La crisis en la representación de la realidad planteada por Walter Benjamin nos dice que el arte ya no tiene la función de reproducir la realidad, sino de mostrarnos la visión fragmentaria y relativa que un artista tiene de ella. La obra está rodeada de una "aura mágica" por su irreproductibilidad, irónicamente, debido a que la masividad que adquieren las reproducciones de las obras de arte elevan increíblemente el valor monetario de los originales.
Entonces los posimpresionistas como Cezzanne, Van Gogh, Picasso, etc. son rescatados como paradigmas del artista que representa su mundo.
Paralelamente, el dadaísta Marcel Duchamp instaló una polémica que continúa hasta hoy; para hacer arte contemporáneo, sólo son necesarios dos factores: el artista y la presentación; así, la re-presentación, el resultado del filtro que supone la individualidad del artista, sería otro factor prescindible del modelo "premoderno".
El arte después de Duchamp suele ser considerado como postmoderno; se habla de pastiche, del final de las vanguardias, de la muerte de las utopías y del fin de la historia. El arte amplió voluntariamente sus fronteras a lugares insospechados, pero aún no salió del lugar en el que se encuentra cómodo, secuestrado por el sistema capitalista desde su surgimiento: el mercado. Los artistas contemporáneos ponen todo su esfuerzo en impactar con sus obras, llevándolas a cruzar todos los límites posibles, pero siempre dentro del mercado del arte. Cualquier movimiento que se dé fuera del mercado es fagocitado, legitimado y también controlado desde los campos de poder; quizás por eso se haga hincapié en la muerte de las ideologías: para los grupos hegemónicos negar todo tipo de pensamiento opuesto al sistema es una forma de evitar que surjan movimientos revolucionarios.
Con algunas excepciones, el arte postdadaísta se abocó a producir vanguardias, intencionadamente, calculadamente. Vanguardias demasiado específicas como para ser consideradas seriamente. La sucesión de movimientos, aunque intrascendentes, llevó a que se decrete el final de las vanguardias y a que, supuestamente, todo pueda ser considerado arte. "Todo lo que está dentro del mercado del arte está legitimado, el resto no existe", suena demasiado parecido al historiador nortemaricano Francis Fukuyama anunciando el "fin de la historia" en 1992 tras la caída de la Unión Soviética a modo de festejo, de triunfo final del sistema capitalista. Pero como advierte Jacques Derrida, "nunca una celebración fue tan oscura, amenazada y amenazadora".
Estamos ante un sistema político-económico del que el arte forma parte, un sistema que es consciente de que no le queda mucho tiempo de existencia, aunque se niegue a reconocerlo. La manera que tiene de perpetuarse es negando los valores de la modernidad que pisoteó aunque sin despegarse del "aura" que Benjamin describió, que sigue siendo el sostén del mercado del arte.
Gabriel Fara