores más originales del mundo occidental. Una de estas, Palas y el centauro, muestra a la diosa Atenea en el acto de domeñar a la peluda bestia mítica, y simbólicamente elogia a Lorenzo por su triunfo sobre el caos y el desorden. El tema de Palas y el centauro, como el de sus otras dos obras más celebres, La primavera y El nacimiento de Venus, está tomado de la mitología griega.



Palas y el centauro. 1482. Temple sobre lienzo. 207 x 148 cm. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia


El nacimiento de Venus, uno de los óleos italianos más conocidos, se explica por sí mismo: la bella diosa del amor acaba de nacer de la espuma del mar y contempla el mundo con ojos soñadores. Los vientos la empujan hacia la orilla, donde una doncella la espera para cubrirla con un manto resplandeciente.



La primavera es una obra más compleja. En un espeso huerto de naranjos las figuras representan una charada. El tema central del cuadro, ricamente adornado con mitos griegos, es el amor; Sandro ha reservado el centro del conjunto para una Venus recatada y etérea. A la derecha de esta se hallan las tres Gracias diosas de la belleza y el amor, vaporosamente vestidas; bailan una danza rítmica, mientras el dios Mercurio tiende la mano hacia el cielo para disipar una nube. A la izquierda de Venus se ilustra, con una ingeniosa escena muda, el gran despertar de la Naturaleza: Céfiro, el viento de rostro mofletudo, persigue a una ninfa voluptuosa, Cloris, cuyo aliento, al correr ella, se va trasformando en flores, y quien se convierte ante nuestros ojos en la sonriente Flora, que va sembrando capullos. Triunfa el amor y llega la primavera.


Simonetta Vespucci


Algunos reconocen en la ninfa de ojos azules a la hermosa Simonetta Vespucci; el distraído Mercurio podría ser Julián de Médicis, antiguo admirador de aquella florentina. Sean quienes fueran los modelos, ha primavera es sin duda la obra maestra de Botticelli.


El embudo del Infierno. Dibujo sobre pergamino. 32 x 47 cm. Biblioteca Apostólica Vaticana. Vaticano. Roma


La fama lograda valió al artista una invitación del papa Sixto IV para ir a Roma en 1481. Hizo allí algunos retratos de pontífices, y tres frescos de escenas bíblicas para la recién construida Capilla Sixtina del Vaticano.
Al volver a su ciudad natal después de 18 meses de ausencia, Botticelli se convirtió en el pintor del día. La edad de oro de Florencia iba ya perdiendo su prístina frescura. El fanático fraile dominico Jerónimo Savonarola, que predicaba contra los vicios del clero y de la sociedad en general, dirigía al pueblo sermones exaltados. Sus imprecaciones contra el régimen de los Médicis provocaron el levantamiento popular. Con la virtual dictadura del fraile, durante más de tres años reinó en Florencia una paz relativa, cargada de siniestros presagios. Pero cuando el mismo Papa ordenó silenciar a Savonarola, las multitudes se volvieron contra su ídolo de antaño. Un día de 1498 se agolparon en la plaza del ayuntamiento para ver ahorcar y quemar en la hoguera a aquel exaltado rebelde, condenado por herejía.


El Regreso de Judith a Betulia. 1469-1470. Temple sobre tabla. 31 x 24 cm. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia


Ningún florentino con sensibilidad podría haber vivido aquellos días aciagos sin sentirse estremecido en lo más profundo del alma. Botticelli se enfrascó en la titánica tarea de ilustrar la Divina Comedia del Dante; llenó muchos pergaminos con dibujos en tinta que se cuentan entre sus obras mejores. La adoración del niño —último gran cuadro de Botticelli— está lleno de tenebrosas alusiones al Apocalipsis. Lo pintó en 1501.


Infierno, canto XVIII. 1480-1490. Dibujo coloreado sobre pergamino. 32 x 47 cm. Staatliche Museen. Berlín. Alemania

El resto de su vida trascurrió en la sombra, pues aunque el maestro, ya con cerca de sesenta años, trabajaba todavía asiduamente, una nueva raza de gigantes estaba llegando a la madurez. Leonardo de Vinci, Miguel Ángel y Rafael, todos más jóvenes, desarrollaban un nuevo y grandioso estilo. Habiéndose retirado paulatinamente de la atención pública, Botticelli pasaba la mayor parte del tiempo en su cómoda casa de campo, cuidando de sus viñedos y de sus árboles frutales. Murió en 1510, en plena alegría de la primavera florentina, y recibió cristiana sepultura en la iglesia de Todos los Santos, de la parroquia de los curtidores.


"La pintura es la amante de la belleza y la reina de las artes"
"Nicolas Poussin"
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