La Rabia.
Noche 2.
Noche 2.
Hacía largo rato que los observaba. Los miraba, y acariciaba el revolver que estaba tibio en su bolsillo. La rabia lo consumía. Su respiración era casi un jadeo, desde que los había localizado allí: los tres, sentados contra un paredón de ladrillos a la vista, tomando vino directo de botellas de vidrio.
Los tres hombres bebían y gritaban, reían e insultaban, de vez en cuando se pateaban o se daban golpes de puño entre risas y gritos escandalosos.
La figura solitaria los observaba, esperando que estuvieran más borrachos para acercárseles y acribillarlos a balazos.
Por fin los había encontrado. Ahora no se le escaparían. Los meses de búsqueda, de preguntas, de mezclarse con gente del sórdido mundo de aquellos tipos, habían llegado a su fin, y ahora estaban allí del otro lado de la calle, esperando que él les quitara sus despreciables y miserables vidas.
Varias veces había querido ir a su encuentro, y descargar el arma en esos cuerpos que él despreciaba de manera enfermiza, pero todas las veces se había obligado a esperar un poco más, a que estuvieran tan borrachos que no pudieran huir, y fueran presa fácil de su rabia, de su asco…
Acarició una vez el metal en busca de una calma que no llegaría hasta el momento de verlos gritando de dolor, de tenerlos a sus pies suplicando por sus vidas, mientras la sangre se mezclara con su orina y sus excrementos.
Noche 1
El compact disc saltaba cada vez que un bache sacudía su coche. La música suave se interrumpía frecuentemente, fastidiándolo un poco.
-¡Que desastre estas calles! – pensaba mientras insultaba mentalmente a los responsables por el mantenimiento de las avenidas, que no estaban, como siempre, cumpliendo con sus obligaciones.
El día había sido movido. Era viernes. Los viernes siempre se presentaban complicados, tal vez incluso, fueran más abrumadores que los lunes. Pero, por suerte, ya todo había concluido, y su regreso a casa se vislumbraba como el comienzo de un fin de semana donde, se prometió, olvidaría todo, y aprovecharía para descansar junto a su esposa y su hija. El sábado podrían ir de compras, y el domingo tomarían el auto y se irían por ahí a pasear sin tener en cuenta los horarios. La música sonaba relajante y tranquilizadora. Al llegar a su hogar pensaba meterse en la bañera con agua tibia, y quedarse allí por lo menos una hora.
Cuando estuvo cerca de su casa, rodeada de altas rejas, alejada de las demás unos 20 o 30 metros, lo que le aseguraba una perfecta tranquilidad, accionó el control remoto, y los portones de metal se deslizaron con un leve crujido.
El coche pisó la grava del jardín, y entró al amplio garaje. Salió del coche silbando bajito, tomó su maletín, se estiró para apagar la radio, cerró la puerta del auto, y algo estalló contra su rostro. Fue un golpe extremadamente violento, que lo hizo caer al piso. Dos tipos lo tomaron de los pelos y los brazos, y lo llevaron al interior de su casa tirándolo sobre una gruesa alfombra. Viéndolo todo como desde una nube, notó que le ataban las manos, y los pies, y que sobre su boca pegaban un trozo de cinta adhesiva. Le dolía la cabeza, y de su nariz salían a borbollones, coágulos de sangre. Su cabeza no se sostenía adecuadamente, y caía, como si se tratara de un objeto inanimado, sobre su pecho. Alguien le dijo algo, lo tomó por el cabello, y descargó un brutal golpe en su mejilla, que lo sumió en un mundo oscuro, donde un ser diabólico reía despiadadamente.
Cuando abrió los ojos, no supo cuánto tiempo había pasado, el horror le produjo un agudo dolor en el estómago, y sintió ganas de vomitar. Estaba tirado, medio de lado, en un sofá; pudo ver que su sangre estaba por todos lados. Profundas arcadas sacaron de su interior sustancias ligeramente sólidas, que debió tragar nuevamente. Seguía con la boca cubierta y se ahogó. No podía respirar. Tosió, y sintió que junto con la sangre que aún le fluía por la nariz, escapaba un líquido verdoso. Desesperado, trató de liberarse de sus ataduras. No lo logró. Se retorció en el asiento sin conseguir nada más que la risa de uno de los individuos que se divertía mirándolo. Dejó de luchar, y se concentró en respirar, cosa que logró a duras penas.
Un hombre alto, casi rubio, con la barba crecida, desordenada y sucia, lo miraba con una expresión de profunda satisfacción. Su sonrisa amarilla de dientes sucios y podridos, era amplia y hasta cómplice. La campera de gastado cuero, tenía manchas de aceite.
A un costado se desarrollaba la escena que le había provocado el pánico y la desesperación incontrolables.
Su esposa, su hermosa, joven y amada esposa, estaba de rodillas, con las manos fuertemente amarradas a su espalda, mientras otro hombre le sujetaba la cabeza tomándola fuertemente por las orejas, y en su boca metía, con fuerza y hasta el fondo, su pene erecto.
Los ojos de la mujer parecían querer saltársele de las órbitas, y la asfixia estaba punto de hacerle perder los sentidos. El hombre emitió profundos gemidos de placer. De repente la soltó y dijo, con los ojos encendidos por la excitación:
-¡Voy a cogerle el culo a esta vieja de mierda!
Los 3 rieron, mientras se manoseaban los testículos.
De una patada tiró a la mujer al piso, la acostó boca abajo, le quitó la ropa interior, y con profunda violencia, la penetró por detrás, mientras un doloroso chillido escapaba de su garganta. El hombre aceleró sus movimientos, hasta que entre convulsiones y jadeos se detuvo, y permaneció tendido y agitado sobre ella, que sollozaba. Después de unos minutos se puso de pié, tomó un almohadón, y con él limpió la sangre que ensuciaba su miembro casi fláccido. Con una sonrisa en sus ojos, con mirada de quien cometió una divertida travesura, preguntó al que estaba a su lado:
-¿Le vas a dar, vos?
-No – respondió – yo me voy a clavar a la pendeja esa, hace tiempo que no me garcho una conchita virgen!
La mujer tendida en el piso, sin tener como cubrir su vergüenza, chilló y zapateó intentando salvar a su hija. El hombre en el sofá, luchó por ponerse de pie, lográndolo parcialmente, para intentar frenar todo aquello, pero el hombre sentado frente a él, le descargo una brutal patada en la entrepierna, que lo hizo desplomarse, cayendo sobre una mesita de vidrio con un estruendo ensordecedor. Antes de desmayarse, vio que estaban violando su hija…
Noche 2
El tránsito era inexistente. Eran las once de la noche. Los tres tipos habían bebido casi cinco botellas de vino.
-Ya deben estar suficientemente borrachos – pensó el hombre, mientras del bolsillo de su campera, extraía el revolver que brilló en forma lánguida en sus manos trémulas y sudorosas. Miró hacia ambos lados de la acera. No había nadie a la vista. Ningún coche se aproximaba. Decidió cruzar la calle. Al verlo caminar hacia ellos, uno de los que estaban tirados en el pasto, le preguntó a los gritos:
- Maestro, no tiene unas monedas p'al vino?
Al no obtener respuesta, le lanzó con voz pastosa:
- Andá a la concha de tu hermana!
Ese lenguaje, le recordó aquella noche, que aún estaba presente, indefectiblemente presente en su memoria, y lo encendió con una ira que lo obligó a correr para cumplir su cometido. El revolver guiaba sus pasos, y desde el medio de la calle disparó la primera vez. El balazo sonó seco en el silencio de la noche, e hizo volar trozos de ladrillo por encima de la cabeza de los borrachos que no entendían lo que ocurría. Uno de ellos empezó a ponerse de pié, y un certero balazo lo derribó, mientras una rosa de sangre, estallaba en su garganta. Sus manos se crisparon en torno al cuello, por donde, en medio de un gutural gorjeo, se le escapaba la vida. Otro de los hombre se puso de pié y salió corriendo. El disparo sonó inmediatamente, pero fuer a perderse en el vacío. El tercero, que aún no había atinado a levantase, sintió que le clavaban la boca del revolver en el ojo izquierdo.
-No me mate!, por favor amigo, que le hicimos?. Compañero!, no me mate!
El disparo hizo que su cabeza estallara como una sandía al partirse tras una larga caída. La sangre salpicó la pared, y el arma se tiñó de rojo. Una masa de pelos, huesos y sesos, sustituyó rápidamente lo que alguna vez había sido un rostro humano (el rostro de un hombre, de un joven, de un niño, de un bebé…)
Cegado, enloquecido por la furia, por la rabia, por el miedo, el hombre pateó el cuerpo muerto, y salió como una máquina implacable en busca del que había huido. Corrió hasta la esquina, allí dobló rápidamente, tratando de adivinar el camino que había seguido el fugitivo. Varios galpones abandonados poblaban la zona. Se metió en la primera entrada que vio, y se encontró con un laberinto de maderas y escombros amontonados. Cauteloso, se movió atento a las mínimas señales. Estaba bastante oscuro. Apoyó la espalda en la pared. El arma fuertemente aferrada con las dos manos. Se movía despacio, sin despegarse de la protección que le daban los ladrillos que emitían un suave calor. El silencio era absoluto. Al llegar a una puerta, asomó lentamente la cabeza, tratando de ver algo que le indicara que rumbo tomar.
El botellazo reventó como un fogonazo contra su sien. La violencia del impacto hizo que el vidrio volara en mil pedazos, incrustándose en los huesos de su cráneo, mientras una catarata de sangre incontenible, empezaba a manar. Cayó.
Con una botella en la mano, o lo que quedaba de una botella, el hasta entonces cazado, ahora convertido en cazador, jadeaba de miedo. Viendo que el otro estaba caído sobre la tierra negra, inerte, envuelto en una aureola de sangre, se animó a acercársele. Lo pateó, y al no obtener respuesta, rápidamente le quitó el revolver de sus manos endurecidas y crispadas. Con el arma en la mano, su estado de ánimo, cambió rápidamente y hasta sonrió.
Metiendo el arma en su cintura, salió corriendo hacia la oscuridad.
El hombre caído, movió ligeramente su cabeza en el charco de sangre, y en medio del dolor y la confusión pensó:
-Todavía me falta uno.