InicioArtePlaceres carnales
Soy vegetariano. Me la paso comiendo verduras, cereales, frutas y todo tipo de cosas que surgen de la tierra. Detesto la carne, cuando veo un churrasco me dan náuseas, la simple contemplación de una inocente milanesa me hace bajar la presión y me provoca arcadas. Así y todo detesto que me confundan con un hare krishna o con un vegano, esa raza de chetos patéticos que pretenden que matar una vaca es un crimen y que un animal tiene los mismos derechos que un ser humano. Comprendo a aquellos que vivieron los tiempos en que se postulaba la lucha de clases y la revolución, digo que los comprendo cuando miran a los putitos veganos con desprecio; yo pienso lo mismo, son derechistas queriendo hacerse pasar por revolucionarios.
Mi aversión a comer carne proviene de un origen muy distinto al ideológico. Tampoco es algo que me inculcaran mis padres, todo lo contrario, durante mi infancia era una cuestión casi religiosa comer carne todos los días. Calculo que por nuestra mesa familiar deben haber pasado varias toneladas de vacas, pollos, corderos, pescados, cerdos, liebres, conejos, perdices y algún otro bicho que prefiero obviar.
Yo tenía muy buen comer, hay que decirlo. Siempre repetía, fuera en el almuerzo o en la cena, y mi plato quedaba brilloso, como recién lavado, después de que yo le pasaba un pan para deglutir hasta la última gota de jugo o salsa. Mi madre cocinaba muy bien, como todas las madres en esa época, y mi padre tenía muy buena mano para la parrilla. Sin embargo mi comida favorita eran las empanadas de lo de don Pepe. Don Pepe era un médico jubilado que, aburrido de luchar contra las miserias del cuerpo humano decidió concentrarse en hacer felices los estómagos de la gente y puso una rotisería a una cuadra de casa.
Una mañana, que sólo imagino porque no la recuerdo, yendo con mis hermanos rumbo a la escuela notamos que el local de la recientemente desaparecida zapatería, un vetusto y angosto local encajado entre una clínica y una ferretería, estaba abierto. Entré por primera vez con mi madre, un día en que ella no andaba con con ganas de cocinar. Lo primero que llamaba la atención al entrar eran las fotos que cubrían las paredes. Fotos conteniendo paisajes inverosímiles, bizarras construcciones, personajes que aparentaban no haber visto nunca antes una cámara de fotos. Era muy difícil dejar de mirar esas imágenes, dignas de la National Geographic, hasta que tu mirada se cruzaba con las figuras de las empleadas. Dos negras espectaculares, de una edad indefinida entre los quince y los veinte, altas, enormes figuras oscuras como la misma noche, recibían a la gente con las caras desbordantes de sonrisas. Eran las hijas adoptivas de don Pepe, y sus ayudantes en la cocina y la atención a los clientes. Y después lo veías a él, setentón, desmesuradamente blanco en contraste con sus hijas, siempre amable, simpático, con esa facilidad que tienen muy pocas personas para entrar en confianza con cualquiera.
Don Pepe ofrecía una amplia variedad de comidas que iban desde las pastas hasta el estofado, variedad de tortas dulces y saladas, la clásica milanesa al pan, generosamente preparada, y la especialidad de la casa, la empanada. Masa crocante , liviana y esponjosa, rellenos exquisitos, aromáticos, tentadores. No es de extrañar que muy pronto me hiciera adicto a ellas. Mis favoritas eran las de carne. La sensación al morderlas era indescriptible, el sabor de una exquisitez como no he vuelto a experimentar en mi vida, de textura suave, la carne prácticamente se disolvía en la boca. Llegó el momento en que cuando me daban plata para la merienda la invertía invariablemente en una empanada. Cuando sonaba el timbre de salida yo corría hasta lo de don Pepe dominado por la ansiedad. Pocas veces me resultaba tan fácil, mi madre desconfiaba de mi criterio para elegir una merienda sana y nutritiva por lo cual solía preparme una vianda en vez de darme la plata(¡la muy miserable!). Eso me dejaba con el problema de cómo solventar mi vicio. A veces esperaba un descuido de mi madre para robarle unas monedas, pero no era algo fácil ni seguro. Finalmente encontré la solución haciéndole los deberes a mis hermanos a cambio de la suma necesaria.
Al principio compraba la empanada y me iba, pero con el tiempo entré en confianza y me quedaba charlando con el viejo y sus hijas. A él le gustaba hablar de sus fotos. Había sido médico de la cruz roja, lo que le permitió pasar por los más recónditos lugares del planeta.
-Lo mejor de viajar-decía- es conocer gente y costumbres nuevas para uno, aprender que hay personas que viven de una manera muy rara para nosotros, pero que son felices igual.
Escuchando los relatos de don Pepe yo sentía que mi espíritu se alimentaba a la par que mi cuerpo, su forma de contar volvían sus relatos tan sabrosos como sus sublimes empanadas.
Una mañana, esta sí perfectamente esculpida en mi memoria, al salir de la escuela corrí, como diariamente lo hacía, al encuentro de mi amado manjar, pero una multitud reunida en la vereda me impidió pasar. Dos patrullas esperaban impacientes frente al local. Había unos policías hablando con la gente, las caras tenían algo que no me gustó. Después de unos minutos vimos salir a don Pepe y sus hijas esposados con policías agarrándolos de los brazos. Los metieron en las patrullas y se fueron. Recuerdo el perfil de mi viejo amigo proyectando una tristeza infinita a través del vidrio del asiento trasero de uno de los coches. Fue la última vez que lo vi. Al llegar a casa, desconcertado, sentía que me faltaba algo. Pregunté a mis padres sobre lo que había pasado pero me contestaron con evasivas.
-Son cosas de grandes, no lo entenderías.
Insistí pero lo único que logré fue hacerles perder la paciencia. Mi respuesta la encontré al otro día en la escuela. Huguito era el canchero de la clase. Un año mayor que el resto al haber repetido tercero, se jactaba de saber las "cosas de los grandes" y miraba a los demás con evidente aire de superioridad.
-¿Saben porqué lo llevaron preso a don Pepe?- preguntó, gratificado con la inmediata atención obtenida.
-Noo ¿por qué?
-Porque hacía las comidas con bebés muertos.
-Nooo, mentira; dije, sin poder creer lo que escuchaba.
-Es verdad, hacía el relleno de las empanadas con carne de bebés, por eso se lo llevaron.
No pude pensar en otra cosa el resto del día. Mis hermanos habían escuchado la misma historia. Al salir de la escuela pasé frente a la rotisería, con la esperanza de que estuviera abierta, de que todo hubiera sido un malentendido, una pesadilla, pero ahí estaba, cerrada y muda, casi hostil. En un quiosco vi la cara de don Pepe en la tapa de los diarios. Recordé que tenía la plata de mi frustrado almuerzo del día anterior. Compré un diario y empezé a leerlo ahí mismo.
Todo era cierto. El entrañable don Pepe, habiéndose enterado que en la clínica lindera a su local se practicaban abortos clandestinos, y con el conocimiento adquirido en alguno de sus viajes sobre las formas adecuadas de cocinar la carne humana, vió el llamado de la oportunidad que lo invitaba a bajar sus costos y a darle un "toque secreto" a sus comidas. Llegó a un arreglo con los empleados de la clínica que pasaron a proveerle la materia prima. Cuando cayó la clínica cayó él.
Algunas palabras no las entendí, pero el significado último de todo aquello me golpeaba con una fuerza devastadora.
Levanté la vista, descubrí el horror y la verguenza en las miradas de la gente que pasaba, en mi mente se producía un desfile de bebés muertos, el sabor de las empanadas me llenaba la boca.
Ese fue el día en que me hice vegetariano.
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