Vandor: El poderoso sindicalista que enfrento a Peron
Augusto Timoteo Vandor, alias "el lobo", fue una figura clave en la historia política argentina; fue amo y señor del sindicalismo durante mas 10 años y tras la caída de Peron en 1955 soñó con un resurgir del Partido Laborista y un peronismo sin Peron. Esto provoco que no le faltaran enemigos, y cuando fue asesinado en 1969 solo un mes después del Cordobazo, nadie se molesto en esclarecer el hecho.
La biografía política y personal de Vandor traza, en sí misma, un recorrido fascinante por aquellos años de la Argentina. Desde su llegada a Buenos Aires desde el pueblo de Bovril en Entre Ríos, sus primeros pasos como delegado de la Philips en el barrio de Saavedra, hasta su trayectoria como secretario general de la UOM y líder de las 62 Organizaciones, esa potente punta de lanza del movimiento peronista. Aspectos y pormenores menos conocidos fueron sus buenos vínculos con la izquierda, su reunión con el Che en Cuba, sus conversaciones informales con jefes militares y personajes influyentes de la política y el periodismo. Artífice de los Planes de Lucha con los que contribuyó al desgaste y caída de los gobiernos de Frondizi y de Illia, alcanzó la cúspide en las alternativas de su enfrentamiento con Perón a partir del fallido Operativo Retorno, en 1964, y de otra "alocada" idea, el desvío de un avión a las Malvinas, la Operación Cóndor, en el 66. De las disputas internas con otros dirigentes gremiales, las más resonantes son las que protagoniza con José Alonso, que divide a las 62 Organizaciones en "Leales" versus "De pie junto a Perón", y luego con Raimundo Ongaro y la CGT de los Argentinos, expresión del peronismo combativo. En esa trayectoria se va conociendo también el lado oscuro del país subterráneo: el secuestro y asesinato de Felipe Vallese y el confuso episodio que terminó con la muerte de su amigo y lugarteniente Rosendo García, junto a los militantes de base Domingo Blajaquis y Juan Salazar, un viernes 13, el de mayo de 1966.
Sus rasgos personales lo recortan en el paisaje. De aspecto físico macizo, muy serio –esporádicamente jugaba en sus labios una sonrisa–, tenía una mirada fría y penetrante que no podía borrar cierto dejo de tristeza. Caminaba dando grandes pasos y enfrentaba a su interlocutor con un gesto adusto. Amigo de sus amigos, no despertaba en ellos amor, pero sí respeto. Como adversario era temible e implacable. De allí quizás su seudónimo: "El Lobo". No perdonaba a los contrincantes. Los trataba como un lobo con sus presas; se ensañaba con ellos.
Los escenarios de esta trama alternan imágenes de fuerte tonalidad sepia con borrosos recuerdos –entre nostálgicos y traumáticos–, y torrentes de testimonios que siempre dicen algo nuevo y dejan algo sin contar. El tinglado de la fábrica, los playones donde se expresa la protesta, los bares y comederos donde se discuten los pasos a seguir en el conflicto y los despachos donde se negocia y se firma el acuerdo con la patronal.
Otros paisajes lo tendrán como actor decisivo: las luchas de la Resistencia del peronismo proscripto, los plenarios gremiales, los salones de la CGT y las prolongadas deliberaciones de las asambleas, en las que el Lobo digita la lista de oradores, las votaciones y los nombres de quiénes subían y quiénes bajaban. Y la otra trastienda, más tenebrosa, que lo envolverá en un torbellino: armas, guardaespaldas, pistoleros, tiros, bombas, crímenes sin esclarecer. Las calles de Avellaneda y una esquina fatídica, la de una pizzería, La Real, en la que una balacera desatará odios, anatemas contra la traición y juramentos de venganza. E inspirará a Rodolfo Walsh para escribir su célebre libro de investigación y denuncia ¿Quién mató a Rosendo?
La escenografía se desplaza de un plano a otro. Finalmente, su bastión: el edificio de la calle Rioja 1945 (un número significativo para un sindicato peronista) y el bunker de puertas blindadas, en el primer piso, donde sería amo y señor, desde donde planificaría tantas operaciones políticas y en el cual se encontraría con la muerte.
Cuando atravesó aquella puerta, el 30 de junio de 1969, el estratega que siempre tenía un as en la manga, que confiaba al extremo en la intuición y llegó a sentirse imbatible en muchas ocasiones, el único dirigente sindical que se atrevió a medir fuerzas con el caudillo en el exilio, certificó con su vida que había traspasado el límite de lo posible. Hacía un tiempo que ya no se controlaban las fuerzas desatadas y se habían deteriorado los vasos comunicantes que oxigenaban el circuito de relaciones de su imperio. Y tanto poder sin rumbo, librado a su suerte, factiblemente haría encallar al capitán de tormentas. Se cumplía un mes exacto de las jornadas del Cordobazo y la protesta se hacía oír en las calles. A la misma hora en que Vandor era asesinado, Nelson Rockefeller platicaba con Onganía en la Casa Rosada.
La tapa de Primera Plana que se vende en los kioscos, horas después del crimen, con Vandor en su féretro, lleva por título "La hora del miedo". En el mismo número de esa revista, Tomás Eloy Martínez entrevista al antropólogo francés Claude Levi-Strauss, padre del estructuralismo, cuyas ideas impactaban en Buenos Aires de la década del '60 en los ámbitos universitarios e intelectuales. El motivo del reportaje era presentar su obra Lo crudo y lo cocido , que se distribuía en las librerías porteñas. Allí estaban retratados los contrastes de un país y de una década en la que convivirían civilización y barbarie, floreciente vida cultural y oclusión de los canales de representación política, necrofilia y activa vida ciudadana.
El juego pendular de "golpear y negociar" se había roto abruptamente en la cúspide y con él también estallaba un espejo en el que una Argentina quiso verse: el de un país cuya portentosa máquinaria industrial podía resolver o soslayar sus grandes atolladeros. Aquel asesinato plagado de enigmas y nunca completamente esclarecido, el crimen de la calle Rioja, un adelanto de lo que ocurriría un año más tarde con Pedro Eugenio Aramburu, y luego con José Alonso y José Ignacio Rucci, y luego con otros miles y miles, marcó para muchos el inicio de la etapa de violencia política que desembocó en los trágicos años 70.
Otro aspecto de la época: durante el decenio 63-73 –así lo recuerdan los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach– la Argentina creció como nunca antes lo había hecho, a una tasa promedio del 6% anual. Fueron tiempos de "primavera económica" y de crecimiento industrial, aunque abundaran los inviernos y otoños de ajustes, inflación, proscripción y represión. Aunque faltara la democracia.
Carlos Strasser, decano de los politólogos argentinos y por aquellos años director del semanario El Popular , en el que escribían entre otros Arturo Jauretche, Ismael Viñas y Walsh, ubica a aquellos '60 como "la década más convulsionada y 'loca' del siglo veinte: la guerra de Vietnam, los hippies, los Beatles, Luther King, el mayo francés, la contracultura, entre nosotros el Di Tella, etc., etc". Pensando en la Argentina política, Strasser rescata "lo que fue el tiempo de la revisión, la nueva mirada sobre el peronismo y el gorilismo, y de la creación de la ideología política de lo que luego surgió y a partir de lo cual se redondeó el setentismo, cuando las ideas contestatarias y justicieras se hicieron de armas llevar".
Sus rasgos personales lo recortan en el paisaje. De aspecto físico macizo, muy serio –esporádicamente jugaba en sus labios una sonrisa–, tenía una mirada fría y penetrante que no podía borrar cierto dejo de tristeza. Caminaba dando grandes pasos y enfrentaba a su interlocutor con un gesto adusto. Amigo de sus amigos, no despertaba en ellos amor, pero sí respeto. Como adversario era temible e implacable. De allí quizás su seudónimo: "El Lobo". No perdonaba a los contrincantes. Los trataba como un lobo con sus presas; se ensañaba con ellos.
Los escenarios de esta trama alternan imágenes de fuerte tonalidad sepia con borrosos recuerdos –entre nostálgicos y traumáticos–, y torrentes de testimonios que siempre dicen algo nuevo y dejan algo sin contar. El tinglado de la fábrica, los playones donde se expresa la protesta, los bares y comederos donde se discuten los pasos a seguir en el conflicto y los despachos donde se negocia y se firma el acuerdo con la patronal.
Otros paisajes lo tendrán como actor decisivo: las luchas de la Resistencia del peronismo proscripto, los plenarios gremiales, los salones de la CGT y las prolongadas deliberaciones de las asambleas, en las que el Lobo digita la lista de oradores, las votaciones y los nombres de quiénes subían y quiénes bajaban. Y la otra trastienda, más tenebrosa, que lo envolverá en un torbellino: armas, guardaespaldas, pistoleros, tiros, bombas, crímenes sin esclarecer. Las calles de Avellaneda y una esquina fatídica, la de una pizzería, La Real, en la que una balacera desatará odios, anatemas contra la traición y juramentos de venganza. E inspirará a Rodolfo Walsh para escribir su célebre libro de investigación y denuncia ¿Quién mató a Rosendo?
La escenografía se desplaza de un plano a otro. Finalmente, su bastión: el edificio de la calle Rioja 1945 (un número significativo para un sindicato peronista) y el bunker de puertas blindadas, en el primer piso, donde sería amo y señor, desde donde planificaría tantas operaciones políticas y en el cual se encontraría con la muerte.
Cuando atravesó aquella puerta, el 30 de junio de 1969, el estratega que siempre tenía un as en la manga, que confiaba al extremo en la intuición y llegó a sentirse imbatible en muchas ocasiones, el único dirigente sindical que se atrevió a medir fuerzas con el caudillo en el exilio, certificó con su vida que había traspasado el límite de lo posible. Hacía un tiempo que ya no se controlaban las fuerzas desatadas y se habían deteriorado los vasos comunicantes que oxigenaban el circuito de relaciones de su imperio. Y tanto poder sin rumbo, librado a su suerte, factiblemente haría encallar al capitán de tormentas. Se cumplía un mes exacto de las jornadas del Cordobazo y la protesta se hacía oír en las calles. A la misma hora en que Vandor era asesinado, Nelson Rockefeller platicaba con Onganía en la Casa Rosada.
La tapa de Primera Plana que se vende en los kioscos, horas después del crimen, con Vandor en su féretro, lleva por título "La hora del miedo". En el mismo número de esa revista, Tomás Eloy Martínez entrevista al antropólogo francés Claude Levi-Strauss, padre del estructuralismo, cuyas ideas impactaban en Buenos Aires de la década del '60 en los ámbitos universitarios e intelectuales. El motivo del reportaje era presentar su obra Lo crudo y lo cocido , que se distribuía en las librerías porteñas. Allí estaban retratados los contrastes de un país y de una década en la que convivirían civilización y barbarie, floreciente vida cultural y oclusión de los canales de representación política, necrofilia y activa vida ciudadana.
El juego pendular de "golpear y negociar" se había roto abruptamente en la cúspide y con él también estallaba un espejo en el que una Argentina quiso verse: el de un país cuya portentosa máquinaria industrial podía resolver o soslayar sus grandes atolladeros. Aquel asesinato plagado de enigmas y nunca completamente esclarecido, el crimen de la calle Rioja, un adelanto de lo que ocurriría un año más tarde con Pedro Eugenio Aramburu, y luego con José Alonso y José Ignacio Rucci, y luego con otros miles y miles, marcó para muchos el inicio de la etapa de violencia política que desembocó en los trágicos años 70.
Otro aspecto de la época: durante el decenio 63-73 –así lo recuerdan los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach– la Argentina creció como nunca antes lo había hecho, a una tasa promedio del 6% anual. Fueron tiempos de "primavera económica" y de crecimiento industrial, aunque abundaran los inviernos y otoños de ajustes, inflación, proscripción y represión. Aunque faltara la democracia.
Carlos Strasser, decano de los politólogos argentinos y por aquellos años director del semanario El Popular , en el que escribían entre otros Arturo Jauretche, Ismael Viñas y Walsh, ubica a aquellos '60 como "la década más convulsionada y 'loca' del siglo veinte: la guerra de Vietnam, los hippies, los Beatles, Luther King, el mayo francés, la contracultura, entre nosotros el Di Tella, etc., etc". Pensando en la Argentina política, Strasser rescata "lo que fue el tiempo de la revisión, la nueva mirada sobre el peronismo y el gorilismo, y de la creación de la ideología política de lo que luego surgió y a partir de lo cual se redondeó el setentismo, cuando las ideas contestatarias y justicieras se hicieron de armas llevar".