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Windows 7 no lo trae... mi cuento, jaj : Encuentros casuales

Arte1/29/2009
Encuentros casuales: Un hombre camina pensativo rumbo a la iglesia, sin reparar en el sujeto que viene a su encuentro: - ¡ Juancho !. - ¡ ¿ Eh? ! - sobresaltado -. Perdón, ¿ lo conozco?. - ¡ Juancho ! - acompañando ahora con una amplia sonrisa. - No… lo recon… , ¿ es que usted me conoce ?. - Es la primera vez que lo veo. ¡ Juancho !. - Pero si es la primera vez que me ve, ¿ por qué me llama Juancho ?. - No lo llamo a usted. Me llamo yo : ¡ Juancho !. Así siempre me presento. - Bueno, ¡ caramba !, es que yo también me llamo Juancho. Yo pensé que… Bueno, ¿ y en qué puedo servirlo, Juancho ?. - ¡ Juancho !, a sus órdenes – ahora con una sonrisa mas amplia. - Sí… le escucho… - ya un poco molesto. - Bueno, usted verá, Juancho : mi nombre es Juancho, pero no quisiera incomodarlo… - A decir verdad ya lo está logrando, mi amigo. Yo iba rumbo a la iglesia, y me estoy retrasando. No quiero ser descortés… , pero quizás en otra oportunidad… - mientras estrechaba la mano del extraño sujeto. El Juancho que salió al encuentro de Juancho, se quedó parado viendo cómo su tocayo seguía su camino. Mientras tanto Juancho apuraba su paso ( estaba a tres cuadras del templo) , y pensaba : - ¡ Qué pesado, por favor !. De pronto : - Señor, por favor… - una vocecita interrumpió. Miró hacia un costado mientras detenía su marcha, e identificó a quien le había hablado : una niña de no más de cuatro años, con expresión de susto en su rostro, casi lagrimeando, que lo miraba esperanzada cómo buscando protección. - Señor…, no encuentro a mi papá… - comenzando a llorar. - Bueno, dulce, no llores. Cómo te llamas ?. - No encuentro a mi papá…. buaaah….!. - Bueno, bueno, no te preocupes. Yo te voy a ayudar. Decime: ¿ Cómo se llama tu papá ?. - Juancho… - contestó la niña, un poco más calmada. - Oh, no… - dijo Juancho – ahora entiendo. - ¿ Lo conoce a mi papi ? – preguntó ella esperanzada. - En realidad… no. Aunque creo que sí. Bueno, no sé. – dijo Juancho, mientras se daba vuelta, para ver si aquel hombre molesto aún estaba por allí. La niña que estaba en sus brazos, giró con él, y abriendo sus ojos gratamente sorprendida, exclamó: - ¡ Es él !, ¡ es mi papi !, ¡ es Juancho !. Juancho, que la sostenía con un brazo, se tomó la cara con la mano libre, y pensó : - Oh, no, otra vez este tipo… Bueno, por lo menos lo encontramos pronto. - ¡ Sí, es mi papi !. ¡ Es Juancho !. Estaban a una cuadra del padre de la niña, qué aún no los había visto. Cuando estuvieron a unos quince metros, la niña sonriente exclamó: - ¡ Papi !. El padre de la niña, es decir Juancho, se dio vuelta. Y gratamente sorprendido gritó: - ¡ Juancho, sabía que me ayudaría !. – y tomando a la niña en sus brazos, dijo: - Hijita… ¿ dónde estabas ?. La niña llorando de alegría contestó: - Me perdí, papi. Pero el señor me ayudó. - Sí, hijita, se llama Juancho, ¡ como tu padre !. - ¡ Juancho ! - exclamó alegre la niña. - ¡ Sí, Juancho, hijita !. A todo esto, Juancho pensaba: - Creo que mi nombre ya empieza a molestarme. – y se despidió de ellos: - Bueno, me alegro de que se hayan encontrado. Se me hace tarde. Voy a la Iglesia. Adios. Dio media vuelta, y salió caminando rápidamente. - ¡ Juancho, permítame agradecerle ! - dijo el padre de la niña. - No tiene por qué. Adios. –mientras seguía caminando. - Juancho, adiós. – dijo la niña con una vocecita muy dulce, y una sonrisa realmente encantadora, al tiempo que movía su mano en señal de despedida. - Aún estoy a tiempo para la misa. - pensó – Suerte que siempre vengo unos minutos antes. Mientras caminaba apurado, tuvo un presentimiento, y se dio vuelta. Lo confirmó : a veinte metros detrás suyo, venían caminando el hombre y su hijita. - ¡ Juancho, gracias ! - dijo el hombre con amplia sonrisa. Casi burlona. - ¡ Adios, Juancho ! - agregó la pequeña. Toda dulzura. Pensó que sería mejor no contestar, y apuró aún más la marcha. Estaba a cincuenta metros de la iglesia. Solo quedaba cruzar la calle. Luego un poco más, y llegaría. - Hace calor. – pensó, mientras llegaba a la ochava. Como caminaba muy rápido mirando al piso, no reparó en quién venía por la calle lateral. Y se lo llevó por delante. Chocaron con fuerza, y se golpearon sus cabezas. - ¡ Aaaaaaahh…!!! – dijeron a dúo. - Tú sí que tienes suerte, Juancho. – exclamó el ocasional colisionante – Sí, Juancho, tú sí que tienes mucha suerte. – agregó. - Pero, ¿ es que hoy todo el mundo me conoce ?. – pensó Juancho. El original, digamos. Pongámosle un poco de claridad al asunto. - ¡ Ay, Juancho !, primero tu mujer, luego tu jefe, y ahora este hombre: el “ Don Señor “, que me cabecea como apuntando al arco. Sí, sí, no hay duda Juancho, ¡ tú sí que tienes suerte ! - decía mientras se agarraba la cabeza, y se disponía a seguir viaje. Sin mirarle siquiera la cara , a quién aún lo miraba fijamente. - Este hombre, sepa usted, fue bautizado : ¡ Juancho !…Y espero una disculpa. - ¡ Bueno, de acuerdo ! - dijo Juancho fotocopia, mientras detenía de nuevo su marcha – Sepa usted recibir mis disculpas, señor… - … Juancho, ya le dije. - Sí, sí, ya le entendí, señor. Y me estoy disculpando. Solo quería rematar pronunciando su nombre, para agregarle un poco más de cortesía al golpe. …Quiero decir, la disculpa. - Lo que ya le dije, es que mi nombre es Juancho. - ¡ Ah, bueno, bueno !. Pero si ya le hizo efecto el golpe. Pero si resulta que yo soy él, o él es yo… ¡ Mi madre, Juancho, tú sí que tienes suerte !. Primero tu mujer, luego tu jefe, y ahora tú mismo, regalando tu identidad a cabezasos. ¡Vaya suerte la tuya !. Y ya reanudando la marcha: - ¡ Adiós, Juancho ! . Porque ahora tú eres Juancho, no ?. ¡Ay, mi madre, yo sí que tengo suerte !. Primero mi mujer, luego mi jefe, después yo, que cabeceo y se me escapa el nombre. Si tuviera un segundo nombre, ya lo estaría usando. Porque para qué sirve un segundo nombre, si no es para repuesto, en caso de fuga de identidades ?... Pero claro, mi madre solo me puso uno, que lo perdí en un gol de cabeza. ¡ Y maldito sea el fútbol !. Ya iba como a unos cien metros, y aún se le escuchaba decir: - ¡ Tú sí que tienes suerte !, ¡ mi madre…! A todo esto, Juancho, que había quedado boquiabierto en la esquina, se decía : - Tengo que calmarme. Tengo que calmarme… La iglesia, sí, la iglesia. Sí, allí me sentiré mejor… Enseguida llegó a las puertas del templo, y mientras subía las escaleras, un hombre sucio y andrajoso, estiraba la mano, mientras decía mecánicamente y con voz fuerte : - ¡ Una monedita para este pobre Juancho…!, ¡ Una monedita para este pobre Juancho…!. Mientras subía, Juancho lo miraba, pero no escuchaba exactamente así, sino : - ¡ Una monedita para este pobre…!, ¡ Juancho !. ¡ Una monedita para este pobre…!, ¡ Juancho ! - lo que lo irritó especialmente. Y muy diligente sacó unas monedas de su bolsillo, y se las dio, mientras le decía : - ¡ Ya, ya !, tome, tome. ¡ Pero deje de nombrarme de una vez ! - y se introdujo en el templo. El mendigo no entendió nada, pero tenía unas monedas más, o sea que no había mucho que entender. Y prosiguió, mientras veía llegar a otros fieles, con su ya tradicional : - ¡ Una monedita para este pobre Juancho… !, ¡ una monedita…! Dentro del templo : El cura se dirigía al atril, para leer el evangelio, justamente cuando Juancho se disponía a tomar asiento, mientras pensaba : - Escuchar el evangelio me hará bién. Sí, sí, me hará bien. Ya me estoy tranquilizando. El sacerdote tomó la biblia entre sus manos, alzando la mirada ( justo enfrente estaba Juancho ) y dijo : - Lectura del Santo Evangelio según San Juan… - ¡ BASTA, BASTA, BASTA !. ¡ Basta de Juanchos, por favor…! Y ante las miradas estupefactas del padre, y de todos los creyentes, salió corriendo, como víctima de un bombardeo. De yapa, mientras bajaba las escaleras, volvió a escuchar : - ¡ Una monedita para este pobre… ! . ¡ Juancho !. - ¡ Cállese, cállese, por favor ! – le dijo al mendigo, mientras ponía en sus manos varios billetes de gran valor. - ¡ Mi Dios ! – dijo el mendigo -. ¡ Usted sí que se ha apiadado de Juancho !. Dígame, buen hombre : ¿ cómo se llama usted ?. - ¡ Juancho !, ¡ Juancho !, me llamo Juancho. ¡ Esa es mi desgracia !. Quisiera llamarme Pedro, Raúl, Felipe, José… Pero ¡ no !, ¡ no !, mi único nombre es Juancho. ¡ Y para toda la vida ! – decía mientras se alejaba vociferando, y haciendo ademanes diversos en forma descontrolada. Anduvo durante horas sin rumbo, descargando su bronca, hasta que se detuvo a descanzar en una plaza. Eran las dos de la tarde ya. Y se encontraba tranquilo, sentado en un banco de la plaza del pueblo. Más que de tranquilidad, su estado era de tristeza. Pensaba. Solo pensaba… A tres metros suyo, otro hombre, tambien pensativo, depositaba su mirada en el césped, mientras mecánicamente le daba de comer a unas palomas. Ambos sabían de la presencia del otro, pero se sentían como si no hubiera nadie cerca. Recogidos ellos en su mundo interior. Luego de media hora de silencio, Juancho habló, mirando a las palomas : - ¿ Qué más da…? – dijo en voz baja. Su vecino lo miró, pero … nada. Solo después de un minuto, contestó : - Sí…, ¿ qué más…?. - Ya es hora de que me vaya haciendo a la idea… - Sí, ya es hora – dijo su vecino sin mirarlo. - Dígame, señor… - dijo Juancho dirigiéndose a su vecino. - No se lo diré - contestó. - ¿ Qué cosa ?. - No, no… - No, ¿ qué ?. - Sí… - dando maíz a las palomas. - ¿ … Sí, qué ?. - No se lo diré… - ¡ ¿ Qué cosa ? ! - No… no… No, no. - No, ¿ qué ? - Que ya es hora… No se lo diré… - ¿ Qué ? ¡¡ ¿¿ Quééé…?? !! - Es decir…, ya es hora de que no se lo diga… - ¿ Por qué ? – preguntó Juancho, como si supiera de qué hablaban. - Sencillamente…bueno…, eh…Pero usted ya lo sabe… - ¿ Usted cree…? – preguntó Juancho. - Sí… Estoy seguro… Completamente. - Bueno… - dijo Juancho mirando al piso -, ¿ qué más da… ? El hombre, no lo miró ni le contestó. Pero luego de cinco minutos, se animó, y ledijo mirándolo a los ojos : - Sí…, ¿qué más…? Juancho se levantó y se despidió con un : - Gracias. Cuando Juancho se encontraba ya a unos cincuenta metros, el hombre le contestó mirando al piso : - … a usted. Juancho se sentía distinto. No estaba seguro, pero percibía que el encuentro con el extraño en la plaza, no era casual. En su interior había ahora confianza, alegría. Creía descifrar en aquellas palabras del hombre en la plaza, una señal clarificadora. Pensó que ya no había dudas. Su nombre era Juancho, pero no había nada de malo en ello. Al contrario : era una dicha. - ¡ Pero claro ! – dijo - . Tantos miles de personas dando vuelta por ahí, y solo “ yo “ y otros pocos, hemos sido elegidos para portar con la frente bien alta, el nombre de ¡“ Juancho “ !. Además, tanta dicha desbordaba su persona. Y era necesario compartirla. El mundo debería saber que él era un “ Juancho “. Uno legítimo. Y se dispuso a cumplir con su cometido. Caminaba sonriente, mirando a la gente. Y enseguida comenzó: - A ver, a ver…, a que usted no lo sabe le dijo a una señora muy gorda que caminaba por la vereda de enfrente - . A que usted no sabe que yo soy uno de ellos… - Eeeeeehh…. – dijo la señora, totalmente desconcertada. - ¡ Jéh, un Juancho !... ¡ Uno legítimo ! - ¡ Aaaaahh, pero muy bien, muy bien, lo felicito ! - Muchas gracias, señora – contestó Juancho satisfecho. - ( Pobre…., tan joven….) – pensó la mujer. - ( Esto me está gustando) – pensaba Juancho. Unos metros más adelante, se cruzó con el General Oviedo. Un militar paraguayo, que venía de visita a la casa de su hermana. Al verlo, no se contuvo, y le dijo con una sonrisa : - ¡ Juancho, a sus órdenes ! - ¡ ¡ Aaaaaaaalrededor mío carrera márch ! ! . ¡ ¡ Salto arriba empezar ! ! . ¡ ¡ Cueeeeeerrrrpo a tierra ! !. Juancho, un poco confundido, comenzó a ejecutar los movimientos vivos, con gran decisión. Y de pronto se detuvo : - No, no, general, …jeh, usted no me entiende. Lo que le decía, simplemente, es que yo soy Juancho, para lo que guste mandar. - Justamente le estoy mandando : ¡ ¡ Fleeexiones de brazos, empezarrrrrr ! ! . ¡ Quiero ver el entusiasmo en los movimientos vivos ! ¡ ¡ Saaalto arriba, empezaaarr ! ! ¡ ¡ Desaparecer de mi vista ! ! ¡ ¡ Carrera maaarrrch ! ! Juancho aprovechó la última orden del General Oviedo, para evaporarse, y salir así del inesperado influjo castrense. Media cuadra más adelante, detuvo la carrera, y siguió su marcha caminando. No se amilanó por lo ocurrido y se dijo : - El problema es simple, claro. Hay que dirigirse a la persona correcta, en el momento correcto. Es solo eso. Divisó en la próxima esquina un restaurante, con gente sentada en la vereda, charlando animadamente. Y se volvió a entusiasmar. Se dirigió a una mesa, en la que charlaban dos señores de unos cuarenta años, y con su mejor sonrisa, y un tono muy amable, les dijo : - Buenas tardes señores, soy Juancho, para servirles… - Buenas tardes, sírvanos dos cafés por favor – dijo uno de ellos. Juancho se quedó atónito y balbuceaba : - Eeeeeh….., pep…..pero…. - Ah, sí, y para comer… tres medialunas por favor. - Mi café no muy cargado, si es tan amable – dijo el otro. - Sí, enseguida – dijo Juancho. Entró al restaurante y se dirigió hacia la barra. El gallego que atendía le preguntó : - Eeeeel señor……, ¿ qué se va a servir ? – mientras le pasaba el trapo a la barra. - Eh…. –rascándose la oreja – dos cafés por favor. - Dos cafés para el señor…. – repitió la madre patria. Un minuto después, el gallego servía a Juancho. Y le cobraba, por supuesto. Aprovechando que el señor venido de España se daba vuelta, Juancho sacó una bandeja de la barra, y les llevó los dos cafés a los hombres. A mitad de camino recordó las medialunas, justo cuando pasaba junto a una mesa de enamorados. Divisó un plato de medialunas en ella. Como los románticos estaban en otra cosa, cargó el plato en la bandeja, y prosiguió. - Señores…., sus dos cafés. Uno no muy cargado para el señor - mentira, pensó – y tres medialunas. Esperó el dinero un instante, pero pensó que si recién había servido, no correspondía cobrar aún. Meditó un instante, y se dijo otra vez : - Claro, por lo visto no fueron las personas correctas, en el momento correcto. Debo compartir la dicha de ser un Juancho. Se dio vuelta, y reconoció en otra mesa a Ricardo, el plomero del barrio, con su esposa y su hija. Y los encaró : - Buenas tarde, Juancho. Mire…., estábamos hablando con las doncellas aquí presentes, y decidimos comer una picada. ¿ Puede ser ?... - Bueno…., si me permiten, yo…. - Sí, sí – dijo Ricardo – la bebida puede recomendarla si quiere. El vino de la casa estará bien. - Sí…., claro. Una picada para tres… y el vino de la casa. - Fue a la barra, hizo el encargo, y se fugó del restaurante murmurando bajito : - Debe haber sido el momento incorrecto…. ¿ O habrán sido las personas incorrectas….? ¿ Será mi nombre…. ? ¿ Estará bien que me llame Juancho…. ? Tengo que pensar, …. sí. No, no voy a pensar ahora. Voy a caminar. Voy a caminar así puedo pensar…. Mejor pienso…., si voy a caminar, ¿ no ? Estoy pensando, si….. esto camina o no camina. Sí…., debe ser una caminata bien pensada. Tengo que aclarar el punto. - ¡ Debo lograr que mi pensamiento empiece a caminar ! Lo lograré, lo lograré…. Caminando…., o pensando…. O…., eso…. Después de caminar una cuadra, y no sacar nada en limpio, Juancho se detuvo. Era una hermosa tarde, con un sol enorme, brillante. De repente……, el cielo se oscureció, y empezó a diluviar. Juancho dejó su caminata filosófica para otro momento, y corrió en busca de refugio. A poco de correr, encontró casi sobre una esquina un gran cobertizo, debajo del cual se refugiaban unas quince personas. Corrió hacia el, y cuando llegó, se sintió aliviado. - ¡ Ahaaaa ! – dijo – Un rato más bajo la lluvia, y me pescaba flor de pulmonía….., ¿ no ? - comentó con ánimo de entrar en conversación. Nadie contestó. Juancho pensó : - Claro…., mojados como yo…..De mal humor. Pero sigue el diluvio, y acá tenemos para rato. Hay que charlar un poco. Aquí voy de nuevo : - Húmeda la cosa…, ¿ no ?.... Silencio. Pensó : - Qué manga de amargados…. Pero insistió : - ¡ ¡ Santa humedad descendente, Batman ! ! Nadie habló. Convencido de la poca sociabilidad del grupo, siguió hablando solo : - Perooooo ….., es linda la lluvia…., ¿ no ?..... Bueno….., ya sé….. No es una cosa así , como que digan : ¡ ¡ Uuuuuuuhhh, qué linda la lluvia…. ! ! ….. Bueno, bueno…., pero che…., tampoco es como para que digan : ¡ ¡ Uuuuuaaaaaggggrrfffhh ! !, ¡ ¡ qué fea que es ! !.... Estaba tan oscuro, que no podía verles las caras. Seguía lloviendo fuerte. De pronto…., el aguacero comenzó a ceder. Juancho, animado comentó : - Parece que está abriendo… - Sí …., la canilla San Pedro – dijo alguien de entre ellos. - ¡ ¡ Jah, ja, jah, ja, jah ! ! – carcajadas generales. Juancho volteó para mirarlos, y apenas podía ver los dientes. Se sintió solo en medio de extraños. Parecía que era de noche. Y aunque la lluvia arreciaba otra vez, salió corriendo en busca de un lugar mas seguro. Cuando apenas dio los primeros saltos, le gritaron a coro : - ¡ ¡ CHAAAAUU , JUANCHOOO ! ! ¡ ¡ JAH, JA, JAH, JA ! ! - nuevamente carcajadas generales. Se pegó flor de susto. A tal punto que no se animó a darse vuelta. Y corrió más rápido aún. Iba por la mitad de la calle , a la carrera, casi llegando al cruce con la avenida. Justo en el momento en que cruzaba la esquina, dejó de llover, y salió el sol abruptamente. El lugar que veía le era conocido. Era la plaza. La misma en la que había estado más temprano. Aún sentía el miedo en su pecho. Y su respiración estaba agitada todavía. Pero ya no corrió. Caminó un poco y se detuvo, cuando reconoció al hombre que daba de comer a las palomas. Se dirigió hacia él, y cuando estuvo a unos tres metros…. , el hombre desapareció ante sus ojos…. Juancho, tremendamente sorprendido, se sentó en un banco. Las palomas, que aún seguían por ahí, comenzaron a rodearlo, a la espera de algo para comer. Entre sorprendido y preocupado, se preguntó, mientras se rascaba la cabeza : - ¿ Qué tomé hoy…. ? Mate cocido con leche y pancitos de centeno. ¿ Estaría agria la leche…? Yo no entiendo nada…. Todo esto es muy raro…. - Sí, ¡ ya lo creo ! – dijo con voz fuerte una de las palomas – Un hombre que venga a vernos y no nos dé maíz…. - ¡ Ah, noooo….! – dijo Juancho estupefacto. - ¡ ¿ Qué no ? ! ¡ Acá todo el mundo viene y trae maíz, viejo! –dijo otra paloma. - O algún sanguchito medio mordido, ¿ no tenés ? – dijo una tercera. - Un pedacito de pan duro….. – agregó una más. - ¡ Mirá que había sido amarrete el Juancho, che ! – dijo el buchón. Juancho sintió la transpiración en su frente, y notó que tenía fiebre, Empezó a retroceder mientras las palomas lo acechaban : - ¡ Che, Juancho, largá algo ! - Un paquete de pastillas, un chicle, ¿ no tenés….? - Che , Juancho, dame un faso – dijo el buchón. Juancho, ya fuera de sus cabales, sacó el paquete y le convidó uno. Mientras, el buchón le decía : - ¡ Dame fuego, che ! ¡ Mirá que sos agarrado ! - ¡ Sí, devoto de la Virgen del Codo ! – dijo otra paloma. Juancho no pudo más, y echó a correr. - ¡ Juancho, vení ! - ¡ Vení, che, dónde vas ? - ¡ Vení, Juancho, hacéte amigo ! – le gritaban las palomas. - ¡ No, no, yo no soy Juancho ! ¡ No, no quiero ser Juancho ! ¡ No, no, noooo ! – gritaba mientras corría. Corría, corría, y corría. De pronto…. levantó vuelo. Comprovó que cuanto más movía sus piernas, más se elevaba mientras avanzaba. En completo estado de pánico, solo atinó a mirar hacia abajo. Se encontraba flotando a unos cincuenta metros de altura, sobre la plaza . Abajo, todo el pueblo congregado para verlo, lo aclamaba a los gritos : - ¡ ¡ ¡ JUANCHO, JUANCHO, JUANCHO ! ! ! Su corazón latía con fuerza. Mientras tanto, desde abajo, el general Oviedo le ordenaba a los gritos : - ¡ ¡ JUANCHOOO ! ! ¡ ¡ Cueeeerrrpooo a tieeerrrrraa …. ! ! El cura párroco le imploraba : - ¡ ¡ Juancho ! ! , ¡ baja, por el amor de Dios…. ! Alrededor suyo, volaban las palomas : - Mirá que había sido famoso el Juancho – dijo una. - ¡ ¡ Basta, por favor ! ! – gritó Juancho. El buchón, parado en su cabeza, le decía : - ¿ Me firmás un autógrafo ? - ¡ ¡ Basta, basta ! ! – gritó otra vez. La gente, abajo, seguía aclamándolo : - ¡ ¡ JUANCHO, JUANCHO, JUANCHO ! ! El general Oviedo insistía : - ¡ ¡ Juanchooo : Cueeerrppo a tieeerraa ! ! Juancho enloquecía. Todo era cada vez más violento y confuso: - ¡ ¡ No, nooo. No soy Juancho ! ! ¡ ¡ Nooo ! ! ¡ ¡ Nooo ! ! ¡ ¡ ¡ NNOOOOOOOOOO….. ! ! ! De pronto, lo sujetaron entre varias personas, y ya no pudo moverse. Se encontraba sentado en la cama de su habitación, totalmente empapado en sudor, y temblando de frío. - ¡ Eduardo ! Hijo querido – le dijo su madre – Tranquilo, ya está bien, ¿ sí …. ? Delirabas por la fiebre, hijo. Aún está alta, ¿no doctor ? - Sí, Eduardo, tienes 39 grados. Pero baja de a poco. Con este medicamento, y un té caliente, mejorarás – dijo el doctor. - Sí, sí, Bueno – dijo Eduardo. Ya veo que no soy Juan…. Bueno, ya no importa…. ¿ no mamá ? – al tiempo en que se agarraba la cabeza, empapada en sudor. - Claro, hijo. Te vas a mejorar gracias al doctor. A él le debes tu mejoría. El doctor ya se retiraba, y saludó : - Bueno, Eduardo, ahora a descansar. Se pondrá bien. Adiós. - Sí, gracias – dijo Eduardo – Muchas gracias, doctor…. Perdón, no sé su nombre…. Sonriendo : - Mi nombre es Juancho. Para servirle…. FIN Marcelo Arrizabalaga ( Buenos Aires, 11 de Julio de 1.996) Si leístes, mi cuento, y querés dejarme un comentario...., te lo voy a agradecer...
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