InicioArteCuento Propio XIV
Les acerco a modo de opereta tragicómica, mi más reciente regurgitación:

Ascenso, declive y caída de la aristocracia blanca en África

ó:

De cómo y cuándo murieron los sueños. (Intítulo opcional en busca de fama y gloria)


Cuenta la historia popular del congo belga que hace no mucho tiempo subsistían en algún rincón perdido entre sus oscuros bosques los restos agonizantes de lo que alguna vez fue una gran aristocracia blanca.
Habían llegado con los primeros colonizadores, hartos de la vida en sociedad tal como se estaba dando en Europa, buscando algo nuevo para distraer sus ilustradas mentes de esas cosas terribles que le pasaban a la gente pobre y fea en los rincones oscuros del feudo, y lo que eso implicaba para la alcurnia: no poder salir a pasear tranquilos, soportar encierros de semanas y hasta meses en sus castillos cuando la peste azotó y luego ese fétido humo que provenía de las fogatas e impregnaba con muerte el aire. ¡Que trágicos recuerdos por Dios!
Y se preguntaban: ¿para qué todo el sufrimiento padecido?, si cuando ofrecieron construir a los enfermos algunos techos para que pasaran el invierno, aislando a la gente sana de la amenaza que ellos representaban, sólo habían sabido responder como los bárbaros que eran, con palos y antorchas, con lanzas y garrotes. Cretinos desagradecidos, mordiendo de la mano que les daba de comer, tirando a la basura toda oportunidad de vivir dignamente, sin importunar a quienes no habían sido maldecidos por el capricho del Señor.
Así las cosas, dejaron sus chateaux(es) y villas y emprendieron el exilio. He aquí algunas de las historias que dejaron atrás, sus recuerdos, única prueba de que existieron.


Entre dioses y soles

La aristocracia exiliada desembarcó en aguas marroquíes donde se sorprendieron al ver por vez primera a un negro que no fuera esclavo, sino cuentapropista. Se ganaba la vida haciendo diversos trabajos a cambio de un pago y ellos lo contrataron a el y a algunos más para que llevaran su equipaje y los guiaran hacia mejores tierras, donde poder establecerse definitivamente.
Durante días montaron ásperos camellos que con tozudez resistían los incontables soles que pasaron sobre ellos mientras cruzaban un peligroso mar de arena en busca de las tierras húmedas.
Difícil fue aceptar que los negros, aun aquellos que eran libres, no eran verdaderamente personas, en el buen sentido de la palabra, pues tanto era su parecido con ellos. Cierto día llegó la revelación, cuando una de aquellas incansables bestias de carga confesó no saber nada de Jesús ni de sus 12 discípulos, momento en el cual los más entendidos en teología decidieron que era menester que esa oscura manifestación del paganismo se hiciera de algunas verdades absolutas e indiscutibles de la cosmovisión de la Santa Iglesia, y luego de algunos minutos de discusión incrustaron una estaca en su ano y acto seguido la clavaron al suelo, para proceder a apuñalar 14 veces su corazón utilizando un crucifijo de plata (este material fue elegido especialmente en caso de que aquel demonio tuviera algún tipo de afiliación con los vampiros, la aparente excesiva cantidad de puntazos tiene por supuesto una explicación por demás simple: una puñalada por cada apóstol y Cristo valía doble).
Así, aseguró uno de los académicos allí presentes, su alma (si en verdad tenía una) sería dirigida sin escalas a las puertas de San Pedro, quien apiadándose de su ignorancia le enseñaría todo lo que cualquier persona que se precie de tal debiera saber acerca de la Santísima Trinidad y los veinte mil pasajes de la Biblia. Gracias a la enorme sabiduría y misericordia de aquellos bondadosos exiliados, ahora también se empezarían a aceptar negros en el Cielo, al menos los suficientes como para dar un fino toque decorativo, y alivianar a los ángeles de todas las tareas manuales.


Sentando las bases

Luego de algunas semanas de agotador viaje los valientes aristócratas y los pocos negros que sobrevivieron la travesía (la mayoría murió empalada, ajusticiando así diversas faltas religiosas, morales o simplemente para evitar el aburrimiento de los niños), llegaron a la jungla, en su interior encontraron un valle ideal para asentarse, a orillas de un río, tierra muy fértil alrededor y buena cantidad de fauna para hacerse de carne y cueros.
No hubo mayor problema en desalojar el asentamiento indio que allí se erigía: luego de fusilar a los primeros 50 o 60, el resto se rindió y los ayudaron a construir sus nuevos hogares y a asesinar a los negros, evitando así pagarles por sus servicios. Se sentaban así las bases de lo que luego se denominaría “políticas sociales, económicas y financieras”, cuyo objetivo es maximizar las posibilidades que cierto territorio puede ofrecer a sus habitantes, repercutiendo positivamente en toda la población (con dinero y poder) y haciendo ajustes graduales (hacia abajo) de los niveles de vida de los más desprotegidos.
Los aristócratas con gusto resguardaron bajo su ala a los indios, a cambio de que ellos trabajaran las tierras, cazaran los animales y se encargaran en general de cualquier asunto que no tuviera relación con hacerse más ricos, libres o felices.


Compartiendo la cultura

Junto con la convivencia se inició un positivo proceso de intercambio de conocimientos de distinta índole entre las culturas. Así, las mujeres indias enseñaron a las blancas a fabricar delicadas y excelentes fibras a partir de plantas y árboles, con las cuales era posible fabricar desde ropas hasta armas.
Luego les mostraron la variedad de combinaciones posibles de frutas, verduras y carnes disponibles en la naturaleza, cambiando radicalmente su dieta, que se basaba esencialmente en pan y carne salada.
Asimismo, los hombres blancos enseñaron a sus congéneres negros las bondades del alcohol, grandioso elixir que hacía de cualquier pusilánime ser vivo un valiente macho cabrío capaz de arrebatar la virginidad de 14 mujeres en una sola noche aunque ellas se resistieran (un concepto nuevo para los afortunados indios y para las no tan afortunadas indias).
Finalmente, las mujeres más habilidosas de la aristocracia organizaron un grupo de trabajadoras indias y aprovecharon sus preciosas fibras para crear algunos de los más hermosos vestidos que haya visto la humanidad, y para hacer gala de su talento sentaron las bases de lo que más adelante se convirtió en el Malarian Fashion Week, evento realizado 2 veces al año y en el que las indias y las blancas desfilaban como iguales ante una multitud deslumbrada por la belleza y genialidad del diseño.


El amanecer del fin

La celebración del Malarian Fashion Week dejó de realizarse en su décima edición, cuando uno de los blancos, excitado tanto por la hermosura de las mujeres como por el alcohol y algunos hongos psicoactivos, convirtió el show en una gran fiesta de violaciones que llegó a su fin cuando uno de los indios, envalentonado por el whisky, enfureció a una pantera al tratar de cortejarla. El animal perdió el control y destrozó los cuerpos de más de 100 hombres, mujeres y niños.
La masacre tuvo un efecto devastador para la comunidad. Los blancos, preocupados por la enorme cantidad de cuerpos y tripas esparcidos por el lugar, trataron de hacer que los indios limpiaran todo, pero ellos tomaron la desgracia como una señal divina del fin de los tiempos y se rehusaron a tocar los cadáveres malditos, temiendo ser alcanzados ellos también por el oscuro destino.
La situación se tornó insostenible luego de 4 días, cuando los muertos comenzaron a pudrirse. Esto sólo ayudó a catapultar estrepitosamente las profecías apocalípticas de los nativos, que buscaron señales en la tierra, los animales, el sol, las nubes, las estrellas, y todo, definitivamente todo, llevó a la misma conclusión: nadie tenía una respuesta.
Desesperados ya por haber perdido el control sobre la población indígena, los blancos comenzaron a dudar de sus propias posibilidades en aquellas tierras, donde el hombre todavía era un extraño. Conscientes de su precaria situación, muchos de ellos decidieron abandonar la aldea, y tratar de encontrar algún modo de salvarse en la violenta inmensidad que los rodeaba.
Muy pocos fueron los que, haciendo de tripas (no las podridas, sino las propias) corazón, se quedaron, argumentando su sueño de empezar de nuevo y hacer de aquella comunidad una gran nación de libertad e igualdad. Al caer el sol se acercaron hacia las chozas de los indios, con quienes conversaron largo tiempo, explicando sus ideas y sueños.
Los indios, un poco más calmados ante el atractivo plan, acordaron que con la salida del Sol comenzarían las tareas para recuperar la paz y el orden, comenzando por dar cristiana/zuluana sepultura a los hediondos restos.
A mitad de la noche los blancos se despertaron sobresaltados por gritos y tambores. No poca fue su sorpresa al darse cuenta que el alboroto era causado por los indios, que fuego y danza mediante, exorcizaban su aldea de los insensatos demonios, que murieron por culpa del peor de los pecados: la credulidad.



Espero hayan soportado los casi 9.000 caracteres que, ordenados en su mayoría al azar, compusieron las 1.459 palabras del texto ante ustedes presente. Acepto comentarios pero no muchos. PD: démosle el espacio que se merece en esta hermosa comunidad a Ricardo Montaner
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