¡Hola taringueros! Me acerco a ustedes para hacerles llegar algunos escritos míos. Esta vez son relatos o, como yo los llamo "Cuentos Cortísimos". Espero que les gusten, y desde ya, les agradezco sus comentarios.
Base Luca
Eran las tres de la tarde, el cielo de un gris áspero no me decía mucho. Yo cortaba una rama del gran árbol sin bautizar. Se encuentra en un lado del jardín, junto a las matas donde suelen albergarse unas serpientes. Las había ahuyentado con tambores para poder podar. No es la poda de estos días, puesto que la primitividad fallecería. Sólo corté la rama que molestaba al pasar.
En ese momento, oí unos gritos desde lejos. El viento había levantado y había algo extraño. Algo extraño en el aire. Un silencio. Una inquietud. Las serpientes no volvían. Unos pájaros se fueron. “¿Qué sucede?” Se me ocurrió mirar al cielo. Éste giraba. Nunca lo había visto girar.
Unos espirales en algodón me cautivaron. Giraban y giraban. Y después, ese espiral bajó a nuestra tierra de a poco. Un fino hilo que se estiraba a tocarnos.
Luego, todo fue nube.
Un tornado arrasó a mi ciudad y a mi jardín primitivo.
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Almas gemelas, no por idénticas, sino por lo unidas
Se me apareció un campo de burbujas.
Dentro de cada una, una figura humana representaba el alma de un cuerpo lejano. Había miles y miles.
Algunas se acurrucaban en su soledad. Otras extendían los brazos con desesperación, a nadie en particular, pero sin exceder el límite de su burbuja.
Otras, en cambio, iban de a pares, rozándose o pegadas como siamesas, sin llegar a unirse.
Hubo una burbuja que me atrajo la mirada. Era doble. En ella, dos almas se abrazaban. Eran dos, pero habían unido sus burbujas para lograr encontrarse, para compartir su espacio.
En todo lo que alcanzaban a ver mis ojos, no encontré otras almas que hubieran podido, como éstas, fundir su débil coraza en un único corazón.
|201106|
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¿Fue el viento o la puerta?
¿Fue el viento o la puerta? Ese susurro en la alfombra… ¿sería eso? Al abrir la puerta se oía ese susurro, ¿o no? Alejandra no se movió. Algo pasaría. Si era la puerta, alguien entraría.
No se movió.
Apretaba los dientes y su muñeca de vestido azul. Tenía que mirar. Estaba acostada y la alfombra olía a polvo. Si había sido el viento, podría salir.
Decidió mirar.
Suavemente movió a un lado, despacio, despacio, la caja de zapatos. ¡Zapatos! Frente a ella. Habían entrado. Giraban en la alfombra los zapatos, buscando. No la habían visto. Shh. Si no se movía… Si no se movía no la iban a ver.
Esta vez libraba a todos.
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Gritos un día
Los nuevos gritos inundan la gran habitación de techos altos y paredes tapizadas. Reina la penumbra y todos miran serios un lecho con las cortinas abiertas. Las sábanas están revueltas, pero tan petrificadas como la muchacha recostada, de frente húmeda y párpados cansados. Sus piernas continúan escoltando un río que llega al suelo. No se sabe si llorar, como él, que tal vez ya entienda y se culpe y quiera morir y no quiera nacer nunca más.
Escaleras abajo, cruzando el salón, las puertas se abren al jinete agitado que ha tardado demasiado y recibe el funesto ¨ es un varón, pero la hemos perdido ¨.
|250205|
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